読み込んでいます... En los quince relatos que Asimov publica en 1956 hay de todo. Su carácter prolífico lo lleva escribir a destajo y la consecuencia obvia es que no siempre todo lo que sale de su máquina de escribir es bueno y, en muchos casos, se conforma con cuentos “correctos” que no pasan de ser ideas moderadamente interesantes ejecutadas con cierta pericia (con profesionalidad, podríamos decir) pero no resultan especialmente memorables.
Y, como hemos dicho, algunos de sus cuentos son intrascendentes, irrelevantes y, en algunos casos, incomprensibles por el público no anglosajón. Algo que se aplica a la perfección a “El mensaje”, publicado en febrero en F&SF y que no es más que un chiste fácil que gira alrededor de una frase hecha que, una vez traducida, pierda por completo toda la gracia. Y sospecho que, en el original, tampoco tiene demasiada.
En “Fuego infernal” volvemos a encontrarnos con un cuento totalmente prescindible. Básicamente una viñeta breve -ésa es su mayor virtud- destinada a advertirnos del peligro atómico. Poco más se puede decir de este cuento, lleno de moralina y metáforas demasiado evidentes.
“Espacio vital” es, de nuevo, un chiste. Aunque al contrario que “El mensaje”, es un chiste que funciona. Asimov juega aquí con los universos alternativos y, de paso, caricaturiza ciertas obsesiones del americano medio. El cuento, sin ser una maravilla, funciona, convence y no está exento de interés en cuanto a sus especulaciones.
“¿Qué hay en un nombre?” no es en realidad un cuento de ciencia ficción, aunque se le suela incluir entre ellos. Es un relato policiaco ambientado en el departamento de química de una universidad y la resolución del misterio implica un hecho científico. Lo cierto es que no es de los mejores cuentos policiacos de Asimov: todo acaba resultando demasiado traído por los pelos.
Al igual que había hecho en los cuentos protagonizados por Wendell Urth, en “La noche moribunda” Asimov vuelve a mezclar policiaco y ciencia ficción y, al contrario que en el cuento anterior, aquí sí que consigue buenos resultados. La solución del misterio se basa en la peculiaridad de uno de los planetas del sistema solar y éste está bien planteado y resuelto. La pecualiaridad mencionada se revelaría como falsa algunos años más tarde, pero de acuerdo a la ciencia de la época el relato sigue siendo válido. Y narrativamente funciona.
“Algún día” es, más o menos, un cuento de robots. También es sensiblero y demasiado evidente.
En cuanto a “Primera ley”, es un regreso a Powell y Donovan, los dos testadores de robots de los primeros cuentos de Asimov sobre el tema. Sin embargo, no hay demasiados motivos para el entusiasmo: de nuevo estamos ante un chiste fácil contado con cierta gracia. Eso, y el hecho de que el cuento es muy breve, lo hacen soportable.
No contento con eso, en “El lugar acuático” volvemos a los chistes, los equívocos y los juegos de palabras. Pese a todo, y al contrario que los anteriores, cuando llegamos al retruécano final sentimos que, pese a todo, ha merecido la pena dedicar unos minutos a leer el chiste, tal vez por el retrato, breve y superficial, pero efectivo que nos traza aquí de un policía palurdo de pueblo.
“Todos exploradores” es un relato que utiliza una idea realmente potente y con la que autor sabe jugar de un modo adecuado, dosificando la información de tal forma que, cuando el lector comprende lo que pasa (casi a la vez que los personajes) le golpea con bastante fuerza. El problema es que aquí nos encontramos con un par de personajes bastante planos que no son capaces de conducir de forma adecuada la historia. Un cuento irregular, aunque escrito con oficio.
Con “Treta tridimenional”, Asimov se embarca en la clásica historia de pactos con el diablo. La originalidad del asunto está en que el personaje, para librarse del pacto diabólico, utiliza una treta basada en la ciencia, y no en la magia. Es agradable de leer, pero no especialmente memorable.
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Hasta ahora no parece estar siendo un gran año. Y, desde luego, si Asimov sólo hubiera publicado esos relatos en 1956 podríamos haberlo considerado uno de sus años más flojos.
Eso es porque he hecho trampa y he dejado los mejores cuentos asimovianos de 1956 (entre los que están algunos de sus mejores cuentos de todos los tiempos) para el final.
En abril publica “El pasado muerto”, sin duda uno de sus mejores relatos. Por un lado, está la sociedad que plantea en el cuento (a menudo, como bien dice mi buen amigo José Manuel Uría, son las sociedades que describe los verdaderos personajes asimovianos) y por el otro la trama que imbrica en esa sociedad. Ambas se complementan a la perfección y llevan la historia hacia una conclusión escalofriante pero totalmente lógica.
