Viaje alucinante II: Destino el cerebro

Hollywood se acerca a Asimov.

No es la primera vez. Ya en los años cincuenta, Orson Wells compró los derechos cinematográficos de uno de sus relatos, aunque nunca llegó a adaptarlo a la pantalla. Y también ha vendido los derechos de «Anochecer», uno de sus relatos más famosos: la película basada en él (que va de lo mediocre a lo infecto) se estrenaría en 1988.

Por no mencionar que su amigo Harlan Ellison lleva años embarcado en un proyecto cinematográfico basado en Yo, robot. Proyecto que nunca termina de cuajar (en parte, sin duda, a causa de la polémica personalidad de Ellison) y que languidecerá durante mucho tiempo. Es cierto que existe una película reciente dirigida por Alex Proyas y protagonizada por Will Smith, pero que no tiene nada que ver con el proyecto original de Ellison.

En cualquier caso, Asimov siempre ha desconfiado de Hollywood. Su opinión era que la Meca del Cine estaba llena de dinero y ausente de talento.

La oferta que le hacen los productores, sin embargo, no pinta mal. Quieren una secuela de Viaje alucinante, y quieren que Asimov les haga un tratamiento del argumento. Los problemas vienen cuando le explican qué tipo de film quieren.

Básicamente desean una película de acción, un filme bélico, con un montón de submarinos miniaturizados correteando por el torrente sanguíneo humano en una repetición a escala microscópica de la guerra fría: submarinos rusos y submarinos americanos persiguiéndose por las venas de una persona y jugando al característico juego del escondite habitual de la guerra submarina.

A Asimov la idea le atrae y al mismo tiempo le echa para atrás. Escribir una continuación de Viaje alucinante no le parece mal: nunca quedó satisfecho con los elementos científicos de la primera película y le gustaría retomar el tema a su modo. Pero no está dispuesto a hacer una película de explosiones y disparos al mejor servicio de los efectos especiales.

Se lo dice a los productores. Les cuenta que él no es el adecuado para lo que quieren y hasta les indica un posible sustituto: su amigo Lester del Rey.

Acuden a él y éste les entrega exactamente lo que habían pedido: una historia de acción e intriga de ritmo trepidante.

¿El resultado? Los productores rechazan el material y vuelven a contactar con Asimov.

Quieren que sea él quien escriba el tratamiento. Y están dispuestos a jugar a su modo, a dejarle las manos libres y que les presente la historia que él quiere escribir.

Bueno, quién entiende a esos tipos del cine, se dice Asimov. Pero se pone las manos a la obra, no sin antes imponer un par de condiciones. Ellos pagarán por una opción, tanto si la usan como si no, y Asimov tendrá el derecho de publicar la novela basada en su tratamiento tanto si hacen la película como si no.

Aceptan. Escribe la historia, se la entrega.

Y la rechazan.

Vale, allá ellos.

Así que se pone manos a la obra y comienza a escribir lo que será Viaje alucinante II: Destino el cerebro, que será publicada por Doubleday, su editor habitual, en 1987.

¿Y la película? ¿Se llega a hacer?

Lo ignoramos. Pero casualmente, en 1987 se estrena El chip prodigioso, dirigida por Joe Dante y producida por Spielberg. ¿Es esta la película que hacen finalmente los productores que hablaron con Asimov? No puedo asegurarlo, pero la coincidencia en el tiempo y el tema me hacen sospechar que es posible.

* * *

En cuanto a la novela…

Como decimos, Asimov quería que la tecnología utilizada para la miniaturización tuviera los pies bien asentados en la realidad y no fuera pura jerga, como en la película original. También quería (especialmente después de su entrevista con los productores) mostrar un futuro sin guerra fría, donde rusos y americanos colaborasen.

Y eso hace. Y en ambos aspectos la novela es un éxito.

El problema es, de nuevo, que le sobran páginas. Que la trama que la sustenta es demasiado fina para alargarse durante capítulos y capítulos que poco aportan narrativamente y que la terminan volviendo morosa y ocasionalmente aburrida. Se salva por algún que otro detalle ciéntifico, por un par de personajes secundarios bien diseñados y por una conclusión (se le podrán echar en cara muchas cosas a Asimov, pero los finales de sus novelas rara vez decepción) que da un giro sorprendente a la trama y que cierra la historia de un modo adecuado.

En resumen, estamos de nuevo, como en Fundación y Tierra, ante una novela irregular, un artefacto que no termina de estar bien ensamblado, con algún momento interesante pero con un resultado final más que decepcionante.

* * *

Hay otro motivo para que Asimov escriba esta novela y no otra.

Doubleday no le va a permitir abandonar la narrativa de ciencia ficción, eso está claro. Y mejor si son nuevas novelas de la Fundación o del nuevo ciclo unificado.

Y Asimov está, literalmente, harto de escribir sobre la Fundación. Durante cuatro novelas ha creado una trama que une dos series narrativas en principio separadas y, más allá de los resultados, lo que no se puede dudar es que ha puesto toda la carne en el asador.

Está agotado. Es consciente de que ha dejado la serie en medio de un tremendo cliffhanger, como si hubiera abandonado todo el escenario justo al borde de un precipicio. Y sabe que debería seguir adelante: cruzar el precipicio o caer. Pero no puede quedarse ahí.

Sin embargo, como decimos, apenas le quedan fuerzas para seguir adelante con la trama. Quizá ni siquiera tenga muy claro hacia dónde llevarla (aunque el final de Fundación y Tierra de un par de pistas de por dónde puede ir la cosa, es cierto)  o simplemente, ya no quiere seguir.

Mientras tanto, al menos, puede ir dándoles a sus editores otras novelas de ciencia ficción y este Viaje alucinante II será una de ellas. Doubleday lo acepta a regañadientes (lo que ellos quieren es una nueva novela de la Fundación, eso es evidente), pero seguramente también son conscientes del cansancio narrativo de Asimov y deciden ser pacientes y no presionarle demasiado, dejar que se tome un descanso y vuelva con nuevas fuerzas a su escenario más famoso.

Y, por otro lado, el cansancio de Asimov no sólo es el de un escritor agotado. Es el de un hombre al que, poco a poco, su cuerpo lo va traicionando. Ha contraído, como dijimos unos capítulos atrás, el VIH y eso se va notando paulatinamente. A medida que pasa el tiempo se va cerniendo sobre él una sensación cada vez mayor de abatimiento, de cansancio, y cosas que antes no le habrían costado ningún esfuerzo ahora se ve casi impedido de llevarlas a cabo.

Sigue adelante, pese a todo. Su cuerpo puede fallarle, pero su mente estará lúcida hasta el final. Y, después de todo, es un adicto a la máquina de escribir: puede intentar alejarse de ella, pero no durante mucho tiempo.

Siempre vuelve, tarde o temprano.

Como lo hará a la Fundación, pero quizá no como todos esperan.

© 2011, Rodolfo Martínez
Posted in 50. Viaje alucinante II: Destino el cerebro, La ciencia ficción de Asimov, VII. La vuelta a casa

Los apócrifos: Segunda Trilogía de la Fundación

En 1997, los herederos de Asimov conceden su permiso para que se realice una nueva trilogía de la Fundación. El coordinador del proyecto (y autor de la primera novela) será Gregory Benford y, junto a él, participarán Greg Bear y David Brin, las llamadas «killer B’s» de la ciencia ficción norteamericana.

Sobre el papel, no es una mala elección. Al fin y al cabo, se trata de tres de los principales autores responsables del resurgir del space opera de corte hard (riguroso con las especulaciones científico/tecnológicas) en los años ochenta. Y por tanto, compatibles, por así decir, con lo que el propio Asimov había realizado en la serie de la Fundación, ya fuera la trilogía original, ya las novelas posteriores.

Como decimos, Benford escribirá la primera novela (El temor de la Fundación), Bear la segunda (Fundación y Caos) y Brin rematará la faena con El triunfo de la Fundación. Las tres deberán funcionar como novelas independientes (y, más o menos, lo hacen) pero al mismo tiempo, en conjunto deberán componer una entidad mayor que tenga sentido por sí misma.

Las novelas se centran en el periodo anterior a la Trilogía original. De hecho, la de Benford tiene lugar poco después de que Seldon haya sido nombrado primer ministro del Imperio; la de Brin poco antes, durante y poco después del juicio de Seldon que trae como consecuencia el establecimiento de la Primera Fundación en Términus; y la de Benford transcurre ya en los últimos momentos de vida del creador de la psicohistoria.

Como decimos, cada novela narra acontecimientos independientes, aunque relacionados. Y su intención es, en realidad, establecer qué ocurre entre bastidores en ese periodo que abarca desde el momento en el que Seldon va dando los primeros pasos en su ciencia psicohistórica hasta su fallecimiento.

Aunque, en realidad, lo que nos narran estas novelas no es tanto la historia de Hari Seldon como la de la guerra soterrada (y desconocida para los humanos) entre las distintas facciones de robots que, ocultos entre la humanidad e ignorados por ésta, intentan conseguir lo mejor para aquellos seres a los que están programados para servir.

O, al menos, ésa es la intención de las novelas de Bear y de Brin. La intención que hay tras la novela de Benford (más allá de marear bastante la perdiz y no tener muy claro que está en el escenario de otra persona, y no en el suyo propio) no están demasiado claras.

Confieso que El temor de la Fundación me produce una fuerte sensación de rechazo cada vez que la leo. La novela contiene buenas ideas y algún momento logrado, como las concepciones diametralmente opuestas del cosmos y la vida que representan las personalidad digitales de Voltaire y Juana de Arco; o el modo en que los robots, llevados por el imperativo de la Ley Cero —proteger a la Humanidad a toda costa—, han cometido un genocidio a escala galáctica y han erradicado toda inteligencia no humana de la Vía Láctea, justificando narrativamente de ese modo el escenario espacial enteramente humano de Asimov.

