20. Polvo de estrellas

Polvo de estrellas

Lunes 6 Abril 2009

Cuando se sienta a escribir lo que será su segunda novela, Asimov comete uno de los errores más habituales en los novelistas primerizos: tratar de impresionar.

Al contrario que Un guijarro en el cielo (donde Walter Bradbury contrata el libro tras haber leído la novela corta original) ahora Doubleday sólo le paga una opción sobre la novela y no firmará el contrato definitivo hasta no haber leído, por lo menos, varios capítulos de lo que el autor lleva escrito. Una práctica, por otro lado, que no es infrecuente en el mundo editorial.

Cuando escribió Un guijarro en el cielo, Asimov no sentía presión alguna. Tenía el relato original y el compromiso de publicación por parte de Doubleday y se limitó a corregir algunos defectos menores en la forma de escribir la historia y a alargarla hasta la longitud de una novela.

Pero ahora ya era un novelista publicado, y eso significaba que su segundo trabajo debía estar por lo menos a la altura del primero y, si eso era posible, superarlo.

La consecuencia es que Asimov empieza a escribir lo que acabaría siendo Polvo de estrellas en un estilo artificioso, intencionadamente “literario” (en el peor sentido posible de la palabra) y con un claro deseo de impresionar y demostrar lo bien que podía hacerlo.

El resultado es bastante desastroso, como cabe suponer. Tras leer los primeros capítulos, Bradbury le pregunta a Asimov:

-¿Sabes cómo escribiría Hemingway: “El sol salió a la mañana siguiente”?

Asimov dice “no” y se prepara para una larga charla sobre metáforas, adjetivación y un lenguaje rico, culto y elaborado. La respuesta de Bradbury, sin embargo es:

-Pues diría: “El sol salió a la mañana siguiente”.

La pulla no cae en saco roto. Asimov enseguida comprende lo que su editor quiere decir y vuelve sobre el manuscrito, que ahora reescribe en su estilo habitual: sencillo, sin florituras y directo. A partir de ese momento, Asimov siempre tendrá claro (en el fondo lo sabía, pues era lo que inconscientemente había ido haciendo relato tras relato) que la sencillez es la mejor opción, a menos que la complejidad esté justificada por motivos estrictamente narrativos. Que, en suma, siempre es preferible decir “jarrón verde” en lugar de “búcaro glauco”. El lenguaje, en las manos del escritor (así lo ve Asimov), no debe ser otra cosa que una herramienta al servicio de lo que se cuenta, nunca un fin en sí mismo: las palabras elegidas para narrar la historia deben estar destinadas a hacerla más comprensible y asimilable por el lector (tanto intelectual como emocionalmente) y nunca deben convertirse en los protagonistas de lo que se escribe. Son, como ya he dicho, herramientas.

Años después Asimov escribiría un artículo, “El vidrio de ventana y el vitral de iglesia”, donde reflexionaría sobre esos temas y expondría sus ideas al respecto. Con el tiempo, no solo reeditaría ese artículo uno de sus libros de ensayo,  sino que acabaría convirtiéndose en uno de los capítulos de su autobiografía póstuma, I, Asimov (publicada en nuestro país, por cierto, con el originalísimo título de Memorias).

Entretanto, Horace L. Gold había decidido publicar Polvo de estrellas en su revista Galaxy, serializada en tres números. Y le sugirió (más bien le ordenó, teniendo en cuenta el modo de ser de Gold) que incluyera en la novela una subtrama que tuviera como elemento detonante la Declaración de Independencia de Estados Unidos. A Asimov la idea no le gustaba nada, básicamente porque pensaba que no aportaba nada a la historia y le parecía ridículo que, en una novela ambientada en un remoto futuro en un escenario espacial, alguien recordase un antiguo documento terrestre. Sin embargo, Asimov quería el dinero que podía reportarle la serialización de la novela (previa a su publicación en libro) en la revista de Gold, así que acabó accediendo.

Se tomó la molestia de introducir la subtrama de modo que, llegado el momento de la edición definitiva de Polvo de estrellas, esas secuencias pudieran eliminarse sin afectar al resto de la novela, y así se lo dijo a Bradbury. Para su sorpresa, a éste no le pareció mal el asunto y decidió que no había problema en mantener esa subtrama. Así, cuando aparece el libro en Doubleday, las referencias a la Declaración de Independencia están en la novela.

Eso (unido al hecho de verse obligado a reescribir los primeros capítulos) hizo que Asimov siempre sintiera más bien poco aprecio por ella. De sus primeras novelas, es sin duda la que menos la gusta y de la que menos habla, ya sea en sus autobiografías o en los comentarios con los que salpica, aquí y allá, sus recopilaciones de cuentos.

* * *

Pero, ¿es Polvo de estrellas tan mala?

En realidad, no.

No es una novela mucho mejor que Un guijarro en el cielo, aunque sí un poco. No tiene los problemas de ritmo de ésta y, por otro lado, su estructura (montada claramente como un relato de misterio) hace que resulte una lectura bastante más amena y, en general, más satisfactoria.

No es un enorme salto adelante en la carrera de Asimov como novelista, pero sí que se le nota como un autor más seguro de sí mismo y de sus posibilidades que, poco a poco, va afinando y mejorando lo que hace.

