Por fin, la carrera académica de Asimov llega a su culminación… al menos como estudiante. Porque se pasará los siguientes años como profesor asociado de bioquímica en la Facultad de Medicina de la Universidad de Boston.
Su carrera ha sido, a partir de la adolescencia, una continua cuesta abajo, como él mismo reconoce. De niño prodigio en la escuela a estudiante brillante en el instituto para terminar como un universitario del montón y, finalmente, un investigador mediocre. A medida que pasa el tiempo ha ido descubriendo que su capacidad para las tareas de laboratorio es poco menos que nula y que los aspectos administrativos y burocráticos de la actividad científica lo aburren soberanamente.
No tardará en hacer un descubrimiento bastante trascendental para su futuro; y es el hecho de que está dotado para la docencia de un modo envidiable, hasta el extremo de que será capaz de hacer comprensibles a sus futuros alumnos las materias más abstrusas. Esto lo llevará a convertirse en el profesor más popular de Boston entre el alumnado (y también a granjearse los odios de algunos colegas), por no mencionar que, con el tiempo, será el arranque de una interesante y lucrativa carrera como conferenciante.
Pero todo eso es el futuro.
De momento Asimov está dando los últimos toques a su tesis doctoral y preparándose para enfrentarse al tribunal que tendrá que confirmarlo como doctor.
O no.
Entretanto, publica “Y ahora lo ves…” en el número de enero de Astounding.
Es un nuevo relato de la Fundación y, para entonces, Asimov reconoce que ya está un poco cansado de la serie. Al contrario que con los cuentos de robots, que le permiten mayor libertad, a medida que las historias de la Fundación van avanzando, el sendero narrativo por el que puede transitar se vuelve más estrecho. Cada historia debe ser coherente con las anteriores y además debe poner en antecedentes de la situación pasada a los nuevos lectores que se incorporen a la serie sobre la marcha. Cada decisión que toma en un relato afecta a los siguientes, dejándole con menos sitio por donde maniobrar.
Así que ha decidido darle carpetazo al asunto. Éste será el último relato de la Fundación y como tal se lo presenta a Campbell. Sin embargo, la visión del editor de Astounding es muy distinta y termina convenciéndolo para que no cierre aún la historia y deje abierta la posibilidad de nuevos relatos.
Así que Asimov cambia el final de “Y ahora lo ves…” (en el que había escrito originalmente se revelaba, entre otras cosas, el paradero de la esquiva Segunda Fundación) permitiendo de ese modo que la serie pueda continuar en el futuro.
“Ahora lo ves…” vuelve a ser un relato de misterio, de intriga. Dos personajes, a las órdenes del Mulo, se lanzan a descubrir el paradero de la misteriosa Segunda Fundación mientras el propio Mulo (y alguien más) los observa de cerca. Estamos ante un cuento en el que apenas hay peripecia y ésta es poco más que una excusa para la confrontación dialéctica entre los distintos personajes. De hecho, es un cuento que funciona fundamentalmente gracias a éstos, al modo en que se enfrentan y a la forma en que sus diferencias van asomando, definiéndolos a ellos mismos y a su oponente. Y es través de esa confrontación como se van desvelando las distintas capas del misterio y, justo cuando creemos que el último velo se ha alzado, encontramos uno más que parece el definitivo (como si estuviéramos ante una especie de matriushka narrativa) pero tampoco lo es.
De hecho, el giro de tuerca final queda pospuesto hasta el siguiente cuento, merced a la petición de Campbell de que no finalice la serie, con lo que el lector termina de leer este relato con una sensación de perplejidad y no tarda en invadirle la impaciencia por saber cómo terminará la cosa.
Tendría que esperar casi dos años para descubrirlo.
* * *
A medida que se acerca el final de su tesis doctoral, Asimov está cada vez más harto del lenguaje alambicado, obtuso y deliberadamente oscuro que las normas universitarias le imponen en su redacción.
Para liberar tensión escribe una breve parodia titulada “Las propiedades endocrónicas de la tiotimolina resublimada”, que no tarda en enviar a Campbell.
Se trata de un supuesto artículo de investigación en el que se describe el comportamiento de una sustancia llamada tiotimolina cuya característica fundamental es que reacciona un segundo antes de que la acción sobre ella se produzca: se disuelve en agua un segundo antes de que se le eche el líquido, por ejemplo.
Con esa premisa tan descabellada, Asimov escribe una parodia magnífica, brillante en su elaboración y de lo mejor que llegará a hacer en el terreno del humor, con lo que vuelve a demostrar, de nuevo, lo dotado que está para esa ironía fina y distante, casi de imperceptible alzamiento de cejas, en la que era un consumado maestro su adorado P. G. Woodhouse.
