Solo o en compañia de otros

Lunes 2 Marzo 2009 | 266 lectura(s) | 1 comentario »
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Uno de los apoyos fundamentales durante los primeros años de Asimov, cuando intenta abrirse camino en el mundo editorial, es el de su amigo Frederick Pohl. Hasta este momento he hablado poco de él y, desde luego, no le he dado a su figura la relevancia que se merece.

Parece buena idea hacerlo ahora, cuando llegamos a 1950. No sólo porque, como veremos más adelante, éste es un año fundamental para Asimov como escritor, sino porque es ahora cuando ven la luz dos cuentos que había escrito unos años antes en colaboración con Pohl.

Así que retrocedamos un poco.

A finales de los años treinta los jóvenes aficionados americanos a la ciencia ficción están empezando a organizarse, dando los primeros pasos en la formación de lo que no tardará en llamarse fandom. Uno de estos grupos se forma en Nueva York y, usando como plataforma las revistas de la época, convoca a una reunión a todos aquellos que estén interesados.

Para cuando Asimov acude a la reunión no sabe que ha habido una escisión en ese primer grupo de aficionados (pocos y mal avenidos, como se ve, en todas partes cuecen habas) y que él no está yendo a la reunión convocada por el grupo original sino por los “disidentes”.

No tarda en enterarse, pero no le importa.

Esa escisión se da el nombre de “Los Futurianos” y aglutina a los que serán algunos de los más importantes escritores de ciencia ficción de los próximos años.

Y, entre ellos, está la pareja (literaria, se entiende) formada por Frederick Pohl y Cyril Kornbluth. Los dos serán responsables de un clásico indiscutible como Mercaderes del espacio, por ejemplo, y tendrán una carrera nada desdeñable por separado. Quizá su característica más definitoria sea una evidente preocupación por la especulación social y, de hecho, Kornbluth es bastante radical en muchos de sus planteamientos. Baste mencionar novelas como El síndico o relatos como “La marcha de los imbéciles” (cuya idea de base ha sido aprovechada no hace mucho por la fallida película Idiocracia). La propia Mercaderes del espacio es, posiblemente, uno de los ataques más feroces a la economía de mercado y el capitalismo sin control que haya hecho la ciencia ficción en toda su historia.

Kornbluth, tal como lo describe Asimov, era un individuo inteligente, incluso brillante, pero de carácter más bien hosco y bastante retraído. No se llevan bien, algo que Asimov siempre lamentará, pero contra lo que no puede hacer nada, en parte a causa del prematuro fallecimiento de Kornbluth pocos años después.

Con la otra mitad del tándem, sin embargo, las cosas son muy distintas. Asimov y Pohl congenian enseguida y seguirán siendo amigos durante toda la vida.

Pohl es un “culo inquieto”, podríamos decir, que no para de intentar nuevas cosas y no pasa mucho tiempo antes de que pruebe distintas iniciativas; como, por ejemplo, convertirse en agente literario de algunos de sus amigos. Asimov, que nunca ha sido partidario de ese tipo de cosas, confía en Pohl, sin embargo, y deja que intente venderle algunos de sus relatos.

Su éxito es, digámoslo así, moderado.

Sin embargo, lo que no consigue hacer como agente terminará haciéndolo como editor. Porque Pohl se convierte en director de Astonishing, una de las revistas de la época, y no tarda en publicarle a Asimov algunos de sus primeros relatos.

Podemos decir que ese apoyo es fundamental en esos primeros momentos, mientras el jovencísimo Asimov intenta desesperadamente abrirse un hueco, con la meta final de aparecer en la Astounding de Campbell. Entre que lo consigue y que no, la publicación de su material en otras partes (entre ellas la Astonishing de Pohl) es un acicate importante para seguir con su empeño.

Y, con el tiempo, llegarán a colaborar juntos literariamente. Se trata de dos cuentos de fantasía, un género que Asimov apenas tocará durante su carrera pero por el que siempre se sintió atraído. Campbell, una vez que su Astounding parece asentada comercialmente y siempre pensando en diversificar el mercado, no tarda en lanzar una revista llamada Unknown, que aspira a ser a la fantasía (una fantasía adulta y con ciertas intenciones de sofisticación) lo que Astounding es a la ciencia ficción.

Por supuesto, Unknown se convierte en otra de las metas de Asimov e intentará a lo largo de los años aparecer en las páginas de la revista. Cuando parece que va a hacerlo, la publicación cierra (se vende menos y es más cara de realizar que su gemela) y el cuento queda varios años por el limbo, vendido pero no publicado. Ya hablaremos de ello más adelante.

Dos de los relatos con los que Asimov intentó entrar en las páginas de Unknown fueron escritos en colaboración con Fredrick Pohl (aunque éste prefirió usar el seudónimo de James McCreigh, no sé muy bien por qué). Durante un tiempo rodaron por aquí y por allá, hasta que, finalmente Pohl consiguió colocar ambos el mismo año.

El primero, “El hombrecillo del metro”, aparece en Fantasy Book, una antología de fantasía, en enero de 1950.

Se trata, en realidad, de un relato de Pohl, que Asimov revisó a petición de su amigo. El resultado de esta colaboración entre ambos no es malo del todo: una historia de fantasía con ciertos toques humorísticos en general bien llevada y que no decepciona. No es ni de lo mejor de Pohl ni de lo mejor de Asimov, pero no es un mal relato.

El otro cuento, “Ritos legales”, aparece en las páginas de Weird Tales (la revista emblemática de fantasía y terror, donde H. P. Lovecraft y Robert E. Howard publicarían buena parte de su obra, entre otros autores) y es la única vez que Asimov se cuela en esa publicación. No es extraño, teniendo en cuenta la especialización de la revista y el hecho de que el propio Asimov nunca se sintió muy interesado por ella.

Las historia de la concepción de “Ritos legales” es un poco más compleja que la de “El hombrecillo del metro”. Pohl tenía bien definida la idea de partida y buena parte del desarrollo de la historia, pero no tenía muy claro cómo enfocarla, así que se la pasó a Asimov a ver si él podía hacer algo con ella. Y lo hizo, escribiendo el relato rápidamente. Luego, se lo entregó a su amigo, a ver si éste podía colocarlo en algún sitio, y se olvidó del tema casi hasta que lo vio publicado.

En ese período, Pohl volvió sobre el cuento y cambió bastante, de modo que, por lo que el propio Asimov recuerda, toda la parte inicial está escrita por Pohl, mientras que la secuencia central del juicio es casi enteramente suya. No tiene muy claro quién escribió el final, pero es probable que fuera un poco de cada uno.

Es un relato muy superior a “El hombrecillo del metro”, con momentos claramente delirantes y escenas verdaderamente divertidas. De hecho, la secuencia del juicio, de la que Asimov se declara responsable, es de lo mejor que ha hecho hasta el momento en el terreno humorístico. El tratamiento que hace la historia del tema de los fantasmas y los lugares encantados tiene su aquel de novedoso, sobre todo para la época, y como relato humorístico funciona sin problemas en toda su extensión.

Una pequeña joya en la narrativa breve de ambos autores y, curiosamente, uno de los cuentos que más desapercibidos han pasado en sus respectivas carreras. De hecho, ninguno de los dos lo considera entre sus favoritos, lo que supongo que habrá influido para que no haya sido destacado más a menudo.

Es curioso, por otro lado, que las pocas veces que Asimov se acerca a la fantasía pura lo haga casi siempre desde una óptima humorística, como si no se pudiera tomar el género en serio en cierta manera. Sus aportaciones al fantástico son, como decimos, escasas, y a menudo con un tono claramente paródico, ya sea en estos dos relatos escritos a medias con Pohl, ya sea en otra historias que escribirá más adelante (como la serie de Azazel, sin ir más lejos).

Durante toda su vida, Asimov se vio a sí mismo (y, de hecho, siempre se comportó como tal) como un racionalista para el que lo sobrenatural no tiene cabida en el mundo (suya es la frase de “cuando se ha eliminado lo imposible, si lo que queda es sobrenatural, es que alguien miente”), así que no es descabellado suponer que ahí está la raíz de su enfoque de lo fantástico. Incapaz de tomárselo en serio (aunque al mismo tiempo, atraído por él, ¿por qué si no iba a tratar de probar suerte con el género?) sólo puede acercarse a él desde una óptima humorística.

* * *

El resto del año 1950 no es malo y, de hecho, Asimov parece haber recuperado buena parte de su carácter prolífico. Publica cuatro cuentos más, si bien hay que confesar que sólo uno de ellos es memorable.

“El conflicto evitable” es, en cierta medida, una continuación de “Prueba circunstancial”; aquí vemos a Stephen Byerley (el supuesto robot camuflado de humano) convertido en coordinador mundial del planeta Tierra y acudiendo a Susan Calvin para que investigue lo que parece ser un mal funcionamiento de los superordenadores que gestionan los recursos del globo. Es una historia floja, en la que apenas pasa nada y que se sostiene en una idea que no resulta ni especialmente atractiva ni muy memorable. No es un mal relato, porque para entonces Asimov tiene oficio suficiente para mantener el interés en casi cualquier cosa que escriba, pero no está a la altura de otros cuentos de robots anteriores y ni siquiera Susan Calvin consigue brillar demasiado en él.

Quizá lo más interesante de “El conflicto evitable” es que en él vemos asomar el embrión de lo que, andando el tiempo, se convertiría en la Ley Cero de la robótica. Pues las máquinas todopoderosas que gestionan el planeta tienen en cuenta, no el bien del ser humano individual, sino de la Humanidad como conjunto, una idea sobre la que Asimov volvería años más tarde, cuando empiece a trabajar en la unificación de la serie de los robots con el ciclo de la Fundación.

* * *

“Sala de billar darwiniana” y “El día de los cazadores” padecen el mismo mal: son cuentos “de tesis”, y la tesis y la carga moral que pretenden transmitir terminan imponiéndose a los aspectos narrativos, en lugar de estar a su servicio, con lo cual el resultado es poco convincente y demasiado evidente.

Como anécdota señalar que “El día de los cazadores” es un remake un poco más sofisticado de “Caza mayor”, uno de los cuentos primerizos que Asimov nunca consiguió colocar en ningún sitio.

Es interesante compararlos, básicamente porque se ve con claridad la evolución y el enorme desarrollo que Asimov ha sufrido en unos pocos años. Pese a ser un relato fallido, “El día de los cazadores” sabe usar los recursos narrativos mucho mejor que “Caza mayor” y resulta bastante más satisfactorio que éste.

“Manchas verdes” es, de todos cuentos que publica ese año, el único que encuentro a la altura del Asimov de esa época. Es uno de esos escasos relatos donde hace aparecer una forma de vida extraterrestre y de nuevo nos hace lamentar que éstas cada vez fueran menos frecuentes en su obra: la conciencia planetaria que aparece en el cuento (una especie de primera versión de la Gaia de Los límites de la Fundación, aunque aquí vista como una amenaza) y la pequeña parte de ella que se infiltra en la nave donde se desarrolla la mayor parte de la acción, no tienen nada que envidiar a los mejores alienígenas de la época. Como siempre que se enfrenta a una especie extraterrestre, Asimov se toma la molestia (algo que debería ser obvio, pero que es menos frecuente de lo que se parece) de diseñarla de un modo coherente, de hacerla parecer lo bastante no-humana y, al mismo tiempo, de asignarle unos motivos lógicos y con sentido.

Ya sólo por eso el relato merece la pena. De hecho, lo mejor de “Manchas verdes” son, sin la menor duda, las secuencias que nos muestran al extraterrestre desde su propio punto de vista y nos hacen comprender lo que hace y por qué sin que, al mismo tiempo, perdamos de vista que no es una criatura humana y sus motivaciones, por tanto, no lo son. Algo nada fácil, por cierto.

Es de destacar que dos de estos cuentos aparecen en Galaxy, revista que por entonces dirigía Frederick Pohl quien, como había hecho unos años atrás, seguía empeñado en publicar cuentos de su amigo. Asimov siempre le agradeció a Pohl su apoyo, aunque no podía por menos de lamentarse de la manía que tenía de cambiarle el título a todos los relatos que publicaba. Así, “Manchas verdes” apareció como “Misionero bastardo” y unos años antes “Robbie” había sido publicado como “Extraño compañero de juegos”, por citar sólo dos ejemplos.