Junto a eso hay momentos —largos y aburridos momentos— totalmente prescindibles. Toda la parte que se desarrolla en el planeta de los «pans» no lleva a ninguna parte, carece del menor sentido y, narrativamente, no aporta nada digno de mención al conjunto. Si eliminamos esa parte de la novela, no tendremos la sensación de habernos perdido nada. No es más que una excrecencia que Benford incluye por capricho y que carece de cualquier justificación. Si a eso unimos que ni siquiera la peripecia que se nos narra ahí resulta especialmente interesante, nos encontramos con una porción significativa de la novela que sobra por completo.

Benford, además, se permite el lujo de enmendarle la plana a Asimov, de «mejorar» el escenario de la Fundación sin ningún problema e introduce un viaje estelar mediante agujeros de gusano que  está ausente por completo de toda la narrativa asimoviana. Si esto tuviera un propósito narrativo, si fuera importante para la trama o tuviera alguna consecuencia en las novelas posteriores, podría ser comprensible e incluso justificable: pero en realidad no pasa de ser un apaño «cosmético» sin mayor relevancia del que, además, tanto Bear como Brin prescindirán en sus respectivas novelas.

Pese a eso, como dijimos, la novela contiene elementos interesantes. Y, a pesar de la invitación al bostezo que suponen algunas de sus páginas, juega (y, lo reconozco, no lo hace mal) con un puñado de conceptos narrativos y filosóficos que hacen que el resultado final, si bien insatisfactorio, no resulte un completo desastre.

El calificativo que mejor le viene seguramente sea «irregular»: El temor de la Fundación es una novela llena de altibajos, con algún momento de brillo junto a un montón de ellos que van de lo directamente prescindible a lo simplemente aburrido (y, por qué no decirlo, con alguna que otra caída en lo puramente insufrible).

Greg Bear, en Fundación y Caos, se lanza con entusiasmo a realizar un homenaje al Asimov más clásico, no sólo en el estilo (muy basado en el diálogo y las confrontaciones dialécticas) sino en el modo en que intenta llevar las premisas de la serie de los robots un paso más allá, algo que Asimov había intentado en muchos de sus relatos.

Así, conocemos a Lodovik Trema, un robot no atado por las leyes de la robótica, un ser humano artificial dotado de libre albedrío, de hecho, y que terminará planteando un dilema ético de difícil solución al resto de los robots.

Robots que, por otro lado, se han dividido hace tiempo dos facciones:

Los calvinianos, que honran la memoria de Susan Calvin y siguen estrictamente las tres leyes originales.

Y los giskardianos, que aceptan la Ley Cero formulada por R. Giskard.

El cisma entre los robots funciona, de hecho, como un cisma religioso. Lo que los enfrenta es una interpretación diferente acerca de cómo servir a sus dioses, a sus creadores, los seres humanos. Una interpretación de las escrituras, podríamos decir, donde los calvinianos serían los partidarios de una lectura literal y estricta de la palabra del creador (las tres leyes de la robótica) mientras los giskardianos lo serían de una visión más amplia y flexible (al incluir la Ley Cero).

Así, lo que vemos en la novela es la guerra entre dos facciones de una misma religión, el servicio al ser humano. Una guerra de la que el objeto de la misma es totalmente inconsciente, aunque sucede bajo sus pies.

La novela de Bear es ágil, con buen ritmo y está llevada con eficacia. Se permite, además, la osadía de incorporar algunos momentos del primer relato de la trilogía original (especialmente el juicio de Hari Seldon) e insertarlos en medio de su trama de guerra robótica sin traicionar el sentido original que le dio Asimov a esas secuencias  y consiguiendo al mismo momento, que encajen sin que chirríe en su propia novela.

Novela que termina con un Hari Seldon que se siente como un juguete roto al que su amo ha abandonado. R. Daneel, tras espolearlo para que crease la psicohistoria, parece dejarlo de lado por un proyecto más ambicioso: todos los grandes planes de predicción de futuro de Seldon, siente éste, no son más que una distracción, un modo de mantener las cosas en su sitio mientras el verdadero futuro que Daneel ha planeado para la humanidad se va desarrollando.

Es en ese momento en el que Brin entra en escena con su novela. En sus últimos días, Hari Seldon se lanza a recorrer la Galaxia acompañado de un funcionario del servicio geológico y un noble con ansias aventureras. ¿Su propósito? Descubrir qué relación hay entre los estallidos de caos que a veces se producen en la galaxia y ciertas pautas de sedimentación que se encuentran en algunos planetas y que tienen relación con las corrientes espaciales.

Brin nos muestra un Seldon en el ocaso de su vida. Derrotado, en cierto modo, pero que se niega a darse por vencido. También nos muestra nuevos momentos de la silenciosa y terrible guerra robótica que bulle bajo la superficie de las sociedades humanas. Y, de paso, aprovecha para conectar su trama con la de dos novelas clásicas de Asimov: Las corrientes del espacio y Polvo de estrellas.

Narrativamente, quizá El triunfo de la Fundación sea la novela más sólida de las tres, con una estructura que nos recuerda por momentos a algunas de las novelas de Asimov de los años cincuenta: una aventura espacial con ribetes de thriller que desemboca en una, o varias, sorpresas finales y donde el fin está irrevocablemente conectado a su inicio.

Además, en cierto modo, le devuelve la esperanza a Seldon. La esperanza de que, aunque Gaia triunfe, será simplemente un elemento más que añadir a la complejidad humana. Daneel puede pensar que Gaia acabará absorbiendo a la galaxia, pero Seldon no duda de que muy bien puede ser al revés. La novela termina, pues, con un toque de esperanza y con la promesa por parte de Daneel de que, cuando llegue el momento, consultará con un humano.

* * *

El balance de esta Segunda Trilogía de la Fundación es agridulce. En parte por la novela de Benford que, sin duda, hace que el nivel del conjunto no alcance la altura necesaria, pero sobre todo porque, al final, termina dejando las cosas donde las encontrábamos.

En el fondo, no ha cambiado nada en el escenario de la Fundación. Se nos han mostrado nuevos detalles, hemos asistido a elementos que, como mucho, estaban implícitos en las novelas de Asimov y que ahora se sacan a la luz y se narran en primer plano. Y, sí, buena parte de esos momentos, como ya hemos comentado antes, son interesantes.

Pero al final, nada cambia. Todo se encarrila hacia el escenario que conocemos y deja las cosas tal como estaban antes de que todo empezara. Se nos han mostrado partes del escenario que antes no conocíamos y se le ha dado un sentido nuevo a algunos elementos de éste. Pero, en lo básico, todo sigue igual.

Algo que Asimov, seguramente, no habría permitido. Si hay una constante en el ciclo de la Fundación (no sólo en la trilogía original sino en Los límites de la Fundación y Fundación y Tierra) es que, al terminar cada libro el escenario ha cambiado, la situación ha dado un vuelco, las cosas no son como pensábamos y nada vuelve a ser lo mismo.

Los «killer B’s» se limitan a llevarnos de gira por algunos de los lugares más oscuros de la Fundación pero, cuando ésta ha terminado, todo sigue igual en realidad.

Quizá el mayor defecto de esta Segunda Trilogía sea precisamente ése: no muestra nada realmente nuevo, no intenta dinamitar las premisas del escenario.  No arriesga.

Su autor, eso creo, sí lo habría hecho. Lo hizo en cada novela, con mayor o menor éxito, pero siempre tuvo claro que el ciclo de la Fundación se basaba, en buena medida, en la idea de que cada nueva narración, aún siendo consistente con las anteriores, daba un nuevo giro a la situación y hacía saltar por los aires los que conocíamos.

Con la Segunda Trilogía, sin embargo, se han limitado a ofrecernos un tour por algunos corredores que hasta entonces habían estado en sombra para volver a dejarnos en el pasillo principal. Un tour ocasionalmente bien llevado, con algunos lugares de interés y varios momentos intrigantes. Pero, por desgracia, un tour cómodo en el que no hay riesgo.

Lástima.

 

© 2011, Rodolfo Martínez
Posted in Apéndices, Los apócrifos

Fundación y Tierra

Los límites de la Fundación establecía que alguna vez hubo robots en el escenario de la Fundación y nos presentaba lo que podría ser el siguiente paso evolutivo de la humanidad: Gaia, una especie de conciencia planetaria formada a partir de las mentes de todos sus habitantes; una suerte de noosfera, podríamos decir. De paso, descubríamos que la Tierra, el mítico planeta original, se había vuelto radiactivo y su localización era, quizá, el misterio mejor guardado de toda la historia.

Con Los robots del amanecer y Robots e Imperio regresábamos al remoto pasado para contemplar cómo se plantaban en él las semillas del futuro. Asistíamos la nacimiento de los primeros robots con propiedades telepáticas, al desarrollo de la Ley Cero de la Robótica («un robot no dañará a la humanidad»), a la expansión de los colonos terrícolas por toda la Galaxia y a la conspiración que terminaba volviendo radiactiva la corteza de la Tierra. Terminábamos con un R. Daneel guiado por la Ley Cero y decidido a velar por el bienestar de la humanidad durante tanto tiempo como fuera necesario.

Así que ha llegado el momento del desenlace. Con la primera novela establecíamos una conexión entre dos series aparentemente no relacionadas. Las dos siguientes novelas creaban los cimientos y buena parte de la estructura que permitía relacionarlas. En Fundación y Tierra, por  tanto, deberíamos desvelar el misterio, cerrar los cabos sueltos y llevar el ciclo unificado a su conclusión lógica.

Algo así supongo que debió pasar por la mente de Asimov cuando se sentó a escribir una nueva novela de la Fundación.

Tenía un par de frentes abiertos que debía cerrar. Por un lado, Golan Trevize (el hombre que siempre toma las decisiones correctas) ha elegido Gaia, una idea que no podría repugnarle más como individuo pero que, sin embargo, presiente necesaria para la supervivencia del género humano. Por el otro, está el misterio de que todas las referencias a la Tierra (y a su posible localización) han sido eliminadas de la antigua Biblioteca Galáctica de Trantor.

Guiado por esas dos ideas (descubrir por qué ha elegido algo que odia y averiguar dónde está la Tierra y qué secreto oculta) Trevize vuelve a recorrer la galaxia acompañado de su amigo Pelorat y la pareja de éste, Bliss.

