1941 será un año fundamental para Asimov. En cierto modo, es su momento de mayoría de edad como escritor de ciencia ficción, el punto en el que deja de ser un recién llegado moderadamente interesante y se convierte en un autor a tener en cuenta. Aún no alcanza su puesto en el panteón como uno de los Tres Grandes, y todavía pasarán unos años antes de que eso ocurra, pero ya no es el novato a prueba al que se mira con desconfianza.
A partir de 1941, Asimov es un escritor consolidado en el mercado de las revistas de ciencia ficción.
Él mismo sitúa ese punto de inflexión en la publicación de su relato “Anochecer”, influido en buena medida porque es el cuento que, en más ocasiones y en distintas épocas, ha sido elegido como favorito de los aficionados. Para el Asimov de entonces, sin embargo, probablemente sea más importante el hecho de que es gracias “Anochecer” que le es dedicada por primera vez la ilustración de portada de la revista y, sobre todo, que Campbell le concede una bonificación por ese cuento y se lo paga por encima de la tarifa habitual de entonces.
En apariencia, 1941 no es un año muy distinto de 1940: publica ocho relatos, cifra casi igual que el año anterior, repartidos por tres o cuatro revistas distintas.
Pero, de esos ocho relatos, la mitad aparecen en la Astounding de Campbell, lo que para Asimov es todo un éxito. Y no cabe duda de que en ese momento Campbell es el editor más exigente de los que publican ciencia ficción, así que es significativo el hecho de que cuatro de las ocho historias asimovianas de aquel año pasen el filtro “campbelliano” con éxito.
Por lo demás aún es un autor irregular. Cuentos como “Herencia”, “Historia” o “El sentido secreto” siguen siendo artefactos no muy bien ensamblados, demasiado deudores de los estereotipos pulp y con tramas que no terminan de funcionar del todo.
“No tan definitivo” es un poco mejor, pero todo el relato parece orientado al giro de tuerca final y resulta demasiado simple. Es, de nuevo, una historia-rompecabezas, un puzzle que queda armado con el retruecano final y también, en cierto modo, una historia de misterio. Éste resulta interesante y su resolución sorprende y culmina el cuento de forma adecuada, pero la anécdota está demasiado reducida al mínimo para que el relato resulta de veras interesante.
Los otros cuentos que Asimov publica ese año, sin embargo, ya son otra cosa.
Con “Super Neutron”, el joven autor da un paso más decidido, y moderadamente exitoso, en el camino que habría de llevarlo a los cuentos del ciclo de los Viudos Negros. La historia está bien tramada y el ambiente, en general, resulta conseguido. Asimov va elevando poco a poco la tensión de la historia (siempre apoyándose en el diálogo) y, cuando llega el desenlace final, todo encaja sin fisuras. No es uno de sus mejores cuentos, pero sin duda es un ejercicio de estilo más que interesante y la narración en “dos capas” (un narrador en primera persona que nos cuenta lo que otro le ha contado, que es la verdadera historia) funciona sin problemas.
“¡Embustero!” y “Razón” son dos nuevas aportaciones a las narraciones de robots, y en ambos relatos quedan establecidas la mayoría de las características de ese tipo de tipo de historias aunque aún no se mencionan de forma explícita las tres leyes de la robótica.
“¡Embustero!” es la primera aparición de Susan Calvin, uno de los más famosos (y mejor construidos) personajes de Asimov. Lo curioso es que la Calvin que vemos aquí es un tanto distinta a la que aparecerá en cuentos posteriores: más frágil, menos incisiva y, sobre todo, bastante más cerca de un cierto estereotipo femenino de la época de lo que lo será después. De hecho, parece claro que Asimov no tenía en mente seguir escribiendo historias con ella: la crea para ese relato porque la trama le exige un personaje de esas características y no será hasta algún tiempo después cuando le dé verdadera dimensión humana.
Por otro lado, “¡Embustero!” inaugura lo que será una de las características fundamentales de muchos de los cuentos de robots de Asimov: una vez establecidas las tres leyes de la robótica y el modo en que actúan, hay que ponerlas a prueba de algún modo, tantear sus límites y, con el tiempo, ir más allá. En este caso, la capacidad telepática del robot que aparece en el relato redefine el concepto de “daño” para la programación robótica y acaba situando a la máquina en un callejón sin salida.
Más interesante es “Razón”, donde hacen su aparición Gregory Powell y Mike Donovan, enfrentados a un robot que, a pura fuerza de razonamiento, ha deducido la existencia de Dios y cuál es su papel en el universo, con la consecuencia de que considera a los hombres un experimento fallido de la divinidad, el primer intento de construir una criatura racional que, por supuesto, culmina en los robots. Es un relato humorístico bastante bien llevado bajo que el que hay una sátira consciente y un tanto demoledora de la religión y el modo en que la creencia influye en la percepción del universo.
