VI. La travesía del desierto

Carrera interrumpida

Lunes 26 Octubre 2009

Asimov estaba trabajando en una nueva novela de ciencia ficción. Una historia donde, una vez más, Elijah Baley y R. Daneel Olivaw unían sus esfuerzos para desentrañar un misterio. Es probable que el punto de partida no fuera muy distinto a lo que luego sería Los robots del amanecer: un asesinato en Aurora, el principal de los cincuenta mundos que un día fueron colonias terrestres.

En cualquier caso, esa novela nunca llega a término. Con poco más de un par de capítulos escritos, Asimov la abandona. ¿Por qué? ¿Tan mala estaba resultando?

No, en realidad no tiene nada que ver con eso. O, al menos, es lo que Asimov siempre ha afirmado.

Según su propia versión, lo que ocurrió fue que a finales de 1957 los rusos pusieron en órbita el Sputnik y se pusieron por delante de los americanos en la carrera espacial. Y eso lo cambió todo.

De un modo u otro, había hecho de la ciencia su vida y su principal foco de interés. A partir de ese momento será, también, su principal fuente de ingresos.

¿Iban a ganar los rusos la carrera espacial?, se preguntaba Asimov. ¿Por qué? ¿Tal vez porque el pueblo americano, seguramente el mayor potencial humano en la historia de la humanidad, se despreocupaba por la ciencia, no le interesaba, no la comprendía y, en el fondo, pensaba que no le afectaba? Sin un apoyo popular fuerte, el programa espacial americano estaba destinado a fracasar. Y, para que existiera ese apoyo popular, el pueblo debía comprender la ciencia, la importancia de la ciencia y tenía que sentirse interesado por ella.

Así que Asimov se embarca en una cruzada personal, decidido a convertirse en el mejor escritor científico del mundo y a educar al pueblo norteamericano. A poner, a su modo, su granito de arena en apoyo del programa espacial americano.

* * *

Ésa es la versión oficial del asunto. La versión que el propio Asimov contó hace ya bastante tiempo y que nunca cambió.

Cabe preguntarse, sin embargo, si es totalmente correcta.

No dudamos del mazazo que tuvo que representar ver a los rusos tomar la delantera. Afectó a toda la sociedad norteamericana en mayor o menor medida y volcó el interés del público hacia algo que hasta entonces apenas le había interesado.

Un interes que, por cierto,  se desvanecerá poco más de diez años más tarde cuando los americanos lleguen los primeros a la Luna. Han ganado la carrera. A partir de ese momento, los astronautas dejan de ser esforzados héroes del mundo libre para pasar a convertirse en aburridos técnicos que realizan un trabajo rutinario. Sólo cuando el Apolo XIII sufre un accidente y está a punto de suceder un desastre, el público recupera el interés por el programa espacial. Un interés, todo hay que decirlo, que en ese momento es puro morbo.

Pero el romanticismo, la emoción, la aventura se pierden en cuanto Armstrong pone los pies en la superficie lunar.

Decíamos que el lanzamiento del Sputnik cambió la sensibilidad de la sociedad americana. Y sin duda Asimov no fue una excepción. Pero me resulta difícil creer que ése fuera el único motivo por el que decide abandonar una más que asentada carrera literaria en favor de la divulgación científica.

No podemos saber qué pasó realmente. Pero se pueden ver algunos indicios.

El primero es que en los últimos años Asimov ha descubierto que escribir sobre la ciencia le gusta, le proporciona un enorme placer y se resulta mucho más fácil que escribir ciencia ficción.

El segundo es que sus ingresos en el campo de la divulgación empiezan a ser interesantes y quién sabe si no tardarán en superar a lo que obtiene escribiendo novelas y cuentos. La ficción empieza a no serle rentable: la relación tiempo empleado/resultados obtenidos es grande, demasiado, sobre todo comparada con los artículos científicos que casi parecerían escribirse solos.

Añadamos que la ciencia ficción está cambiando. Poco a poco, pero ya empieza a ser perceptible, están empezando a aparecer nuevos escritores cuyas preocupaciones ya no son las mismas que las de aquellos que iniciaron su carrera en las revistas pulp. La new wave está a la vuelta de la esquina. La ciencia ficción está creciendo, diversificándose, volviéndose más competitiva y las exigencias de calidad son cada vez mayores. Unas exigencias que Asimov, tal vez, teme que sea incapaz de cumplir, con su estilo sencillo, directo y carente de presensiones “literarias”.

Y si lo redondeamos con la situación familiar de Asimov obtenemos un panorama bastante completo. La familia va creciendo, y cada vez es más cara de mantener. De momento no hay preocupaciones, pero quién sabe si en el futuro…

Sospecho que es una confluencia de todos esos factores (más el hecho indudable del mazazo que supone el lanzamiento del Sputnik) lo que lo llevan a tomar la decisión de dejar de forma activa la ciencia ficción.

No por completo, sin embargo. De haber sido estrictamente lógico, racional, práctico, sin duda se habría encogido de hombros, habría abandonado el nicho literario en el que dio sus primeros pasos y habría seguido su camino sin volver a pensar en ello. Pero, por suerte o por desgracia (por suerte algunas veces, por desgracia, muchas otras) los humanos no somos seres totalmente lógicos y prácticos.