Pero, como decíamos al principio del capítulo, 1950 es un año importante para Asimov, y no por la cantidad o calidad de los relatos que publica, sino porque es entonces cuando da el salto para el que llevaba un tiempo preparándose.

Por una parte, una pequeña editorial llega a un acuerdo con él para recopilar sus cuentos de robots en un solo volumen que se llamará Yo, robot.

Y por la otra, publica por fin su primera novela: Un guijarro en el cielo.

BIBLIOGRAFÍA:

  • “El hombrecillo del metro” (Little Man ont the Subway). En Fantasy Book 6, enero 1950. Edición española más reciente: La Edad de Oro III (Plaza & Janés, 1988).
  • “El conflicto evitable” (The Evitable Conflict). En Astounding Science-Fiction, junio 1950. Edición española más reciente: El robot completo (Alamut, 2008).
  • “Ritos legales” (Legal Rites). En Weird Tales, setiembre 1950. Edición española más reciente: La Edad de Oro III (Plaza & Janés, 1988).
  • “Sala de billar darwiniana” (Darwinian Poolroom). En Galaxy Science Fiction, octubre 1950. Edición española más reciente: Compre Júpiter (Plaza & Janés, 2000).
  • “El día de los cazadores” (Day of the Hunters). En Future Combined with Science Fiction Stories, noviembre 1950. Edición española más reciente: Cuentos Completos II (Ediciones B, 1993).
  • “Manchas verdes” (Green Patches). En Galaxy Science Fiction, noviembre 1950. Edición española más reciente: Cuentos Completos I (Ediciones B, 1992).
  • Yo, robot (I, Robot), Gnome Press, 1950. Edición española más reciente: Yo, Robot (EDHASA, 2007).
  • Un guijarro en el cielo (Pebble in the Sky), Doubleday, 1950. Edición española más reciente: Trilogía del Imperio (Bibliópolis, 2007).
© 2009, Rodolfo Martínez

El profesor Asimov

Lunes 23 Febrero 2009 | 299 lectura(s) | Sin comentar »
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Asimov es plenamente consciente de sus más que escasas dotes como investigador, algo que ya hemos comentado.

Sin embargo, a su llegada a la Universidad de Boston confirma algo que ya sospechaba y es que se le da muy bien impartir clase. Nunca será un científico de primera línea, eso lo tiene claro, pero pocos como él serán capaces de transmitir conocimientos con claridad, precisión y de forma comprensible.

Eso, por desgracia (o quién sabe si por suerte), no le sirve de gran cosa para medrar y tener éxito en la universidad.

Para comprender esto hay que echarle un vistazo a cómo es la universidad americana, cuyo presupuesto depende en buena medida de las subvenciones externas, ya sean las aportadas por el estado, ya sean las que otorga la empresa privada.

El resultado de eso es que la investigación y la publicación de resultados priman sobre todo lo demás. “Publicar o perecer” es, de hecho, un dicho acuñado en ese entorno. Debe haber experimentos en marcha y tiene que haber artículos que, en cierta forma, “vendan” lo rentable de esa línea de investigación a los posibles inversores.

La docencia es, por tanto, la hermana pobre en el ambiente universitario americano (no es el único lugar, pero un análisis de eso ya se escaparía a mis propósitos), creando de ese modo un contransentido que, a largo plazo, hace más daño que otra cosa.

Porque, al fin y al cabo, el propósito principal de la Universidad es, o debería ser, la formación. Cuando ese propósito se pervierte por causas económicas nos encontramos con consecuencias bastante graves. No sólo porque se pierde de vista la verdadera causa de la existencia de la institución sino porque en esa lucha feroz por los fondos se acaba produciendo una investigación de pacotilla que no lleva a ninguna parte y un ansia de publicar (lo que sea, donde sea y de la forma que sea) que vicia el ambiente.

Eso, por no mencionar que propicia y promueve ciertas prácticas que son, como poco, éticamente discutibles. Que un profesor, por el simple hecho de ser el catedrático de una materia, aparezca como el autor principal de un artículo en el que apenas ha intervenido mientras los auténticos autores son, como mucho, mencionados como simples colaboradores debería ser algo punible por ley, en lugar de una práctica común y, lo que es peor, aceptada.

Los problemas que Asimov tiene durante su estancia en Boston son varios. Y su carácter extrovertido, su jocosidad y su modo expansivo de comunicarse le granjean algunas antipatías.

Pero lo que de verdad le crea enemigos es que es un profesor excepcional. Con toda seguridad, el mejor docente que ha tenido la Universidad de Boston en mucho tiempo.

Pero no investiga. Apenas publica. No compite en la carrera feroz por los fondos.

Al principio, no lo necesita. Está, en cierta forma, a salvo, pues su jefe directo lo acoge bajo su ala y lo protege de los vaivenes de la política universitaria. La consecuencia es que Asimov se inhibe de participar en esa política, lo que te traerá problemas cuando su protector se jubile.

Pero, de momento, eso no le quita el sueño.

Ha descubierto que disfruta dando clase. Que le gusta transmitir lo que sabe a otras personas. Y que se le da bien.

Durante su post-doctorado y, antes de entrar en la Universidad de Boston, ha impartido varias clases en la Universidad de Columbia. En la primera de ellas decide, para ganar tiempo, llegar un poco antes y cubrir toda la pizarra con la formulación usada en la materia que va a impartir ese día. Cuando los alumnos llegan al aula y ven toda la pizarra cubierta, empiezan a murmurar y a Asimov no se le escapa lo desalentador de algunos de los comentarios.

-Tranquilos -dice, todo aplomo-. Cuando acabe de hablar todo habrá quedado perfectamente claro.

Espera a que se sienten y comienza su exposición. Y tiene razón; finalizada la clase, si hay algún murmullo entre los alumnos es de aprobación.

¿De dónde saca Asimov esas dotes de comunicación? En parte de su actividad como escritor, sin duda. Pero, ¿cómo sabía, sin haberlo hecho nunca antes, que se le iba a dar bien hablar en público y transmitir de forma oral sus conocimientos?

En realidad, nunca se planteó la posibilidad de que sus clases pudieran ser un desastre. Se sentía seguro de lo que sabía y ni se le pasó por la cabeza la posibilidad de que no supiera transmitirlo de un modo claro y preciso.

Inconsciencia, pura y dura. Ni pensó en el asunto.

Lo cual fue lo mejor que podía pasar. Es muy posible que si se hubiera parado a considerar todas las implicaciones de lo que iba a hacer, se hubiese visto asaltado por el pánico y aquello lo habría paralizado.

No fue así, por suerte.

Asimov no tarda en convertirse en un profesor enormemente popular entre los alumnos. No sólo por su claridad expositiva sino también, sin duda, por su carácter llano y campechano, muy alejado del modo altanero y distante que era la norma en aquel ambiente.

No es consciente de que esa popularidad le está creando enemigos. Y tampoco le importa demasiado.

Hay una anécdota que resume perfectamente esa época: dos profesores están paseando por los pasillos de la Facultad. De pronto, se escuchan aplausos lejanos y uno de ellos le pregunta al otro qué es eso.

-Nada. Asimov dando clase -es la respuesta.

* * *

Con un empleo seguro (al menos de momento y en los próximos años) y su vida familiar asentada, Asimov no tarda en retomar la ciencia ficción con el mismo ímpetu de años anteriores.

También hace otra cosa. En colaboración con dos compañeros escribe un libro de texto de bioquímica. La experiencia no termina de gustarle, al menos en lo que se refiere a tener que colaborar con otras personas y, por tanto, tener que consensuar ciertas decisiones. Y el libro es un fracaso comercial.

Sin embargo, descubre que le gusta escribir sobre la ciencia. Que hacer divulgación puede ser una actividad tan gratificante como escribir ficción. Y mucho más sencilla; porque no tiene que elaborar una trama, inventar unos personajes, hacer avanzar una peripecia: lo único que debe hacer es tomar los hechos que están ahí y hacérselos comprensibles a los demás.

Escribir, en un principio, artículos de divulgación y posteriormente libros le sirve para justificar de algún modo la necesidad académica de publicar. Pero también empezará a proporcionarle, a no tardar mucho, unos ingresos nada despreciables.

Ese descubrimiento tendrá unas consecuencias muy importantes para su futuro.

© 2009, Rodolfo Martínez

¿El fin de la Fundación?

Lunes 16 Febrero 2009 | 431 lectura(s) | Sin comentar »
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En enero de 1949 aparece “La carrera de la Reina Roja” en Astounding, un cuento que, si los datos no me fallan, es la primera incursión de Asimov en el tema de los viajes en el tiempo.

Cierto que había escrito otras cosas antes al respecto, pero nunca llegaron a publicarse (como “Tirabuzón cósmico”, el primer cuento que intentó venderle a Cambpell) y acabaron perdiéndose. En “La carrera de la Reina Roja” Asimov juega a plantear una paradoja temporal (alguien envía textos de física moderna a la Grecia clásica, esperando alterar la historia) y a resolverla a continuación.

Es una historia sólida, con una idea brillante (ese “correr para seguir en el mismo sitio” que hay implícito en  el título y que es una evidente referencia a los personajes de Lewis Carroll) y muy bien resuelta. No estamos ante tours de force como “Todos vosotros, zombis” o “Por sus propios medios” de Robert A. Heinlein (seguramente dos de los mejores relatos jamás escritos sobre viajes en el tiempo), pero no es un mal cuento para nada y demuestra, además, lo mucho que Asimov ha mejorado con los años.

Está narrado en primera persona, algo bastante infrecuente a lo largo de su carrera, y en un tono un tanto irónico, cercano en ocasiones al narrador característico de la novela negra americana, que le va muy bien a la historia. No es un hito (como pudo haberlo sido “Anochecer” en su momento) pero sí que es una buena muestra de la solidez que está alcanzando como narrador.

En mayo podemos encontrar en la misma revista “Madre Tierra”, una novela corta en la que lo más interesante (más allá de la anécdota narrada) es el escenario que plantea: una Tierra atrasada tecnológicamente, superpoblada y en clara desventaja económica y tecnológica con lo que fueron un día sus antiguas colonias. Es la primera vez (más allá de pinceladas aisladas) que Asimov se lanza de lleno a la especulación social, al desarrollo y análisis de distintas sociedades humanas. Aunque en el espacio de esta narración tiene tiempo para poco más que presentarnos la situación, la idea no caerá en saco roto. Y, de hecho, retomará esa ambientación posteriormente en su novela Bóvedas de acero.

Y finalmente, entre noviembre y diciembre, publica “…Y ahora no lo ves”, que será durante mucho tiempo la última historia de la Fundación. Para Asimov es, sin duda, el final del ciclo de relatos y manifiesta varias veces a lo largo de los años que no tiene la menor intención de volver sobre ese escenario. Se resistirá durante algo más de treinta años a regresar a la Fundación y, cuando lo haga, será con consecuencias bastante curiosas. Pero de eso ya hablaremos en su momento.

Entretanto, ¿qué nos ofrece este último relato?

Por un lado, y siento decirlo, uno de los personajes más odiosos de Asimov, esa Arkady Darell, que es el pivote alrededor del que gira la historia y que es digna de figurar con total merecimiento como miembro destacado de toda esa caterva de niños repelentes e insufribles que pueblan de vez en cuando cierto cine de aventuras.

Por suerte, la historia se salva por otros motivos. De un modo parecido a como lo hiciera en “El Mulo”, la peripecia de Arkady huyendo de la supuesta y temible Segunda Fundación es en realidad una cortina de humo destinada a que no nos demos cuenta de todo lo que está pasando entre bastidores. Y lo que está pasando es un juego de espejos, engaños y recontraengaños que figura entre los mejores momentos de Asimov como autor de narrativa de misterio.