Lo que, de hecho, es una característica común en toda su obra: jamás avanza a saltos. No pasa de repente de ser un autor medio interesante a una de las primeras figuras del género en su época. Sino que poco a poco, relato a relato, va mejorando y convirtiéndose en un nombre a tener en cuenta. De hecho, su evolución es tan paulatina que seguramente ni él ni los lectores la perciben. Su progresión es constante y apenas perceptible, pero está ahí.

Con sus novelas pasa otro tanto. Un guijarro en el cielo no es una obra redonda, ni tampoco Polvo de estrellas. Pero cada una es un poco mejor que la otra, al igual que Las corrientes del espacio será algo mejor que Polvo de estrellas.

Así, cuando llega su momento de madurez y escribe sus dos mejores novelas de esa época, uno ni se da cuenta: de obras irregulares aunque interesantes ha pasado en unos pocos años a novelas sólidas, bien planteadas y desarrolladas,  con un ritmo impecable, una dosificación de los acontecimiento prácticamente perfecta y una estructura armada a la perfección.

* * *

Al igual que Un guijarro en el cielo, Polvo de estrellas describe una situación de tiranía y los intentos de los oprimidos por librarse del opresor. Y al igual que ella, tiene como escenario de fondo un amplio fresco galáctico con una civilización humana vital y expansiva que ha colonizado (o está en ello) cuantas estrellas alcanzan la vista.

Pero mientras que Un guijarro en el cielo circunscribía toda su acción a un único planeta, aquí vamos saltando de uno a otro en una huida un tanto desbaratada que acaba, en realidad, dejando a los personajes en el mismo lugar del que han partido. Asimov usa el movimiento físico de sus personajes para hacer que la propia historia se mueva, un recurso muy habitual (sobre todo en autores primerizos) que, bien llevado, es una forma sencilla y eficaz de hacer avanzar la historia. En este caso no está mal llevado: nos da tiempo para ir tomando contacto con los distintos personajes y el modo en que se relacionan, nos permite ir conociendo cada vez mejor el escenario en el que se ambienta la acción y nos hace comprender poco a poco lo que está pasando y hacia dónde puede desembocar todo.

Un recurso fácil, tal vez, pero efectivo.

Lo más interesante de la novela, sin embargo, y lo que la hace ser algo más que un una simple aventurita espacial,  es la situación política de opresión que describe; rasgo que vuelve a compartir, de nuevo, con Un guijarro en el cielo (y que compartirá también con Las corrientes del espacio).

A primera vista, sin embargo, parece que ahora estamos ante una situación sin ambigüedades morales: los tiranos opresores son, en efecto, tiranos y sin duda oprimen; y los esforzados luchadores por la libertad están imbuidos de los más altos ideales.

Pero, a medida que se va desarrollando la historia, vemos que no todo es tan simple y, de hecho, a lo largo de la novela nuestras simpatías empiezan a ir hacia un personaje un tanto atípico. Hablo de Simok Aratap, que podría haberse convertido con facilidad en un malo de opereta, pero que nos es presentado como un individuo sensato, inteligente y con sentido del humor (características de las que está mucho mejor dotado que el protagonista) que, simplemente, está buscando lo mejor para su patria. Y, aunque no vacilará en destruir a quien se interponga en su camino, llegado el caso preferirá buscar una solución de compromiso que no suponga un derramamiento inútil de sangre. Seguro que no lo hace por un compromiso ético, sino por puro pragmatismo, pero incluso en eso se nos revela mucho más creíble (y nos resulta más fácil empatizar con él) que Biron Farril, el “heroico” personaje central de la novela.

Que en realidad, tiene poco de heroico: a lo largo de toda la historia Farrill es un personaje que se deja llevar una y otra vez por los acontecimientos y que, en ocasiones, recuerda a esos personajes de Hitchock envueltos en tramas que no comprenden y en las que han caído sin saber cómo ni por qué. Así, Farril sería una suerte de versión galáctica del Cary Grant de Con la muerte en los talones (aunque carece, por desgracia, del encanto y la ironía del Roger Thornhill que Grant interpreta en la película de Hitchcock).

Y, por último, Asimov hace algo muy similar a lo que había hecho unos años atrás en “El Mulo”: presentarnos a un personaje que, en apariencia, no despierta más que lástima y que es una suerte de ruina humana para, en el último momento, dar un giro a toda la situación y mostrarnos que es la inteligencia rectora que está detrás de todo y el verdadero responsable de cuanto ha ocurrido.

Polvo de estrellas es una novela modesta, sin duda, tanto en sus intenciones como en sus resultados. Pero la trama de misterio está bien vertebrada, los personajes (especialmente los secundarios y, sobre todo, el villano) se nos hacen enseguida interesantes y la resolución del misterio está a la altura de las expectativas creadas.

En resumen, no deslumbra pero no defrauda. Y, sin duda, Asimov se muestra como un narrador bastante más seguro y más hábil que en su anterior novela.

Un paso más hacia sus obras de madurez, por tanto.

BIBLIOGRAFÍA:

  • Polvo de estrellas (The Stars, Like Dust). Doubleday, 1951. Edición española más reciente: Trilogía del Imperio (Bibliópolis, 2007).
© 2009, Rodolfo Martínez
Copyright 2010 - 2008, Rodolfo Martínez. Tema original de SEO-Themes.