En los años setenta Asimov era el escritor que todos los editores españoles querían publicar, o eso parecía. Bruguera, Plaza & Janés, Alianza Editorial, Vértice, Edhasa… Fue Bruguera la que se llevó el gato al agua, al menos en lo que se refiere a su obra de ciencia ficción, seguida muy de cerca, seguramente, por Alianza, que no tardó en especializarse en sus libros de divulgación.
Así, durante esa década, Asimov fue un autor que parecía estar en todas partes en las librerías españolas. Y en los años ochenta, esa tendencia no pareció disminuir. Era el escritor de ciencia ficción que publicaban incluso los editores que no tenían el menor interés en publicar ciencia ficción. Y era el escritor de ciencia ficción conocido incluso por los lectores que no tenían el menor interés en leer ciencia ficción.
Durante más de veinte años, Asimov fue en España sinónimo de ciencia ficción. Los aficionados al género seguro que le veían de otro modo (aunque si lo pienso un poco, ¿cuántos se iniciaron en la ciencia ficción a través de la obra de Asimov en los años sesenta, setenta y buena parte de los ochenta?), pero en el ancho mundo que hay más allá del fandom, las cosas eran de otro modo. Si a un lego en el asunto le decías ciencia ficción, había muchas posibilidades de que su reacción fuera “Isaac Asimov” o, si estaba un poco más al loro, “Isaac Asimov y Arthur C. Clarke”.
El tiempo pasó y la situación no tardó en dar un vuelco. Vuelco que empezó a mediados de los ochenta y al que contribuyó, sin duda, la calidad como poco discutible de las novelas que Asimov publicó a partir de esos años.
Y, como los españoles tendemos a ser criaturas de extremos, Asimov no tardo en pasar de ser el autor de ciencia ficción, el hombre que con su sola presencia definía el género, a una nulidad literaria cuya importancia para el desarrollo de la CF había sido poco menos que irrelevante. Y esto no bastó. Ningunearlo no era suficiente; había también que odiarlo, como si nos hubiera hecho algo personal.
Porque los argumentos que se usaban para denostar a Asimov iban de lo puramente literario (lo cual tendría sentido, sin duda) a lo directamente peregrino. Rebatir su importancia como autor centrándose en sus carencias como escritor era un postura defendible y argumentable, pero negarle el pan y la sal con el razonamiento de que su “preponderancia pública”, por llamarla de algún modo, había oscurecido a autores realmente relevantes era tan estúpido como carente de sentido. Como si Asimov fuera responsable de que los editores (y hemos de suponer que también lectores, porque me cuesta creer que un empresario se tire veinte años vendiendo un producto que el público no quiere comprar) lo publicaran una y otra vez, o su popularidad más allá del género fuera producto de una conspiración por su parte para ningunear a los demás.
Si los editores consideraban a Asimov una apuesta segura y preferían publicarlo a él antes que probar suerte con otros autores… ¿era acaso culpa de Asimov? ¿Hace falta realmente hacer esa pregunta?
Confieso que en estos momentos no sé muy bien cuál es el estatus de Asimov entre los aficionados al género. Si tuvierámos un comportamiento mínimamente lógico habría alcanzado el lugar que realmente le corresponde: una figura de indudable valor histórico para entender la evolución de la ciencia ficción y un escritor competente con una obra interesante y algún hito destacable. Ni el gigante al que algunos adoraban ni la nulidad que otros querían ver, en cualquier caso.
Aunque sospecho que no tenemos un comportamiento mínimamente lógico y que los aficionados españoles siguen oscilando entre esos dos focos: adoración y desdén.
Fan, al fin y al cabo, viene de fanatic, no lo olvidemos. De hecho, durante muchos años ha habido unas cuantas personas, con cierta relevancia intelectual dentro del mundillo de aficionados, que han insistido en que no lo olvidásemos.
En lo que nunca insistieron, sin embargo, fue en el hecho evidente de que hay tantos fanáticos entre el sector más friki de los aficionados a la ciencia ficción, como en el más gafapasta. Pero eso ya es otra historia, me temo, y ni siquiera estoy seguro de que sea contada en otra ocasión.
El interés de Luis G. Prado por la obra de Asimov ya quedó patente en su momento cuando, a través de Bibliópolis, reeditó Bóvedas de acero. Fue, tal vez, un experimento, una manera de comprobar si aún había interés por parte de los lectores españoles hacia la obra de ciencia ficción del Buen Doctor.
Es evidente que esta edición de Alamut pretende ser lo más completa y coherente posible, agrupando las distintas obras de un modo que resulte pertinente reunirlas en un solo tomo y ofreciéndoselas al público a un precio nada desdeñable, teniendo en cuenta la cantidad de páginas por volumen de las que hablamos. Las nuevas traducciones y la uniformidad de estilo en el diseño de la publicación hacen que esta edición resulte especialmente interesante.
Sin embargo, Luis G. Prado se ha caracterizado, entre otras cosas, por ser capaz de pensar a largo plazo. Sin desdeñar éxitos de ventas inmediatos (al fin y al cabo, Alamut no es una ONG y pretende resultar rentable) se ha centrado en crear un fondo editorial que, mucho o poco, pueda seguir viendiéndose con el paso de los años.


