36. Viaje alucinante

Viaje alucinante

Lunes 23 Noviembre 2009

Viaje alucinante es la única novela  que Asimov publica durante los años sesenta. Y, en cierto modo, no es del todo una novela suya.

Se trata, en realidad, de la novelización de la película del mismo título dirigida por Richard Fleischer y protagonizada por Stephen Boyd, Raquel Welch, Edmund O’Brien y Donald Pleasence. El film parte de un argumento de Otto Klement y Jerome Bixby, adaptado por David Duncan y Harry Kleiner.

Durante los años sesenta, la ciencia ficción cinematográfica se hace, en cierto modo, mayor de edad. Por un lado, deja de ser pasto de la serie B y, por el otro, se va volviendo poco a poco más adulta en sus planteamientos. Podemos situar en 1968 el inicio explícito de esa madurez, con dos películas capitales para el género como son El planeta de los simios de Franklin J. Shaffner y 2001: una odisea del espacio de Stanley Kubrick. Durante lo que queda de la década y más de la mitad de la siguiente, el cine de ciencia ficción va volviéndose progresivamente más complejo y demostrando que es una herramienta útil para tratar ciertos temas y enfrentar determinados tópicos y preocupaciones desde una perspectiva adulta. Con la llegada en 1977 de La guerra de las galaxias de George Lucas, sin embargo, esa evolución quedará truncada y, a partir de ese momento, y salvo contadas excepciones, el cine de ciencia ficción se orientará cada vez más al espectáculo visual y al puro entretenimiento sin mayores complejidades.

Viaje alucinante es, en cierto modo, un precursor de todo eso. Comparte con otras películas de ciencia ficción de los sesenta su voluntad de serie A (actores conocidos y con buen caché, gran inversión en efectos especiales) pero por sus intenciones se parece más a la ciencia ficción que será dominante veinte años más tarde.

Porque, reconozcámoslo, Viaje alucinante es poco más que una historia de aventuras e intriga. Un thriller submarino, en realidad, con la salvedad de que en este caso no estamos recorriendo los mares de la Tierra, sino el sistema circulatorio de un ser humano. El escenario se convierte, de este modo, en protagonista y a lo que asistimos es a poco más que una gira turística en un entorno maravilloso. Los personajes se delinean en dos pinceladas y encajándolos en ciertos papeles arquetípicos, sin mayores pretensiones de complejidad, y la trama se reduce a un esqueleto clásico en la que los golpes de efecto van sucediéndose al ritmo adecuado para mantener al espectador enganchado a la butaca. Lo que importa es el espectáculo, lo puramente visual y todo lo demás está al servicio de esa premisa.

Partiendo de esa base, ¿qué interés puede tener la novelización de esa historia? Narrativamente, como decimos, es poco más que el vehículo para un espectáculo visual. Su traslación a la pura palabra debería resultar, por lógica, poco atrayente.

Sin embargo, no es así.

La novela que Asimov construye a partir del guión cinematográfico que se le proporciona es ágil, dinámica y sumerge al lector en la historia desde la primera página y no lo suelta hasta el final. Es, posiblemente, una de las novelas de Asimov más fáciles de leer, donde el ritmo está más conseguido y la peripecia atrapa al lector con más eficacia. Y, al mismo tiempo, es una novela totalmente asimoviana, en la que el autor no renuncia a ninguna de sus características básicas como escritor de ciencia ficción.

Y eso es porque le ha metido mano a la historia y realizado ciertos cambios sobre el guión que se le ha pasado. El primero y más importante es subsanar varios de los errores que se dan en la película sobre los temas científicos que se tratan en ella. Y, muy especialmente, Asimov insiste en extraer el submarino del cuerpo al final de historia. Frente a unos productores despreocupados que no ven ningún problema en el asunto (al fin y al cabo, el submarino es devorado por un glóbulo blanco), un Asimov cada vez más desesperado les insiste en que eso no importa, en que una vez que los efectos de la miniaturización se pasaran, los átomos del submarino se expanderían y reventarían el cuerpo en el que están.

Para los productores, como decimos, eso es irrelevante. ¿Quién, de entre el público, va a fijarse en ese detalle?, se dicen. Para un Asimov obsesionado con la coherencia y la verosimilitud (no sólo la científica, sino también la narrativa) eso hay que resolverlo de alguna manera.

Y así lo hace en su novelización.

Como hace unas cuantas cosas más.

De algún modo, Asimov se las apaña para llevar el juego a su terreno y construir una novela que no desentona con el resto de su producción: una historia fundamentalmente basada en el intercambio dialéctico, donde la acción se describe a menudo mediante el diálogo, donde no hay villanos (sólo protagonistas y antagonistas, cada uno con sus buenas razones para hacer lo que hace) y donde, y eso es lo más sorprendente de todo, los personajes son perfectamente compatibles con los que han aparecido en sus novelas de la década anterior.

