II. El escritor en ciernes

Los primeros intentos

Lunes 10 Noviembre 2008

De niño Asimov no tenía demasiados amigos. No tenía muchas oportunidades para hacer vida social. La tienda de golosinas, que lo mantenía a salvo de la pobreza, también lo tenía ocupado buena parte de su tiempo libre.

Entre sus escasos amigos había uno que destacaba sobre los demás. A menudo hablaban de los libros que habían leído, pero Asimov sospechaba que su amigo Sol hacía algo más: se inventaba sus propias historias y se las contaba a los otros.

Fue como una revelación. Todo aquello que él leía venía de alguna parte. Alguien pensaba en ello, alguien inventaba aquellas narraciones y luego las escribía para que los demás las leyeran.

Aquello no hizo que Asimov desease convertirse en un escritor, pero fue sin duda un primer paso importante.

En realidad, empezó a escribir con un propósito mucho más ingenuo. Tenía que devolver tarde o temprano los libros que leía, así que se le ocurrió que podía copiarlos y así poder releerlos cuando quisiera.

No tardó en darse cuenta de que aquello era imposible. Luego, debió recordar a su amigo Sol, y el modo en que éste se inventaba las historias y todo encajó en su cabeza.

Empezó a escribir, sin ningún plan preconcebido y sin saber hacia dónde iba aquello que escribía. Cuando su padre lo vio y le preguntó qué hacía, Asimov se lo dijo. Su padre no respondió, pero debió quedar impresionado, porque poco después le consiguió una máquina de escribir.

Así, con dos dedos, empezó a mecanografiar lo que antes había emborronado sobre el papel. No tardó en aprender a escribir con los diez dedos (tras una amenaza paterna de quitarle la máquina si no lo hacía como era debido) y así pasó varios años: improvisando historias que nunca llegaban a ninguna parte y que jamás terminaba.

Entretanto, las revistas de ciencia ficción seguían floreciendo. Y lo que había tras sus páginas cambiaba.

Al principio, buena parte de aquellos relatos eran poco más que westerns espaciales y, de hecho, uno de los subgéneros más conocidos de la ciencia ficción, nacido por aquella época, llevaba aquella tendencia a curiosos extremos. Fue lo que se llamó space opera, término que surgió con cierto toque despectivo, pues estaba creado a partir de soap opera, que es como se llamaba a los culebrones radiofónicos (y posteriormente a los televisivos), buena parte de ellos patrocinados por fabricantes de jabón (soap).

El space opera presentaba gigantescos escenarios que abarcaban varias galaxias, multitud de especies extraterrestres, imposibles imperios galácticos y viajes a velocidades vertiginosas por todo el universo. Era aventura en estado puro.

Los componentes científicos del space opera eran bastante de pacotilla, algo que compartía con buena parte de la ciencia ficción de la época, y narrativamente no eran gran cosa. Despertaban, ciertamente, eso que se ha llamado luego “sentido de la maravilla”, pero más por los escenarios que planteaban, que porque sus autores supieran explotar adecuadamente esos escenarios.

E. E. “doc” Smith era por aquel entonces el rey del space opera. Y, poco después, en las páginas dominicales de los periódicos reinaría lo que sin duda es el space opera más famoso de todos los tiempos: Flash Gordon, el cómic creado por Alex Raymond. El cómic de Raymond ha sobrevivido a su época y está considerado, de hecho, una de las obras maestras del cómic; no así las novelas de Smith, que leídas hoy son plomizas y pesadas. El interés que puedan despertar hoy en día, más allá de la pura nostalgia, es más histórico que literario.

Pero el space opera tenía los días contados como rama dominante de la ciencia ficción de la época (aunque conocería un florecimiento posterior, radicalmente transformado). Hubo cambios en la dirección de las revistas de ciencia ficción y los nuevos directores empezaron a imponer unos ciertos criterios de calidad. Ya no valía todo y, aunque al principio el cambio no se notó demasiado, no tardaría en ser claramente perceptible.

F. Orryn Tremaine supo aglutinar un buen grupo de escritores a su alrededor y, cuando poco después llegó John W. Campbell Jr. y lo sustituyó como director de Astounding Science Fiction tenía el campo abonado para que los autores le dieran lo que quería.

Era algo muy sencillo, en realidad. La ciencia que apareciese en los relatos debía tener unas bases sólidas y partir de ciencia real. Y al mismo tiempo, las historias deberían ser historias consistentes y tenían que estar narradas con un mínimo de buen hacer. Buena ciencia y buena ficción combinadas para que el género diera un salto cualitativo importante.

