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	<title>Isaac Asimov &#187; 17. Yo, robot</title>
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	<description>Un repaso a su obra y su vida</description>
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		<title>Yo, robot</title>
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		<pubDate>Mon, 16 Mar 2009 05:29:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rodolfo Martínez</dc:creator>
				<category><![CDATA[17. Yo, robot]]></category>
		<category><![CDATA[IV. Del cuento a la novela]]></category>
		<category><![CDATA[La ciencia ficción de Asimov]]></category>

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		<description><![CDATA[Un joven aficionado llamado Marty Greenberg (no confundir con el Martin H. Greenberg que, años más tarde, compilaría varias antologías con Asimov) crea una pequeña empresa editorial, llamada Gnome Press, y decide que sería buena idea recopilar en formato de &#8230; <a href="http://asimov.escritoenelagua.com/2009/03/16/yo-robot/">Continue reading <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Un joven aficionado llamado Marty Greenberg (no confundir con el Martin H. Greenberg que, años más tarde, compilaría varias antologías con Asimov) crea una pequeña empresa editorial, llamada Gnome Press, y decide que sería buena idea recopilar en formato de libro algunas de las series más populares que han aparecido en las revistas de ciencia ficción.</p>
<p>Ya no hablamos de una simple antología, sino de lo que se acaba conociendo como <em>fix-up</em>: un grupo de relatos que comparten un escenario común, cuando no una cierta ilación argumental que va pasando de un cuento a otro. Es una fórmula que la ciencia ficción lleva un tiempo probando y la idea de agrupar todos esos cuentos dispersos en uno o varios libros es tan evidente que resulta sorprendente que a nadie se le haya ocurrido todavía.</p>
<p>De hecho, la pequeña editorial de Greendberg publicará durante los años cincuenta un buen montón de libros, buena parte de los cuales no tardan en convertirse en clásicos del género. Baste mencionar, por centrarnos sólo en unos pocos, obras como <strong>Ciudad </strong>de Clifford Simak, el Conan de Robert E. Howard, <strong>Mutante </strong>de Henry Kuttner (aunque aparece con el pseudónimo de Lewis Padgett, con el que Kuttner y su mujer, C. L. Moore, firmaban a menudo sus obras), <strong>Los hijos de Matusalén</strong> de Heinlein o <strong>Preludio al espacio</strong> de Arthur C. Clarke.</p>
<p>Y, por supuesto, <strong>Yo, robot</strong>, <strong>Fundación</strong>, <strong>Fundación e Imperio</strong> y <strong>Segunda Fundación</strong>.</p>
<p>Sería lógico pensar que Greendberg se forró, visto el catálogo de títulos que tenía. Sin embargo, no fue así. Al principio, las ventas de todos estos libros fueron marginales; eran lo que hoy se conoce como <em>long-sellers</em> (libros que no se venden de forma espectacular pero nunca dejan de venderse) así que el dinero llegaba poco a poco y no en grandes cantidades. Y, para cuando la ciencia ficción empieza a ser realmente rentable editorialmente, Marty Greendberg se queda sin casi todo su catálogo.</p>
<p>¿Cómo pudo ser?</p>
<p>Sencillo: no pagaba <em>royalties</em>. Así que los autores pudieron recuperar sin problemas su obra y llevarla a otros editores (como hizo Asimov con su libro de robots y su trilogía de la Fundación, que acabarían en Doubleday), cosa que no habría sido posible -o más difícil, en todo caso- de haber pagado puntualmente a los autores el dinero que debía. Si Greendberg hubiera sido leal con los escritores que publicaba es muy probable que ellos lo hubieran sido con él y cuando la ciencia ficción empezó a rentabilizar en serio seguramente hubiera ganado mucho dinero. No lo hizo; no sé si por miopía, por ser un tacaño, por tratarse de un marrullero o, a lo mejor, porque los ingresos en aquellos primeros tiempos eran tan escasos que pagar derechos a los autores habría implicado no poder editar más libros. Quién sabe. Lo único cierto es que Greendberg tuvo en sus manos un filón y se le acabó escapando.</p>
<p>Por supuesto, Asimov no sabe nada de todo eso cuando firma el contrato con Gnome Press para <strong>Yo, robot</strong>. No espera que su libro sea un superventas. De hecho, es probable que no confíe en que se venda demasiado (al fin y al cabo, la gente ya ha leído esos relatos, debió pensar, ¿para qué van a pagar por tenerlos todos en un solo volumen?) y es muy probable que el principal motivo por el que acepta reunir sus cuentos de robots en un libro sea por pura satisfacción personal.</p>
<p>En cualquier caso, no se limita a tomar sus cuentos de robots, ordenarlos como crea conveniente y entregárselos al editor. Para que el libro funcione como una unidad escribe una nueva historia que, en cierta forma, engloba todas las demás y funciona como pretexto para ir presentando cada uno de los cuentos. Es un método muy común en los <em>fix-up</em> de relatos y Asimov no sería el único en usarlo. Eso hace aparecer el libro como una especie de “semi novela” y lo vuelve, o esa es la idea, más atractivo para el público.</p>