A partir del capítulo titulado “Yo sé…”, donde cada personaje intenta dar su solución al misterio (situación que continúa en “La solución satisfactoria” y culmina con “La solución verdadera”), la historia no concede descanso al lector. Si ya comentamos que “Ahora lo ves…” tenía su aquel de matriushka literaria, aquí Asimov lleva esa tendencia a límites insospechados.

Cada solución propuesta al misterio que vertebra el relato (“¿Dónde está la Segunda Fundación y quiénes la componen?”) es totalmente coherente con los datos que tiene el lector y la habilidad de Asimov está en el modo en que va subiendo la temperatura emocional mientras dosifica y plantea esas soluciones, logrando que cada una nos parezca un poco más “correcta” y auténtica que la anterior y, de paso, metiéndonos en una especie de carrusel en el que casi esperamos impacientes la siguiente explicación, la próxima vuelta. Cuando se llega a la penúltima resolución del misterio, el lector casi la toma como buena inmediatamente, pues sin duda es la que mejor explica todo lo que ha pasado…

Hasta que llegamos al último capítulo (“La solución verdadera”, como dijimos) donde se nos da un último giro de tuerca y la verdad queda al fin revelada (y explicada a la perfección) con un par de palabras finales.

Asimov parece aquí un prestidigitador, ocultando el misterio justo delante de nuestras narices, desvelándolo sucesivamente (convenciéndonos por el camino de que es esa solución la auténtica… hasta que leemos la siguiente) y el descorriendo el velo final y mostrándonos la verdad en el último momento. Al terminar, uno casi siente la tentación de aplaudir o de gritar “¡Bravo!” y, desde luego, para entonces, el lector se ha rendido a los trucos del mago.

Trucos que, sin embargo, no implican trampa alguna. Asimov no se saca de la manga nada que no hubiera estado ahí previamente. El lector mismo puede dar con la verdadera solución del misterio si es lo bastante listo, porque el autor ha jugado todo el rato según las normas, y si la mayoría no lo hace es sólo por la maestría con la que consigue centrar nuestra atención en otro lado durante todo el proceso.

Los que acusan a Asimov de ser un escritor ramplón, de recursos escasos y carente de sutileza deberían repasar el final de este relato para darse cuenta de algo tan obvio como el hecho de que un mal escritor sería incapaz de hacer todos esos pases de manos delante de nuestros ojos del modo en que lo hace.

Es cierto que los recursos narrativos de Asimov son limitados; sin duda su versatilidad como escritor es escasa y no cabe duda de que las técnicas literarias que usa son pocas y casi siempre las mismas. Pero no es menos cierto que esas técnicas, cuando quiere, sabe usarlas de un modo magistral.

BIBLIOGRAFÍA:

  • “La carrrera de la Reina roja” (The Red Queen’s Race). En Astounding Science-Fiction, enero 1949. Edición española más reciente: Cuentos competos II (Ediciones B, 1993).
  • “Madre Tierra” (Mother Earth). En Astounding Science-Fiction, mayo 1949. Edición española más reciente: La Edad de Oro III (Plaza & Janés, 1988).
  • “…Y ahora no lo ves” (…And Now You Don’t). En Astounding Science-Fiction, noviembre y diciembre 1949. Edición española más reciente (como “La búsqueda de la Fundación): Segunda Fundación (La Factoría de Ideas, 2008).
© 2009, Rodolfo Martínez

El doctor Asimov

Lunes 9 Febrero 2009 | 268 lectura(s) | 2 comentarios »
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Por fin, la carrera académica de Asimov llega a su culminación… al menos como estudiante. Porque se pasará los siguientes años como profesor asociado de bioquímica en la Facultad de Medicina de la Universidad de Boston.

Su carrera ha sido, a partir de la adolescencia, una continua cuesta abajo, como él mismo reconoce. De niño prodigio en la escuela a estudiante brillante en el instituto para terminar como un universitario del montón y, finalmente, un investigador mediocre. A medida que pasa el tiempo ha ido descubriendo que su capacidad para las tareas de laboratorio es poco menos que nula y que los aspectos administrativos y burocráticos de la actividad científica lo aburren soberanamente.

No tardará en hacer un descubrimiento bastante trascendental para su futuro; y es el hecho de que está dotado para la docencia de un modo envidiable, hasta el extremo de que será capaz de hacer comprensibles a sus futuros alumnos las materias más abstrusas. Esto lo llevará a convertirse en el profesor más popular de Boston entre el alumnado (y también a granjearse los odios de algunos colegas), por no mencionar que, con el tiempo, será el arranque de una interesante y lucrativa carrera como conferenciante.

Pero todo eso es el futuro.

De momento Asimov está dando los últimos toques a su tesis doctoral y preparándose para enfrentarse al tribunal que tendrá que confirmarlo como doctor.

O no.

Entretanto, publica “Y ahora lo ves…” en el número de enero de Astounding.

Es un nuevo relato de la Fundación y, para entonces, Asimov reconoce que ya está un poco cansado de la serie. Al contrario que con los cuentos de robots, que le permiten mayor libertad, a medida que las historias de la Fundación van avanzando, el sendero narrativo por el que puede transitar se vuelve más estrecho. Cada historia debe ser coherente con las anteriores y además debe poner en antecedentes de la situación pasada a los nuevos lectores que se incorporen a la serie sobre la marcha. Cada decisión que toma en un relato afecta a los siguientes, dejándole con menos sitio por donde maniobrar.

Así que ha decidido darle carpetazo al asunto. Éste será el último relato de la Fundación y como tal se lo presenta a Campbell. Sin embargo, la visión del editor de Astounding es muy distinta y termina convenciéndolo para que no cierre aún la historia y deje abierta la posibilidad de nuevos relatos.

Así que Asimov cambia el final de “Y ahora lo ves…” (en el que había escrito originalmente se revelaba, entre otras cosas, el paradero de la esquiva Segunda Fundación) permitiendo de ese modo que la serie pueda continuar en el futuro.

“Ahora lo ves…” vuelve a ser un relato de misterio, de intriga. Dos personajes, a las órdenes del Mulo, se lanzan a descubrir el paradero de la misteriosa Segunda Fundación mientras el propio Mulo (y alguien más) los observa de cerca. Estamos ante un cuento en el que apenas hay peripecia y ésta es poco más que una excusa para la confrontación dialéctica entre los distintos personajes. De hecho, es un cuento que funciona fundamentalmente gracias a éstos, al modo en que se enfrentan y a la forma en que sus diferencias van asomando, definiéndolos a ellos mismos y a su oponente. Y es través de esa confrontación como se van desvelando las distintas capas del misterio y, justo cuando creemos que el último velo se ha alzado, encontramos uno más que parece el definitivo (como si estuviéramos ante una especie de matriushka narrativa) pero tampoco lo es.

De hecho, el giro de tuerca final queda pospuesto hasta el siguiente cuento, merced a la petición de Campbell de que no finalice la serie, con lo que el lector termina de leer este relato con una sensación de perplejidad y no tarda en invadirle la impaciencia por saber cómo terminará la cosa.

Tendría que esperar casi dos años para descubrirlo.

* * *

A medida que se acerca el final de su tesis doctoral, Asimov está cada vez más harto del lenguaje alambicado, obtuso y deliberadamente oscuro que las normas universitarias le imponen en su redacción.

Para liberar tensión escribe una breve parodia titulada “Las propiedades endocrónicas de la tiotimolina resublimada”, que no tarda en enviar a Campbell.

Se trata de un supuesto artículo de investigación en el que se describe el comportamiento de una sustancia llamada tiotimolina cuya característica fundamental es que reacciona un segundo antes de que la acción sobre ella se produzca: se disuelve en agua un segundo antes de que se le eche el líquido, por ejemplo.

Con esa premisa tan descabellada, Asimov escribe una parodia magnífica, brillante en su elaboración y de lo mejor que llegará a hacer en el terreno del humor, con lo que vuelve a demostrar, de nuevo, lo dotado que está para esa ironía fina y distante, casi de imperceptible alzamiento de cejas, en la que era un consumado maestro su adorado P. G. Woodhouse.

Pese a su aparente intrascendencia, es una parodia sangrante y cruel en muchos aspectos (y enormemente atinada, por otro lado), y con ella suelta toda la presión que llevaba acumulada por su tesis doctoral y pone en solfa la pretenciosidad de muchos de esos trabajos que en realidad describen investigaciones triviales, camufladas bajo un lenguaje pretenciosamente técnico y rodeadas de gráficos a mansalva que, en el fondo, poco aportan a lo que se dice.

De hecho, Asimov llegó a crear varios gráficos, esquemas y cuadros estadísticos que debían acompañar al relato.

Y lo hicieron. Aunque no como él esperaba.

Lo último que quería era que alguien del tribunal leyera su cuento y se lo tomase a mal. Su doctorado estaba en juego, no lo olvidemos. Así que le dijo a Campbell que publicase su relato con seudónimo.

El editor de Astounding, sin embargo, no lo hizo así y el relato apareció en el número de marzo, antes de que Asimov se hubiera enfrentado a la prueba final para su doctorado y firmado con su verdadero nombre. Para colmo de males, el pseudo-artículo empezó a circular por la comunidad científica de la época y se convirtió en un pequeño clásico, podríamos decir. No es sorprendente, ya que muchos científicos eran aficionados a la ciencia ficción y la publicación del cuento de Asimov no les pasó desapercibida.

Hecho un flan, acudió al examen y fue respondiendo, mejor o peor, a las preguntas que los distintos miembros del tribunal le hacían. Cuando pareció que todo había terminado, tras una pausa, llegó de pronto una nueva pregunta:

—¿Qué nos puede decir de las propiedades endocrónicas del compuesto llamado tiotimolina?

Tras un momento de tensión, Asimov respiró aliviado (en realidad soltó una carcajada de pura histeria, según él mismo confiesa). Supuso, acertadamente, que no se dedicarían a gastarle bromas con aquello si fueran a suspenderle. Poco después y tras un “enhorabuena, doctor Asimov”, sus sospechas se vieron confirmadas.

Nunca llegó a saber si la publicación del cuento con su propio nombre se debió a un despiste por parte de Campbell o se trató de algo deliberado, aunque sospechaba lo segundo. Campbell pudo haber juzgado que “Las propiedades endocrónicas de la tiotimolina resublimada” iba a predisponer al tribunal a favor de Asimov en lugar de en su contra. Una apuesta arriesgada, pero parece ser que dio resultado o, cuando menos, no fue un obstáculo para que Asimov obtuviera su doctorado.

Doctorado que quizá celebró con el número de junio de Astounding, en el que apareció un nuevo relato suyo.

Si fue así, lo cierto es que tampoco tenía gran cosa que celebrar. “Sin conexión”, que es como se llamaba el cuento, no es precisamente gran cosa. Una historia sobre el peligro nuclear, demasiado cargada de moralina y a la que ni siquiera consigue volver interesante la sociedad post-humana que aparece en ella. Básicamente, el cuento narra el descubrimiento por parte de un grupo de osos inteligentes de la existencia de unos antiguos monos inteligentes que se acabaron destruyendo a sí mismos. Su escaso interés está, quizá, en que la historia anticipa en cierto modo algunos de los giros argumentales de El planeta de los simos (la película de Franklin J. Shafner, no la novela de Pierre Boule), pero tampoco sabe explotar adecuadamenta la vuelta de tuerca que propone.

Poco más hay que decir de esta historia, más allá de que Asimov no tardaría en descubrir que los propósitos moralizantes son algo que nunca hay que lanzarle a la cara al lector y, en todo caso, deben ir imbricados en el propio relato sin que sean necesariamente obvios.

Con un doctorado bajo el brazo y la posibilidad de un trabajo en el horizonte, el futuro de Asimov parecía bastante claro y orientado hacia lo académico, seguramente hasta su jubilación.

Como antes, seguía pensando que la literatura, como mucho, sería un interesante sobresueldo y poco más.