Con “Robbie”, “¡Embustero!” y “Razón”, Asimov ya podía decir con toda justificación que tenía una serie en marcha. Los tres relatos comparten los suficientes elementos de escenario (aparte del evidente uso de los robots) para ser considerados parte de una serie y, además, desconozco si por pura suerte o de forma deliberada, Asimov ha creado esas primeras historias de un modo lo bastante abierto para que sea una serie de duración indefinida. Con las premisas que ha elegido, puede pasarse el resto de su vida escribiendo cuentos de robots (en cierto modo lo hizo, podríamos decir) o abandonarlos en cuanto el público se canse de ellos sin que la serie se resienta o se quede a medias. No hay un lazo argumental que los una y que, por tanto, esté pidiendo un desarrollo o una conclusión: sólo elementos de ambientación y, por supuesto, los robots y el modo en que son afectados por las tres leyes de la robótica.
En aquel momento, tal como el mismo Asimov reconoce, en su fuero interno eran Powel y Donovan los protagonistas humanos de la serie: de carácter simpático y decidido, incluso algo campechano, creados para que el lector empatizara con ellos sin problemas, parecían la elección obvia. Paseando de un lado a otro del sistema solar para probar nuevos modelos de robots y solucionar los problemas que se presentasen, todo parecía indicar que estaban llamados a convertirse en una de las creaciones más exitosas de Asimov.
Podríamos decir que los cuentos de Powell y Donovan son un caso claro de “fan fiction”. John W. Campbell Jr., antes de iniciar su labor como director de Astounding y abandonar la literatura casi por completo, había escrito unos cuantos relatos de ciencia ficción. El más memorable es, seguramente, “¿Quién anda ahí?”, que sería el origen de la película El enigma de otro mundo y de su remake (La cosa) a manos de John Carpenter, mucho más cercano al original literario que la primera versión.
Campbell tenía una serie bastante exitosa cuyos protagonistas, Penton y Blake, recorrían el sistema solar conociendo distintas especies en cada planeta y resolviendo con ingenio situaciones apuradas. A Asimov le gustaba mucho esa serie cuando aún era un joven que se limitaba a leer ciencia ficción y, sin duda, sus historias de Powel y Donovan son en buena medida la obra de un fan que está haciendo su propia versión de lo que tanto le ha gustado.
En cualquier caso, no tardó en verse que Powell y Donovan no iban a ser el hilo conductor de la serie de los robots. Ambos se convierten enseguida en poco más que una nota a pie de página (una nota vital y agradable, cierto) y el protagonismo les es robado casi sin que se den cuenta por esa Susan Calvin que está llamada a convertirse en uno de los mejores personajes asimovianos.
Pero él aún no sabe nada de eso. Desde luego, lo desconoce en el momento en que se sienta a escribir un relato que titulará “Anochecer” y que parte de una premisa que Campbell le ha lanzado para que la recoja.
¿Qué harían los hombres si sólo pudieran ver las estrellas una vez cada mil años?, le preguntó el director de Astounding. Era una costumbre muy habitual en él: rumiar media docena de ideas y soltarle alguna de ellas al primer autor que pasara por su despacho en las oficinas de la revista. En esta ocasión, fue Asimov quien pasó por allí.
Y quien dijo, casi sin pensárselo: “Creo que enloquecerían”.
“Escribe un cuento sobre eso”, le dijo Campbell.
Y así fue. El resto, como se suele decir, es historia.
BIBLIOGRAFÍA:
- “Historia” (History). En Super Science Stories, marzo de 1941. Edición española más reciente: La Edad de Oro I (Plaza & Janés, 1988).
- “El sentido secreto” (The Secret Sense). En Cosmic Stories, marzo de 1941. Edición española más reciente: La Edad de Oro I (Plaza & Janés, 1988).
- “Razón” (Reason). En Astounding Science-Fiction, abril de 1941. Edición española más reciente: El robot completo (Alamut, 2008).
- “Herencia” (Heredity). En Astonishing Stories, abril de 194. Edición española más reciente: La Edad de Oro I (Plaza & Janés, 1988).
- “¡Embustero!” (Liar!). En Astounding Science-Fiction, mayo de 1941. Edición española más reciente: El robot completo (Alamut, 2008).
- “Anochecer” (Nightfall). En Astounding Science-Fiction, setiembre de 1941. Edición española más reciente: Cuentos completos (B, 1992).
- “Super Neutrón” (Super Neutron). En Astonishign Stories, setiembre de 1941. Edición española más reciente: La Edad de Oro I (Plaza & Janés, 1988).
- “No tan definitivo” (Not Final!). En Astounding Science-Fiction, octubre 1941. Edición española más reciente: Cuentos completos II (B, 1993).