¿Qué nos espera tras este arranque?

Bueno, podríamos pensar que tal vez un paulatino desentrañamiento de los dos misterios y, quizá, el descubrimiento final de que ambos están relacionados o incluso son uno solo. Por el camino, nos encontraremos nuevas sociedades y cada etapa, además de tener interés por sí misma, nos irá guiando hasta la resolución final.

Y sí, algo de eso hay.

Excepto por ese «además de tener interés por sí misma».

A lo largo de Fundación y Tierra, Trevize y sus acompañantes visitan media docena de mundos: una de las más antiguas colonias humanas, Comporellon (antiguamente el Mundo de Baley), tres de los viejos mundos espaciales, un planeta en Alfa Centauro y, finalmente, la mítica Tierra. Y es cierto, cada escala del viaje aporta una nueva pieza a la resolución del misterio y nos guía hacia la siguiente.

¿Cuál es el problema?

Dos en realidad.

Por un lado, desde el momento mismo en que empezamos la novela conocemos la resolución, o al menos parte de ella. Al fin y al cabo, ¿no quedaba R. Daneel al final de Robots e Imperio como ángel custodio de la Galaxia y la humanidad? ¿No es lógico suponer, entonces, que el misterio que hay en la Tierra es, precisamente, ése?

Así pues, sabemos perfectamente que nuestros héroes encontrarán la Tierra y que al hacerlo, descubrirán al robot inmortal que ha estado guiando los pasos de todos durante los últimos veinte mil años.

Los personajes lo desconocen, claro, pero el lector lo sabe o se lo puede imaginar con facilidad, con lo cual buena parte del misterio no es tal y el interés que su resolución pueda aportar a la novela es escaso.

El verdadero problema, sin embargo, es que por lo general la peripecia de la novela es morosa, aburrida en más de una ocasión y aporta muy pocas cosas relevantes narrativamente hablando. Estamos ante una novela que no debería haber sobrepasado, como mucho, las trescientas páginas y que, sin embargo, se demora durante casi quinientas.

Ya en Robots e Imperio, Asimov cae de vez en cuando en la excesiva morosidad, en el detalle irrelevante por el puro propósito de obtener más páginas. En Fundación y Tierra esa tendencia es llevada a límites en algunos momentos exasperantes. Descripciones que no aportan nada, diálogos redundantes, frases innecesariamente largas y sin apenas información relevante… casi lo contrario de lo que, con los años, se ha ido convirtiendo en la marca de fábrica de Asimov como escritor.

¿Dónde está, en Fundación y Tierra, la capacidad de síntesis, el minimalismo expresivo y narrativo que lo ha caracterizado durante todos estos años?

Bueno, no en la novela, eso está claro.

Que, por otro lado, no carece de momentos interesantes: El encuentro en Solaria con una suerte de humanidad posthumana y hermafrodita, por ejemplo, y las consecuencias que eso traerá para el resto de la historia. O las discusiones entre Tevize, Pelorat y Bliss sobre las decisiones y los pensamientos del primero y donde a veces encontramos ecos lejanos de los mejores diálogos asimovianos. O incluso, por qué no, algunas de las sociedades que el trío protagonista va encontrando a lo largo de su viaje.

Por desgracia, todo eso se diluye en una trama demasiado predecible y narrada de un modo excesivamente pormenorizado y, digámoslo claro, aburrido.

Así, cuando llegamos a la Tierra y, en efecto, descubrimos que R. Daneel Olivaw estaba detrás de todo, el sentimiento que nos embarga es ambivalente. Por un lado, la resolución de la historia es consecuente con el escenario y las premisas y, sin duda, el ciclo parece quedar cerrado de un modo adecuado y elegante. Al mismo tiempo, no podemos evitar pensar «¿ya está, esto es todo, para saber algo que ya sabía me he tragado todas estas páginas?».

Aunque… aún nos queda algo por saber, ¿no es cierto? Trevize ha optado por convertir a los humanos en una especie de mente colmena y sigue sin saber por qué. Quizá, empieza a presentir, porque hay algo que la psicohistoria no ha tenido en cuenta, algo que se le ha escapado a Seldon. Pero, ¿qué puede ser?

El descubrimiento del fallo en las premisas psicohistóricas parece animar un poco el final, darle quizá un último giro de tuerca a la trama que nos deja un poco más satisfechos. No lo suficiente, sin embargo.

Y poco después, cuando menos lo esperamos y en sólo dos frases, todas las premisas del universo de la Fundación quedan dinamitadas. Y la novela termina con una sensación de amenaza e incertidumbre que no puede ser más desasosegante. Una simple frase por parte de Trevize y una mirada que se niega a enfrentar y todo cuanto habíamos supuesto a lo largo de la novela salta por los aires.

* * *

Fundación y Tierra no es, por los motivos que ya hemos explicado, una buena novela. A lo largo de todas sus páginas se percibe una clara sensación de cansancio, de desgaste, como si su autor estuviera empujándose a sí mismo una y otra vez a un lugar al que no quiere ir.

Y hay algo de eso. Asimov empezaba a sentirse cada vez más cansado y la consecuencia de ello es que transmite ese agotamiento a lo que escribe. Hasta ahora había sido capaz de mantener el interés, en buena medida porque él mismo estaba interesado en lo que contaba. Pero aquí se encuentra con una contradicción que no es capaz de resolver de un modo adecuado. Lo que de verdad le importa está al final de la historia; el misterio que quiere resolver, y para el que ha armado las piezas cuidadosamente, no cobra verdadera relevancia hasta que nos encontramos a dos frases del final. El viaje en sí es importante, por supuesto, en el sentido de que sin él, sin el recorrido de los personajes por cada mundo y lo que encuentran en él, lo que ocurre en la conclusión carece de sentido.

Sin embargo, Asimov se encuentra en medio de dos impulsos contradictorios. Por un largo, lo que le pide el cuerpo es, sin duda, seguir su forma habitual de narrar, desnuda y sin pararse en el detalle; una narración directa y ágil donde las piezas vayan encajando de forma natural y no haya nada que no sea relevante para la resolución del misterio. Y, por el otro, ha accedido a someterse a las exigencias del mercado, que reclama novelas cada vez más largas.

Atrapado entre su preferencia personal y su rendición a la política editorial, no logra el equilibro de novelas anteriores (especialmente el que sí conseguía en Los límites de la Fundación y, sobre todo, Los robots del amanecer) y va desgranando la trama casi a su pesar, sin apenas interés en lo que cuenta y consiguiendo, sólo en ciertos momentos muy concretos (aquellos verdaderamente relevantes para lo que le interesa narrativamente) darle un ritmo y un pulso adecuado a su novela.

Y sin embargo, y al igual que ocurría con Robots e Imperio, como parte de un todo mayor Fundación y Tierra no sólo no puede ser obviada, sino que es necesaria. Casi diríamos que imprescindible. Es el punto donde todo confluye, donde se atan los cabos sueltos, se encajan las últimas piezas del rompecabezas y todo termina de cuadrar…

Y al mismo tiempo (y ahí Asimov sí que es capaz de probar su talento, de mostrarnos que, pese a todo, aún distaba mucho de estar acabado) en solo dos frases la novela es capaz de darle un giro radical e inesperado al ciclo de la Fundación y apuntar hacia un lugar totalmente nuevo e inexplorado…

Que Asimov jamás exploró, por otro lado. Quizá incluso, jamás lo pretendió. Así, acabada la lectura de la novela nos descubrimos, de pronto, colgando en mitad del vacío sin nada a lo que agarrarnos y pensando, tal vez, que todo cuanto creíamos saber es muy posible que no sirva de nada. Confusos, tal vez irritados. Preguntándonos qué va a pasar a continuación y cómo vamos a salir de esta y presintiendo, a lo mejor, que nunca lo sabremos.

Confieso que no me parece una mala forma de finalizar el ciclo de la Fundación. Al fin y al cabo (y creo que el propio Asimov vería así las cosas: y en cierto modo lo demostró con cada historia de la Fundación) el final de algo es sólo el principio de lo siguiente, el fin de cada etapa no es más que un alto en el camino que apunta al próximo recodo.

«El camino sigue siempre adelante», que decía Tolkien. Y seguramente Asimov estaba totalmente de acuerdo con eso.

 

© 2011, Rodolfo Martínez
Posted in 49. Fundación y Tierra, La ciencia ficción de Asimov, VII. La vuelta a casa

Robots e Imperio

Han pasado doscientos años desde la muerte de Elijah Baley y la situación galáctica ha pegado un vuelco considerable. Los cincuenta mundos espaciales no parecen haber movido un solo dedo en todo ese tiempo mientras que la Tierra ha estado enviando oleadas colonizadoras sin parar. Parece evidente que el empuje y la vitalidad de los nuevos colonos acabará con el tiempo por ahogar y dejar atrás a las estancadas sociedades robotizadas de los cincuenta mundos espaciales.

Por tanto, estamos ante los primeros pasos de expansión galáctica que, con el tiempo, acabarán dando lugar al Imperio Galáctico humano que conocemos por las tres primeras novelas de Asimov y, por supuesto, por su ciclo de la Fundación.

Aunque hay algunos problemillas que resolver, mientras tanto.

Baley ha muerto, decíamos, pero algunos personajes de las anteriores novelas de robots siguen con vida y establecen el necesario nexo de unión con otras partes de la saga. Por un lado Gladia que, como espacial, goza de una larga vida que se mide en décadas más que en años. Y, por el otro, por supuesto, los propios robots:

R. Daneel Olivaw, compañero de Baley en buena parte de sus investigaciones, y R. Giskard Reventlov, el robot con capacidades telepáticas que está obsesionado con crear unas «leyes de la humánica» que le permitan predecir el comportamiento humano y, por tanto, servir mejor al hombre, tal como establecen las tres leyes de la robótica.

Durante los últimos doscientos años, ambos robots (especialmente el segundo) han estado manipulando la política galáctica, manteniendo tranquilos a los espaciales y fomentando las ansias de expansión de los terrestres. Y, durante ese tiempo, han estado discutiendo sobre las tres leyes de la robótica y la posibilidad de que se queden cortas, de que sean insuficientes, de que haya que ir más allá.