De hecho, es fascinante ver cómo en el paso de guion a novela se transforma al protagonista (el personaje interpretado por William Boyd en la película) de un héroe de acción al más puro estilo Bond -saga cinematográfica que daba sus primeros pasos en aquella época- a un héroe totalmente asimoviano: racional, centrado y seguro de sí mismo. Durante toda la novela, el personaje analiza, deduce y se mantiene frío y al mando y cuando llega el momento de desenmascarar al traidor  lo hace detallando todos y cada uno de los indicios que lo han llevado a esa conclusión, cosa que en el film, seguramente a causa de las imposiciones del ritmo cinematográfico, apenas si se molestan en mencionar. De este modo, lo que era una trama de thriller bastante sencilla se transforma en manos de Asimov en un policiaco bien llevado en el que, además, el villano no es un malvado de opereta, sino un ser humano con unas motivaciones creíbles.

* * *

Alguna vez hemos comentado el modo en que Asimov se enfrenta a sus tareas narrativas. Básicamente, se imagina un problema y una resolución posible. A partir de ahí, la construcción del relato consiste en ir encontrando los distintos pasos por los que, desde el planteamiento del problema, se acaba llegando a la resolución.

Sin embargo, en este caso, y al menos en apariencia, el autor no tenía que hacer nada de todo eso. La historia ya le venía dada y lo único que tenía que hacer era narrarla. Sin embargo, al intentarlo Asimov se ve obligado a cambiar las soluciones propuestas (es incapaz de escribir una historia que no se cree y no se cree la historia que le han pasado) y, por otro lado, se encuentra con que los personajes, tal como están delineados en el guión, no le resultan cómodos de utilizar.

El primer problema lo resuelve como ya hemos dicho.

En cuanto al segundo, le resulta más fácil aún. Al fin y al cabo, en el guión, los personajes no pasan de ser esquemas, arquetipos definidos sin demasiada profundidad. Partiendo de ellos, y sin contradecirlos, es posible crear unos personajes con los que pueda trabajar y que sean más cercano al tipo de caracteres que diseña para sus propias historias.

Una vez resuelto eso, el proceso en sí de escribir la novela es coser y cantar. Desde el momento en que Asimov hace suya la historia y los personajes descubre que le es mucho más fácil escribir Viaje alucinante que cualquier otra de sus novelas. Por qué no: al fin y al cabo, el viaje ya está marcado, la peripecia está trazada de antemano y, una vez que ha sabido acercarla a su terreno y limarla de aquello que le resulta inconveniente, el resto del proceso es absurdamente fácil.

Tanto que Asimov termina la novela mucho antes de que la película esté lista y es publicada antes de que se estrene. Esto tiene como consecuencia que algunos lectores acaban creyendo que el Viaje alucinante de Fleischer es una adaptación (y una mala adaptación, llena de agujeros argumentales y de personajes de escaso interés) de una historia asimoviana, en lugar de ser al revés.

Confusión lógica, por otro lado. Asimov se las apañó con auténtica habilidad para convertir en suya una historia que no lo era y para escribir una novela a su propio estilo y sin traicionar ninguna de sus características como narrador. Las preocupaciones del Asimov que conocemos por sus novelas de los años cincuenta están en Viaje alucinante y, si en algo desentona con el resto de la producción asimoviana, es en el hecho de que hay demasiada acción para lo que Asimov nos tiene acostumbrados. Salvo por ese pequeño detalle, la trama, la estructura, los elementos de novela de misterio y la resolución de la historia son totalmente coherentes con lo que había venido escribiendo hasta ese momento.

* * *

Asimov siempre se vio a sí mismo, y lo era, como un escritor de brújula, antes que de mapa. Como hemos dicho, planteaba un problema, imaginaba una resolución y luego empezaba a buscar el camino que llevaría de ese problema a esa resolución, resolviendo sobre la marcha los distintos problemas que se pudiera encontrar a lo largo del camimo. Creando el paisaje, en cierto modo, a medida que lo recorría.

Según confesión propia, nunca trazaba líneas generales o preparaba una estructura previa. De hecho, la única vez que lo intentó, resultó ser un completo fracaso y acabó tirando todo aquello a la papelera.

Sin embargo, cuando fueron otros los que le prepararon el esquema previo, no hizo un mal trabajo. Viaje alucinante no es, desde luego, la mejor novela de Asimov, pero está lejos de ser una de las peores.  De hecho, como entretenimiento puro, es uno de sus relatos más logrados.

BIBLIOGRAFÍA:

  • Viaje alucinante (Fantastic Voyage). Houghton Mifflin, 1966. Edición española más reciente: Plaza & Janés (2003).
© 2009, Rodolfo Martínez
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