Aunque ha decidido dejar de escribirla, no quiere dejar la ciencia ficción. Quiere, de algún modo, seguir presente en el género. En parte porque es su casa, el lugar donde de verdad se siente cómodo y donde ha hecho buena parte de sus mejores amigos. Y en buena medida, sin duda, por pura vanidad.

Así que su figura, su nombre, seguirá presente en las revistas y las convenciones del género. Primero a través de los artículos científicos que publica en The Magazine of Fantasy and Science Fiction. Luego, a través de ocasionales relatos de ciencia ficción, que aún escribe de vez en cuando, o introducciones  y prólogos a alguna antología de relatos de otros autores. Y, por supuesto, actuando como maestro de ceremonias y participando activamente en convenciones y congresos, cuando puede permitirse acudir a ellos.

De un modo u otro, aunque la ciencia ficción no tarda en convertirse en una parte mínima, casi irrelevante de su producción literaria, su identificación con el género se mantiene. Sus libros se siguen vendiendo y reeditando y su nombre nunca está del todo ausente del mundo de la CF americana.

Él mismo, cuando alguien le pregunta a qué se dedica, de qué escribe, responde siempre lo mismo: “A una gran variedad de temas, desde Shakespeare a la bioquímica. Pero, sobre todo, soy conocido como escritor de ciencia ficción”.

Y es que en su fuero interno, aunque escribir otras cosas le resultase más sencillo, menos trabajoso y más gratificante económicamente, siempre se ve como un autor de CF. Y, una y otra vez, las circunstancias lo hacen volver al género, aunque sea de forma ocasional.

Acabará regresando de un modo definitivo a principios de los años ochenta. Pero de eso ya hablaremos más adelante.

© 2009, Rodolfo Martínez

Poco a poco

Lunes 2 Noviembre 2009

La desaparición de Asimov de las revistas de ciencia ficción será, sin embargo, paulatina, y nunca total. Como hombre prolífico que es, tiene el suficiente material acumulado para que durante un tiempo los aficionados no noten que se ha retirado parcialmente del género. Ya no publica novelas, es cierto, pero en los siguientes años sus relatos continúan apareciendo en las revistas.

Irán disminuyendo, pero casi hasta el final de la década de los cincuenta no se notará de un modo explícito esa tendencia.

En 1958, de hecho, se las apaña para publicar (junto a, una vez más, algún material intrascendente) algunos de os mejores cuentos.

* * *

“Mi nombre se escribe con ‘S’” es una especie de comedia bufa en torno al empecinamiento de un hombre sobre la correcta grafía de su apellido, en la que se juega con la idea de que, a menudo, basta un acontecimiento nimio, trivial, para desencadenar grandes cambios sociales. El cuento está llevado con soltura y sobre él flota un aire de divertimento sin pretensiones que lo hacen enormemente disfrutable, aunque al acabarlo nos quedemos con la sensación de que no se nos ha contado nada del otro mundo.

“Lenny”, por el contrario, es un relato totalmente prescindible. Aunque la idea de partida no es mala (mostrar el modo en que Susan Calvin vuelca sus necesidades afectivas en los robots), la historia se nos hace predecible desde el principio y acaba resultando demasiado obvia enseguida.

Una de cal y otra de arena, podríamos decir. Porque al mes siguiente de  “Lenny”, publica “La sensación de poder”, uno de los relatos más estremecedores que ha escrito Asimov. Su apariencia es, quizá, la de un juego intrascendente. Da la sensación de que el autor se ha limitado a tomar ciertos lugares comunes, darles la vuelta y luego llevar eso a sus consecuencias finales con cierto ingenio, pero en realidad las implicaciones morales -y casi podríamos decir que metafísicas- que hay tras ese cuento, son de gran calado y, lo que es más importante, en ningún caso se nos muestran explícitamente o se nos lanzan a la cara. El cuento está tan bien llevado que no parece tener nada detrás, y sólo al terminarlo comprendemos y empezamos a ser conscientes de toda la carga ideológica que tiene.

Lástima que no sepa hacer lo mismo en “Asnos estúpidos”, un cuento con moraleja cuya mayor virtud es su brevedad y en la que al autor lanza a la cara del público sus advertencias sobre el peligro atómico sin ninguna sutileza.

“Todos los problemas del mundo” es un cuento que gira alrededor de Multivac, el superordenador que, con los años, irá apareciendo en unos cuantos de sus relatos cortos. En cierto modo, es una historia policiaca, con Multivac anticipando que se va a producir un crimen contra ella y los humanos tratando de detener al futuro autor antes incluso de que éste mismo sea consciente de que va a cometer crimen alguno. El giro final del relato, en el que de pronto el gran ordenador se humaniza y muestra su cansancio es quizá demasiado obvio, pero el lugar moral al que apunta (una humanidad que se ha descargado de responsabilidad a sí misma y ha puesto todos sus problemas y decisiones en manos de una inteligencia superior que ellos mismos han creado) da que pensar y dice mucho de nosotros como especie. Y no necesariamente bueno.