En “El pasado muerto” vivimos en una sociedad donde la investigación científica está tan fuertemente compartimentada que interesarse por una disciplina científica que no sea la propia se ve como una excentricidad peligrosa muy cercana a la herejía. Que un físico sienta interés por la historia, o viceversa, no es aceptable y podría traerle consecuencias muy graves para su carrera. Al mismo tiempo, el lenguaje de los científicos se ha vuelto tan alambicado, oscuro y farragoso, que éstos son incapaces de poner por escrito sus investigaciones de un modo comprensible. La sociedad se ha visto obligada a crear una figura incómoda: el periodista científico, con suficientes conocimientos de ciencia para entender lo que hacen los científicos y con la habilidad necesaria para hacer comprensible al público lo que los científicos están haciendo. Las minutas de esos individuos son considerables y en lo económico son personas prósperas. Sin embargo su prestigio social es escaso y ningún verdadero científico reconocería en público tener un pariente que se dedique a eso.
No hace falta ser un lince para darse cuenta de que Asimov está hablando de sí mismo, de su labor como divulgador científico y del modo en que los científicos “de verdad”, encerrados en una torre de marfil académica, miran por encima del hombro a los divulgadores. El propio Carl Sagan, algunos años más tarde, se vio enfrentado al desprecio de sus colegas cuando decició “perder el tiempo” en hacer comprensible al gran público los descubrimientos de la ciencia sobre el cosmos; no comprendían que divulgar la ciencia era, socialmente, tan importante como la propia ciencia en sí, que una sociedad bien informada -de un modo claro, preciso y sin paternalismos- sería menos maleable por la superstición y los prejuicios… a menudo en contra precisamente de la ciencia. Situación paradójica: toda nuestra vida está presidida (desde que abrimos los ojos por la mañana hasta que los cerramos por la noche) por los efectos prácticos de la ciencia; y sin embargo, desconfiamos de ella, la sentimos peligrosa y oscura cuando no, directamente, la vemos como poco importante para nuestro vivir diario.
La trama que se inserta en esa peculiar sociedad desmiente una vez más la leyenda sobre que Asimov es incapaz de construir personajes complejos y creíbles. Tanto el historiador obsesionado con Cartago como el joven físico que lo ayuda a saltar las barreras del gobierno como el tío de éste (inspirado sin duda en el propio Asimov) son personajes perfectamente diseñados, totalmente humanos y completamente verosímiles. “El pasado muerto” es uno de los mejores relatos de Asimov fundamentalmente por la parte humana imbricada en él, que es lo que lo hace avanzar, lo que lo vuelve interesante y lo que consigue la conclusión (realmente estremecedora) nos golpee con la fuerza con la que lo hace.
Una conclusión, por cierto, bastante curiosa, porque nada contracorriente. Acabado el relato lo que descubrimos es que los esforzados héroes individualistas que han decidido enfrentarse a los tejemanejes del gobierno han destruido, a su pesar, el mundo tal como lo conocen, abocándolo a un caos que era, precisamente, lo que el estado, supuestamente malévolo, cerril y corto de miras, trataba de evitar. Asimov nos lleva durante todo un relato por un cierto sendero ideológico y moral para, al final, dinamitar por completo sus premisas y darle la vuelta completa a la situación.
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“Paté de Foie Gras” es, tal vez, el cuento más delirante y divertivo que Asimov ha escrito jamás. Y, encima, la idea de ciencia ficción que lo mantiene (una explicación científica y racional del mito de la gallina de los huevos de oro -una oca, en realidad, en la tradición anglosajona-) es brillante y está excelentemente tratada. Es, quizá, el cuento de Asimov donde la influencia de PG Woodhouse se ve con más claridad.
Narrado en primera persona en un juego que tiene mucho de metaliterario (el lector comprenderá por qué, cuando llegue al final), lleno de ironía y de ganas de jugar con los clichés de la ciencia ficción y darles la vuelta una y otra vez, no diré que “Paté de Foie Gras” es el mejor cuento de Asimov, pero podría estar perfectamente entre los diez mejores. Es un cuento que ha sido subestimado una y otra vez, sospecho que a causa de su tono humorístico (el humor es, siempre, “literatura de segunda” en el ánimo de ciertos críticos) pero eso no debería impedirnos ver lo potente de la idea que Asimov maneja y lo bien que la resuelve, tanto conceptual como narrativamente.
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“La última pregunta” es, según confesión propia, el cuento favorito del propio Asimov. Su mejor cuento, en su personal ranking. No estoy del todo de acuerdo, pero sin duda sí que ocupa una posición muy alta entre la producción breve asimoviana.