De estas premisas parte Robots e Imperio. ¿Y adónde nos lleva?

Hay una parte de la peripecia que es pura aventura: un viaje de un mundo a otro donde los peligros parecen ocultarse en cada vuelta del camino. Curiosamente esa parte, que a priori podría parecer la más interesante, es la más floja de la novela y, a la larga, la menos memorable. Ciertamente, la intriga que se va desvelando ante nuestros ojos no carece de interés, pero no resiste comparación con la verdadera trama que hay en el fondo de la novela y que es lo que, de verdad, la hace alzarse por encima de lo que de otra manera no sería más que una mediocre novela de aventurillas espaciales en un escenario moderadamente interesante.

¿Y cuál es esa trama?

Obviamente la que atañe a los robots, la que afecta las tres leyes de la robótica y la que implica consecuencias verdaderamente graves para el futuro de la humanidad.

Robots e imperio es una novela bastante irregular. Especialmente en lo que atañe a la parte humana del reparto. Donde, en la etapa clásica de Asimov teníamos villanos inteligentes y carismáticos, con unos motivos lógicos y coherentes para su comportamiento, aquí tenemos un Amadiro comido por el rencor y cuya inteligencia parece haberse ido por el desagüe. Donde, en esa misma etapa, teníamos unos personajes principales interesantes, aunque fueran delineados de un modo apresurado, aquí tenemos un par de estereotipos que sólo ocasionalmente son capaces de darle la vuelta a su propio cliché y resultar interesantes.

Pero los robots… ah, los robots.

Las mejores partes de la novela son sin duda aquellas que los implican. Y ahí, Robots e Imperio remonta el vuelo sin problemas y Asimov consigue algunas de sus mejores páginas:

Lo logra con las discusiones entre Daneel y Giskard que acaban llevando a la creación de la Ley Cero de la Robótica («un robot no dañará a la humanidad ni, por inacción, permitirá que ésta sufra daño»). Con el modo en que el cerebro de Daneel, a causa de su asociación con Baley, va funcionando de una forma cada vez más humana. Con la manera en que ambos robots dan rodeo lógico tras rodeo lógico para impedir que la Primera Ley de la Robótica desactive sus mentes mientras, al mismo tiempo, buscan una forma de superarla. Con la forma, en definitiva, en que vemos a dos criaturas pensantes y conscientes luchando contra sus propias limitaciones y tratando de ir más allá de su diseño.

Todo esto se va construyendo poco a poco, se va creando muy despacio. La peripecia más externa de la novela es, como ya hemos dicho, poco más que moderadamente interesante (por no mencionar que tiene algún momento un tanto bochornoso, como aquél en que vemos a Gladia soltar un discurso a los habitantes del Mundo de Baley). Sin embargo, es necesaria para que la subtrama verdaderamente importante, la robótica, se vaya desarrollando al ritmo adecuado y las piezas vayan encajando como deben. Podríamos decir que toda la historia que afecta a Gladia y D.G. Baley es una excusa para la verdadera historia que hay detrás, la de Daneel y Giskard.

El todo resultante es, por desgracia, irregular, con bastantes altibajos. Como decíamos, encontramos algunas de las mejores páginas y momentos de la narrativa asimoviana, pero también muchos prescindibles cuando no meramente rutinarios.

Como novela aislada, Robots e Imperio nunca será de las mejores de Asimov. Y es una lástima, porque el fallo no está en los ingredientes que la componen sino en el modo en que algunos de ellos han sido mezclados. Con pequeños cambios aquí y allá, con un empujón que volviera un poco más interesante la parte humana de la historia, estaríamos ante una novela muy superior.

Como parte del ciclo unificado al que hemos llamado «De los robots a la Fundación» es, sin embargo, un libro fundamental. Es, de hecho, el libro definitivo, la viga maestra; podríamos decir que sostiene el peso de todo el edificio que Asimov ha construido.

Como ya dijimos, con Los límites de la Fundación y Los robots del amanecer, se habían tendido los primeros puentes entre ambas series: pequeños detalles en la ambientación que nos llevaban a pensar que no se trataba de dos ciclos narrativos aislados sino que formaban parte de un todo mayor.

Robots e Imperio termina por dejar fijado ese hecho. Por un lado, tenemos una oleada colonizadora humana en la que ya no hay sitio para los robots y que, por tanto, es ahora consistente con el Imperio Galáctico de posteriores libros. Y es también en esta novela donde queda fijado el personaje común a todo el ciclo: la presencia en las sombras que irá manipulando los destinos humanos (por su propio bien) durante los miles de años siguientes y cuyas últimas creaciones serán la Fundación y Gaia. Ese Daneel que, al terminar la novela, está «solo y con una Galaxia de la que cuidar».

Lo hará con dos armas: las mismas capacidades telepáticas de Giskard (que éste le traspasará justo antes de su muerte) y la Ley Cero de la robótica.

Y es también en esta novela donde Asimov consigue eliminar uno de los mayores obstáculos (en cuanto a coherencia de escenario) que había para que ambos ciclos pudieran ser uno solo.

Por las novelas que componen la Trilogía del Imperio sabemos que la superficie de la Tierra es radiactiva. Y lo es en distintos grados: moderadamente en las dos primeras novelas, de acuerdo a su cronología interna, y cada vez más en la última, Un guijarro en el cielo. ¿Cómo se ha llegado a esa situación?

Un personaje de Un guijarro en el cielo especula con que esto se ha producido a causa de una guerra nuclear. Claro que él viene de los años cincuenta del siglo XX, así que es normal que piense eso.

Sin embargo, por lo que sabemos a partir del ciclo de robots, esa posibilidad no existe. La Tierra ha salido del siglo XX sin caer en una catástrofe nuclear y ha aprendido a usar fuentes alternativas de energía mientras colonizaba los primeros mundos espaciales.

Así pues… ¿cómo se ha convertido su superficie en radiactiva?

Asimov da la respuesta en esta novela. Y su respuesta es, sin duda, uno de sus momentos más brillantes como creador de tramas. Por un lado, por la respuesta en sí; pero, sobre todo porque está perfectamente imbricada en la historia y sus implicaciones argumentales serán determinantes para los acontecimientos futuros.

El título, Robots e Imperio, está perfectamente justificado, desde luego. Como hemos dicho, este libro es el pivote determinante, la viga maestra que sostiene el escenario unificado.

Es una pena que no sea una mejor novela, cierto. Pese a eso, no está carente de buenos momentos. Y, al menos para mí, tiene el disfrute añadido de ver la construcción de un preciso mecanismo de relojería en el que las piezas van encajando en su sitio, y de asistir al modo inteligente y meticuloso en que se va engarzando todo.

 

© 2011, Rodolfo Martínez
Posted in 48. Robots e Imperio, La ciencia ficción de Asimov, VII. La vuelta a casa

Encajando las piezas

Los robots del amanecer no tiene el mismo éxito que Los límites de la Fundación y es probable que Asimov tampoco lo esperase. La novela, sin embargo tiene una carrera comercial más que exitosa y, en cierto modo, termina de remachar su futuro como escritor.

Al fin y al cabo, Los límites de la Fundación podía haberse tratado de un fenómeno aislado: era el primer libro en muchos años de una serie que, para los aficionados, había alcanzado la categoría de mítica y era normal que el factor nostalgia, entre otros, hiciera que las ventas subieran astronómicamente.

Por el contrario, Los robots del amanecer no juega con esa ventaja. Es cierto que es parte de una serie popular, la de los robots, pero ni de lejos tiene el aura legendaria de la Fundación. Y sin embargo, se ha vendido más que ninguna de sus antiguas novelas.

Después de esto, será casi imposible que Asimov se plantee dejar la ciencia ficción. Los aficionados no se lo permitirán. Los editores no se lo permitirán. Y él mismo, que es lo que importa realmente, no se lo permitirá.

¿Es una decisión acertada? Difícil respuesta. A lo largo de los siguientes años, habrá varios momentos en los que preferiría que las cosas hubieran sido distintas. Cada nueva novela del ciclo lo deja más agotado que la anterior y va estrechando el camino narrativo que puede seguir para la siguiente. En cierto modo, Asimov había abandonado el ciclo original de relatos de la Fundación precisamente por eso. Y ahora, se ve obligado (sí, por sí mismo, por su obsesión de asegurar el bienestar de los suyos cuando ya no esté) a seguir por un camino cada vez más estrecho; y, encima, a hacerlo escribiendo novelas cuya extensión (es lo que pide el mercado) sobrepasa ampliamente lo que está acostumbrado y con lo que se siente cómodo.

Aunque no lo ha hecho mal con las dos primeras, es cierto.

Los límites de la Fundación es una continuación digna de la serie original. Y Los robots del amanecer es una espléndida novela que no sólo no desmerece para nada de Bóvedas de acero y El sol desnudo sino que es bastante más compleja y elaborada que ellas: los personajes están construidos con mayor detalle, la trama es más elaborada —tanto en sus aspectos policiacos como en su análisis de una sociedad humana— y, en general, es una obra mucho más madura y satisfactoria que sus dos anteriores novelas de robots.

Y además, con ambas novelas ha establecido los cimientos para algo mayor.

Como ya hemos dicho, su idea es unir sus dos ciclos narrativos más famosos —la Fundación y los robots— en uno solo. Hemos dicho dos y quizá habría que decir tres; pues aunque las novelas que forman parte de la Trilogía del Imperio (Polvo de estrellas, Las corrientes del espacio y Un guijarro en el cielo) comparten el mismo escenario que la Fundación, forman por sí mismas otro ciclo narrativo. Además, se desarrollan muchos años antes del primero libro de la Fundación, tanto que, en alguna de las novelas, Trántor ni siquiera es un Imperio sino una joven y pujante república que empieza a ser una influencia considerar en la política galáctica. Así que buen podrían considerarse un escenario distinto: relacionado con la Fundación, pero con sus propias características.

Y precisamente esas tres novelas serán uno de los principales escollos para que las cosas encajen y todo pueda formar parte de una misma saga, como veremos más adelante.