“Compre Júpiter” parece ser un simple chiste, una anécdota breve dirigida a la imagen final que, se supone, debe arrancarnos al menos una sonrisa. También es un análisis -superficial pero atinado- del mundo publicitario y de ciertos comportamientos humanos bastante característicos. Lo curioso es que en este relato, sin duda sin darse cuenta, Asimov sigué los clichés de Campbell que en su momento tanto le molestaban y que fueron los responsables de que dejara de incluir extraterrestres en sus historias. La humanidad que aparece en “Compre Júpiter” acaba demostrando su superioridad frente a otras especies gracias a su astucia y su rapacidad comercial. Estoy seguro de que Asimov ni pensó que estaba siguiendo los patrones que le gustaban a su antiguo editor: sin duda se limitó a dejarse llevar por la lógica del relato sin más. Pero el resultado es, sin duda, curioso.

En “El bujo al día” intenta crear una comedia al estilo de Gilbet & Sullivan. El cuento, deliberadamente escrito en un tono arcaíco, casi victoriano, funciona bien como parodia a pesar de lo previsible del chiste final, gracias sobre todo al modo hiperbólico, lleno de perífrasis “de decencia” podríamos decir, en el que se narra.

Y el año no podría terminar mejor.

Con “El niño feo” el propio Asimov reconoce que, en cierto modo, estaba escribiendo por encima de sus posibilidades, creando una pieza narrativa con un alcance emocional que nunca volvería a lograr.

La peripecia del relato es sencilla: unos investigadores han conseguido traer del pasado a un niño neandertal y contratan una niñera para cuidarlo mientras permanezca en el presente. El cuento se limita a narrar la relación entre la niñera y el niño, y lo hace siempre en un tono distante, sin emoción, sin implicarse en lo que está ocurriendo. Eso es, sin duda, su gran acierto narrativo y lo que consigue que, cuando la historia alcanza la conclusión y llega el momento del sacrificio, el lector esté inequivocamente emocionado y, en ese momento, sienta una identificación casi total con la actitud de la niñera.

Las herramientas narrativas que Asimov ha usado para ello son de lo más simples: presenta siempre la acción desde los ojos de la niñera, si bien lo narra en tercera persona, y va pasando lentamente del desagrado inicial de la mujer, su decisión de ser profesional ante todo al modo en que, día a día, le va cogiendo cariño al niño a su cuidado. Asistimos al nacimiento de lo que sólo puede ser descrito como amor materno casi a la vez que se forma en el interior de la niñera y hacemos todo eso sin que la historia caiga ni un solo instante en lo sensiblero o lo facilón.

Es precisamente ese tono distante, sin implicaciones emocionales, y su contraste con la historia enormemente emotiva que nos está contando lo que hace que el cuento funcione. Asimov se revela aquí como un narrador consumado, dosificando a la perfección los acontecimientos, la trama y la estructura y midiéndolo todo de un modo casi extremo. Es casi como si, a regañadientes, nos permitiera la identificación emocional con lo que sienten los personajes, como si nos estuviera sujetando en todo momento y no nos permitiera acercarnos demasiado.

Eso hace que lo deseemos aún más. Así, cuando la niñera realiza el sacrificio final, su acto definitivo de amor y entrega como madre, nos hemos convertido en una olla a presión a la que no se le ha permitido soltar vapor. Cuando el relato termina, nos descubrimos exaustos y emocionados y durante un buen rato nos sentimos incapaces de seguir leyendo más. Tenemos que parar y asimilar lo que estamos sintiendo.

Asimov afirma que él mismo lloró cuando terminó de escribir el relato. Sin embargo, su gran acierto fue precisamente no emocionarse como narrador en ningún momento, consiguendo de ese modo transmitir la empatía hacia la situación y los personajes de un modo sobrio pero tremendamente eficaz.

Es una lástima que el autor no supiera aprovechar esa misma lección varios años más tarde, cuando se sienta a escribir “El hombre del bicentenario” y lo que consigue es una pieza sensiblera y un tanto ñoña. Dice mucho del modo en que escribía Asimov: un modo totalmente instintivo en el que no había tiempo para la reflexión, ni para volver hacia atrás y tratar de ver los mecanismos narrativos que le habían funcionado en el pasado. De haber sabido analizar su propia obra, sin duda “El hombre del bicentenario” habría sido una historia muy distinta.

Pero, al fin y al cabo, lo que importa en la carrera de un escritor son sus éxitos, más que sus fracasos. Y con “El niño feo” consigue uno de ellos y no precisamente menor. No deja de ser curioso que brillase con tanta fuerza justo en el momento en que estaba abandonando el género en el que había empezado.