Asimov siguió todo eso como lector. Lector silencioso al principio, pero pronto como fan activo. No podía ir a las reuniones que el entonces embrionario fandom empezaba a celebrar, pero sí que podía escribir a las revistas dando sus opiniones sobre lo que leía. Y algunas de sus cartas fueron publicadas y su nombre empezó a sonar entre la comunidad de aficionados de Nueva York.

Finalmente, un grupo decidió celebrar una reunión e invitaron a Asimov a unirse a ellos. Consiguió el permiso paterno y acudió y fue como encontrarse en el cielo. Aquellos eran los suyos. Al fin había llegado a casa.

Aquella asociación se llamó los Futurianos y escritores como Frederick Pohl o Cyril Kornbluth formaban parte de ella. Asimov nunca se llevó muy bien con Kornbluth, quien parecía encontrar molesta su jovial extraversión, pero sí que hizo enseguida buenas migas con Pohl, y eso dio inicio a una amistad que se mantuvo durante el resto de su vida.

Aquella reunión animó al joven Asimov a seguir escribiendo. Tomó el relato que tenía entre manos, al que había titulado “Tirabuzón cósmico”, consiguió rematarlo y decidió enviarlo a una revista.

¿A cuál?

En realidad, en su mente, sólo había una posibilidad. Campbell había desembarcado, como hemos dicho, en Astounding y estaba sacudiendo los cimientos del género con sus dos sencillas exigencias. Su revista destacaba con claridad sobre las otras y allí fue donde Asimov dirigió sus miras.

Fue su padre quien lo convenció para que llevara su manuscrito en persona. Carentes ambos de experiencia en esos terrenos, les pareció que era la forma adecuada de hacer las cosas.

Así, con su manuscrito bajo el brazo, muerto de miedo y vestido con sus mejores ropas, Asimov tomó el metro y fue hasta las oficinas de Street & Smith Publications, editores de Astounding.

Tenía diecinueve años.

Para su sorpresa, descubrió que no era un completo desconocido. Al fin y al cabo, le habían publicado algunas cartas y, de hecho, había otra suya preparada para salir en el próximo número. Campbell lo recibió, aceptó el manuscrito y luego charló cordialmente con el nervioso joven durante largo rato.

Cuando Asimov volvió a casa no se lo podía creer. Y cuando, unos días más tarde, recibió el relato por correo con una nota de rechazo adjunta, no se sintió mal por ello.

Campbell se había tomado la molestia de explicarle al joven qué estaba mal en el cuento, por qué no funcionaba y cuáles eran sus principales defectos. Y lo animaba a presentar más material en el futuro.

Aquello era casi tan bueno como una aceptación y tuvo como consecuencia que Asimov se pusiera inmediatamente a trabajar en nuevos relatos de ciencia ficción.

Su objetivo era acabar apareciendo en las páginas de Astounding. Tardaría aún un poco, pero acabaría lográndolo.

© 2008, Rodolfo Martínez

Algo que se cura con la edad

Lunes 17 Noviembre 2008

No hay manera de saber cómo eran los textos que Asimov escribía por aquella época. Casi todos los manuscritos se han perdido y lo único que sabemos de ellos es lo que el propio autor nos ha contado.

“Tirabuzón cósmico”, por ejemplo, planteaba un universo en el que el tiempo era una especie de hélice. Siguiendo las evoluciones de la hélice era posible pasar de una época a otra. Poco más se sabe de esta historia, la primera que Asimov intentó vender, aunque puestos a especular podríamos afirmar que quizá en ella teníamos, en un estado muy embrionario, algunas de las ideas que años después pasarían a su novela El fin de la Eternidad.

Como he dicho, es una simple especulación, basada únicamente en el hecho de que ambas historias trataban los viajes en el tiempo. Pero no me parece descabellada. Es habitual que buena parte de los temas y motivos que un escritor trata en su etapa profesional surjan en embrión durante la fase de aprendizaje.

El escritor en ciernes aún no tiene las herramientas adecuadas para tratar algunas ideas como se merecen, pero si son lo bastante poderosas quedarán guardadas en su memoria y, tarde o temprano (con las inevitables deformaciones que los años y la experiencia traerán) pueden acabar saliendo de nuevo a luz. Para entonces es posible que el escritor ni siquiera recuerde cuál fue el germen de la idea.

