1. El paraíso es una tienda de golosinas

El paraíso es una tienda de golosinas

Miércoles 5 Noviembre 2008

El primer trabajo publicado de Isaac Asimov no fue un texto de ciencia ficción, sino un breve relato humorístico titulado “Hermanos pequeños” destinado a la revista del instituto.

Hay poco de memorable en ese trabajo. Está escrito por un joven entusiasta, deseoso de impresionar y que apunta, quizá, buenas maneras. Tiene soltura con el lenguaje y una cierta facilidad para narrar. Por lo demás, el texto es la obra primeriza de un joven que aún no ha encontrado su camino y no tiene claro qué cosas funcionan y cuáles no en lo que escribe. Y, como ocurre a menudo cuando uno empieza a escribir, confunde los cultismos con la cultura.

Es interesante, sin embargo, por otro motivo. En cierto momento Asimov se describe a sí mismo paseando el cochecito de su hermano pequeño, con una mano en el manillar y la otra ocupada por un ejemplar de Los tres mosqueteros de Dumas.

Esa imagen de un Asimov infantil dedicando cada instante de su tiempo libre a la lectura es clave para comprender al escritor que acabaría surgiendo de ahí.

Porque Asimov fue un lector voraz desde que aprendió a leer y no tardó en convertirse en asiduo de cuantas bibliotecas públicas hubiera a su alcance. Era, también, un lector omnívoro y sin criterio, que se fue abriendo paso por sí mismo a través de lo que leía, sin nadie que lo guiara.

Así, devoró por igual buena literatura y basura infecta y, poco a poco, fue encontrando su propio gusto. Se puede discutir si fue un gusto correctamente educado o no. Sin duda, como pasa con cualquier lector autodidacta, hay entre sus preferencias cosas que harían arrugar la nariz de desagrado a una persona que haya adquirido su cultura de un modo más convencional. Y, desde luego, entre las preferencias de una persona que haya adquirido su cultura de un modo más convencional, hay cosas que le harían arrugar la nariz de desagrado a Asimov. ¿Cuál de los dos tiene razón?

Ninguno. Ambos, seguramente.

Pronto surgieron varios amores literarios. Su pasión por la historia, por ejemplo, aparece bastante temprano en su vida, cuando siente curiosidad por conocer los hechos reales que hay tras los mitos que narraba Homero. Su amor por Shakespeare también surge entonces.

Y, especialmente, su gusto por la literatura inglesa decimonónica. Un gusto que, aunque él no sería consciente de ello hasta mucho después, marcaría su forma de encarar la literatura como escritor. En la última mitad del siglo XIX los escritores ingleses desarrollan una prosa que, alejada de virtuosismos verbales y pirotecnia expresiva, se convierte en algo funcional, por encima de todo. Un modo de contar en el que la eficacia narrativa prima sobre el puro placer estético.

A Asimov eso lo marcaría de un modo indeleble y, con el tiempo, y de una forma inconsciente al principio, iría desnudando su propio estilo de todo lo accesorio hasta obtener esa forma desnuda, casi minimalista de narrar, que acabaría convirtiéndose en una de sus marcas de fábrica.

En esa desnudez estilística, la ironía encaja como anillo al dedo, algo que P. G. Woodhouse ya había sabido ver en su tiempo y que Asimov también terminará usando. Cuando, en una de sus introducciones a una recopilación de relatos de los Viudos Negros, reconoce haberse inspirado en el Jeeves de Woodhouse para crear a Henry, el camarero del club, no es quizá consciente de que también está usando la ironía distante, elegante y sobria del escritor inglés, y que ha hecho suya esa forma de narrar casi sin darse cuenta.

Pero eso estaba aún a varios años en el futuro. Por aquel entonces Asimov no era más que un niño que pasaba buena parte de su tiempo leyendo, cuando no estaba en el colegio o entregado a otras tareas de las que no podía librarse. A veces incluso entonces, como hemos visto en su descripción de sí mismo tirando del cochecito de su hermano.

Luego, un día, todo cambió.

Tras probar varios negocios sin demasiado éxito, el padre de Asimov abrió una tienda de golosinas, algo no muy distinto del característico kiosco español en el que lo mismo puedes encontrar la prensa, algunas revistas, tabaco o caramelos. La tienda proporcionaba unos ingresos que, si bien no daban para hacerse ricos, eran constantes y regulares y mantuvieron a la familia Asimov a salvo de las peores consecuencias de la Gran Depresión. Nunca faltó un plato a la mesa ni un lugar dónde vivir.

A cambio, la tienda tenía varias servidumbres. Una era que había que ocuparse de ella casi durante todo el día. Abrir muy temprano y cerrar muy tarde. Y en mayor o menor medida, toda la familia tenía que colaborar en el sostenimiento del negocio.

Así que Asimov pasaba buena parte de su tiempo libre atendiendo la tienda de su padre. Cuando no estaba en el colegio, estaba tras el mostrador.

Él no lo sabía, pero aquello cambiaría su vida por completo.

Como niño que era y, por tanto, poseedor de una tarjeta infantil de biblioteca, el número de libros que podía sacar al mes era limitado. La consecuencia era que se los leía todos enseguida y pasaba el resto del tiempo buscando más que cosas que echarse al coleto.