BIBLIOGRAFÍA:

  • “Mi nombre se escribe con ‘S’” (Spell my name with an ‘S’). En Star Science Fiction, enero 1958. Edición española más reciente: Cuentos Completos (B, 1992)
  • “Lenny” (Lenny). En Infinity Science Fiction, enero 1958. Edición española más reciente: El robot completo (Alamut, 2008).
  • “La sensación de poder”. (The feeling of power). En If: Worlds of Science Fiction, febrero 1958. Edición española más reciente: Cuentos Completos (B, 1992).
  • “Asnos estúpidos” (Silly Asses). En Future Science Fiction, febrero 1958. Edición española más reciente: Compre Júpiter (Plaza & Janés, 2000).
  • “Todos los problemas del mundo” (All the troubles in the world). En Super-Science Fiction, abril 1958. Edición española más reciente: Cuentos Completos (B, 1992)
  • “Compre Júpiter” (Buy Jupiter). En Venture Science Fiction, mayo 1958. Edición española más reciente: Compre Júpiter (Plaza & Janés, 2000).
  • “El brujo al día” (The up-to-date sorcerer). En The Magazine of Fantasy and Science Fiction, julio 1958. Edición española más reciente: Cuentos Completos (B, 1992).
  • “El niño feo” (The ugly little boy). En Galaxy Science Fiction, setiembre 1958. Edición española más reciente: Cuentos Completos (B, 1992).
© 2009, Rodolfo Martínez

Bajo mínimos

Lunes 16 Noviembre 2009

Están a punto de llegar los años sesenta y, con ellos, se hará evidente el retiro de Asimov del género que le ha dado fama. En 1959 publica cinco cuentos, que se convierten en tan sólo dos al año en 1960, 1961 y 1962. Llega a su nivel más bajo en 1963, durante el que no publica ninguna historia de ciencia ficción.

Parece recuperarse un poco al año siguiente con la publicación de “¡Autor! ¡Autor!”, pero en realidad, se trata de un antiguo cuento que había vendido a finales de los cuarenta y que aparece publicado ahora, más de diez años después.

De un modo u otro, Asimov se las va apañando a lo largo de esa década para publicar, al menos, un relato de ciencia ficción cada año (salvo en 1963, como ya hemos dicho) de forma que su nombre siga presente en el género. Eso, unido a las distintas antologías de su narrativa breve de ciencia ficción que va compilando a lo largo de esos años y de la novelización de la película Viaje alucinante (que aparece en libro en 1966, previa serialización en The Saturday Evening Post) hacen que siga siendo, en parte por pura inercia, una figura importante en el género y un nombre a tener en cuenta en la memoria de los aficionados.

Pero para principios de los años sesenta, Asimov tiene ya claro que la ciencia ficción es apenas una anécdota dentro de su producción literaria. Es la divulgación científica lo que se ha convertido en su actividad fundamental, en un proceso que arranca con el libro de texto que escribió a principios de los cincuenta en colaboración con otros dos profesores de la Universidad de Boston. O quizá podríamos considerar que su primer texto de divulgación fue aquella parodia sobre los artículos científicos que Campbell le publicó bajo el título de “Las propiedades endocrónicas de la tiotimolina resublimada”. Cierto que no se trataba de verdadera divulgación, pero fue la primera vez que Asimov vio que algo que, cuando menos, parecía un artículo sobre ciencia podía interesarle al público.

En cualquier caso, son los libros sobre ciencia los que se convierten en su principal fuente de ingresos (si bien los royalties de sus distintos libros de ciencia ficción -ya sean novelas o recopilaciones de relatos- siguen entrando y siguen siendo una no desdeñable cantidad) y le ocupan la mayor parte de su tiempo como escritor.

Eso será una constante durante el resto de su vida… o casi. Porque cuando lleguen los años ochenta las cosas cambiarán de un modo considerable y Asimov pasará los diez últimos años de su vida volviendo al género que le hizo famoso. Con fortuna desigual, eso es cierto.

* * *

Un poco por pundonor y un poco porque, sin duda, hay ciertos vicios que nunca terminas de abandonar del todo, Asimov sigue escribiendo, de vez en cuando, algún relato de ciencia ficción.

En 1959 publica cinco, como hemos dicho.

Empieza con “Una estatua para papá”, un cuento de carácter humorístico que juega con ciertas consecuencias inesperadas del viaje en el tiempo. No es un mal divertimento y su tono resulta adecuadamente irónico, aunque no es un relato especialmente memorable.

“Aniversario” es una especie de continuación de “Aislados de Vesta”, su primer cuento publicado.  Su interés es casi más histórico que literario: ver cómo Asimov utiliza los mismos personajes y narra una historia de intenciones similares (una especie de puzzle que hay que resolver a base de ingenio) que en su primer relato sirve para comprobar lo mucho que ha aprendido en todo este tiempo, tanto en cuestiones puramente técnicas -su lenguaje es ahora más depurado, lleva de una secuencia a otra de un modo más suave, sin transiciones bruscas- como en definición de personajes, cuyas actitudes son ahora más creíbles, menos acartonadas que en  “Aislados de Vesta”. Aparte de eso, no es una historia que deje mucha huella en la mente del lector, ni para bien ni para mal.