Ha establecido los cimientos, decimos. ¿Y cómo lo ha hecho?

En Los límites de la Fundación ha dejado claro que alguna vez existieron los robots y que éstos, por un motivo que se desconoce, acabaron dejando a la humanidad a su suerte, no sin antes crear el experimento de Gaia, un planeta con una conciencia global que, en cierta forma está sometido a una versión universal de las Tres Leyes de la Robótica:

  • Gaia no dañará la vida ni permitirá, por inacción, que la vida sea dañada.
  • Gaia atenderá a los deseos de los seres vivos individuales, excepto allí donde  esto entre en conflicto con el punto anterior.
  • Gaia velará por su propia existencia, excepto allí donde esto entre en conflicto con los dos puntos anteriores.

De paso, ha hablado de la Eternidad, una institución que, en cierto modo, ha velado por el correcto desarrollo de los acontecimientos: situados fuera del tiempo, han sido capaces de ver todos los futuros posibles y han elegido uno donde los humanos son la única especie inteligente de la Galaxia. De hecho, es posible que los Eternos fueran robots.

Esto, por supuesto, no encaja por completo con lo que se narra en El fin de la Eternidad, pero tiene los suficientes puntos en común para poder considerar a esa novela una suerte de prólogo a toda la saga.

También se comenta de pasada una cosa que acabará teniendo bastante importancia: la Tierra, el hogar original de la humanidad, hace tiempo que ha sido abandonada porque se ha vuelto radiactiva y ya no puede albergar la vida. O al menos eso cuenta uno de los personajes de la novela y afirma que es una leyenda muy conocida en el mundo del que él procede.

En Los robots del amanecer tenemos nuevas pistas:

Por una parte, se habla de la necesidad de que la humanidad se extienda por la Galaxia. En la situación actual, estancada por un lado en una Tierra agorafóbica y, por el otro, en cincuenta planetas en los que la vida se ha convertido en algo plácido y monótono, está condenada a desaparecer. El establecimiento de algún tipo de Imperio Humano a nivel galáctico se considera una necesidad para asegurar la supervivencia del género humano.

También se establece la idea de que, al igual que existen leyes de la robótica, tal vez algún día podrían existir leyes de la humánica. Una serie de reglas que definan el comportamiento de los grandes grupos sociales y que, tal vez, puedan ser usadas para modificar ese comportamiento. A esas «leyes de la humánica» se las llama psicohistoria un par de veces a lo largo de la novela. ¿A alguien le suena de algo?

No pasa de ser una idea, una especulación. El responsable de ella, el robot Giskard Reventlov, necesita la creación de esa psicohistoria como una herramienta práctica para poder servir mejor a los humanos. Es, al fin y al cabo, telépata, lo que significa que su definición de lo que es causarle daño a un ser humano es mucho más amplia que la de un robot normal.

De hecho, es Giskard quien está detrás de todo lo que ocurre en Los robots del amanecer. Es él quien es consciente de que la humanidad está abocada a la destrucción (y que, en parte, los propios robots son una parte del problema, al haberse convertido en unas muletas tan cómodas que los humanos ni siquiera son conscientes de estar inválidos). La Primera Ley de la robótica lo lleva a poner en marcha una serie de fuerzas que, acabada la novela, dan lugar a una expansión de los humanos por la Galaxia.

Así pues, tenemos establecidos los cimientos de lo que será el escenario unificado del ciclo que podríamos denominar «De los robots a la Fundación»:

  • Hacia el final de la saga, se sabe que en el remoto pasado, los robots estuvieron allí y, tal vez, ayudaron a los hombres a extenderse por la Galaxia.
  • En el principio de la saga, vemos quién es el robot responsable de eso (aunque no será así, exactamente) y cómo pone en movimiento las fuerzas que harán que el ser humano se expanda por el espacio.

¿Qué nos queda entonces?

Bueno, unas cuantas cosas, sin duda. Pequeños refinamientos por aquí y por allá, pero las claves comunes para considerar ambos ciclos narrativos como uno solo ya se han establecido con firmeza en estas dos novelas…

O casi.

Porque queda un pequeño escollo.

La Tierra se ha vuelto radiactiva. Sabemos eso porque lo dice un personaje de Los límites de la Fundación. Pero, más importante aún, lo sabemos porque es un factor común que se repite a lo largo de las novelas que componen la Trilogía del Imperio. Y, como hemos comentado, esa Trilogía se desarrolla en el mismo escenario que la Fundación.

Tenemos, pues, una Tierra radiactiva a la que, además, nadie considera ya (excepto quizá los pocos terrícolas que aún quedan) como hogar original de la humanidad.

¿Cómo se llega a eso partiendo de una Tierra vital y expansiva que lanza sus naves colonizadoras por toda la galaxia?

La respuesta llegaría con Robots e Imperio, la siguiente novela del ciclo unificado. Una novela que, curiosamente, nos ofrece algunos de los mejores instantes de la saga junto a unos cuantos momentos que, narrativamente, resultan un tanto bochornosos. Un artefacto, por tanto, irregular y que no termina de funcionar del todo.

Pero de eso hablaremos en el siguiente capítulo.

 

© 2011, Rodolfo Martínez
Posted in 47. Encajando las piezas, La ciencia ficción de Asimov, VII. La vuelta a casa

Los robots del amanecer

Ya conocemos el escenario: una Tierra atrasada y superpoblada y unas antiguas colonias terrestres más avanzadas tecnológica y socialmente.

Ya conocemos a los personajes: el policía Elijah Baley, de la Tierra, y el robot humanoide R. Daneel Olivaw, de Aurora.

Y ya sabemos, o eso pensamos, lo que va a pasar: Baley visitará un nuevo planeta, desentrañará un nuevo misterio y, de paso, asistiremos a la disección de una nueva sociedad.

Ésa era la pauta establecida en las dos primeras novelas de robots: Bóvedas de acero y El sol desnudo. Y es la pauta que seguirá Los robots del amanecer, tercera entrega de la serie.

Pero algo ha cambiado. Ha pasado un cuarto de siglo desde la publicación de El sol desnudo y ni la ciencia ficción ni el propio Asimov son lo que eran en los años cincuenta. En cuanto al mercado editorial… se ha pasado de querer novelas que, como mucho, lleguen a las trescientas páginas a preferir volúmenes cada vez más largos. Y mejor aún si se trata de una serie.

Así que la nueva novela de robots, aunque en cuanto al tipo de argumento y trama no traicione a las anteriores, diferirá bastante de ellas, no sólo en longitud, sino en ritmo y en riqueza de detalles.

Eso es algo que irá en detrimento de Asimov en el futuro. Sin embargo, en esta novela se las apaña para salir airoso del desafío.

Tener más páginas en las que desarrollar la novela es, en estos momentos, una ventaja. Le permite explorar la relación entra Daneel y Baley de un modo mucho más detallado, y le permite, en general, tomarse su tiempo con cada nuevo personaje y situación que va apareciendo a lo largo de la historia. En especial con Gladia Delmarre (a la que ya conocíamos por El sol desnudo) y los dos antagonistas políticos entre los cuales Baley se verá atrapado: Han Fastolfe (que había aparecido brevemente en Bóvedas de acero) y Kelden Amadiro.

La trama policiaca funciona a la perfección y durante toda la novela Asimov mantiene a su detective en un estado de tensión emocional durante toda la trama: está en lucha continua contra su agorafobia,  lo han sacado de su ambiente habitual, y es puesto a prueba cada poco tanto por amigos como por enemigos. Baley es, a todos los efectos, un pez fuera del agua. Pero eso no lo detiene en ningún momento y, a lo largo de la novela, se nos revela como el personaje asimoviano por excelencia: tozudo, incapaz de admitir el fracaso, en pugna constante con sus propios prejuicios y aferrado al pensamiento racional sin importar lo caótica que sea la situación. Es gracias a esas características como resuelve el misterio. Y es a causa de ellas por lo que lo han traído a Aurora. No tan para investigar un crimen (pues eso no es más que una excusa) como para estudiarlo a él.

La sociedad aurorana que se nos va mostrando a lo largo de la novela parece, por otro lado, un auténtico paraíso: funcional y bien integrada con su entorno, todo garantiza una vida larga y ajena a los sobresaltos para sus integrantes. También, y Baley no tarda en darse cuenta, es una vida en general insulsa en la que las emociones fuertes se evitan y donde la constante vigilancia de los robots por el bien de sus amos ha eliminado gran parte de la trepidación y los riesgos que hacen que la vida merezca la pena.

En cierto momento, Baley confronta a un personaje con sus sentimientos hacia otro y éste, sorprendido, reacciona diciendo:

—¡Es cierto! ¡Estoy enamorado! ¡Como en las novelas históricas!

Si en Bóvedas de acero asistíamos a un extremo del espectro social (una civilización agorafóbica, hacinada en megalópolis, permanentemente encerrada en sí misma) y en El sol desnudo contemplábamos el extremo opuesto (una sociedad de individualistas donde la interacción con los demás es algo molesto y llamado a desaparecer) ahora asistimos al término medio.

Y la conclusión parece ser que tampoco éste resulta muy deseable. La vida de los nativos de Aurora es larga y próspera. Pero también parece tender al aburrimiento y la monotonía con bastante facilidad. No hay suicidios, cierto, ¿cómo podría haberlos en un planeta donde los robots no tienen más aspiración que velar por la vida humana? Pero desde otro punto de vista, toda la sociedad aurorana está cometiendo un lentísimo e interminable suicidio.

Baley va viendo eso poco a poco, a medida que conoce a un personaje u otro. Y va viendo, también, que para que el ser humano no desaparezca, necesita nuevas fronteras. Alguien debe colonizar la Galaxia, se dice. Que sean los terrestres  o las antiguas colonias, no importa. Pero alguien.

Así, a medida que va surgiendo la solución para el crimen que investiga también parece surgir una solución para el callejón sin salida social en el que están metidos los humanos. La duda que surge es si los enemigos de Baley le permitirán, no sólo desentrañar el misterio, sino aplicar su solución al problema mayor.