No tardó en recorrer la tienda de su padre buscando nuevas cosas que leer.

Estaba de suerte, porque vivía en la época de florecimiento de las revistas pulp. Se llamaban así por el papel que usaban, hecho con la pulpa de la madera y, por tanto, de una calidad ínfima. Con el tiempo, el término pulp acabó derivando su significado del continente al contenido y se usó para definir con él una literatura popular, de consumo rápido y, según la intelectualidad de la época, de escaso interés y menor calidad.

Bueno, todo el mundo tiene una opinión, que diría Harry el Sucio.

Sin duda la mayor parte de la literatura pulp era lo que acabo de describir e intentar leerla hoy en día sin que se te caiga de las manos (probad, probad a leer una novela de La Sombra o de Doc Savage a ver qué pasa) es un esfuerzo casi heroico. No es menos cierto que lo pulp sirvió de caldo de cultivo para que un grupo de escritores no despreciables y casos como el de Dashiell Hammett o Raymond Chandler en el campo de lo policiaco son paradigmáticos. Al igual que lo fueron un puñado de autores de ciencia ficción, Asimov entre ellos.

Y sí, era una literatura escrita de prisa, que se leía de prisa y que estaba llena de clichés y estereotipos. No muy distinto del folletón decimonónico, si nos paramos a pensarlo y, en cierto modo, heredero suyo: literatura eminentemente popular, destinada a un público sin demasiada cultura y hambriento de que los entretuvieran sin tener que esforzarse demasiado.

Y sin duda los pulp cumplían esa función, como la habían cumplido los folletones, como la cumplirían poco después los seriales radiofónicos y cinematográficos y, algunos años más tarde, la televisión.

De hecho, la televisión fue la que dio el beso de la muerte a la literatura pulp. Casi todas esas revistas languidecieron tras la Segunda Guerra Mundial y con la llegada de la “caja tonta” terminaron de morir: la televisión producía un entretenimiento más inmediato y que exigía menos esfuerzo aún, y la literatura popular no pudo competir con ella.

Con una excepción. La mayor parte de los pulp desaparecieron, pero no así las revistas de ciencia ficción, que conocieron un curioso florecimiento en los años cincuenta y hasta empezaron a ser editadas con cierta calidad.

Asimov no podía saber nada de todo aquello, aún a varios años en el futuro. Ignoraba que el destino había caído sobre él y le había puesto el dedo en la frente. Sólo sabía que en la tienda de su padre había material de lectura y ansiaba leerlo.

Su padre se opuso al principio. Él mismo era lector de pulps, pero no quería que su hijo los leyese. Los consideraba basura para iletrados y aspiraba a que su hijo fuera otra cosa, algo mejor, alguien con una educación superior. Así que Asimov se perdió buena parte de la literatura más popular de aquella época: ni las aventuras de la Sombra ni las peripecias de doc Savage formaron parte de su bagaje infantil, por no mencionar los violentos relatos policiacos que asomaban en publicaciones como Mask o los oscuros y alambicados cuentos de terror que poblaban Weird Tales.

Para cuando pudo leer todo eso sin el permiso paterno ya estaba enganchado a otra cosa y no le afectó demasiado.

Una de las revistas de ciencia ficción no parecía tan pulp como las otras: tenía cantos suaves y un formato algo mayor, lo que a los ojos del padre de Asimov la hacía parecer más “respetable”. Esgrimiendo eso y armado con la palabra “ciencia” que aparecía en la portada de la revista, Asimov logró por fin el permiso paterno.

Empezó a leer.

Y desde aquel momento, su vida cambió para siempre. Siguió siendo un lector omnívoro y devorando cuanto encontraba en las bibliotecas, pero desde aquel día su corazón perteneció a la ciencia ficción.

Pasó el tiempo. Iba a clase, volvía y se encargaba de la tienda. Y, si había suerte y el negocio estaba flojo, se tiraba la tarde leyendo aquellas revistas de ciencia ficción una tras otra, atrapado cada vez más por el género literario que, a la larga, acabaría identificándolo y al que dedicaría buena parte de su vida.

Las revistas pulp tenían otra característica. A menudo incluían cartas de los lectores donde éstos discutían los números anteriores y hablaban de lo que les gustaba y lo que no. Asimov descubrió de ese modo que no estaba solo y que incluso allí mismo, en Nueva York, había otros como él que leían aquellas revistas. Y que incluso a veces se reunían y quedaban para hablar de la literatura que les gustaba.

Lo que luego sería llamado el fandom americano estaba naciendo.

Años más tarde, Asimov describió cómo sería para él el paraíso: estar atrapado dentro de uno de los kioscos del metro, con las persianas bajadas y las luces encendidas, leyendo sin parar hasta el fin de los tiempos todas las revistas de ciencia ficción de todo el mundo, de todas las épocas.

En realidad, Asimov pasó buena parte de su infancia y adolescencia en ese paraíso, o en una versión de él: la tienda de golosinas de su padre.

© 2008, Rodolfo Martínez
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