Es un relato cosmológico que gira una y otra vez alrededor de la posibilidad de invertir la tendencia a la entropía del universo y, por tanto, evitar la muerte de éste. La escala a la que está narrada va siendo cada vez mayor, hasta llegar a un final que abarca todo el cosmos y que, no podía ser menos, acaba teniendo reminiscencias bíblicas. Leyendo cuentos como “La última pregunta” es fácil comprender por qué, para muchos, los años cincuenta del siglo XX son el mejor momento especulativo para la ciencia ficción americana: el atrevimiento con que maneja ciertas ideas, la carga especulativa, incluso ideológica, que tiene el género en ese momento, la confluencia entre una buena narrativa y un fondo de implicaciones apabullantes… es una cima que la ciencia ficción no ha vuelto a alcanzar.
Y que temo, por desgracia, que no vuelva a hacerlo. Uno de los motivos por los que la ciencia ficción alcanza una auténtica edad de oro en los años cincuenta (sí, sé que la Edad de Oro “oficial” son los cuarenta, pero a mí esa década siempre me pareció simplemente el prólogo imprescindible para la explosión de la siguiente) es la dominación total del cuento corto. Porque es ahí, en el relato, donde el género encuentra su acomodo natural, donde puede desarrollar por completo su potencial especulativo y, sobre todo, concentrar su fuerza y su garra sin que éstas se diluyan como acabará pasando a medida que la novela vaya convirtiéndose en dominante.
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He dejado para el final un cuento de Asimov por el que siento un aprecio especial.
“El chistoso” parece, a primera vista, otra pieza intrascendente en la que, además, el autor aprovecha para soltar unos cuantos de sus chistes favoritos. Sin embargo, tras esa apariencia hay, de nuevo, una idea llena de fuerza a la que no llegamos con claridad hasta el final del relato. Una vez formulada y una vez aceptas las consecuencas de lo que ha pasado, la sensación de incertibumbre con la que terminamos la lectura es casi insoportable. Así, lo que parecía un relato puramente humorístico termina convirtiéndose en una historia de horror metafísico con implicaciones realmente profundas.
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1956 es, quizá, el año más irregular de Asimov. Como hemos visto, buena parte de lo que publica ese año va de lo intrascendente a lo prescindible, pasando por lo aceptable.
Pero junto a todo eso, están estos cuatro relatos. Cada uno muy distinto, tanto en intenciones como en implicaciones… incluso en estilo y en la forma en que están narrados. Pero cuatro relatos que se encuentran, no sólo entre lo mejor de la producción asimoviana, sino de lo mejor que da el género en esa época.
関連情報:
- “El mensaje”. (The Message). En The Magazine of Fantasy & Science Fiction , febrero 1956. 最新版ではスペイン語:Cuentos Completos(Bの、1992)。
- “El pasado muerto” (The Dead Past). En Astounding Science Fiction , abril 1956. Edición española más reciente: Cuentos Completos (B, 1992).
- “Fuego del infierno” (Hell-Fire). En Fantastic Universe , mayo 1956. 最新版ではスペイン語:Cuentos Completos(Bの、1992)。
- “Espacio vital” (Living Spaces). En The Original Science Fiction Stories , mayo 1956. 最新版ではスペイン語:Cuentos Completos(Bの、1992)。
- “¿Qué hay en un nombre?” (What's in a name?). En Saint Detective Stories, junio 1956. Edición española más reciente: Estoy en Puertomarte sin Hilda (Alianza, 1972).
- “La noche moribunda” (The Dying Night). En The Magazine of Fantasy & Science Fiction , julio 1956. 最新版ではスペイン語:Cuentos Completos(Bの、1992)。
- “Algún día”. (Someday). En Infinity Science Fiction , agosto 1956. 最新のスペイン語版: 完全なロボット (Alamut、2008)。
- “Paté de Foie Gras” (Pate de Foie Gras). En Astounding Science Fiction , setiembre 1956. Edición española más reciente: Cuentos Completos II (B, 1992).
- “Primera Ley”. (First Law). En Fantastic Universe , octubre 1956. 最新のスペイン語版: 完全なロボット (Alamut、2008)。
- “El lugar acuático” (Watery Place). En Satellite Science Fiction , octubre 1956. 最新版ではスペイン語:Cuentos Completos(Bの、1992)。
- “Todos exploradores” (Each an Explorer). En Future Science Fiction ,1956. Edición española más reciente: Cuentos Completos II (B, 1992).
- “La última pregunta” (The Last Question). En Science Fiction Quarterly , noviembre 1956. 最新版ではスペイン語:Cuentos Completos(Bの、1992)。
- “Treta tridimensional” (Gimmicks Three). En The Magazine of Fantasy & Science Fiction , noviembre 1956. 最新版ではスペイン語:Cuentos Completos(Bの、1992)。
- “El chistoso”. (Jokester). En Infinity Science Fiction , diciembre 1956. 最新版ではスペイン語:Cuentos Completos(Bの、1992)。
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