<p>Ese supuesto atractivo extra existe cuando la historia que sirve de enlace tiene sentido por sí misma y no se limita a ser una excusa. En el caso de <strong>Yo, Robot</strong>, Asimov decide acertadamente usar a Susan Calvin como hilo conductor de todo el libro: un periodista acude a entrevistarla y la ácida robopsicóloga irá recordando las viejas historias de robots, ya sea de forma directa por haber estado involucrada en ellas, ya de forma indirecta por haber conocido a alguno de los implicados (como es el caso de Powell y Donovan). De hecho, Asimov modifica el primer cuento, “Robbie”, y le añade varios párrafos en que presenta a una jovencísima Susan Calvin que participa de refilón en la historia.</p>
<p>Como he dicho, usar a la robopsicóloga como hilo conductor es todo un acierto: su personalidad está presente de este modo durante todo el libro y lo dota de una estructura creíble y coherente y una lógica interna que lo hace funcionar como una unidad narrativa.</p>
<p>Es curioso que, al final del libro, Asimov mate a Susan Calvin (la entrevista tiene lugar cuando la doctora ya es una anciana y el periodista termina diciendo que muere poco después), como si no pensara volver a usar el personaje. ¿Se había cansado quizá de los cuentos de robots, como le pasó en su momento con la Fundación, o simplemente pensaba que la doctora ya no tenía gran cosa que aportar a la serie… o tal vez le pareció un buen recurso dramático en ese momento y no se planteó sus consecuencias a posteriori?</p>
<p>Difícil saberlo. Lo que sí es cierto es que Susan Calvin volverá y, de hecho, estará presente a lo largo de toda la vida de Asimov. De un modo esporádico (a veces con varios años entre cuento y cuento) pero sin irse jamás del todo. De hecho, el último cuento que escribió sobre Susan Calvin, “Visiones de robot”, apareció en 1990, apenas dos años antes de la muerte de Asimov.</p>
<p>Leído hoy, <strong>Yo, robot</strong> es un libro irregular, con un puñado de cuentos bastante buenos (los de Powell y Donovan), varios que, siendo sinceros, resultan prescindibles (“Robbie” o “El conflicto evitable”) y dos o tres (como “¡Fuga!” o “El pequeño robot perdido”) que podemos situar sin problemas entre sus mejores cuentos de robots. En realidad, el libro funciona como tal (por encima de la calidad de cada relato individual) gracias a la historia-puente que lo vertebra; no sólo por el modo en ayuda a matizar aún más el personaje de Susan Calvin, sino porque le da una unidad argumental y de estructura que no habría tenido si hubiera sido una simple recopilación de cuentos de robots.</p>
<p>Si <strong>Un guijarro en el cielo</strong>, como primera novela, justifica que uno se sienta razonablemente orgulloso de haberla escrito, <strong>Yo, robot</strong>, como primera antología de cuentos, no es tampoco un mal volumen. Podríamos decir que los dos primeros libros de Asimov en el mercado son una carta de presentación más que aceptable.</p>
<p>También podríamos decir que prometen, más que dar. Que nos presentan las semillas de lo que será el autor en el futuro, más que los frutos.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p>Quizá es un buen momento para comentar algunas de las características principales de los relatos asimovianos de robots.</p>
<p>El primero es el esquema argumental que, con pequeñas variaciones, se mantendrá durante todos ellos: una vez establecidas las tres leyes fundamentales que rigen el comportamiento del robot, las distintas historias tendrán como objetivo ponerlas a prueba, buscar los huecos por los que algo se puede colar y, en general, jugar con su interpretación e implementación.</p>
<p>Estas leyes, que han sido repetidas hasta la saciedad, son las siguientes:</p>
<ol>
<li>Un robot no hará daño a un ser humano ni permitirá, por inacción, que éste sufra daño.</li>
<li>Un robot obedecerá las órdenes de un ser humano excepto si éstas entran en conflicto con la Primera Ley.</li>
<li>Un robot salvaguardará su propia existencia excepto si esto entra en conflicto con la Primera o Segunda Ley.</li>
</ol>
<p>Asimov siempre atribuyó la formulación explícita de las Tres Leyes de la Robótica a Campbell. Más o menos por la época en que escribía sus primeros relatos de robots, el director de <strong>Astounding </strong>le dijo que era evidente que de aquellos relatos se desprendían tres normas de comportamiento muy claras y se las dijo en voz alta. Campbell siempre afirmó qué él se limitó a sacar a la luz algo que estaba implícito en los cuentos de Asimov, pero éste siempre insistió en concederle buena parte del mérito a su editor, mentor y amigo.</p>
