Asimov no tarda en darse cuenta de que, si quiere transformar “El fin de la Eternidad” en una novela, tiene que cambiar completamente la escala de la historia que está contando. Debe desarrollar en mayor profundidad, no sólo la propia Eternidad y los distintos momentos temporales en que va a recalar la trama, sino también los personajes. De hecho, enseguida comprende que, en la novela corta, ha elegido un personaje central que no va a funcionar como protagonista en la nueva versión.
De este modo, toma lo que no era más que un secundario, Anders Horem, y lo convierte en el nuevo protagonista, además de cambiarle el nombre y transformarlo en Andrew Harlan, un indudable homenaje a su amigo Harlan Ellison. Al hacer eso, altera el foco de la historia y lo que había sido la premisa original se convierte en un elemento más de la trama: ahora ésta girará alrededor del Ejecutor Harlan, de sus problemas y tribulaciones y del modo en que empieza a descubrir el terrible secreto que mantiene oculta la Eternidad sobre su propio origen.
Harlan es uno de los mejores personajes asimovianos y, al mismo tiempo, algo atípico. Cierto que, como buena parte de ellos, es una criatura racional, a veces hasta extremos implacables, pero también es un individuo emocionalmente frágil, inseguro de sus propios sentimientos y que no sabe manejar ni estos ni los de los demás. Lógico en un miembro de la Eternidad, una organización fría, aséptica y castrante que se empeña en extirpar las emociones de sus miembros y convertirlos en máquinas eficientes que cumplan con su trabajo y no se planteen preguntas incómodas.
Con la premisa del “bien mayor” la Eternidad manipula a su antojo a lo largo de la corriente temporal, provocando cambios en el fluir del tiempo y buscando siempre la estabilidad social (sin plantearse que, a menudo, sin inestabilidad no puede haber cambio, ni evolución ni desarrollo) y dejando a la humanidad estancada en una mediocridad perpetua que la acaba agotando como especie.
Harlan no sabe nada de todo eso cuando empieza la novela. Y, de pensar en ello, seguramente llegaría a la conclusión de que las cosas son como deben ser. Que ese agotamiento es el precio que hay que pagar por la supervivencia.
Lo que provoca su rebelión no es un acto racional. No estamos ante un personaje que analiza críticamente la situación y llega la conclusión de que ésta no es correcta. Harlan traicionará a la Eternidad por amor, llevado por una emoción que no comprende, es incapaz de manejar y, por tanto, que lo vence y lo domina con tremenda facilidad. Harlan no tarda en convertirse en un hombre atrapado por una obsesión, y es por ella por lo que hará todo lo que hace.
No renuncia a su intelecto, a su racionalidad, pero pone ésta al servicio de sus emociones, algo muy infrecuente entre los “héroes” asimovianos. De hecho, Harlan es un protagonista asomiviano bastante atípico, no sólo por lo que acabo de comentar, sino porque, como veremos posteriormente, no se alza con el triunfo final en la novela sino que, más bien, es convencido para pasarse al bando antagonista.
Además, (ignoro si inconsciente o deliberadamente) Asimov traza en Harlan el retrato robot del freak: el adolescente eterno enfrascado en su obsesión, que solo trata con otros de su misma clase y que o bien adora a distancia a las mujeres como objetos inalcanzables o las desprecia —ocultando de ese modo su deseo— precisamente por su condición de tales. Ahondando en el símil podríamos decir que Noys, la principal presencia femenina en la novela, casi la única, funciona entonces como metáfora de lo que piensan los amigos del freak cuando este encuentra pareja: ella sería la destructora, la que lo aparta de su sagrada afición, la responsable de que el círculo se rompa. O, resumiendo en un nombre propio que pudo haber tomado naturaleza de nombre común hace unos años: Yoko.
Es su pasión por Noys lo que mueve a Harlan y, al contrario de lo que ocurre en otras novelas de Asimov, es la historia de amor entre los dos lo que hace avanzar la novela.
Las subtramas amorosas en la narrativa asimoviana tienden a ser, cuando menos, superfluas. De hecho, el propio Asimov reconocía que, al principio de su carrera, se encontraba incómodo con ese tipo de situaciones e intentaba evitarlas. Como lector, como fan de la ciencia ficción pulp, para Asimov la presencia femenina en los relatos que leía era poco más que una rémora que impedía avanzar a la historia y que entretenía en exceso al protagonista, antes de que éste se lanzase a lo verdaderamente importante. Cuando empieza escribir hereda muchos clichés del pulp y por eso a menudo sus tramas amorosas son torpes, manidas y estereotipadas. Consciente de ello, Asimov no tarda en prescindir de llas.
Y sin embargo, con el tiempo, no solo las fue introduciendo, sino que en ocasiones se acaban convirtiendo en parte inseparable de la trama: es el amor que el personaje de Valona siente hacia Rik en Las corrientes del espacio lo que hace que la historia avance, y es también el amor no proclamado entre Konev y Kaliinin en Viaje alucinante II: destino el cerebro el que, usado por el protagonista en su propio beneficio, le permite huir de Rusia y contar su historia. Mencionemos igualmente la segunda parte de Los propios Dioses que, en el fondo, podríamos considerar una historia de relaciones familiares y afectivas, por más que la familia sea, en este caso, sorprendentemente extraña. Y, por supuesto, no podemos olvidarnos de Bayta Darell, la mujer que, en Fundación e Imperio es capaz de detener al Mulo gracias al amor que éste siente por ella: Bayta no sólo es uno de los mejores personajes femeninos de Asimov, sino que su lazo afectivo con el «villano» de la historia es imprescindible para que ésta funcione.