BIBLIOGRAFÍA:

  • “Ahora lo ves…” (Now You See…). En Astounding Science-Fiction, enero 1948. Edición española más reciente (como “El Mulo inicia la búsqueda”): Segunda Fundación (La Factoría de Ideas, 2008).
  • “Las propiedades endocrónicas de la tiotimolina resublimada” (The Endochronic Properties of Resublimated Tiotimoline). En Astounding Science-Fiction, marzo 1948. Edición española más reciente: La Edad de Oro III (Plaza & Janés, 1988).
  • “Sin conexión” (No Connection). En Astounding Science-Fiction, junio 1948. Edición española más reciente: Crónicas (Plaza & Janés, 1992).
© 2009, Rodolfo Martínez

Otro paréntesis

Lunes 2 Febrero 2009 | 232 lectura(s) | Sin comentar »
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1946 y 1947 son de nuevo dos años “malos”, al menos en cuanto a cantidad. Asimov sólo publicará dos relatos en ese periodo, y los dos son historias de robots.

Es evidente que el año anterior ha tenido otras cosas en las que ocuparse. Ha estado en el ejército, lo ha dejado y ha vuelto a la Universidad para intentar doctorarse. En ese tiempo, lógicamente, apenas encuentra un hueco para escribir algo y estos dos cuentos son la cosecha de ese periodo.

Poco a poco irá recuperando el ritmo, pero hasta 1950 no vuelve ser el autor prolífico de años anteriores y, de hecho, nunca volverá a vivir momentos como aquellos en los que casi publicaba un cuento al mes… al menos de ciencia ficción.

“Prueba circunstancial” es el publicado en 1946. Un relato de robots, como hemos dicho.

Powell y Donovan parecen haber desaparecido del mapa y está claro que es Susan Calvin la protagonista de la serie. ¿Y a qué se enfrenta ahora? A un político, honrado y escrupuloso, al que su rival acusa de ser un robot.

El cuento profundiza aún más en la personalidad de Susan Calvin quien, paso a paso, va convirtiéndose uno de los mejores personajes de Asimov. Cuando queda claro que el político en cuestión es un ser humano (ha sido capaz de golpear a otro hombre, cosa que un robot no podría hacer nunca a causa de la Primera Ley) ella es la única que ve la trampa y el modo en un robot podría haber trucado todo el asunto.

Pero no le importa. No sólo eso, en el fondo lo prefiere. Los robots, dice, son fiables: diseñados para servir al hombre, para no hacerle daño jamás, para cumplir sus órdenes (pero nunca a costa de hacer daño a otros seres humanos) son en realidad todo lo que un ser humano decente debería ser. Y el ser humano más decente del planeta es, concluye Calvin, un robot.

Es la primera vez (tras su arranque de fría y fiera venganza por la humillación sufrida en “¡Embustero!”) en que vemos a Susan Calvin mostrar una respuesta emocional de algún tipo. Con Stephen Byerley, el político que podría ser un robot, es cálida, es amable y está dispuesta a apoyarlo hasta el final. Y es así porque está convencida de que sus rivales tienen razón y es un robot.

Estamos ante un relato que plantea varios dilemas morales, unas cuantas preguntas espinosas. También aparenta resolverlas, si damos por bueno el razonamiento de Susan Calvin. Sin embargo, ¿lo es? ¿Es preferible ser tutelados por un benévolo robot que no tiene otra prioridad que nuestro bienestar o somos lo bastante adultos para cuidar de nosotros mismos? Incluso, aunque no lo seamos, ¿no tenemos acaso derecho a ser los artífices de nuestro propio destino, aunque eso nos conduzca al desastre?

La respuesta a esas preguntas tendrá ocupado a Asimov durante buena parte de su carrera como escritor de ciencia ficción. De hecho, en este relato en el que un posible robot acabará llegando a coordinador mundial (Presidente Planetario, como si dijéramos) está el embrión de ese futuro R. Daneel Olivaw que dirigirá en la sombra el destino de la humanidad durante más de veinte mil años.

Claro que aún falta mucho tiempo para que Asimov decida unir sus dos series de ciencia ficción más populares en una sola y haga que el vínculo entre ambas sea R. Daneel. De hecho, aún faltan unos años para que R. Daneel sea creado como contrapunto de Elijah Baley.

“Pequeño robot perdido”, el cuento que Asimov publica en 1947, es de nuevo protagonizado por Susan Calvin. Y en él vamos viendo nuevos aspectos de la doctora, esta vez más directamente relacionados con su profesión de robopsicóloga.

De hecho, Calvin comprende el proceso mental de los robots como nadie y, durante todo el cuento, es capaz de manipularlos de un modo maestro.

El relato, por otro lado, es una historia de misterio (como lo va siendo poco a poco mucho de lo que Asimov escribe, ya sea o no ciencia ficción) y, durante todo su desarrollo, la tensión dramática se mantiene de un modo envidiable. A medida que el cerco al robot extraviado se va estrechando y los intentos de éste por no ser localizado se van volviendo más y más desesperados, el ritmo de la historia se va acercando cada vez más al de un thriller y, cuando llega la conclusión y salta la trampa, casi respiramos aliviados. Como en los mejores momentos de Hitchcok, Asimov ha sabido construir una relato de intriga y suspense trepidante y ha ido subiendo en él la intensidad dramática sin perder en ningún momento ni el pulso ni el ritmo de la historia ni, mucho menos, el desenlace hacia el que tiene que precipitarse.

Creo que se puede decir sin temor a equivocarse que “Pequeño robot perdido” es el mejor de los cuentos de robots que Asimov escribe en los años cuarenta.

También es, por cierto, el último que publica en esa década.

BIBLIOGRAFÍA:

  • “Prueba circunstancial” (Evidence). En Astounding Science-Fiction, setiembre 1946. Edición española más reciente: El robot completo (Alamut, 2008).
  • “Pequeño robot perdido” (Little Lost Robot). En Astounding Science-Fiction, marzo 1947. Edición española más reciente: El robot completo (Alamut, 2008).
© 2009, Rodolfo Martínez

Corredor de media distancia

Lunes 26 Enero 2009 | 238 lectura(s) | Sin comentar »
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Podría parecer que 1945 también fue un mal año, visto que Asimov sólo publica cuatro relatos. Sin embargo en este caso las apariencias engañan. Pues uno de esos relatos es una novela corta y el otro podría ser considerado sin ningún problema como una novela completa.

Los cuatro son publicados en Astounding; lo cual lo convierte, ya de un modo definitivo, en un “autor de Campbell”. Eso es algo que, en cierto modo, había sido su objetivo desde que empezó a intentar publicar sus relatos. Al fin y al cabo, Astounding es la publicación dominante de ciencia ficción en ese momento (y lo seguirá siendo durante unos años más) y ser un autor casi diríamos que “de plantilla” de la revista no es moco de pavo.

Aunque tiene su contrapartida, y Asimov es consciente de ello. ¿Y si Campbell deja la revista? ¿Y si, simplemente, la editorial decide dejar de publicarla? La idea de tener todos sus huevos literarios en la misma cesta es algo que puede resultar peligroso, por mucho que sea la mejor cesta del momento.

Pese a todo, no parece que intente diversificar los lugares donde publicar. Durante un tiempo, Asimov sigue haciendo lo mismo que ha hecho en los últimos años: somete en primer lugar a Campbell todo lo que escribe y, sólo si éste lo rechaza, intenta buscar otro lugar.

Pero en 1945 Campbell no le rechaza ningún cuento. De hecho, entre 1943 y 1949, Asimov publica todo lo que escribe en Astounding. A partir de los años cincuenta, la cosa empieza a cambiar, no sólo porque aparecen nuevas revistas que le pueden hacer sombra a la de Campbell (como la Galaxy de Frederick Pohl -y, posteriormente, de Horace L. Gold- o The Magazine of Fantasy & Science Fiction –abreviada normalmente a F&SF- de Anthony Boucher) sino porque empieza a haber otros lugares donde publicar, aparte de las revistas.

Pero eso, de momento, es el futuro.

En el presente, aparte de su ya definitivo asentamiento en lo literario como “autor de Astounding”, en lo personal suceden algunos cambios y el más traumático quizá sea que vemos a Asimov vistiendo uniforme.

El modo en que acaba en el ejército tiene su gracia, visto hoy, aunque sin duda a él debió costarle trabajo en su momento encontrar la parte humorística de la situación.

Durante la guerra, los trabajadores de la NAES estaban exentos de ser llamados a filas: en cierto modo su trabajo era una prestación complementaria al esfuerzo bélico. Acabada la guerra, sin embargo, el gobierno advierte a la NAES de que debe prescindir de parte de su personal: puede “proteger” bajo su ala a un porcentaje, pero debe dejar a los otros fuera de esa protección y, si cumplen los requisitos físicos, serán llamados a filas.

La NAES decidió jugar a ser más lista que el gobierno: así que protegió a aquellos que cumplían los requisitos físicos y dejó “disponibles” a los que no, con la esperanza de quedarse, de ese modo, con todo su personal. ¿El resultado? El gobierno rebajó los requisitos y el personal no protegido (entre ellos Asimov) fue llamado a filas.

Se lo tomó con resignación. Al fin y al cabo, la guerra había terminado, así que el momento de mayor peligro había pasado. Y, por otra parte, se decía, entraba en el ejército para que un veterano que había estado al pie del cañón pudiera volver a casa y disfrutar de un merecido licenciamiento.

Y al final, por una serie de circunstancias, su estancia en el ejército fue más corta de lo que él pensaba: se incorporó al ejército en el otoño de 1945 y se fue de él a principios del año siguiente. Tras el periodo de instrucción fue destinado al atolón bikini (donde se iban a hacer algunas de las primeras pruebas nucleares) y, a mitad del viaje, descubrió que por un error administrativo su mujer no estaba recibiendo la pensión. Solicitó un permiso para resolver el tema y luego, ya metido en harina, pidió una licencia para continuar con sus estudios. No tardó en ser licenciado de forma definitiva.

Su experiencia como soldado no resultó demasiado traumática, aunque tampoco fue especialmente agradable (e incluyó un par de viajes en avión que hicieron que la sola idea de volar lo llenase de terror durante el resto de su vida). Supongo que parte de lo que le alegró la estancia en el ejército fue ir viendo cómo aquel año se publicaban sus relatos. En ese tiempo, según confiesa, escribió más bien poco (de hecho, en 1946 sólo publicaría un cuento, y otro tanto haría en 1947) y sus dudas sobre la viabilidad de ganarse la vida escribiendo ciencia ficción no menguaron, sino todo lo contrario.

Ese fue uno de los motivos seguramente por el que volvió a la universidad dispuesto a doctorarse.

Pese a todo, el material que publicó aquel año no era en absoluto desdeñable.

* * *

En marzo aparece “Callejón sin salida”, un relato en el que Asimov se las apaña para usar como herramienta literaria el lenguaje burocrático que ha aprendido durante su estancia en la NAES. De hecho, todo el cuento está estructurado alrededor del intercambio de informes, requerimientos y memorandos entre varios personajes y es a través de ellos como va haciendo avanzar la trama hacia el giro de tuerca final que cierra la historia de un modo brillante.

Es un cuento que podría encuadrarse sin problemas en el mismo Imperio Galáctico del que parte la Fundación, seguramente en su momento de mayor esplendor, a juzgar por el modo en que la burocracia ha florecido. Narra el destino de la única especie extraterrestre que los humanos han encontrado durante su expansión galáctica y funciona a varios niveles.

En primer lugar, por su tratamiento de los seres inteligentes extraterrestres y la sociedad que han creado. Viendo cuentos como éste no podemos por menos que lamentar que el deseo de evitar conflictos con Campbell llevase a Asimov a usar una civilización galáctica exclusivamente humana. Porque las pocas veces que presentó alienígenas supo mostrarlos, biológica y socialmente, como seres realmente ajenos a lo humano y los hizo interesantes describiéndolos desde su propio punto de vista. Una lección que sin duda aprendió de autores como Stanley G. Weinbaum, por el que Asimov siempre sintió admiración.

En segundo lugar porque nos muestra de un modo magistral cómo se puede trabajar desde dentro del sistema, aprovechando sus propias características para obtener lo que deseas. La forma en que Antyok, el personaje central del cuento, utiliza los resquicios burocráticos y manipula a las distintas facciones para sus propios propósitos es magistral.