Como digo es algo frecuente y bien pudiera ser “Tirabuzón cósmico” un lejano precedente de El fin de la Eternidad. Es algo que nunca sabremos, en cualquier caso.

Sí que conocemos uno de los relatos que Asimov escribió en esa época y que nunca logró vender. Él mismo lo creía destruido hasta que años después, un admirador lo encontró en la Universidad de Boston, en el espacio que ésta tenía para archivar, entre otras cosas, los manuscritos asimovianos.

Se trataba de “Caza mayor”, y Asimov lo recuperó y lo incorporó a su antología Antes de la Edad de Oro, destinada a recopilar algunas de las narraciones que más lo influyeron cuando era un joven lector de ciencia ficción.

Lo mejor que se puede decir del cuento es que es breve. Por lo demás, no aporta gran cosa en casi ningún aspecto, más allá de ver a Asimov probando quizá por primera vez una fórmula literaria que, con el tiempo, llegaría a ser una de sus predilectas: varios personajes reunidos alrededor de otro que es quien les narra la verdadera historia.

Es un tipo de relato habitual en la ciencia ficción (Arthur C. Clarke lo cultivó con cierta fortuna en Cuentos de la taberna del Ciervo Blanco y Angélica Gorodischer consigue con él esa maravilla que es Trafalgar) y que, como he dicho, se acabaría convirtiendo en uno de los favoritos de Asimov. No sólo en sus cuentos de los Viudos Negros, sino también en los del Union Club o incluso en los relatos de Azazel.

Por lo demás, el cuento no pasa de ser una especie de historia-puzzle en la que, mediante un retruécano más o menos logrado, se pretende resolver el enigma de la extinción de los dinosaurios y, de paso, lanzar una advertencia moral sobre nuestro propio destino.

Todo ello narrado de una forma poco sutil y lanzándoselo a la cara del lector casi como si le diera un bofetón.

Con el tiempo, Asimov aprendería la importantísima lección de que la intención moral de la historia nunca deber ser evidente para el lector o, en todo caso, debe estar bien integrada en el fluir narrativo del relato. O, como le dijo uno de sus editores: “Si no puedes resistir la tentación de moralizar con tu público, hazlo al menos de un modo disimulado”.

La historia es interesante por otro motivo. Es un ejemplo perfecto de lo que apuntaba antes: buena parte de las ideas del relato, e incluso del entorno, acabarían pasando con posterioridad al cuento “El día de los cazadores”, que Asimov publicaría en 1950, algo más de diez años después de haber escrito “Caza mayor”.

Un único relato es poco para poder analizar las características principales de ese Asimov pre-publicado, pero si comparamos “Caza mayor” con algunos de los primeros relatos que consiguió vender, la diferencia no es muy grande. Evidentemente, los sucesivos rechazos (especialmente los de Campbell, quien siempre se tomó la molestia de explicarle a Asimov por qué no publicaba sus historias) lo van ayudando a pulir algunos de sus defectos más notorios y para cuando logra que le compren su primer cuento lo que vemos es un escritor que aún está dando sus primeros pasos y que, aunque lo hace un modo vacilante y cometiendo errores, parece tener clara la dirección en la que va.

El mayor defecto como escritor en el Asimov de esa época no es tanto el hecho de que aún utilice un lenguaje extraído de los pulp o que use parte de sus clichés (que sin duda lo hace) sino, principalmente, su falta de experiencia vital. Como muchos escritores jóvenes, comete el error de intentar describir situaciones humanas que no ha vivido por sí mismo y que sólo conoce de “oídas”, con lo cual algunas de sus escenas resultan estereotipadas y, en algunos casos, un poco forzadas. En “Caza mayor”, por ejemplo, intenta reproducir una “conversación de bar” y, en cuanto leemos dos párrafos, se nos hace evidente que el autor no ha pisado un bar en su vida.

Es un rasgo que comparten buena parte de sus primeros relatos publicados, como veremos a continuación.

BIBLIOGRAFÍA:

  • “Caza Mayor” (Big Game). En Before the Golden Age, 1974. Edición española más reciente: Antes de la Edad de Oro II (Martínez Roca, 1989).
  • “El día de los cazadores” (Day of the Hunters). Edición española más reciente: Cuentos completos II (Ediciones B, 1993).
  • El fin de la Eternidad (The End of Eternity). Edición española más reciente: El fin de la Eternidad (La Factoría de Ideas, 2004).
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