“Cuarta generación” es un relato extraño por varios motivos. No sólo se trata de un cuento de resonancias explícitamente religiosas (algo poco frecuente en la narrativa asimoviana) sino que además es quizá la primera vez donde el autor utiliza sus raíces judías de un modo claro y directo en su narrativa. El resultado es un cuento evocador y en ocasiones desconcertante que, sin embargo, funciona y convence. Demuestra, una vez más, el poco miedo que Asimov tenía a trabajar sin red, a enfrentarse a retos narrativos de los que no tenía muy claro cómo iba a salir y a afrontarlos sin preocuparse de lo que pudiera pasar. Tal vez, y no digo que necesariamente sea así, el hecho de que nunca los viera como retos o como problemas sino, simplemente, como historias que le apetecía contar porque le resultaban interesantes, tiene mucho que ver con se las apañase para salir con bien del atolladero donde se metía.

En “Necrológica”  narra una historia bastante cruel que, una vez más, gira alrededor de las vicisitudes de una familia disfuncional: un marido dominante y ocasionalmente maltratador, condenado a ser un investigador mediocre cuyos éxitos siempre serán pisados por los demás, y una mujer brillante pero débil que se deja dominar una y otra vez. La historia gira alrededor, más o menos, del viaje en el tiempo y tiene un final lleno de un humor bastante negro y muy ácido. Está narrado en primera persona por el personaje femenino (un personaje tremendamente creíble y muy bien construido con dos pincieladas) y todos esos detalels convierten este cuento en una pieza más que sobresaliente de la narrativa asimoviana. La trama funciona sin fisuras (para entonces, el dominio de Asimov de las estructuras narrativas es prácticamente total), está perfectamente trabada y el final, cruel y negro como hemos dicho, está a la altura de lo narrado. Deja un regusto de boca bastante amargo, en realidad.

“Lluvia, lluvia, vete lejos” es, sin embargo, poco más que un juego banal que, por suerte, no es lo suficientemente largo para que nos resulte molesto. A veces Asimov se enfrentaba a ideas con las que no sabía muy bien cómo jugar (más allá de convertirlas en una viñeta breve orientada hacia un chiste final) y éste es un caso muy claro de eso.

* * *

Decíamos antes que en 1960 Asimov sólo había publicado dos cuentos, pero en realidad uno de ellos, “El pacto”, es un round-robbins (fórmula peculiar en la que un autor inicia la historia, varios distintos la van continuando y otro más la remata) escrito en colaboración con Poul Anderson, Robert Sheckley, Murray Leinster, y Robert Bloch. Nunca ha sido incluido en ninguna de las antologías de relatos de Asimov, así que no puedo decir nada sobre él, más allá la evidente curiosidad que pueda tener por comprobar los resultados de tan extraño artefacto.

El otro relato es “Tiotimolina y la era espacial”, una nueva entrega de su serie sobre la sorprendente sustancia que se disuelve justo antes de que se le añada agua, escrita en este caso en forma de un discurso en el duodécimo Simposio Anual de la “Sociedad Cronoquímica Americana”. Menos divertido, tal vez, que anteriores entregas, cumple sin embargo su propósito de parodia del lenguaje oscuro y altisonante de ciertas comunicaciones científicas.

* * *

Los dos cuentos de 1961 son “La máquina que ganó la guerra” y “¿Qué es eso que llaman amor?”.

El primero es un trabajo menor (muy menor, de hecho) que apenas tiene interés.

El segundo, sin embargo (titulado originalmente “Playboy y el dios baboso”) es una delirante parodia de los clichés más desenfrenados del pulp sobre las libidinosas intenciones de los alienígenas de ojos saltones (los famosos BEMs) hacia las hembras humanas.  En un estilo decimonónico, casi victoriano, Asimov escribe una sátira sexual en la que juega una y otra vez con los equívocos y ridiculiza constantemente ciertas conductas humans por el método, simple y efectivo, de mostrárnoslas a través de los ojos de los extraterrestres. Uno de los relatos más divertidos de Asimov, sin la menor duda, lleno de bastante mala baba (perdón por el fácil juego de palabras) pero también, curiosamente, preñado de una cierta nostalgia por una época en la que la ciencia ficción era menos sofisticada y más inocente.

* * *

Ninguno de los relatos que publica en 1962 son demasiado memorables. Ni “Mi hijo, el físico” ni “Luz estelar” resultan gran cosa. El primero es un chiste breve y bastante previsible y el segundo una historia de misterio que se deja leer pero también se olvida casi enseguida. Tienen el pequeño interés de haber aparecido en sendos números de Scientific American, en unas páginas de publicidad financiadas por una empresa de electrónica, pero aparte de eso, no aportan gran cosa.

Y, tras estar un año sin publicar nada de ciencia ficción, en 1964 aparece “¡Autor! ¡Autor!” en una antología dedicada a recopilar lo mejor de Unknown, la revista gemela dedicada a la fantasía de la Astounding de Campbell (que, por cierto, para entonces ha pasado a llamarse Analog). Asimov intentó muchas veces escribir para ella (solo y en colaboración con Frederick Pohl) pero la única vez que estuvo a punto de conseguirlo fue con este cuento.

Decimos “a punto”, aunque el relato fue aceptado y pagado. Sin embargo, antes de que el número de la revista que iba a contenerlo saliera a la venta, ésta fue cancelada por la editorial. Unknown siempre había sido una revista más cara que Astounding y con una tirada sensiblemente menor, hasta el extremo de que, en cierto momento, dejó de compensar económicamente su publicación. Así, justo cuando Asimov estaba a las puertas de conseguir su objetivo, éste desapareció del mercado.