Y por último, y relacionado con lo que acabo de comentar, porque es una brillante sátira de la burocracia y su lenguaje y de ciertos idiolectos profesionales que se acaban volviendo incomprensibles para los no iniciados, hasta que la simple oscuridad en la forma acaba confundiéndose con la profundidad del fondo. De hecho, un par de años más tarde, Asimov volvería sobre el tema con “Las propiedades endocrónicas de la tiotimolina resublimada”, donde parodia despiadadamente el lenguaje de los trabajos académicos de química.

Al mes siguiente, aparece “La mano muerta” (“El general”, cuando sea recopilada en Fundación e Imperio), una novela corta donde enfrenta a la ya pujante Fundación con los restos en decadencia del Imperio Galáctico. Aunque el relato es irregular (hay ciertos altibajos en el ritmo) funciona gracias, sobre todo, a la interacción entre los distintos personajes: descritos, es cierto, de un modo superficial, sin embargo lo son lo suficiente para que el lector empatice enseguida con ellos y siga sus peripecias interesado por lo que está pasando. Es quizá la primera vez que Asimov se toma la molestia de mostrar que tanto protagonistas como antagonistas tienen buenos motivos para hacer lo que hacen y, de hecho, mientras leemos la historia tenemos nuestras dudas acerca de en qué lado ponernos.

Por “diseño”, podríamos decir, las simpatías del lector van hacia la Fundación y los personajes que la representan. Sin embargo, es imposible no ponernos del lado de Bel Riose y lamentar casi que no consiga su objetivo a causa de los celos de su emperador. Como apasionado de la historia, Asimov no es la primera vez que toma el pasado como modelo para su narraciones acerca del futuro (en “Fraile negro de la llama”, por ejemplo, usa la situación en Palestina bajo el dominio romano en el siglo I), pero creo que sí que es en “La mano muerta” donde esto se hace explícito: la situación descrita tiene mucho que ver con el Bizancio del emperador Justiniano y sin duda Bel Riose está basado, en nombre y en peripecia vital, en Belisario.

El cuento es también destacable por el modo en que Asimov frustra deliberadamente las expectativas del lector: durante buena parte de la historia tiene a los dos protagonistas corriendo de acá para allá, saltando de un lado a otro de la galaxia buscando de forma desesperada un modo de anular a Bel Riose… y cuando el relato acaba descubrimos que nada de lo que han hecho ha servido para nada, que en realidad Bel Riose ha caído porque así lo había predicho la psicohistoria y la situación social en el Imperio no permitía que las cosas fueran de otro modo. El grado de frustración que alcanzan los personajes en ese momento es considerable y, en cierta forma, también lo es el del lector: todo lo ocurrido hasta el momento había preparado las cosas para un momento crucial y, en realidad, ese momento crucial ha venido pasando todo el rato entre bastidores.

Sin embargo, el autor no ha hecho trampa: desde el mismo título (”La mano muerta”) y hasta diríamos que desde los primeros capítulos, se nos advierte de forma clara que Riose será detenido por las fuerzas inevitables de la historia, no por nada que ningún individuo aislado pueda hacer. Así que, en realidad, sabemos cómo deben pasar las cosas. Sin embargo, Asimov se las apaña para que lo olvidemos y nos tiene pegados a la silla siguiendo las peripecias de los protagonistas sin permitirnos pensar en lo que, en el fondo, sabemos: que nada de lo que hacen es necesario ni servirá para nada. No está mal para alguien a quien, a menudo, se le ha acusado de ser un narrador ramplón y simplote.

* * *

“’¡Fuga!” (rebautizado por Campbell como “Fuga paradójica” y restaurado su título original cuando se incluye en Yo, Robot) es un nuevo relato de robots con Powell y Donovan, con la salvedad de aquí Susan Calvin vuelve a hacer su aparición. Y ahora sí que podemos decir que es para quedarse.

La historia sigue la fórmula de los otros cuentos de robots: buscarle las cosquillas a alguna de las tres leyes de la robótica y ver cómo solucionar una situación aparentemente irresoluble.

Visto hoy, sin embargo, quizá el principal punto de interés del relato es el modo en que Susan Calvin, con su sola presencia, convierte en secundarios en Powell y Donovan, hasta entonces concebidos como protagonistas de la serie. De un plumazo, Asimov crea su mejor personaje femenino (como ya dijimos, la Susan Calvin que aparece en “¡Embustero!” es poco más que un esbozo de lo que llegaría a ser) y, aunque en posteriores relatos la irá definiendo con más detalle, es en “¡Fuga!” donde establece sus principales características.

Susan Calvin es fuerte, decidida, enormemente inteligente y, sobre todo, consciente de que está rodeada de hombres menos inteligentes que ella que saben que lo son pero jamás lo reconocerán. La consecuencia es que está frustrada tanto emocional como sexualmente (en parte porque los hombres que podrían estar a su altura nunca la verán como objeto de deseo y en parte porque los que podrían verla así jamás estarán a su altura) y, por tanto, acaba desviando sus afectos hacia los robots, cosificando en cierta manera a los humanos y ascendiendo al rango de personas a los autómatas. Susan Calvin es una outsider que nunca formará parte del sistema, por más que el sistema la necesite para funcionar; que quisiera integrarse en él pero no está dispuesta a hacerlo en las condiciones que el sistema le ofrece. La alternativa es la soledad y la frustración y los únicos que verán sus verdaderas emociones son los hijos que nunca ha tenido y los amantes que quisiera tener: los robots. Y, de hecho, los únicos humanos por los que se permite sentir una respuesta emocional cálida son sospechosos de ser robots en realidad, como veremos más adelante.

“¡Fuga!”, por otro lado, está revestido de una suave pátina humorística casi imperceptible (Asimov empieza a comprender, quizá, que resulta más gracioso cuando no intenta serlo a toda costa) que hace que sea uno de esos relatos que se te quedan grabados enseguida y que, al terminar, te dejan muy bien sabor de boca: delirante es toda la secuencia de Powell y Donovan experimentando alucinaciones en un estado cercano a la muerte, y claramente humorístico el modo en que el ordenador de US Robots & Mechanical Men se convierte en un genio malicioso (se vuelve un poco loco, por así decir) para evitar que una contradicción lógica le acabe friendo los circuitos. Un humor muy británico y muy decimonónico, muy del estilo de P.G. Woodhouse, un autor que, como ya hemos dicho otras veces, es una de las influencias reconocidas y reconocibles de Asimov.

Un Asimov que no puede terminar mejor el año. Su novela “El Mulo” se publica en Astounding en dos partes (en los números de noviembre y diciembre). Si hasta entonces las historias de la Fundación repetían más o menos el mismo esquema (la Fundación se ve abocada a una crisis que ya ha sido prevista por la psicohistoria de Hari Seldon, al igual que su resolución, y a raíz de ella va avanzando un poco más hacia su posición hegemónica en la galaxia) aquí se dinamitan las reglas del juego y la Fundación se ve enfrentada a un oponente al que no puede derrotar.

Las matemáticas de Seldon tratan a los seres humanos como un ente colectivo, donde las entidades individuales son simples partes de una tendencia estadística y, por tanto, los actos de un único ser carecen de trascendencia (véase precisamente lo que ocurre en “La mano muerta”/”El general”). Pero el Mulo escapa a las predicciones de la psicohistoria al ser un émpata que puede percibir y manipular las emociones de los demás y acaba derrotando a la Fundación, desbaratando las predicciones psicohistóricas y, posiblemente, dejando tocado de muerte el ambicioso plan de Hari Seldon. Y ya que éste estableció dos Fundaciones “en extremos opuestos de la galaxia” el Mulo decide, mientras estabiliza su imperio recién creado, lanzarse a la conquista de la Segunda Fundación, siempre a un paso por detrás de los protagonistas de la historia, que huyen una y otra vez con el desastre permanentemente pisándoles los talones, y tratan de encontrar a la Segunda Fundación para advertirla del Mulo.

Con esta narración Asimov da el primer paso real del relato a la novela y, probablemente, lo hace sin ser consciente del todo de que lo está haciendo. Sus cuentos de la Fundación han ido haciéndose progresivamente más complejos y más largos, de modo que no hay un verdadero salto: simplemente, el autor lleva a su extremo lógico una tendencia que había iniciado un par de años antes.

Como digo, no creo que fuera algo buscado de un modo deliberado. Simplemente, a medida que va definiendo más el escenario y ahondando en todo lo que puede ofrecerle, se encuentra con que necesita más espacio para narrar. Cuando escribe “El Mulo” ha pasado del cuento a la novela casi sin darse cuenta.

Y, aunque nunca ha sido publicada de forma independiente (serializada primero en Astounding, incorporada después a Fundación e Imperio, de la que forma los dos tercios finales, y recogida en una antología asimoviana publicada por Octopus Books en 1981, no tiene más ediciones) es una estupenda primera novela.

Los personajes están bien tratados, tanto los protagonistas (la pareja formada por Bayta y Toran Darel -basados, por cierto, en el propio Asimov y su primera mujer, Gertrude- en la que ella es claramente la personalidad dominante; o el bufón Magnífico) como los secundarios (el capitán Han Pritcher, o el científico Ebling Miss). Y lo está especialmente bien el personaje que da título a la historia y al que sólo se ve de forma explícita en las últimas páginas; con solo un par de frases (y la necesaria recapitulación y reinterpretación de todo lo que hemos leído a causa de ellas) queda magníficamente retratado y se convierte en uno de los grandes personajes de la narrativa asimoviana.

El Mulo es, sin duda, un ser contradictorio, patético y, al mismo, dotado de un aura casi trágica. Es el motor de toda la historia sin estar presente en ella y es el responsable de que el resto de los personajes se muevan hacia donde lo hacen y por los motivos por los que lo hacen.

Toda la novela es una huida hacia adelante (con el desastre pisándoles siempre los talones a los personajes, como he dicho) y es también la resolución de un misterio y, al mismo tiempo, una interesante reflexión sobre la manipulación social y emocional. Es buena como ciencia ficción pero no lo es menos como relato policiaco, como historia de misterio.

Y, como en las buenas historias policiacas, una vez que el misterio se resuelve y queda claro lo que ha ocurrido, el placer está ahora en la relectura: en volver sobre el relato sabiendo lo que realmente pasa y disfrutar del modo en que el autor va poniendo sus piezas sobre el tablero y las hace moverse con maestría hacia un desenlace que parece inevitable.

Y todo ello sin hacer trampa.

Porque en “El Mulo”, Asimov nos muestra, quiza de forma clara por primera vez, una de sus principales características como escritor, como futuro novelista: su manejo ejemplar de la trama y la estructura, su adecuada dosificación del suspense y, sobre todo, lo lógicas e inevitables de sus conclusiones. Asimov es un obseso de la honradez con sus lectores. Como lector él mismo de novela policiaca (y fan absoluto de la novela-problema inglesa) para él una exigencia irrenunciable es que el misterio debe tener una solución lógica y coherente y las semillas de la misma tienen que irse plantando a lo largo de la historia. El lector debe tener la oportunidad de descubrir por sí mismo el misterio y el autor no puede hacer trampa y escamotearle las cosas. Podrá despistar, podrá intentar volver la atención hacia otro lado, puede distorsionar la verdad, pero no debe mentir nunca.

Y en ese aspecto, “El Mulo” es ejemplar.

BIBLIOGRAFÍA:

  • “Callejón sin salida” (Blind Alley). En Astounding Science Fiction, marzo 1945. Edición española más reciente: La Edad de Oro II (Plaza & Janés, 1988).
  • “La mano muerta” (Dead Hand). En Astounding Science Fiction, abril 1945. Edición española más reciente (como “El general”): Fundación e Imperio (La Factoría de Ideas, 2008).
  • “¡Fuga!” (Scape!).  En Astounding Science Fiction, agosto 1945. Edición española más reciente: El robot completo (Alamut, 2008).
  • “El Mulo” (The Mule). En Astounding Science Fiction, noviembre y diciembre 1945. Edición española más reciente: Fundación e Imperio (La Factoría de Ideas, 2008).
© 2009, Rodolfo Martínez

Casado y asalariado

Lunes 19 Enero 2009 | 220 lectura(s) | Sin comentar »
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En 1943 Asimov publica un solo cuento. Y si no lo hubiera hecho, no nos habríamos perdido gran cosa.