<p>Con estas tres sencillas premisas se van construyendo las distintas historias. Y casi siempre parten de una aparente violación de alguna de las leyes (si un robot no puede dañar a un ser humano, ¿cómo es que uno parece haber matado a un hombre?, por ejemplo) para terminar la historia demostrando cómo éstas se han cumplido en todo momento. Son, en su mayoría, relatos-puzzle, donde las distintas piezas del rompecabezas van encajando y el paisaje que, en principio, parece ambiguo queda totalmente claro con el ensamblaje de las últimas.</p>
<p>Las leyes de la robótica son, en realidad, reglas éticas, más que leyes informáticas. De hecho, podríamos decir que son las leyes de comportamiento del buen ser humano. No tenemos más que reformularlas del siguiente modo:</p>
<ol>
<li>Un ser humano no hará daño a otro ni permitirá, por inacción, que éste sufra daño.</li>
<li>Un ser humano obedecerá las leyes vigentes, excepto si éstas entran en conflico con la Primera Ley.</li>
<li>Un ser humano preservará su propia existencia, excepto si esto entra en conflicto con la Primera o Segunda Ley.</li>
</ol>
<p>Evidentemente, la total aplicabilidad de esas tres normas de comportamiento ético es un tema como poco discutible. Pero sin duda son una buena base a partir de la que construir algo, y Asimov así lo veía. No tarda en encariñarse con sus criaturas y las muestra, casi siempre, como seres fundamentalmente decentes y altruistas. Se podrá discutir sobre el mérito de un comportamiento decente y altruista si uno se limita (y no puede hacerlo de otro modo) a seguir la programación implementada en sus circuitos; pero, claro, ¿acaso nosotros no seguimos la programación implementada en nuestro <em>hardware</em> genético, por no mencionar la que la educación y el ambiente van grabando en nuestro <em>firmware</em> durante nuestro desarrollo? Con el tiempo, a medida que los relatos de robots van evolucionando (y lo hace el propio Asimov como escritor) la distinción entre hombre y robot empezará a volverse difusa.</p>
<p>Otro elemento característico es que los robots siempre se nos presentan como máquinas, como herramientas industriales diseñadas para cumplir una función. Esto, que hoy nos parece de cajón, no lo era tanto en esa época, donde el robot tendía a ser presentado bien como una amenaza, bien como una criatura doliente en busca de redención. Asimov se señala a sí mismo como responsable de haber acabado con esas dos tendencias y haber inaugurado un nuevo modo de tratar literariamente a los robots. Aunque no puedo garantizar que eso sea cierto al cien por cien, tampoco he encontrado indicio alguno de lo contrario, así que doy por buena su afirmación.</p>
<p>Lo que resulta curioso es que, aunque elimina el concepto de &#8220;robot como amenaza&#8221;, esa idea sigue presente (y lo seguirá durante toda la serie) en el modo en que el humano de la calle contempla a los robots. El llamado &#8220;complejo de Frankenstein&#8221; (que podría resumirse como el miedo del creador a ser reemplazado por su criatura) está presente en la mayoría de los cuentos de robots de Asimov y, en algunos casos, es el detonante narrativo para parte de ellos. Hablaramos de esto más a fondo cuando lleguemos a <strong>Bóvedas de acero</strong>, su primera novela de robots.</p>
<p>Por último, es de destacar que de todos sus cuentos de esa época, son curiosamente los de robots los que más desfasados se han quedado tecnológicamente. No por los propios robots, sino por la parafernalia tecnológica (y especialmente informática) que los rodea. Los ordenadores que aparecen en estos relatos son invariablemente máquinas enormes y poco versátiles a las que no se puede programar en lenguaje natural (hay que traducir las órdenes, a mano, a simbología matemática antes de dárselas al ordenador) y de capacidad bastante limitada. Resulta curiosa esa contradicción entre los robots (que no dejan de ser ordenadores móviles), criaturas inteligentes y versátiles a los que se puede programar de viva voz, y esos ordenadores pesados y engorrosos de programar que pueblan sus cuentos.</p>
<p><strong>BIBLIOGRAFÍA</strong>:</p>
<ul>
<li><strong>Yo, robot</strong> (<em>I, Robot</em>). Gnome Press, 1950. Edición española más reciente: <strong>Yo, robot </strong>(EDHASA, 2007). Contiene: &#8220;Robbie&#8221;, &#8220;Círculo vicioso&#8221;, &#8220;Razón&#8221; (&#8220;Razonamiento&#8221; en <strong>El robot completo</strong>), &#8220;Atrapa esa liebre&#8221;, &#8220;¡Embustero!&#8221;, &#8220;Pequeño robot perdido&#8221;, &#8220;¡Fuga!&#8221;, &#8220;Evidencia&#8221; (&#8220;Prueba circunstancial&#8221; en <strong>El robot completo</strong>), &#8220;El conflicto evitable&#8221;. A eso hay que unir el prólogo y el epílogo y las breves secuencias que preceden a cada cuento, todas ellas centradas en la entrevista a Susan Calvin.</li>
</ul>
<div align=right><strong><span style="font-variant: small-caps;font-size: 13px; color: FFFFFF">&copy; 2009, Rodolfo Martínez</strong></span></div>]]></content:encoded>
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