Sería más de diez años más tarde cuando, según sus propias palabras, conseguiría colarse “de refilón” en las páginas de Unknown, a través de la antología que hemos mencionado.

“¡Autor! ¡Autor!” es, por tanto, un cuento primerizo, en cierto modo. Escrito a mediados de los años cuarenta, no desentona sin embargo con lo que Asimov ha estado publicando en los últimos tiempos. De contenido ciertamente humorístico (como casi toda su fantasía, como si no pudiera tomarse del todo en serio el género) y un tono que recuerda por momentos las comedias de enredo de los años cuarenta, narra la historia de un autor de novelas policiacas perseguido por el personaje que le ha dado fama: un detective implacable de gustos refinados y maneras seductoras que está a punto de convertir la vida de su creador en un infierno. El cuento fluye con soltura y con gracia (merced, de nuevo, al tono empleado, una primera persona de vocabulario un tanto anticuado que remite, una vez más, a P. G. Wodehouse) y su conclusión resulta perfectamente coherente con la trama que se ido hilvanando. De haber sido publicado en su momento, sin duda habría sido el primer cuento de Asimov donde éste habría tenido un éxito pleno en sus intentos humorísticos. Su primer relato netamente wodehouseiano, por así decir.

Aparecido a mediados de los sesenta es, simplemente, un relato más.

* * *

La cosecha de 1965 se compone de tres cuentos.

El primero, “El hombre que creó el siglo XXI” no sólo es perfectamente olvidable (un ensayo prospectivo, no demasiado interesante, disfrazado de relato) sino que el propio Asimov nunca lo consideró merecedor de ser incluido en ninguna de sus antologías.

“Padre fundador” maneja una idea de fondo muy similar, curiosamente, a “Adán sin Eva”, de Alfred Bester. Por desgracia, el relato de Bester tiene una carga emocional y una sabiduría narrativa muy superiores al cuento de Asimov. Bien llevado y bien resuelto éste no pasa, sin embargo, de ser una historia más entre tantas que se publicaron en su época.

En cambio, “Los ojos hacen algo más que ver” resulta mucho más satisfactorio. Un relato breve en la que una humanidad altamente evolucionada (se han convertido en seres de pura energía) añora sin embargo su antigua carne y todo lo que ésta les hacía sentir. Una historia de amor, en cierto modo, de pérdida y añoranza de las emociones perdidas, con momentos realmente intensos y un final bastante desgarrador.  Aunque es un cuento que suele pasar bastante desapercibido en la narrativa asimoviana, tengo que confesar que ha estado siempre entre mis favoritos.

Podríamos preguntarnos por qué y tal vez las respuestas nos llevarían a un lugar que tiene que ver más conmigo mismo que con las bondades del cuento. Pese a eso (y no voy a entrar en detalle en ello, al fin y al cabo, estos comentarios tratan sobre Asimov, no sobre mí), no puedo evitar seguir encontrándolo uno de sus mejores cuentos, en los que la potencia de las ideas y las imágenes está perfectamente equilibrada con la carga emocional de lo que se nos narra.

BIBLIOGRAFÍA:

  • “Una estatua para papá” (A Statue for Father). En Satellite Science Fiction, febrero de 1959. Edición española más reciente: Cuentos Completos II (B, 1992).
  • “Aniversario” (Anniversary). En Amazing Science Fiction, marzo de 1959. Edición española más reciente: Cuentos Completos II (B, 1992).
  • “Cuarta generación” (Unto the Forth Generation). En The Magazine of Fantasy & Science Fiction, abril 1959. Edición española más reciente: Cuentos Completos (B, 1992).
  • “Necrológica” (Obituary). En The Magazine of Fantasy & Science Fiction, agoto 1959. Edición española más reciente: Cuentos Completos II (B, 1992).
  • “Lluvia, lluvia, vete lejos” (Rain, Rain, Go Away). En Fantastic Universe, setiembre 1959. Edición españóla más reciente: Cuentos Completos II (B, 1992).
  • “El pacto” (The Covenant). En Fantastic Story Magazine, julio 1960. No sido recogido en ninguna antología.
  • “Tiotimolina y la era espacial” (Tiotimiline and Space Age). En Analog Science Fact & Fiction, octubre 1960. Edición española más reciente: Crónicas (Plaza & Janés, 1992).
  • “¿Qué es eso que llaman amor?” (What is this Thing Called Love?). En Amazing Stories, marzo 1961. Edición española más reciente: Cuentos Completos (B, 1992).
  • “La máquina que ganó la guerra” (The Machine that Won the War). En The Magazine of Fantasy & Science Fiction, octubre 1961. Edición española más reciente: Cuentos Completos (B, 1992).
  • “Mi hijo, el físico” (My son, the Pthysicist). En Scientific American, feberero 1962. Edición española más reciente: Cuentos Completos (B, 1992).
  • “Lus estelar”  (Star Ligth). En Scientific American, octubre 1962. Edición española más reciente: Cuentos Completos II (B, 1992).
  • “¡Autor! ¡Autor!” (Author! Author!). En The Unknow Five, 1964. Edición española más reciente: Crónicas (Plaza & Janés, 1992).
  • “Los ojos hacen algo más que ver” (Eyes Do More Than See). En The Magazine of Fantasy & Science Fiction, abril 1965. Edición española más reciente: Cuentos Completos (B, 1992).
  • “El hombre que creó el siglo XXI” (The Man Who Made the 21st Century). En Boy’s Life, setiembre 1965. No ha sido incluido en ninguna colección.
  • “Padre fundador” (Founding Father). En Galaxy Science Fiction, octubre 1965. Edición española más reciente: Cuentos Completos II (B, 1992).
© 2009, Rodolfo Martínez