Se trata de “Sentencia de muerte” y lo cierto es que poco bueno se puede decir de él. El supuesto misterio que plantea, resuelto en la última frase del relato como no podía ser menos, nos hace chirriar los dientes por lo obvio y facilón y ni el desarrollo de la trama ni las ideas que maneja aportan nada ni al género ni a la propia obra de Asimov.

No es un cuento espantosamente malo, no tanto como “El arma”, en cualquier caso, pero  sin duda es un paso atrás en su evolución como escritor y no está a la altura de lo que ha publicado el año anterior. De hecho, al igual que el cuento que acabamos de mencionar, es un material que Asimov había escrito un tiempo atrás y que, por azares de la vida, tarda en encontrar editor. Es algo que se nota a poco que lo comparemos con la mayoría los relatos que publica el año anterior y con los que publicará el siguiente.

En cierta manera resulta sorprendente que Campbell le acepte el relato. Hasta este momento, los mejores cuentos que Asimov ha venido publicando aparecen en su Astounding y, de hecho, es a Campbell a quien somete en primer lugar todo lo que escribe (salvo que considere, de partida, que está por debajo de su nivel de exigencia) y sólo cuando él lo ha rechazado lo envía a otros editores. Así que hemos de suponer que “Sentencia de muerte” es presentado directamente a Campbell y que éste lo acepta sin problemas, ya sea porque ve en el relato virtudes que a mí se me escapan, ya porque (y sospecho que un poco por ahí van los tiros) Asimov lleva demasiado sin publicar nada y aceptar su relato es una forma de darle ánimos.

Como dije, no es que sea un cuento horrible… sólo prescindible. Y si publicarle un cuento un poco por debajo de los estándares es la forma de animar a seguir adelante al que para entonces sin duda ve como su pupilo más prometedor, es posible que haya hecho.

O también, simplemente, ése es un año en el que no tiene precisamente abundancia de material para la revista. O le parece un buen relato, que todo puede ser.

* * *

En los últimos meses, la vida de Asimov ha dado un gran cambio. Ha decidido solicitar una excedencia en su investigación para el doctorado (después de pensárselo mucho y sopesar los pros y los contras) y ha aceptado la oferta que la hace Robert A. Heinlein para trabajar en la  NAES, una compañía de ingeniería que hacía investigación para el gobierno y a la que también se incorpora L. Sprague de Camp.

Eso le permite cumplir su máxima aspiración en esa época: casarse. Con un sueldo fijo en el bolsillo, aunque no sea gran cosa, puede contraer matrimonio con su novia Gertrude e iniciar una familia. Y eso es lo que hace. Así que cuando se inicia 1943 su vida ha dado un vuelco considerable.

Su trabajo en la NAES tiene varias consecuencias inmediatas aparte de la ya comentada de empezar  a cobrar un sueldo y poder, por tanto, independizarse económicamente.

También tranquilza  en cierto modo su conciencia culpable por no estar batiéndose el cobre contra el enemigo en los campos de batalla de Europa o del Pacífico. Al fin y al cabo, la NAES es una compañía que contribuye al esfuerzo de guerra y quién sabe si el trabajo de Asimov ayudará a salvar vidas americanas en ultramar.

Por otro lado, su relación con Heinlein se va enfriando paulatinamente. Hasta entonces poco trato directo han tenido y, a medida que Asimov va conociendo más y mejor a su colega, menos le va gustando lo que ve. Se siente en deuda con él por haberle conseguido un trabajo, por supuesto y, por otro lado, su carácter no es muy dado a los enfrentamientos directos. Así que a lo largo de toda su vida mantendrá un trato cordial con Heinlein (al que admira como escritor) pero también superficial. Asimov tardó bastante en reconocer en público sus diferencias con Heinlein (diferencias ideológicas pero también, y sobre todo, de actitud vital): de hecho no llegaría a hacerlo hasta el último volumen de su autobiografía. Para entonces, Heinlein ya había muerto y él mismo sentía su propia muerte rondándole, idea que no estaba muy desencaminada.

Por el contrario, simpatiza enseguida con Sprague de Camp y se inicia entre ambos una amistad que durará toda la vida. Se habían conocido algún tiempo atrás en las oficinas de Campbell y el trabajar juntos y verse todos los días los acerca aún más.

Por último su trabajo le deja menos tiempo libre para escribir. Eso, unido al posible desánimo al ver lo poco que rinden económicamente sus esfuerzos literarios, sin duda contribuye al parón en su producción, como también lo hace el hecho de que, comparado con otros escritores de su mismo ámbito, el Asimov de entonces se ve a sí mismo como poco más que una medianía prometedora (”un prometedor autor de tercera fila” es como se describe a sí mismo), lo que dice mucho de la capacidad de autocrítica de alguien a quien siempre se ha acusado de poseer un ego sobredesarrollado.

Si no llega a abandonar del todo la ciencia ficción es por la confluencia de dos factores que mantienen encendida, como si dijéramos, la llama piloto. Aunque lleva varios meses sin escribir, a lo largo de 1942 se han ido publicando varios de sus relatos y recibir el ejemplar de la revista con su material hace que se sienta todavía vinculado al género. De hecho, no puede evitar llevar la revista a la NAES y mostrásela a sus compañeros de trabajo.

La otra es que, aunque está alejado de Nueva York (la NAES se encontraba en Filadelfia) y de Campbell, no está solo. Al fin y al cabo, De Camp y Heinlein están con él y pronto se les uniría John D. Clarke, un aficionado de Filadelfia que luego sería bastante relevante en el futuro profesional de Asimov.

Esos dos factores hacen que, pese a todo, no abandone por completo la ciencia ficción.

* * *

1944 sería un poco mejor, aunque no mucho, al menos en cantidad. Sólo tres cuentos y los tres publicados en la Astounding de Campbell. Uno de ellos era un relato de robots (una nueva historia de Powell y Donovan) y los otros dos, las siguientes entregas de la Fundación.

“Atrapa esa liebre” es, como todas las historias de Powell y Donovan, un intento de jugar a buscarles las vueltas a las tres leyes de la robótica: construido a partir de una aparente violación de las mismas, el truco está en ver cómo se aprovechan los huecos de diseño de las normas que rigen el comportamiento de los robots para justificar el asunto. No es un mal cuento, aunque el esquema seguido empieza a sonar demasiado a fórmula y Asimov no tardaría en abandonarlo.

Las otras dos historias, como he dicho, forman parte de la Fundación. Y son de factura y resultados muy distintos.

“Lo grande y lo pequeño” (“Los príncipes comerciantes” en la edición en libro) narra con bastante buen tino una nueva historia de intriga política –con toques de relato de misterio incluido y hasta diría que cierta influencia de las historias de Perry Mason en la secuencia del juicio al protagonista- en la que se aprovecha para hacer evolucionar el escenario y, poco a poco, ir haciéndolo mayor y más complejo. Por su extensión es casi una novela corta y a lo largo de ella vamos viendo cómo a Asimov empiezan a quedársele pequeños los relatos y, casi sin darse cuenta, está buscando distancias más largas en las que probarse. De hecho, es el relato más complejo de los que hasta ahora ha escrito (en estructura, en ambiciones y también en el desarrollo del escenario) y uno tiene la impresión de que está, casi, ante el embrión de lo que habría podido ser su primera novela.

“La cuña” (“Los comerciantes” en Fundación) es todo lo contrario: una viñeta breve que en realidad aporta más bien poco al conjunto. Lo que nos cuenta el relato tiene cierta gracia e ingenio y nos da una pequeña pincelada de la evolución de la Fundación y el modo en que va extendiendo sus garras hacia sus vecinos, pero poco más.

Curiosamente, cuando Asimov publique Fundación invertirá el orden de los relatos y “La cuña” aparecerá antes que “Lo grande y lo pequeño”. Una decisión bastante acertada, a mi entender. De este modo, en el cuerpo del libro, “La cuña” funciona como un pequeño paréntesis y la historia más grande y más satisfactoria queda como cierre de Fundación.

Como se ve (y se verá mejor en los siguientes años), Asimov parece haberse centrado en las dos series que tiene en marcha y con las que, sin duda, está consiguiendo mejor respuesta entre los lectores de ciencia ficción. Para este año 1944, tanto sus relatos de robots como su ciclo de la Fundación se han asentado sin problemas en el mercado y el público ya cuenta con ellos como parte imprescindible de sus lecturas.

Podríamos decir que, en un momento en que su producción se reduce, Asimov decide tirarse a lo que parece más seguro comercialmente y prescindir de lo incierto.

BIBLIOGRAFIA:

  • “Sentencia de muerte” (Death Sentence). En Astounding Science Fiction, noviembre 1943. Edición española más reciente: La Edad de Oro I (Plaza & Janés, 1988).
  • “Atrapa esa liebre” (Catch that Rabbit). En Astounding Science Fiction, febrero 1944. Edición española más reciente: El robot completo (Alamut, 2008).
  • “Lo grande y lo pequeño” (The Big and the Little). En Astounding Science Fiction, agosto 1944. Edición española más reciente (como “Los príncipes comerciantes”): Fundación (La Factoría de Ideas, 2007).
  • “La cuña” (The Wedge). En Astounding Science Fiction, octubre 1944. Edición española más reciente (como “Los comerciantes”): Fundación (La Factoría de Ideas, 2007).
© 2009, Rodolfo Martínez

Por todas partes

Lunes 12 Enero 2009 | 239 lectura(s) | Sin comentar »
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El siete de diciembre de 1941 los japoneses atacan Pearl Harbor y Estados Unidos entra en la Segunda Guerra Mundial.

En ese momento, Asimov está en la Universidad en pleno proceso de investigación para su doctorado y no corre a alistarse para defender el mundo libre. Servirá a su país si lo llaman a filas, por supuesto, pero tiene muy claro que lo que en esos momentos necesitan los Estados Unidos no es un mal soldado más, precisamente.

¿Una excusa? Es posible. Sin duda, Asimov no tiene ningunas ganas de ir a combatir a ultramar. Está dispuesto a cumplir con su deber, pero preferiría hacerlo en un lugar donde no corra el riesgo de ser abatido por fuego enemigo. Su estancia en la Universidad probablemente le permita prolongar un tiempo su estado como civil, pero también es consciente de que, tarde o temprano, eso se acabará y, si la guerra dura lo suficiente, tendrá que incorporarse a filas.

Y lo hará cuando le toque, aunque no lo hará lleno de entusiasmo. Acude al reconocimiento médico y vuelve a casa con una cartilla en la que aparece como “poco desarrollado”, lo que sin duda resulta un tanto humillante, pero le garantiza que, de momento, no será llamado a filas.

Lo que sí hace es dejar de escribir, durante un tiempo. Su actividad académica le tiene bastante ocupado, por no mencionar que ha echado novia y está planteándose la posibilidad de casarse; algo para lo que, lógicamente, necesita una fuente de ingresos. Eso hace que sus prioridades cambien y durante una temporada su actividad literaria se resiente. Sin embargo, tiene bastante material acumulado de años anteriores para que en 1942 no se note demasiado. Así que poco a poco va dando salida a todos esos cuentos.

En enero aparece “Navidades en Ganímedes” en Startling Stories. Al igual que otros intentos en aquellos años de hacer CF humorística (como “Un anillo alrededor del sol” o “La magnífica posesión”) dista mucho de ser satisfactorio. En realidad, el cuento se salva por los extraterrestres descritos en él, que resultan ser bastante interesantes, pero la historia es tonta y el chiste final podría describirse, siendo muy benevolentes, como moderadamente gracioso.

Otro tanto podemos afirmar de “El robot AL-76 se extravía”, publicado en febrero de ese mismo año, y del que lo mejor que se puede decir es que es breve. De hecho, cuando años después Asimov recopilase todas sus historias de robots en Yo, robot, dejaría fuera este cuento. No es de extrañar.

