La desaparición de Asimov de las revistas de ciencia ficción será, sin embargo, paulatina, y nunca total. Como hombre prolífico que es, tiene el suficiente material acumulado para que durante un tiempo los aficionados no noten que se ha retirado parcialmente del género. Ya no publica novelas, es cierto, pero en los siguientes años sus relatos continúan apareciendo en las revistas.
Irán disminuyendo, pero casi hasta el final de la década de los cincuenta no se notará de un modo explícito esa tendencia.
En 1958, de hecho, se las apaña para publicar (junto a, una vez más, algún material intrascendente) algunos de os mejores cuentos.
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“Mi nombre se escribe con ‘S’” es una especie de comedia bufa en torno al empecinamiento de un hombre sobre la correcta grafía de su apellido, en la que se juega con la idea de que, a menudo, basta un acontecimiento nimio, trivial, para desencadenar grandes cambios sociales. El cuento está llevado con soltura y sobre él flota un aire de divertimento sin pretensiones que lo hacen enormemente disfrutable, aunque al acabarlo nos quedemos con la sensación de que no se nos ha contado nada del otro mundo.
“Lenny”, por el contrario, es un relato totalmente prescindible. Aunque la idea de partida no es mala (mostrar el modo en que Susan Calvin vuelca sus necesidades afectivas en los robots), la historia se nos hace predecible desde el principio y acaba resultando demasiado obvia enseguida.
Una de cal y otra de arena, podríamos decir. Porque al mes siguiente de “Lenny”, publica “La sensación de poder”, uno de los relatos más estremecedores que ha escrito Asimov. Su apariencia es, quizá, la de un juego intrascendente. Da la sensación de que el autor se ha limitado a tomar ciertos lugares comunes, darles la vuelta y luego llevar eso a sus consecuencias finales con cierto ingenio, pero en realidad las implicaciones morales -y casi podríamos decir que metafísicas- que hay tras ese cuento, son de gran calado y, lo que es más importante, en ningún caso se nos muestran explícitamente o se nos lanzan a la cara. El cuento está tan bien llevado que no parece tener nada detrás, y sólo al terminarlo comprendemos y empezamos a ser conscientes de toda la carga ideológica que tiene.
Lástima que no sepa hacer lo mismo en “Asnos estúpidos”, un cuento con moraleja cuya mayor virtud es su brevedad y en la que al autor lanza a la cara del público sus advertencias sobre el peligro atómico sin ninguna sutileza.
“Todos los problemas del mundo” es un cuento que gira alrededor de Multivac, el superordenador que, con los años, irá apareciendo en unos cuantos de sus relatos cortos. En cierto modo, es una historia policiaca, con Multivac anticipando que se va a producir un crimen contra ella y los humanos tratando de detener al futuro autor antes incluso de que éste mismo sea consciente de que va a cometer crimen alguno. El giro final del relato, en el que de pronto el gran ordenador se humaniza y muestra su cansancio es quizá demasiado obvio, pero el lugar moral al que apunta (una humanidad que se ha descargado de responsabilidad a sí misma y ha puesto todos sus problemas y decisiones en manos de una inteligencia superior que ellos mismos han creado) da que pensar y dice mucho de nosotros como especie. Y no necesariamente bueno.
“Compre Júpiter” parece ser un simple chiste, una anécdota breve dirigida a la imagen final que, se supone, debe arrancarnos al menos una sonrisa. También es un análisis -superficial pero atinado- del mundo publicitario y de ciertos comportamientos humanos bastante característicos. Lo curioso es que en este relato, sin duda sin darse cuenta, Asimov sigué los clichés de Campbell que en su momento tanto le molestaban y que fueron los responsables de que dejara de incluir extraterrestres en sus historias. La humanidad que aparece en “Compre Júpiter” acaba demostrando su superioridad frente a otras especies gracias a su astucia y su rapacidad comercial. Estoy seguro de que Asimov ni pensó que estaba siguiendo los patrones que le gustaban a su antiguo editor: sin duda se limitó a dejarse llevar por la lógica del relato sin más. Pero el resultado es, sin duda, curioso.
En “El bujo al día” intenta crear una comedia al estilo de Gilbet & Sullivan. El cuento, deliberadamente escrito en un tono arcaíco, casi victoriano, funciona bien como parodia a pesar de lo previsible del chiste final, gracias sobre todo al modo hiperbólico, lleno de perífrasis “de decencia” podríamos decir, en el que se narra.
Y el año no podría terminar mejor.
Con “El niño feo” el propio Asimov reconoce que, en cierto modo, estaba escribiendo por encima de sus posibilidades, creando una pieza narrativa con un alcance emocional que nunca volvería a lograr.