Pero no es menos cierto que en otras obras las tramas amorosas resultan prescindibles y que las novelas probablemente habrían ganado en precisión y ritmo sin ellas.
¿Es la historia de amor de El fin de la Eternidad uno de esos casos? ¿Es una de esas tramas amorosas que no hacen más que entorpecer lo que pasa y que, cuando éramos adolescente, leíamos con desgana esperando que llegase pronto un poco de acción? He conocido lectores que parecen pensar así, y que de hecho encuentran que es una de las historias de amor más torpes de Asimov y que no aporta nada a la novela.
En realidad, El fin de la Eternidad necesita la presencia de Noys Lambent tanto como la necesita su protagonista, Andrew Harlan. Sin ella nunca sería consciente de sus carencias afectivas y emocionales. Sin ella nunca daría el paso definitivo en busca de la libertad de comportamiento, de la independencia de pensamiento. Noys es, en cierto modo, la redentora de Harlan, y sin ella no habría novela que escribir.
Es cierto que la relación entre ellos parece torpe. Cómo podría ser de otro modo estando como está narrada desde el punto de vista de Harlan. El Ejecutor es un ser tímido, retraído y, si viviera en la sociedad occidental de este siglo lo calificaríamos enseguida como un «inútil social», que ante la presencia de una mujer atractiva solo es capaz de permanecer distante y ni siquiera puede sonreír con un mínimo de naturalidad, ocultando así sus temores y nerviosismo bajo una apariencia hosca y malencarada.
Así que la historia de amor entre Harlan y Noys se desarrolla con torpeza, la misma torpeza con que se comporta la parte masculina de la relación. No puede ser de otro modo, porque entonces Harlan no sería quien es y Noys no sería necesaria para hacerle ver todo lo que ha perdido.
Porque Harlan es, hasta el último momento, un hombre de la Eternidad. Es cierto que está dispuesto a destruirla cuando cree que los Eternos han raptado a su amada, pero no porque haya dejado de creer en ella, e incluso en el momento en que gira el dial consciente de que está destruyendo aquello por lo que ha vivido hasta ahora sigue siendo una criatura de la Eternidad. Su reacción cuando su superior Lavan Twisell le cuenta su pecado es sintomática al respecto.
Twisell traicionó una vez a la Eternidad: tuvo una relación con una mujer normal, y un hijo fruto de esa relación. Un hijo que sería afectado por uno de los cambios de la realidad. Twisell, sin valor para traicionar del todo a la organización en la que ha vivido, permite el cambio de realidad y asiste impotente a la nueva versión de su hijo: un paralítico condenado a la inmovilidad por el resto de su vida.
Cuando Twisell le comunica a Harlan que su crimen no fue tener una relación con una mujer, ni un hijo con ella, ni haberse interesado por el destino de su hijo, sino no haber tenido el valor suficiente para salvar a ese hijo, Harlan reacciona con asco. Incluso en ese momento en que está dispuesto a tirarlo todo por la borda, los prejuicios de la Eternidad siguen con él. Harlan aún pertenece a los Eternos incluso cuando trata de destruirlos. Porque en realidad no quiere destruirlos, aún no. Sólo quiere recuperar a Noys y permitirá entonces que la Eternidad siga adelante.
No es hasta más tarde, en el lejano pasado, libres de la influencia de la Eternidad, y durante la confrontación final con Noys que Harlan encuentra el valor para hacer lo que debe hacer (o mejor dicho, para no hacer lo que no debe) y permite que la Eternidad muera: se niega forjar su eslabón en el bucle temporal destinado a crearla y permite que se suma en el olvido.
Asimov no puede evitar ser quién es, al fin y al cabo. Porque no es con la emoción como Noys convence a Harlan. Es con la fuerza de sus argumentos. Por supuesto, esos argumentos serían ineficaces sin el lazo emocional (y la recuperación de sus miembros emocionales perdidos que conlleva el lazo) pero del mismo modo, el amor de Harlan por Noys no es suficiente para hacerle dar el paso. Guiado solo por sus sentimientos Harlan no puede, en buena ley, destruir a la Eternidad: necesita un motivo, un motivo convincente y en el que pueda creer.
Noys se lo da, por supuesto, y le da su propia presencia como recompensa y acicate.
Volviendo a lo que comentaba más arriba, esta es una novela de Asimov atípica con un protagonista atípico, porque finalmente resulta ser el antagonista el que tiene la razón de su parte, y es el protagonista quien, no solo cede y le permite alzarse con el triunfo, sino que es convencido y se pasa a sus filas.
Pero es convencido (si bien es cierto que un pequeño empujón emocional) con la fuerza de la razón. Asimov parece decirnos que no hay problema en pensar con las vísceras… siempre y cuando no tomemos nuestras decisiones con ellas.
BIBLIOGRAFÍA:
- “El fin de la Eternidad” (The End of Eternity). En The Alternate Asimovs, Doubleday, 1986. Edición española más reciente: Cuentos paralelos (Martínez Roca, 1987).
- El fin de la Eternidad (The end of Eternity). Doubleday, 1955. Edición española más reciente: La Factoría de ideas, 2007.