“Círculo vicioso”, sin embargo, es bastante más satisfactorio. Es una nueva entrega de la breve serie protagonizada por Powell y Donovan y, como en todos los relatos de estos dos personajes, se trata de buscarles las vueltas a las tres leyes de la robótica; será en esta historia, por cierto, donde aparezcan citadas por primera vez de forma explícita. Los cuentos de este estilo (una especie de relato-puzzle en el que hay que ir encajando las piezas poco a poco hasta llegar a la resolución final) se le daban bastante bien a Asimov y “Círculo vicioso” no es un mal ejemplo. La situación está bien planteada, el relato tiene cierto toque de humor sin pretender ser gracioso a toda costa y el enigma está resuelto con ingenio.

Como casi todos los cuentos de robots de esa época, es publicado en Astounding, en el número de marzo.

Al mes siguiente, en abril, aparece en la misma revista “Cronogato”, un relato ultracorto cuyo efecto está basado en un retruécano final que carece por completo de gracia una vez traducido y que, de hecho, tampoco es que resulte muy gracioso en el original.

Es de destacar que el cuento fue publicado bajo el seudónimo de George E. Dale. Eso se debió a que  Campbell  estaba intentando crear una nueva sección para su revista, “Probabilidad cero”, dedicada a la publicación de material prometedor de autores noveles. Y, para dar la impresión de que el cuento era de un recién llegado y animar a los escritores en ciernes a enviar su material, Asimov lo publicó con ese seudónimo. Y sí, sin duda da la impresión de ser el cuento de un recién llegado.

Y luego, en mayo de ese año, la revista de Campbell publica “Fundación” el primer relato de lo que sería, de lejos, su serie más popular.

Su génesis es un tanto curiosa. Unos meses atrás, mientras acude a ver a Campbell (para entonces sus encuentros periódicos se habían convertido en un ritual) se da cuenta de que no tiene ninguna idea que ofrecerle, así que empieza a darle vueltas a la posibilidad de escribir una especie de “historia futura” (ya había intentado algo parecido anteriormente con otros cuentos, como en “Fraile negro de la llama”, un relato que hasta entonces no ha podido publicar y del que se siente cada vez menos satisfecho, como veremos en seguida) y juega con la idea de un Imperio Galáctico en decadencia, un hombre que es capaz de prever su caída y el modo en que creará un mecanismo para paliar sus efectos.

Cuando llega al despacho de Campbell lo que tiene no es el punto de partida de un relato, sino de toda una serie y el editor de Astounding se muestra entusiasmado con la idea y no tarda en aceptar el cuento que Asimov escribe poco después.

Lo que Campbell publica es, en esencia, lo que hoy conocemos como la segunda parte de Fundación (la titulada “Los enciclopedistas”) aunque no es del todo el mismo cuento que acabaría pasando al libro. La diferencia fundamental está en la secuencia inicial del relato publicado en la revista, donde vemos a Hari Seldon y a sus colaboradores preparar el futuro que se avecina para su Fundación.

Esta escena sería eliminada al incorporar el cuento a Fundación y, en su lugar se añadiría una nueva, escrita ex profeso para la ocasión y en la que, bajo el título de “Los psicohistoriadores”, asistimos a los últimos días de Hari Seldon y a las últimas fases de su proyecto para manipular los próximos mil años de historia.

El resto de las diferencias entre ambas versiones son mínimas: básicamente, Asimov se limitó a eliminar unos cuantos toques pulp en el estilo del relato original al revisarlo para incluirlo en el libro.

Aunque no estamos todavía ante los mejores relatos de la Fundación (al fin y al cabo, la serie está empezando), sí que nos encontramos ante un buen cuento, con abundantes dosis de intriga política, y varios personajes (especialmente Salvor Hardin) que se quedan con facilidad en la memoria del lector. Además, Asimov tiene el descaro de hacer terminar el cuento en un cliffhanger que no resolverá hasta la siguiente historia. De hecho, él mismo reconocería años más tarde que cuando dejó a sus personajes colgados al borde del abismo, por así decir, aún no sabía cómo resolvería la situación.

Pero lo hizo, concretamente en el relato “Brida y silla de montar” (”Los alcaldes”, en la versión en libro) que aparecería en junio en Astounding. Allí continua la trama de “Fundación”, haciendo avanzar la historia cuarenta años y mostrándonos cómo poco a poco ese pequeño y aparentemente indefenso planeta va convirtiéndose en la influencia dominante de una periferia galáctica a la que el Imperio ha dejado de lado. Salvor Hardin (ahora como maduro alcalde de Términus) es, de nuevo, un estupendo personaje; un manipulador nato, en realidad, que domina la situación en todo momento y mantiene engañados, no sólo a sus adversarios, sino incluso a sus colaboradores más cercanos. Frente a sus enemigos, partidarios de la acción directa y tan sutiles como un elefante en una cristalería, Hardin siempre prefiere esperar, negociar, ganar tiempo y resolver la situación aplicando la fuerza mínima necesaria en el instante adecuado.

Quizá si hay que reprocharle algo al relato, es que el principal antagonista es un villano demasiado de opereta; el autor carga en exceso los dados en su contra y lo hace parecer tan estúpido que, por simple comparación, encontramos a Hardin más brillante de lo que es en realidad.

Es un defecto que Asimov irá puliendo con el tiempo pero que en los primeros relatos de la Fundación es algo casi permanente: sin ir más lejos en “La cuña” (”Los comerciantes”, en la versión de Fundación), donde de nuevo el antagonista es, poco más o menos, un político corrupto y avaricioso que se cree más listo de lo que es. Poco a poco, sin embargo, a medida que sus narraciones van ganando en madurez y en complejidad, iremos descubriendo un autor en el que los “villanos” tienen motivaciones tan creíbles y lógicas como los “héroes”, hasta el punto de que el mismo concepto de héroe y villano termina careciendo de sentido. Seguiremos teniendo un protagonista y un antagonista, pero ambos tendrán sus razones para hacer lo que hacen, y no siempre las razones del protagonista serán mejores que las de su enemigo.

Los relatos de la Fundación tienen una buena acogida entre el público de la época, además de que no tardan en despertar cierta expectación por ver hacía dónde va a tirar la serie. Y es que, al contrario que los cuentos de robots, el ciclo de la Fundación sí que comparte un esqueleto argumental que lo va vertebrando, además de un escenario común. Por más que ese esqueleto argumental vaya siendo, en buena medida, improvisado sobre la marcha. Podríamos decir que el final de cada historia marca el principio de la siguiente, le da el pie, en cierta manera. En cualquier caso, hay una trama que va avanzando de historia en historia, mientras que sus cuentos de robots componen un ciclo mucho más abierto en el que puede haber personajes recurrentes, pero poco más.

Así, tanteando, sin tener del todo claro hacia dónde va, Asimov está probando dos fórmulas distintas y viendo cómo los lectores responden a ellas. La menos arriesgada es la de los cuentos de robots: al no existir demasiada relación argumental entre ellos, no necesitan de un conocimiento previo por parte de los lectores, con lo que se pueden ir captando adeptos sobre la marcha. El ciclo de la Fundación, por el contrario, tiene dos riesgos evidentes: si no funciona comercialmente, el autor puede quedarse a dos velas sin posibilidad de cerrar el arco; y, por otro lado, es más difícil atraer lectores sobre la marcha, pues se incorporarán a una historia que ya estaba empezada cuando ellos llegaron. Tiene la contrapartida evidente de que, si funciona, enganchará a los lectores con más fuerza que la otra serie, más abierta.

Un poco lo que pasa hoy en día con las series de televisión, en cierta manera: ¿qué es mejor comercialmente: una serie con episodios autoconclusivos o una sujeta a un arco argumental común? ¿O quizá una fórmula mixta? No hay una respuesta clara para esas preguntas, evidentemente, y el panorama televisivo actual es una muestra clara de las distintas alternativas que van probando los productores.

* * *

Entre estos dos primeros relatos de la Fundación Asimov publica dos cuentos más.

El primero es “El arma” y, cuanto menos se diga de él, mucho mejor. Es, en realidad un retroceso evidente en todo lo que Asimov venía haciendo hasta el momento: una trama torpe, artificial, unos personajes totalmente estereotipados, un estilo con elementos de lo peor del pulp, situaciones francamente inverosímiles…

De hecho, Asimov llegó a olvidar que lo había escrito y, cuando lo releyó años más tarde, no conseguía reconocer nada de él. Lo incluyó en In Memory Yet Green, el primer volumen de su autobiografía, pero aparte de eso, si no me falla la memoria, no ha pasado a ninguna antología. Y, de hecho, creo que ni siquiera tiene versión en castellano. Mucho mejor. Es muy posible que sea uno de los primeros cuentos que escribió (es lo que parece, desde luego) que debió ir rodando de editor en editor hasta que, finalmente, encontró uno que lo aceptó. Sólo que, para entonces, Asimov ya había aprendido unas cuantas cosas sobre cómo escribir relatos y “El arma” se muestra muy inferior a otros que publicó en esa misma época.

El otro cuento es “Fraile negro de la llama”, del que ya hemos hablado, un relato del que Asimov siempre abominó, entre otras cosas porque fue obligado a revisarlo como media docena de veces y, tras cada cambio, se sentía más insatisfecho del resultado. De hecho, en la última revisión solicitada por el editor, se le pidió que eliminase toda referencia religiosa del relato. Asimov así lo hizo, sólo para descubrir que que el cuento, que el había titulado “Peregrinaje”, terminará apareciendo como “Fraile negro de la llama”.

Aunque irregular, no es de lo peor que ha escrito Asimov ni tampoco de lo peor de esa época. Es un cuento que no termina de funcionar del todo, cierto, pero que tiene algunos buenos momentos y un par de ideas interesantes. Un relato, en realidad, que no destaca en casi ningún aspecto, ni por bueno ni por malo; material “de repertorio”, prodíamos decir. Quizá lo más memorable de él sea el hecho de que aparecen alienígenas inteligentes, en lugar de la galaxia exclusivamente humana que vemos en la serie de la Fundación, a pesar de desarrollarse, en apariencia, en el mismo escenario. Se menciona a Trántor, por ejemplo, aunque está escrito, al menos en su primera versión, mucho antes que las primeras historias de la Fundación.

“Fraile negro de la llama” tiene una consecuencia interesante en su carrera. Le convence de que revisar en exceso, al menos en su caso, no acaba mejorando el original, sino todo lo contrario. A partir de ese momento, Asimov se mostrará reacio a las correcciones: no se niega a revisiones puntuales aquí y allá, pero comprende que si el editor le pide una revisión a fondo es porque el cuento no funciona y, en lugar de intentar arreglar el desastre, preferirá probar con un nuevo relato, donde seguramente se lo pasará mejor (describe a menudo las revisiones como “mascar un chicle usado”, imagen bastante gráfica).

Asimov es de esos afortunados escritores que se lo pasa bien escribiendo, que disfruta con el acto en sí de escribir, lo que implica que está mucho menos motivado cuando tiene que hacer una revisión a fondo que cuando inicia una nueva historia desde cero. Es un detalle que puede explicar por qué las sucesivas correcciones y revisiones acaban produciendo un resultado cada vez menos satisfactorio.

* * *

En agosto publica “Victoria accidental”, una continuación de “No tan definitivo”, que había publicado en 1941. La primera historia no pasaba de ser un cuento-enigma con una idea interesante pero un desarrollo que no estaba su altura. Su continuación, sin embargo, es bastante superior. Al introducir en la trama a los robots, con su forma lógica y carente de dobleces de ver el mundo, y enfrentarlos a los jovianos (taimados, orgullosos e incapaces de admitir que puedan ser inferiores en nada a nadie, prácticamente una parodia deliberada de los alienígenas en la tradición pulp) Asimov no solo consigue unas cuantas situaciones que van de lo divertido a lo delirante, sino que llena el cuento de cargas de profundidad ideológicas (al fin y al cabo, si los jovianos son una parodia de algo, es de nosotros mismos) y es capaz de rematar la historia con una conclusión a su altura. De los mejores cuentos que Asimov publica en esa época, sin duda.