Hay un momento en que todo parece perdido, un instante de desesperación donde un Baley desamparado parece a punto de rendirse.

Y luego, en el último momento, el policía tenaz y racional se alza con el triunfo y no sólo resuelve el misterio, sino que elimina cualquier obstáculo para la expansión humana a escala galáctica.

Entretanto, han pasado muchas cosas. Ha vuelto a ver a Gladia y lo que en la anterior novela no había pasado de ser un fugaz momento de tensión sexual, aquí se convierte en una relación que, aunque abocada al fracaso a causa del tiempo y la distancia, es sin duda el momento más intenso en las vidas de ambos implicados: a los dos los marcará para el futuro de un modo que ninguno podrá borrar.

Y algo más. Durante toda la novela, hay una sombra que acompañará a Baley a todas partes sin apenas ser percibida y que será determinante en la conclusión. De hecho, es esa presencia la que, en cierto modo, ha causado todos los acontecimientos y será el modo en que Baley responda al desafío que le ha planteado lo que, a partir de ese momento, impulse lo que ocurra con la humanidad.

Asimov maneja en esta novela numerosos hilos, tal vez más que en ninguna anterior, y los mueve y los enhebra con habilidad, creando una lectura fascinante y encaminando con habilidad hacia donde quiere la trama general que ha creado con vistas a unir la serie de los robots y la de la Fundación.

Es, también, mucho más madura en el tratamiento de los personajes que obras anteriores. No sólo porque, por primera vez, se atreve a introducir el sexo de forma explícita, sino porque es capaz de diseccionar sus pensamientos y motivaciones con verdadera habilidad. Sin duda, el autor se siente cómodo con lo que está narrando, con la historia que ha creado, la peripecia que maneja y los personajes involucrados en ella. Y eso se nota a lo largo de todas sus páginas. Está, en cierto modo, encajando las piezas de un complejo rompecabezas, y el desafío intelectual que eso represente, lo estimula y lo lleva a ir un poco más allá.

Es cierto que no estamos ante una narración tan compleja como en El fin de la Eternidad o tan arriesgada como Los propios dioses, pero sí ante una novela sólida, bien construida y, sin la menor duda, con los personajes más redondos que ha creado hasta ese momento.

Los límites de la Fundación había sido un regreso digno al género de la ciencia ficción. Con Los robots del amanecer demuestra que aún tiene cosas que decir y que sabe cómo decirlas.

 

© 2011, Rodolfo Martínez
Posted in 46. Los robots del amanecer, La ciencia ficción de Asimov, VII. La vuelta a casa

La sombra de la muerte

En 1983 Asimov se somete a una operación de triple bypass. En principio, la cirugía parece salir bien y, de hecho, no ha habido ninguna complicación seria en el quirófano. Sin embargo, la sangre que se le ha suministrado durante la intervención está infectada por el virus VIH. Desde ese momento, la salud de Asimov empieza a declinar y no tardar en verse afectado por pequeños achaques que, lentamente, se van complicando.

Asimov tiene poco más de sesenta y dos años y deberían quedarle, en buena lógica, unos cuantos años por delante, siempre que se cuidara y tomara las debidas precauciones. Sin embargo, una vez que descubre que el SIDA ha entrado en su vida, no tarda en comprender que lo más probable es que le quede mucho menos tiempo del que había pensado.

Así, la idea de asegurar el bienestar económico de su familia no tarda en convertirse en una obsesión. No sabe cuántos años tiene por delante: pueden ser muchos, tal vez sean unos pocos. Y debe aprovechar bien esos años. Debe hacer lo que sea preciso para que Janet, Robyn y David queden bien provistos tras su muerte.

Hay un factor añadido. Una obsesión personal, y es la de llegar al libro número quinientos en su listado personal. Es consciente de que no es el mejor escritor del mundo, el de estilo más pulido, tramas más acabadas o personajes mejor diseñados. Pero, si no puede ser el mejor, aspira a ser, al menos, el más prolífico. Y quinientos es un número redondo, casi perfecto.

No tan perfecto, pensaba a veces con cierta sorna, como mil. Pero no estaba mal.

Asimov siempre había sido un adicto al trabajo. Un yonqui de la escritura. Un hombre que, de haber podido, habría prescindido de las molestas pausas necesarias tales como comer, dormir, evacuar y el mínimo de vida social imprescindible. Si hubiera podido pasarse las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, atado a su máquina de escribir, tecleando incansablemente, lo habría hecho.

Eso no va a menguar en los siguientes años. Al menos mientras su salud se lo permita. Los últimos diez años de vida de Asimov (los que median entre la publicación de Los límites de la Fundación y su fallecimiento en 1992) no van a ser menos prolíficos que los anteriores: su vida estará llena de proyectos, de nuevas cosas que hacer y de nuevos libros que crear.

Con una diferencia.

Ha vuelto a la ciencia ficción y lo ha hecho para quedarse. Es más, la ciencia ficción va a consumirle, a partir de ese momento, una parte cada vez más importante de su tiempo. No sólo escribiéndola, sino pensando en ella.

Porque hay una tercera cosa que quiere dejar rematada antes de que la muerte lo alcance.

Entre los años cuarenta y cincuenta, creó dos de las más populares series de la ciencia ficción: la de los robots positrónicos y el ciclo de la Fundación. Ahora, ha vuelto a la segunda y, aunque aún no es perceptible más que de un modo tangencial, está decidido a hacer que ésta y la de los robots sean una única saga.

Así que el tiempo que tenga por delante, mucho o poco, va a dedicarlo en su mayor parte a dejarlo todo «atado y bien atado». El escenario de los robots es muy distinto del de la Fundación y el trabajo necesario para conseguir que ambos sean uno solo (y lo sean de un modo coherente) no será fácil, ni estructural ni narrativamente.

Con Los límites de la Fundación ha dado un primer (y tímido) paso en esa dirección. A lo largo de la novela se mencionan varias veces a los robots. Incluso se llega a afirmar (más como una leyenda que como un hecho verídico) que es posible que los robots sean los responsables de que la humanidad sea la única inteligencia de la galaxia. De paso, como quien no quiere la cosa, se deja caer un comentario casi de pasada a la Eternidad, la organización que trasciende el tiempo y que vela por el correcto fluir de los acontecimientos.

Así, cuando la novela acaba y Trevize y Pelorat descubren Gaia, a ambos se les dice que los robots estuvieron implicados en el principio del proyecto.

Un primer paso, como he dicho. Pero aún faltaban muchos. Y Asimov no estaba seguro de si el tiempo o las fuerzas le alcanzarían para darlos.

¿Por qué esa obsesión? ¿Por qué unir dos series que funcionaban sin problemas por separado en una sola? Algunos de sus amigos (como el matrimonio Del Rey) le dijeron que cometía un error. Y quizá el propio Asimov pensó alguna vez que, en efecto, era mejor dejar las cosas como estaban.

Pero no lo hace. En 1983 publica Los robots del amanecer, una nueva novela protagonizada por Elijah Baley y R. Daneel Olivaw. Y, a lo largo de su trama, va dejando caer pequeñas pistas por aquí y por allá (siguen siendo pasos tímidos, casi como si estuviera tanteando el terreno) que nos indican que, de algún modo, el escenario de los robots acabará desembocando tarde o temprano en el de la Fundación.

Repito: ¿por qué?

Vanidad, quizá, a falta de una palabra mejor. Durante su larga carrera literaria, Asimov ha escrito de todo. Pero es la ciencia ficción lo que lo sigue identificando como autor; él mismo se ve, fundamentalmente, como un autor de ciencia ficción, por más que la CF no sea, ni de lejos, el grueso de su obra.

Y quiere dejar algo tras de sí, algo que sea más que un mero puñado de cuentos y novelas. Quiere dejar una saga narrativa acabada, un universo ficticio donde las cosas encajen y que, en cierta forma, le sirva de testamento, de legado. La serie unificado de los Robots y la Fundación será, por así decirlo , su testamento artístico, la obra que (siente) está destinada a vindicarlo para la posteridad.

¿Reamente pensó eso?

Creo que sí, aunque no tengo manera de demostrarlo. Al fin y al cabo no había ninguna necesidad económica para hacer lo que hizo. Tanto su serie de los robots como su ciclo de la Fundación se vendían bien, no necesitaban reforzarse la una a la otra, tenían sus propios seguidores y una larga y exitosa carrera comercial. Convertir ambas series en una sola no iba a hacer, seguramente, que se vendiera mejor.

Pero en un terreno puramente literario, artístico, Asimov sin duda necesitaba hacer eso. Por un lado por el reto que representaba (las diferencias entre ambas series eran tan grandes que conseguir un resultado final coherente era todo un desafío) y sobre todo por pura tranquilidad personal. Por poder decir, cuando se fuera de este mundo: mirad, ahí os dejo eso.

 

© 2011, Rodolfo Martínez
Posted in 45. La sombra de la muerte, La ciencia ficción de Asimov, VII. La vuelta a casa

Los límites de la Fundación

Han pasado casi quinientos años desde que Hari Seldon estableciera dos Fundaciones «en extremos opuestos de la Galaxia» para asegurarse de que el interregno que debía seguir a la caída del Imperio Galáctico sea de sólo mil años, en lugar de los treinta mil que sus ecuaciones psicohistóricas predecían.

Precisamente con esa herramienta, la psicohistoria, que puede predecir y modelar el comportamiento de las grandes masas de seres humanos, ha creado un plan que, durante los últimos cuatrocientos noventa y ocho años, ha regido los destinos de todos los habitantes de la Galaxia, lo sepan o no.

Estamos, como decíamos, casi a mitad de ese interregno de mil años. Y el Plan Seldon parece ir más viento en popa que nunca.

En esa situación, un joven concejal de la Primera Fundación empieza a poner en duda las apariencias y se lanza, no por propia voluntad, en una búsqueda por la Galaxia, acompañado de un maduro historiador obsesionado por encontrar el mundo de origen de los seres humanos: la legendaria Tierra.

Entretanto, en la Segunda Fundación, un joven y ambicioso Orador descubre que alguien está manipulando el Plan Seldon para sus propios propósitos.