Pese a su aparente intrascendencia, es una parodia sangrante y cruel en muchos aspectos (y enormemente atinada, por otro lado), y con ella suelta toda la presión que llevaba acumulada por su tesis doctoral y pone en solfa la pretenciosidad de muchos de esos trabajos que en realidad describen investigaciones triviales, camufladas bajo un lenguaje pretenciosamente técnico y rodeadas de gráficos a mansalva que, en el fondo, poco aportan a lo que se dice.
De hecho, Asimov llegó a crear varios gráficos, esquemas y cuadros estadísticos que debían acompañar al relato.
Y lo hicieron. Aunque no como él esperaba.
Lo último que quería era que alguien del tribunal leyera su cuento y se lo tomase a mal. Su doctorado estaba en juego, no lo olvidemos. Así que le dijo a Campbell que publicase su relato con seudónimo.
El editor de Astounding, sin embargo, no lo hizo así y el relato apareció en el número de marzo, antes de que Asimov se hubiera enfrentado a la prueba final para su doctorado y firmado con su verdadero nombre. Para colmo de males, el pseudo-artículo empezó a circular por la comunidad científica de la época y se convirtió en un pequeño clásico, podríamos decir. No es sorprendente, ya que muchos científicos eran aficionados a la ciencia ficción y la publicación del cuento de Asimov no les pasó desapercibida.
Hecho un flan, acudió al examen y fue respondiendo, mejor o peor, a las preguntas que los distintos miembros del tribunal le hacían. Cuando pareció que todo había terminado, tras una pausa, llegó de pronto una nueva pregunta:
—¿Qué nos puede decir de las propiedades endocrónicas del compuesto llamado tiotimolina?
Tras un momento de tensión, Asimov respiró aliviado (en realidad soltó una carcajada de pura histeria, según él mismo confiesa). Supuso, acertadamente, que no se dedicarían a gastarle bromas con aquello si fueran a suspenderle. Poco después y tras un “enhorabuena, doctor Asimov”, sus sospechas se vieron confirmadas.
Nunca llegó a saber si la publicación del cuento con su propio nombre se debió a un despiste por parte de Campbell o se trató de algo deliberado, aunque sospechaba lo segundo. Campbell pudo haber juzgado que “Las propiedades endocrónicas de la tiotimolina resublimada” iba a predisponer al tribunal a favor de Asimov en lugar de en su contra. Una apuesta arriesgada, pero parece ser que dio resultado o, cuando menos, no fue un obstáculo para que Asimov obtuviera su doctorado.
Doctorado que quizá celebró con el número de junio de Astounding, en el que apareció un nuevo relato suyo.
Si fue así, lo cierto es que tampoco tenía gran cosa que celebrar. “Sin conexión”, que es como se llamaba el cuento, no es precisamente gran cosa. Una historia sobre el peligro nuclear, demasiado cargada de moralina y a la que ni siquiera consigue volver interesante la sociedad post-humana que aparece en ella. Básicamente, el cuento narra el descubrimiento por parte de un grupo de osos inteligentes de la existencia de unos antiguos monos inteligentes que se acabaron destruyendo a sí mismos. Su escaso interés está, quizá, en que la historia anticipa en cierto modo algunos de los giros argumentales de El planeta de los simos (la película de Franklin J. Shafner, no la novela de Pierre Boule), pero tampoco sabe explotar adecuadamenta la vuelta de tuerca que propone.
Poco más hay que decir de esta historia, más allá de que Asimov no tardaría en descubrir que los propósitos moralizantes son algo que nunca hay que lanzarle a la cara al lector y, en todo caso, deben ir imbricados en el propio relato sin que sean necesariamente obvios.
Con un doctorado bajo el brazo y la posibilidad de un trabajo en el horizonte, el futuro de Asimov parecía bastante claro y orientado hacia lo académico, seguramente hasta su jubilación.
Como antes, seguía pensando que la literatura, como mucho, sería un interesante sobresueldo y poco más.
BIBLIOGRAFÍA:
- “Ahora lo ves…” (Now You See…). En Astounding Science-Fiction, enero 1948. Edición española más reciente (como “El Mulo inicia la búsqueda”): Segunda Fundación (La Factoría de Ideas, 2008).
- “Las propiedades endocrónicas de la tiotimolina resublimada” (The Endochronic Properties of Resublimated Tiotimoline). En Astounding Science-Fiction, marzo 1948. Edición española más reciente: La Edad de Oro III (Plaza & Janés, 1988).
- “Sin conexión” (No Connection). En Astounding Science-Fiction, junio 1948. Edición española más reciente: Crónicas (Plaza & Janés, 1992).