Viaje alucinante

Lunes 23 Noviembre 2009

Viaje alucinante es la única novela  que Asimov publica durante los años sesenta. Y, en cierto modo, no es del todo una novela suya.

Se trata, en realidad, de la novelización de la película del mismo título dirigida por Richard Fleischer y protagonizada por Stephen Boyd, Raquel Welch, Edmund O’Brien y Donald Pleasence. El film parte de un argumento de Otto Klement y Jerome Bixby, adaptado por David Duncan y Harry Kleiner.

Durante los años sesenta, la ciencia ficción cinematográfica se hace, en cierto modo, mayor de edad. Por un lado, deja de ser pasto de la serie B y, por el otro, se va volviendo poco a poco más adulta en sus planteamientos. Podemos situar en 1968 el inicio explícito de esa madurez, con dos películas capitales para el género como son El planeta de los simios de Franklin J. Shaffner y 2001: una odisea del espacio de Stanley Kubrick. Durante lo que queda de la década y más de la mitad de la siguiente, el cine de ciencia ficción va volviéndose progresivamente más complejo y demostrando que es una herramienta útil para tratar ciertos temas y enfrentar determinados tópicos y preocupaciones desde una perspectiva adulta. Con la llegada en 1977 de La guerra de las galaxias de George Lucas, sin embargo, esa evolución quedará truncada y, a partir de ese momento, y salvo contadas excepciones, el cine de ciencia ficción se orientará cada vez más al espectáculo visual y al puro entretenimiento sin mayores complejidades.

Viaje alucinante es, en cierto modo, un precursor de todo eso. Comparte con otras películas de ciencia ficción de los sesenta su voluntad de serie A (actores conocidos y con buen caché, gran inversión en efectos especiales) pero por sus intenciones se parece más a la ciencia ficción que será dominante veinte años más tarde.

Porque, reconozcámoslo, Viaje alucinante es poco más que una historia de aventuras e intriga. Un thriller submarino, en realidad, con la salvedad de que en este caso no estamos recorriendo los mares de la Tierra, sino el sistema circulatorio de un ser humano. El escenario se convierte, de este modo, en protagonista y a lo que asistimos es a poco más que una gira turística en un entorno maravilloso. Los personajes se delinean en dos pinceladas y encajándolos en ciertos papeles arquetípicos, sin mayores pretensiones de complejidad, y la trama se reduce a un esqueleto clásico en la que los golpes de efecto van sucediéndose al ritmo adecuado para mantener al espectador enganchado a la butaca. Lo que importa es el espectáculo, lo puramente visual y todo lo demás está al servicio de esa premisa.

Partiendo de esa base, ¿qué interés puede tener la novelización de esa historia? Narrativamente, como decimos, es poco más que el vehículo para un espectáculo visual. Su traslación a la pura palabra debería resultar, por lógica, poco atrayente.

Sin embargo, no es así.

La novela que Asimov construye a partir del guión cinematográfico que se le proporciona es ágil, dinámica y sumerge al lector en la historia desde la primera página y no lo suelta hasta el final. Es, posiblemente, una de las novelas de Asimov más fáciles de leer, donde el ritmo está más conseguido y la peripecia atrapa al lector con más eficacia. Y, al mismo tiempo, es una novela totalmente asimoviana, en la que el autor no renuncia a ninguna de sus características básicas como escritor de ciencia ficción.

Y eso es porque le ha metido mano a la historia y realizado ciertos cambios sobre el guión que se le ha pasado. El primero y más importante es subsanar varios de los errores que se dan en la película sobre los temas científicos que se tratan en ella. Y, muy especialmente, Asimov insiste en extraer el submarino del cuerpo al final de historia. Frente a unos productores despreocupados que no ven ningún problema en el asunto (al fin y al cabo, el submarino es devorado por un glóbulo blanco), un Asimov cada vez más desesperado les insiste en que eso no importa, en que una vez que los efectos de la miniaturización se pasaran, los átomos del submarino se expanderían y reventarían el cuerpo en el que están.

Para los productores, como decimos, eso es irrelevante. ¿Quién, de entre el público, va a fijarse en ese detalle?, se dicen. Para un Asimov obsesionado con la coherencia y la verosimilitud (no sólo la científica, sino también la narrativa) eso hay que resolverlo de alguna manera.

Y así lo hace en su novelización.

Como hace unas cuantas cosas más.