Ambas tramas se van alternando a lo largo de la novela, hasta confluir en el inevitable clímax narrativo en que la mayoría de las preguntas encuentran respuesta y el problema alcanza una solución… más o menos.

Los límites de la Fundación es acogida con alborozo por los aficionados y gana sin problemas el Premio Hugo a la mejor novela ese año, además de colocarse en la lista de best-sellers del New York Times durante varios meses.

Evidentemente, el factor nostalgia juega su favor. No creo que estemos ante la mejor novela de ciencia ficción publicada en 1982, pero no es una mala novela y no desmerece de la trilogía original. Es una continuación más que digna, que cumple sobradamente sus propósitos: dar a los fans lo que pedían.

La historia está bien trazada, las distintas tramas se van entrelazando con habilidad y elegancia y el clímax narrativo tiene la fuerza suficiente, el suficiente «sentido de la maravilla» para no decepcionar. Los personajes (especialmente Golan Trevize —el concejal de la Fundación— y Janov Pelorat —-su compañero, el historiador—) están bien delineados, cumplen sus propósitos narrativos y la confrontación dialéctica entre ellos cumple sin problema su objetivo de aportar información y poner en antecedentes al lector sin entorpecer la trama.

Asimov no estaba en mala forma literaria cuando escribió Los límites de la Fundación: pese a que la peripecia de la novela es escasa, sobre todo para las páginas que tiene, no se nos hace pesada en ningún momento ni tenemos la sensación de estar ante una novela artificialmente inflada.

Y además, el autor, es lo bastante honrado para no limitarse a dar más de lo mismo… o, en cierto modo, hace exactamente eso y, al hacerlo, lleva la serie por nuevos caminos.

Casi todos los cuentos de la Fundación se basan en la llegada de una crisis y la resolución de ésta. Tras la crisis, la situación no puede ser la misma que antes de ella y, por tanto, el escenario va cambiando, en cierta forma a medida que la historia avanza.

En los primeros relatos asistimos a una Primera Fundación que va creciendo poco a poco, desde un planeta sin importancia hasta ser una potencia hegemónica en la periferia. Cada crisis la hace crecer un poco más, obtener más poder e influencia sobre sus vecinos.

Su última amenaza grave es un sagaz general del moribundo imperio que, pese a todo, no puede hacerle frente.

Y, de pronto, aparece el Mulo, la situación da un vuelco y la Fundación cae. Las premisas del escenario (la imbatibilidad de la Fundación y el hecho de que, inevitablemente, de ella surgirá el embrión del segundo imperio) acaban de ser dinamitadas.

El Mulo se obsesiona con encontrar la Segunda Fundación. Fracasa, y al hacerlo parece dejar la situación en el mismo punto en el que estaba antes de su aparición.

No es así, sin embargo. Ahora la Primera Fundación sabe que tiene un custodio, que hay sobre ella un molesto ángel guardián que vela por el cumplimiento del Plan Seldon. Así que se produce un nuevo giro y a lo que asistimos en el tercer libro de la serie es al enfrentamiento entre ambas fundaciones y a la aparente victoria de una de ellas.

¿Y ahora?, se pregunta Asimov, ¿por dónde podemos tirar ahora, qué nuevo giro podemos darle a la situación que resulte interesante y además, no se limite a dejar las cosas como estaban?

La respuesta es sencilla y eficaz:

El proyecto de Segundo Imperio Galáctico de la Primera Fundación está abocado a ser una copia del primero y, por tanto, a repetir los errores del primero.

El proyecto de Segundo Imperio Galáctico de la Segunda Fundación creará una humanidad incapaz de alcanzar la edad adulta, permanentemente tutelada por un hermano mayor en la sombra que la vigilará, guiará y tomará por ella las decisiones.

¿La alternativa?

La alternativa es, al mismo tiempo, espectacular y aterradora.

Espectacular porque, sin ninguna compasión, Asimov dinamita de nuevo todas las premisas de su universo y lo lleva por un camino totalmente nuevo e inesperado.

Aterradora porque, al hacerlo, convierte a la humanidad en algo que no es del todo humano: partes de un organismo mayor supeditadas al bien del mismo. Una especie de mente-colmena, de Galaxia pensante.

Es Golan Trevize quien opta por ese futuro. Y opta por él a su pesar. Es un individualista nato, un vaquero de las estrellas, podríamos decir. Y opta por un futuro que, a largo plazo, acabará eliminando el individualismo del comportamiento humano.

¿Por qué lo hace? Él mismo no lo sabe y, al mismo tiempo, no puede evitar pensar que ha tomado la decisión correcta.

La novela termina en ese momento. Con un Trevize confuso ante lo que ha hecho y empeñado en averiguar por qué lo ha hecho.

Deliberadamente, cuando Asimov pone la palabra «Fin» en la novela, añade «…por ahora». Es consciente de que ésta no es la última novela de la Fundación. Que no está ante el final de algo sino ante su principio.

Además, mientras escribía la novela ha tomado otra decisión. No sabemos si ya había pensado antes en ello o es algo que surge sobre la marcha, aunque presiento lo segundo. Hasta entonces no existían robots en el universo de la Fundación y, por primera vez, se habla de ellos, se los menciona y hasta se cuenta algo sobre su relación con la humanidad. No gran cosa, de momento, apenas alguna alusión que otra, pero la semilla está plantada.

Sus dos escenarios más famosos (los relatos de robots y las historias del Imperio y las Fundaciones) están en camino de convertirse en uno solo.

¿Cómo?

Averiguarlo (y contárnoslo) le llevará a Asimov sus próximos años.

Entretanto, supongo que se siente bastante satisfecho. No sólo ha vuelto a la ciencia ficción por la puerta grande, con más éxito del que podía atreverse a pensar, sino que está viendo, con sorpresa, que escribir ciencia ficción le empieza a reportar tantos beneficios como sus otras actividades, o quizá más. Que su idea de asegurar el futuro económico de los suyos puede pasar por la ciencia ficción.

Ya no volverá a abandonar el género. Hasta su muerte,  diez años más tarde, escribirá siete novelas más de ciencia ficción, dos de ellas independientes (Némesis y Viaje alucinante II: Destino el cerebro) y cinco encuadradas en ese nuevo universo unificado que empieza a entreverse en Los límites de la Fundación.

¿Se arrepintió alguna vez de volver así a la ciencia ficción, de hacer de ella de nuevo su principal actividad literaria? A tenor de algunos comentarios en el último volumen de su autobiografía, diría que sí.

Pero para entonces ya era tarde. Los límites de la Fundación se había convertido en un éxito tal que ni Doubleday ni los aficionados le permitirían abandonar ese camino.

Y además, no tardaría en descubrir que quizá el tiempo que le quedaba era menor aún de lo que había pensado.

© 2011, Rodolfo Martínez
Posted in 44. Los límites de la Fundación, La ciencia ficción de Asimov, VII. La vuelta a casa

La resistencia es inútil

Durante mucho tiempo, Asimov ha recibido presiones, tanto de los fans como de sus principales editores, Doubleday, para que continúe la serie de la Fundación. Se ha venido negando una y otra vez y, tal como lo ve, por buenos motivos.

Por un lado, escribir una novela de ciencia ficción le resulta agotador. Implica una gran cantidad de trabajo y de tiempo (definir una trama, un escenario, unos personajes, crear un conflicto que tenga sentido, resolverlo, encajar los personajes en él) para que, luego, económicamente, rente mucho menos que cualquier otro de sus trabajos literarios. Es cierto que en la pasada década ha escrito dos novelas de ciencia ficción (Viaje alucinante y Los propios dioses) pero en la primera se trataba de novelar una historia que ya estaba escrita y la segunda había surgido a su pesar.

Añadamos a eso el temor a no estar a la altura de lo que todo el mundo espera de él. Al fin y al cabo, para entonces la Trilogía de las Fundaciones se ha convertido en un clásico de la ciencia ficción, es reeditada una y otra vez y leída y disfrutada por generaciones enteras de aficionados. ¿Y si la nueva novela no cumple las expectativas? Mejor, se dice, dejar las cosas como están.

Pese a todo, termina claudicando. Y, a principios de los ochenta, empieza a escribir una novela ambientada en el escenario de la Fundación.

¿Por qué?

Los motivos son varios y ninguno de ellos demasiado relacionado con la literatura.

Por una parte a Asimov le resultaba difícil decirle que no a Doubleday. De hecho, su actitud para con esa editorial era a menudo de una docilidad sorprendente.

Pongamos un ejemplo:

A mediados de los setenta, Doubleday le encarga una novela policiaca que debe ambientarse en la Convención de Libreros Americanos. Envían allí a Asimov para que se ambiente y le pille el pulso al congreso y éste les entrega poco después Asesinato en la Convención. A mi entender, una de sus mejores novelas, donde se revela como un maestro para el policiaco de corte costumbrista y en la que crea uno de sus mejores personajes: Darius Just, un escritor de escaso éxito y escasa estatura, mal genio, cabezonería a prueba de bomba y sagacidad sin límites; basado, en buena medida, en su amigo Harlan Ellison. Para rematar la faena, Asimov se permite hacerse aparecer a sí mismo como personaje en la novela e intercambia pullas con su narrador (el propio Just) en las notas a pie de página en un juego metaliterario que no sólo funciona, sino que vuelve más verosímil la peripecia de la novela.

Asimov estaba encantado con Asesinato en la Convención. Se encontraba más que satisfecho con el resultado, le gustaba mucho el personaje central y más aún la forma que éste tenía de narrar. Así que no tardó en proponer a Doubleday nuevas novelas de Darius Just.

La editorial le respondió que no, que no estaban interesados, que aquello había sido un experimento de una sola vez y que ya estaba.

¿Siguió adelante Asimov con su empeño? ¿Llevó el proyecto a otra editorial?

No, aceptó lo que le decía Doubleday y no volvió a acercarse al tema.

Preguntémonos de nuevo: ¿por qué?