En octubre aparece “La novatada”, un cuento ambientado en el escenario de “Homo Sol” (recordemos la avanzada civilización galáctica a la que la Tierra acaba de unirse) y sigue las características del resto de esos relatos: los humanos quizá estamos menos avanzados tecnológicamente, pero nuestro ingenio y mala leche nos hacen salir triunfantes de cualquier situación. No es un cuento especialmente memorable, aunque se lee con cierto agrado.

En noviembre ve la luz “El número imaginario”, otro relato ambientado en el mismo escenario que el anterior. Como éste, no deja una huella especial, pero se deja leer y contiene dos o tres momentos humorísticos bastante logrados.

Para cuando termina este año de 1942, Asimov ya es sin duda una de las principales figuras del género en Estados Unidos. Con una serie asentada en el mercado, la de los robots, y otra apenas iniciada (la Fundación) pero bien acogida por los lectores, parece que las cosas le van viento en popa, por no mencionar sus otros relatos que, en general, tienen un buen recibimiento y que, poco a poco, van contribuyendo a que su nombre esté presente prácticamente todas las revistas de ciencia ficción de la época. No sé si alguien llegó a calificarlo de “inevitable”, pero no sería descabellado pensarlo, teniendo en cuenta que casi no había publicación del género que no incluyera material suyo.

Si embargo, Asimov no las tenía todas consigo. Sí, había alcanzado un cierto estatus, sin duda, pero llevado eso a terrenos puramente prácticos no significaba casi nada. La idea de ganarse la vida vendiendo relatos a las revistas de ciencia ficción quedaba descartada; incluso en un año bueno como aquel, en el que había vendido once cuentos, aquello no daba ni de lejos para vivir. Hasta entonces le había permitido irse costeando sus estudios e incluso ahorrar un poco, lo que no estaba nada mal, pero parecía haber alcanzado un tope en lo que se refería a las posibilidades económicas del asunto. Estaba claro, eso pensaba Asimov, que como mucho la ciencia ficción sería un sobresueldo.

Eso lo desanimaría algún tiempo, como veremos.

BIBLIOGRAFÍA:

  • “Navidades en Ganímedes” (Christmas on Ganymede). En Startling Stories, enero 1942. Edición española más reciente: La Edad de Oro II (Plaza & Janés, 1988).
  • “El robot AL-76 se extravía” (Robot AL-76 Goes Astray). En Amazing Stories, febrero 1942. Edición española más reciente: El robot completo (Alamut, 2008).
  • “Círculo vicioso” (Runaround). En Astounding Science-Fiction, marzo 1942. Edición española más reciente: El robot completo (Alamut, 2008).
  • “Cronogato” (Timepussy). En Astounding Science-Fiction, abril 1942 (bajo el seudónimo de George E. Dale). Edición española más reciente: La Edad de Oro III (Plaza y & Janés, 1988).
  • “Fundación” (Foundation). En Astounding Science-Fiction, mayo 1942. Edición española más reciente (como “Los enciclopedistas”): Fundación (La Factoría de Ideas, 2007).
  • “El arma” (The Weapon). En Super Science Stories, mayo 1942. Inédito en castellano.
  • “Fraile negro de la llama” (Black Friar of the Flame). En Planet Stories, primavera 1942. Edición española más reciente: La Edad de Oro I (Plaza & Janés, 1988).
  • “Brida y silla de montar” (Bridle and Saddle). En Astounding Science-Fiction, junio 1942. Edición española más reciente (como “Los alcaldes”): Fundación (La Factoría de Ideas, 2007).
  • “Victoria accidental” (Victory Unintentional). En Super Science Stories, agosto 1942. Edición española más reciente: El robot completo (Alamut, 2008).
  • “La novatada” (The Hazing). En Thrilling Wonder Stories, octubre 1942. Edición española más reciente: Cuentos Completos II (B, 1993).
  • “El número imaginario” (The imaginary). En Super Science Stories, noviembre 1942. Edición española más reciente: La Edad de Oro II (Plaza & Janés, 1988).
© 2009, Rodolfo Martínez

Asimov y España (II): Algunos títulos (1)

Lunes 5 Enero 2009 | 296 lectura(s) | Sin comentar »
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EDITANDO: La memoria me ha jugado una mala pasada. Tyrann no fue el título de The Stars, Like Dust en ninguna de sus ediciones en castellano. Fue como Horace L. Gold decidió titularla cuando la serializó en su revista Galaxy. He corregido ese detalle en el cuerpo del artículo (aunque dejando tachado el texto original, por aquello de la fidelidad) y aprovecho esta nota de edición para explicar por qué.

La obra de ciencia ficción de Asimov lleva mucho tiempo publicándose en nuestro país, seguramente desde finales de los años cincuenta del pasado siglo. A lo largo de ese periodo ha pasado, como es lógico, por un buen número de editores distintos.

La consecuencia es que los títulos de sus libros (y también de sus relatos) han ido variando con el tiempo y a veces es fácil armarse un lío y no tener muy claro si esta novela que ha aparecido como “X” es en realidad “Y” o se trata de otra totalmente distinta.

Una de las novelas más emblemáticas de Asimov es The Caves of Steel. La primera edición de que tengo noticia en castellano fue traducida bajo el título de Las bóvedas de acero. Es una edición mejicana (de editorial Tlacoquemecatl) y bastante cercana en el tiempo a la publicación original en inglés, concretamente de 1955.

En España aparecería primero de mano de ediciones Vértice, con “gloriosa” traducción de F. Sesén, el mismo que traducía los tebeos Marvel para esa misma editorial y responsable del más pintoresco juramento de batalla del Capitán América: ese “¡y un jamón con chorreras!” que le lanzó a la cara a algún supervillano cuando éste le pedía que se rindiese.

Se titularía Trogloditas del mañana y recuerdo que, cuando cayó en mis manos (tendría unos diez años) esperaba una aventura prodigiosa llena de cavérnicolas armados de palos y piedras luchando ferozmente en medio de ciudades en ruinas en un remoto futuro. Lo que me encontré, claro, no tenía nada que ver.

Martínez Roca la reeditaría en los ochenta como Bóvedas de acero, recuperando el título de la edición mejicana, y lo propio haría Bibliópolis con su edición, convirtiendo de este modo casi en “oficial” esa traducción del título original.

La única edición que intentó mantener algo aproximado al título inglés fue la que hizo Círculo de Lectores: la novela aparecía como Bóvedas de acero, pero bajo el título y entre paréntesis podíamos leer Las cavernas de acero.

Un guijaro en el cielo pudo leerse en castellano por primera vez como La Tierra contra la Galaxia. Lo que, de nuevo, prometía una trepidante historia bélica que no aparecía por ningún lado dentro de las tapas del libro. Las siguientes ediciones en castellano, sin embargo (Martínez Roca, Círculo de Lectores y Bibliópolis) han respetado el título original.

The Stars, like Dust ha aparecido también bajo varios títulos distintos. Desde el En la arena estelar de Martínez Roca al Polvo de estrellas de Bibliópolis. Y juraría (pero hablo de oídas y no puedo asegurarlo) que hubo una edición en castellano bajo el contundente título de Tyrann.

Y, aunque aquí estamos hablando de ciencia ficción, no puedo resistirme a comentar Asesinato en la Convención. El título original de esa novela es Murder at the ABA, donde la ABA es una asociación de libreros americanos. Cuando a Asimov, que aparece como personaje en su novela, le preguntan qué hace ahí, él responde que sus editores lo han enviado a escribir una novela de la que sólo le han dado el título: Murder at the ABA. ¿Para qué iba el traductor a traducir el título de la novela y hacerle decir a Asimov que sus editores lo habían mandado a escribir una novela titulada Asesinato en la Convención? No, mucho mejor dejar el título en inglés y, en una nota a pie de página, explicar que ésa es la novela que el lector está leyendo.

Hay muchas formas de cargarse un chiste, pero ésta roza lo sublime, sin duda.

© 2009, Rodolfo Martínez

Asimov y España (I): Del amor al odio

Lunes 22 Diciembre 2008 | 231 lectura(s) | 1 comentario »
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En los años setenta Asimov era el escritor que todos los editores españoles querían publicar, o eso parecía. Bruguera, Plaza & Janés, Alianza Editorial, Vértice, Edhasa… Fue Bruguera la que se llevó el gato al agua, al menos en lo que se refiere a su obra de ciencia ficción, seguida muy de cerca, seguramente, por Alianza, que no tardó en especializarse en sus libros de divulgación.

Así, durante esa década, Asimov fue un autor que parecía estar en todas partes en las librerías españolas. Y en los años ochenta, esa tendencia no pareció disminuir. Era el escritor de ciencia ficción que publicaban incluso los editores que no tenían el menor interés en publicar ciencia ficción. Y era el escritor de ciencia ficción conocido incluso por los lectores que no tenían el menor interés en leer ciencia ficción.

Durante más de veinte años, Asimov fue en España sinónimo de ciencia ficción. Los aficionados al género seguro que le veían de otro modo (aunque si lo pienso un poco, ¿cuántos se iniciaron en la ciencia ficción a través de la obra de Asimov en los años sesenta, setenta y buena parte de los ochenta?), pero en el ancho mundo que hay más allá del fandom, las cosas eran de otro modo. Si a un lego en el asunto le decías ciencia ficción, había muchas posibilidades de que su reacción fuera “Isaac Asimov” o, si estaba un poco más al loro, “Isaac Asimov y Arthur C. Clarke”.

El tiempo pasó y la situación no tardó en dar un vuelco. Vuelco que empezó a mediados de los ochenta y al que contribuyó, sin duda, la calidad como poco discutible de las novelas que Asimov publicó a partir de esos años.

Y, como los españoles tendemos a ser criaturas de extremos, Asimov no tardo en pasar de ser el autor de ciencia ficción, el hombre que con su sola presencia definía el género, a una nulidad literaria cuya importancia para el desarrollo de la CF había sido poco menos que irrelevante. Y esto no bastó. Ningunearlo no era suficiente; había también que odiarlo, como si nos hubiera hecho algo personal.

Porque los argumentos que se usaban para denostar a Asimov iban de lo puramente literario (lo cual tendría sentido, sin duda) a lo directamente peregrino. Rebatir su importancia como autor centrándose en sus carencias como escritor era un postura defendible y argumentable, pero negarle el pan y la sal con el razonamiento de que su “preponderancia pública”, por llamarla de algún modo, había oscurecido a autores realmente relevantes era tan estúpido como carente de sentido. Como si Asimov fuera responsable de que los editores (y hemos de suponer que también lectores, porque me cuesta creer que un empresario se tire veinte años vendiendo un producto que el público no quiere comprar) lo publicaran una y otra vez, o su popularidad más allá del género fuera producto de una conspiración por su parte para ningunear a los demás.

Si los editores consideraban a Asimov una apuesta segura y preferían publicarlo a él antes que probar suerte con otros autores… ¿era acaso culpa de Asimov? ¿Hace falta realmente hacer esa pregunta?

Confieso que en estos momentos no sé muy bien cuál es el estatus de Asimov entre los aficionados al género. Si tuvierámos un comportamiento mínimamente lógico habría alcanzado el lugar que realmente le corresponde: una figura de indudable valor histórico para entender la evolución de la ciencia ficción y un escritor competente con una obra interesante y algún hito destacable. Ni el gigante al que algunos adoraban ni la nulidad que otros querían ver, en cualquier caso.

Aunque sospecho que no tenemos un comportamiento mínimamente lógico y que los aficionados españoles siguen oscilando entre esos dos focos: adoración y desdén.

Fan, al fin y al cabo, viene de fanatic, no lo olvidemos. De hecho, durante muchos años ha habido unas cuantas personas, con cierta relevancia intelectual dentro del mundillo de aficionados, que han insistido en que no lo olvidásemos.

En lo que nunca insistieron, sin embargo, fue en el hecho evidente de que hay tantos fanáticos entre el sector más friki de los aficionados a la ciencia ficción, como en el más gafapasta. Pero eso ya es otra historia, me temo, y ni siquiera estoy seguro de que sea contada en otra ocasión.

© 2008, Rodolfo Martínez
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