La peripecia del relato es sencilla: unos investigadores han conseguido traer del pasado a un niño neandertal y contratan una niñera para cuidarlo mientras permanezca en el presente. El cuento se limita a narrar la relación entre la niñera y el niño, y lo hace siempre en un tono distante, sin emoción, sin implicarse en lo que está ocurriendo. Eso es, sin duda, su gran acierto narrativo y lo que consigue que, cuando la historia alcanza la conclusión y llega el momento del sacrificio, el lector esté inequivocamente emocionado y, en ese momento, sienta una identificación casi total con la actitud de la niñera.
Las herramientas narrativas que Asimov ha usado para ello son de lo más simples: presenta siempre la acción desde los ojos de la niñera, si bien lo narra en tercera persona, y va pasando lentamente del desagrado inicial de la mujer, su decisión de ser profesional ante todo al modo en que, día a día, le va cogiendo cariño al niño a su cuidado. Asistimos al nacimiento de lo que sólo puede ser descrito como amor materno casi a la vez que se forma en el interior de la niñera y hacemos todo eso sin que la historia caiga ni un solo instante en lo sensiblero o lo facilón.
Es precisamente ese tono distante, sin implicaciones emocionales, y su contraste con la historia enormemente emotiva que nos está contando lo que hace que el cuento funcione. Asimov se revela aquí como un narrador consumado, dosificando a la perfección los acontecimientos, la trama y la estructura y midiéndolo todo de un modo casi extremo. Es casi como si, a regañadientes, nos permitiera la identificación emocional con lo que sienten los personajes, como si nos estuviera sujetando en todo momento y no nos permitiera acercarnos demasiado.
Eso hace que lo deseemos aún más. Así, cuando la niñera realiza el sacrificio final, su acto definitivo de amor y entrega como madre, nos hemos convertido en una olla a presión a la que no se le ha permitido soltar vapor. Cuando el relato termina, nos descubrimos exaustos y emocionados y durante un buen rato nos sentimos incapaces de seguir leyendo más. Tenemos que parar y asimilar lo que estamos sintiendo.
Asimov afirma que él mismo lloró cuando terminó de escribir el relato. Sin embargo, su gran acierto fue precisamente no emocionarse como narrador en ningún momento, consiguendo de ese modo transmitir la empatía hacia la situación y los personajes de un modo sobrio pero tremendamente eficaz.
Es una lástima que el autor no supiera aprovechar esa misma lección varios años más tarde, cuando se sienta a escribir “El hombre del bicentenario” y lo que consigue es una pieza sensiblera y un tanto ñoña. Dice mucho del modo en que escribía Asimov: un modo totalmente instintivo en el que no había tiempo para la reflexión, ni para volver hacia atrás y tratar de ver los mecanismos narrativos que le habían funcionado en el pasado. De haber sabido analizar su propia obra, sin duda “El hombre del bicentenario” habría sido una historia muy distinta.
Pero, al fin y al cabo, lo que importa en la carrera de un escritor son sus éxitos, más que sus fracasos. Y con “El niño feo” consigue uno de ellos y no precisamente menor. No deja de ser curioso que brillase con tanta fuerza justo en el momento en que estaba abandonando el género en el que había empezado.
BIBLIOGRAFÍA:
- “Mi nombre se escribe con ‘S’” (Spell my name with an ‘S’). En Star Science Fiction, enero 1958. Edición española más reciente: Cuentos Completos (B, 1992)
- “Lenny” (Lenny). En Infinity Science Fiction, enero 1958. Edición española más reciente: El robot completo (Alamut, 2008).
- “La sensación de poder”. (The feeling of power). En If: Worlds of Science Fiction, febrero 1958. Edición española más reciente: Cuentos Completos (B, 1992).
- “Asnos estúpidos” (Silly Asses). En Future Science Fiction, febrero 1958. Edición española más reciente: Compre Júpiter (Plaza & Janés, 2000).
- “Todos los problemas del mundo” (All the troubles in the world). En Super-Science Fiction, abril 1958. Edición española más reciente: Cuentos Completos (B, 1992)
- “Compre Júpiter” (Buy Jupiter). En Venture Science Fiction, mayo 1958. Edición española más reciente: Compre Júpiter (Plaza & Janés, 2000).
- “El brujo al día” (The up-to-date sorcerer). En The Magazine of Fantasy and Science Fiction, julio 1958. Edición española más reciente: Cuentos Completos (B, 1992).
- “El niño feo” (The ugly little boy). En Galaxy Science Fiction, setiembre 1958. Edición española más reciente: Cuentos Completos (B, 1992).