Para Asimov nada hay más valioso que la lealtad. Durante todos estos años, Doubleday ha sido leal con él, extremadamente leal. Publicaron su primera novela de ciencia ficción y todas las siguientes. Los contratos con ellos siempre le han sido ventajosos y, además, recuperaron sus primeras antologías (Yo, robot, Fundación, Fundación e Imperio y Segunda Fundación) de manos de Gnome Press, que nunca había pagado royalties al autor. De hecho, a todos los efectos, Doubleday siempre lo ha tratado a cuerpo de rey.

Que la editorial haga eso, no por la bondad de su corazón sino por puro interés comercial, es irrelevante: ellos han sido leales con él en todo momento (más leales incluso de lo que exigían las circunstancias) y Asimov se siente en deuda con ellos. Pocas veces les dice que no o va contra sus deseos: en parte por la deuda que siente hacia ellos, pero en parte también porque tiene la sensación de que lo que Doubleday le pide es por su propio interés, el de él.

Así que cada vez le resulta más difícil responder «no» cuando le piden un nuevo libro de la Fundación. De hecho, aunque nadie lo sabe, a mediados de los años setenta inició una novela llamada Lightning Road Rod que continuaba su famosa trilogía. No llegó a escribir más allá de unas pocas páginas, pero el solo hecho de que lo intentara demuestra que su negativa cada vez era menos firme.

El otro factor (factor, creo yo determinante) es su empeño en asegurar el futuro económico de su familia. Para él, dejar bien provistos a su mujer y sus dos hijos se convierte en una idea cada vez más obsesiva. Y quizá, se dice, no le queda tanto tiempo como creía: ha tenido un ataque al corazón en 1977 y su salud no es, ni de lejos, la que era. Tal vez la muerte está más cercana de lo que pensaba. Y, para cuando deje este mundo, Janet, Robyn y David deben tener bien asegurado su futuro; algo que, aunque sus ingresos no son en absoluto despreciables, siente que aún está lejos de pasar.

Así, cuando Doubleday finalmente pone sobre la mesa un anticipo astronómico, Asimov termina cediendo y se resigna a escribir una nueva novela de la Fundación. En realidad, en cierto modo, la primera novela de la Fundación, ya que el resto no eran sino relatos más o menos largos y alguna novela corta (con posible la excepción de «El Mulo», que alcanza por los pelos la longitud de una novela). De hecho, Doubleday quiere que el nuevo libro tenga él solo tanta extensión como los tres anteriores juntos.

Con cierto miedo, lo primero que hace Asimov es releer la trilogía original. Sospecha que en cuanto ponga los ojos sobre esas historias de, en algunos casos, treinta años atrás, se le van a caer de las manos de puro primerizas, mal construidas y no muy interesantes.

Para su sorpresa, las devora. Le gustan. Le funcionan. Se reconoce en ellas como autor.

Descubre, además, que apenas hay acción en esas historias y que casi toda pasa entre bastidores. Que, fundamentalmente, se trata de personas hablando de lo que pasa, de lo que puede pasar o de lo que no debería pasar. Y eso es, precisamente, lo que les ha gustado a los lectores todos esos años, lo que ha atrapado su imaginación y ha convertido los libros originales en un clásico.

¿Puede estar a la altura de ese material? ¿Puede crear una continuación que tenga sentido narrativo, que no traicione el original pero que le de un nuevo giro de tuerca a la trama?

Sí, decide, puede.

Así que relee esos primeros capítulos de Lightning Road Rod para ver si puede usarlos como punto de partida. Descubre que, en efecto, puede y se sienta a escribir lo que, algunos meses más tarde sería Los límites de la Fundación.

 

© 2011, Rodolfo Martínez
Posted in 43. La resistencia es inútil, La ciencia ficción de Asimov, VII. La vuelta a casa

¿El fin?

«Acerca de nada», aparecido en 1977, es uno de esos típicos relatos de Asimov que son poco más que una brevísima viñeta orientada hacia un juego de palabras final. Y, como la mayoría de ellos, resulta totalmente trivial. Este tipo de cuentos tienen a veces el valor añadido de funcionar como chistes. Desgraciadamente, éste no es uno de esos casos.

Algo parecido sucede con «Algo seguro» del mismo año.

En cuanto a «¡Piensa!», de nuevo nos encontramos con un relato que no destaca en ningún aspecto, ni para bien ni para mal. Trata el tema de la inteligencia artificial pero no lo hace de un modo ni muy novedoso ni demasiado interesante.

Con «Decirlo de un vistazo» regresamos al escenario de «Buen gusto» y ya sólo por eso el cuento merece la pena. Aunque (está orientado hacia un público juvenil) la forma de desentrañar el misterio lo es todo menos sutil, el cuento funciona gracias a la ambientación. Es una pena que Asimov no escribiera más relatos ambientados en ese escenario, aparte de estos dos y de «Para los pájaros».

Y en «Amor verdadero» de nuevo nos encontramos con un cuento-chiste que resiste moderadamente bien una primera lectura pero no pasa intacto la segunda.

En 1978 sólo publica un cuento de ciencia ficción, «¡Localizados!» donde de nuevo demuestra que puede escribir buenos relatos cuando se lo toma en serio. Aquí nos presenta la historia de una insólita invasión extraterrestre cuyo final da bastante que pensar.

«¿Intercambio justo?», de 1979, es un homenaje a Gilbert & Sullivan y, al mismo tiempo, una historia de viajes en el tiempo con trágicas consecuencias. Lo podríamos definir como «material de repertorio»: bien llevado, con una trama sólida y un giro final coherente, sin embargo no sorprende en ningún momento. Pese a todo, el cuento funciona porque está escrito con pasión: Asimov es, desde joven, aficionado a la obra de Gilber & Sullivan y eso se nota a lo largo del relato.

Con «Cómo sucedió» volvemos a los cuentos que no son más que un chiste. Éste, en concreto, es breve y, al menos para mi paladar, bastante gracioso. Aunque el retruécano final se ve venir un par líneas antes del final, eso no le hace perder fuerza.

«Se acerca» es un relato que, en origen, fue serializado en cuatro partes. Eso lo lastra narrativamente, pues obliga a que cada capítulo comience con un resumen de lo anterior. Aparte de eso, no aporta gran cosa.

En «Nada por nada» Asimov se interna de nuevo en los terrenos de la moralina y, como casi siempre en esos casos, el resultado dista de ser satisfactorio.

Y volvemos a los chistes con «Muerte de un foy», relato que oscila entre lo lamentable y lo olvidable.

En «Para los pájaros» volvemos (aunque nunca se dice explícitamente) al mismo ambiente de «Buen gusto» y «Decirlo de un vistazo», explorando en esta ocasión una nueva sociedad humana en un satélite artificial. No es nada del otro mundo, aunque contiene elementos interesantes en lo puramente tecnológico.

En «La última respuesta» nos encontramos con los momentos inmediatamente posteriores a la muerte de un ateo y a su diálogo con una deidad ciertamente abominable, al menos desde parámetros humanos. El conflicto ético y filosófico que se plantea en el relato no está mal llevado y la conclusión a la que llega tiene elementos bastante inquietantes. Es, si la memoria no me engaña, el único relato donde Asimov trata de un modo explícito la figura de la divinidad y su relación con sus criaturas.

«Punto de ignición» es, de nuevo, una historia escrita por encargo, en este caso a petición de una revista para oradores profesionales. Asimov construye aquí, una vez más, un relato llevado con oficio pero que no aporta nada.

Como también está escrita por encargo «Encajar perfectamente», aunque aquí la premisa es más interesante (en una sociedad informatizada, ser incapaz de manejar un ordenador sería el equivalente al analfabetismo) y la historia que la arropa da qué pensar.

En cuanto a «La última lanzadera», volvemos a encontrarnos con un relato prescindible aunque bien llevado.

En 1982 aparece «Por miedo a que recordemos» y, si tiene algún interés, no va más allá del hecho de que el relato, originalmente, fue escrito como un tratamiento de guión con vistas a su posterior adaptación cinematográfica. La productora, finalmente, rechazó la idea y Asimov lo reconvirtió en un cuento.

Y de ese mismo año es «Los vientos del cambio», un relato del que Asimov se sentía particularmente orgulloso. En cierto modo, para él, se trataba de algo personal, un puñetazo directo en la nariz al concepto de Mayoría Moral. La historia no está mal resuelta (narrada íntegramente como un monólogo del personaje central) y aporta varios aspectos interesantes para un debate moral. No está entre lo mejor de Asimov, pero no es desdeñable.

Como vemos, buena parte de la ciencia ficción que hace Asimov por esa época está escrita fundamentalmente por encargo y, a menudo, para publicaciones de fuera del género, con la consecuencia de que muchas veces recorren caminos trillados (en ocasiones muy trillados) para cualquier lector que tenga una mínima cultura de ciencia ficción. Llevados con oficio, sin embargo, no aportan nada interesante a la carrera literaria de Asimov, aunque desde un punto de vista estrictamente comercial no son desdeñables: no sólo esas publicaciones suelen pagar más que las revistas de CF, sino que aparecer en una revista no de género contribuye, y mucho, a que el nombre de Asimov esté presente en la mente del público generalista como «el» autor de ciencia ficción.

Para los aficionados al género, sin embargo, la cosa es muy distinta. Si bien muchos lo recuerdan con agrado y consideran que, en su momento, fue uno de los grandes autores del género, la percepción general empieza a ser la de que ya ha visto sus mejores años. Con Los propios dioses (y algún que otro cuento de esa época) pareció que volvía a la ciencia ficción por la puerta grande, pero los años siguientes demuestran que se trató de un hecho aislado y que, en efecto, las mejores narraciones de Asimov pertenecen al pasado.

Todo eso está a punto de cambiar.

Después de haber afirmado durante décadas que no continuaría con la Fundación, de pronto aparece en 1982 Los límites de la Fundación.

Asimov volvía en serio a la ciencia ficción. Lo hacía, en cierto modo, a lo grande, continuando una de las sagas más míticas del género. Eso tendría enseguida consecuencias mediáticas y comerciales.

¿Las literarias? Las iremos viendo en los próximos capítulos.

 

© 2011, Rodolfo Martínez
Posted in 42. ¿El fin?, La ciencia ficción de Asimov, VI. La travesía del desierto