De algún modo, Asimov se las apaña para llevar el juego a su terreno y construir una novela que no desentona con el resto de su producción: una historia fundamentalmente basada en el intercambio dialéctico, donde la acción se describe a menudo mediante el diálogo, donde no hay villanos (sólo protagonistas y antagonistas, cada uno con sus buenas razones para hacer lo que hace) y donde, y eso es lo más sorprendente de todo, los personajes son perfectamente compatibles con los que han aparecido en sus novelas de la década anterior.

De hecho, es fascinante ver cómo en el paso de guion a novela se transforma al protagonista (el personaje interpretado por William Boyd en la película) de un héroe de acción al más puro estilo Bond -saga cinematográfica que daba sus primeros pasos en aquella época- a un héroe totalmente asimoviano: racional, centrado y seguro de sí mismo. Durante toda la novela, el personaje analiza, deduce y se mantiene frío y al mando y cuando llega el momento de desenmascarar al traidor  lo hace detallando todos y cada uno de los indicios que lo han llevado a esa conclusión, cosa que en el film, seguramente a causa de las imposiciones del ritmo cinematográfico, apenas si se molestan en mencionar. De este modo, lo que era una trama de thriller bastante sencilla se transforma en manos de Asimov en un policiaco bien llevado en el que, además, el villano no es un malvado de opereta, sino un ser humano con unas motivaciones creíbles.

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Alguna vez hemos comentado el modo en que Asimov se enfrenta a sus tareas narrativas. Básicamente, se imagina un problema y una resolución posible. A partir de ahí, la construcción del relato consiste en ir encontrando los distintos pasos por los que, desde el planteamiento del problema, se acaba llegando a la resolución.

Sin embargo, en este caso, y al menos en apariencia, el autor no tenía que hacer nada de todo eso. La historia ya le venía dada y lo único que tenía que hacer era narrarla. Sin embargo, al intentarlo Asimov se ve obligado a cambiar las soluciones propuestas (es incapaz de escribir una historia que no se cree y no se cree la historia que le han pasado) y, por otro lado, se encuentra con que los personajes, tal como están delineados en el guión, no le resultan cómodos de utilizar.

El primer problema lo resuelve como ya hemos dicho.

En cuanto al segundo, le resulta más fácil aún. Al fin y al cabo, en el guión, los personajes no pasan de ser esquemas, arquetipos definidos sin demasiada profundidad. Partiendo de ellos, y sin contradecirlos, es posible crear unos personajes con los que pueda trabajar y que sean más cercano al tipo de caracteres que diseña para sus propias historias.

Una vez resuelto eso, el proceso en sí de escribir la novela es coser y cantar. Desde el momento en que Asimov hace suya la historia y los personajes descubre que le es mucho más fácil escribir Viaje alucinante que cualquier otra de sus novelas. Por qué no: al fin y al cabo, el viaje ya está marcado, la peripecia está trazada de antemano y, una vez que ha sabido acercarla a su terreno y limarla de aquello que le resulta inconveniente, el resto del proceso es absurdamente fácil.

Tanto que Asimov termina la novela mucho antes de que la película esté lista y es publicada antes de que se estrene. Esto tiene como consecuencia que algunos lectores acaban creyendo que el Viaje alucinante de Fleischer es una adaptación (y una mala adaptación, llena de agujeros argumentales y de personajes de escaso interés) de una historia asimoviana, en lugar de ser al revés.

Confusión lógica, por otro lado. Asimov se las apañó con auténtica habilidad para convertir en suya una historia que no lo era y para escribir una novela a su propio estilo y sin traicionar ninguna de sus características como narrador. Las preocupaciones del Asimov que conocemos por sus novelas de los años cincuenta están en Viaje alucinante y, si en algo desentona con el resto de la producción asimoviana, es en el hecho de que hay demasiada acción para lo que Asimov nos tiene acostumbrados. Salvo por ese pequeño detalle, la trama, la estructura, los elementos de novela de misterio y la resolución de la historia son totalmente coherentes con lo que había venido escribiendo hasta ese momento.

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Asimov siempre se vio a sí mismo, y lo era, como un escritor de brújula, antes que de mapa. Como hemos dicho, planteaba un problema, imaginaba una resolución y luego empezaba a buscar el camino que llevaría de ese problema a esa resolución, resolviendo sobre la marcha los distintos problemas que se pudiera encontrar a lo largo del camimo. Creando el paisaje, en cierto modo, a medida que lo recorría.

Según confesión propia, nunca trazaba líneas generales o preparaba una estructura previa. De hecho, la única vez que lo intentó, resultó ser un completo fracaso y acabó tirando todo aquello a la papelera.

Sin embargo, cuando fueron otros los que le prepararon el esquema previo, no hizo un mal trabajo. Viaje alucinante no es, desde luego, la mejor novela de Asimov, pero está lejos de ser una de las peores.  De hecho, como entretenimiento puro, es uno de sus relatos más logrados.

BIBLIOGRAFÍA:

  • Viaje alucinante (Fantastic Voyage). Houghton Mifflin, 1966. Edición española más reciente: Plaza & Janés (2003).
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