Asimov no tarda en notar que no puede mantener el ritmo de publicar una novela al año que sus editores le demandan. De hecho, escribir ficción está empezando a convertirse en algo cada vez más agotador y laborioso y, con su salud deteriorándose poco a poco, le cuesta mantener el ritmo.
La solución llega de manos de una especie de colaboración. Su amigo Robert Silverberg accede a tomar tres de los cuentos más famosos de Asimov y convertirlos en novelas. De ese modo, Asimov no tendrá que trabajar (su trabajo ya lo hizo con los relatos originales) y podrá darles a Doubleday lo que éstos quieren: nuevas de ciencia ficción con su firma, aunque en este caso sea compartida.
Las novelas serán tres, como hemos dicho, y se irán publicando escalonadamente en los siguientes años. Sólo dos de ellas lo hacen en vida del autor. La tercera, al igual que Hacia la Fundación, su último libro, lo harán póstumamente.
No se corre riesgo alguno con los relatos elegidos. Son, sin duda, tres de los cuentos de Asimov más famosos y mejor considerados por el público: «Anochecer», «El niño feo» y «El hombre del bicentenario».
Silverberg es un escritor hábil y con oficio (y con un dominio de las herramientas narrativas bastante superior al de Asimov), así que los resultados que obtiene a partir del material asimoviano no son malos. Cuando se limita a ampliar lo narrado por Asimov, a darle más detalle y profundidad a las situaciones, cumple sobradamente su propósito de darle más volumen a lo narrado y construir una historia más sólida. El problema es que con eso no es suficiente para engordar los relatos y convertirlos en novelas, al menos con los dos primeros, así que Silverberg se ve obligado a crear nuevas subtramas (en El niño feo, por ejemplo, nos cuenta que ha pasado con la tribu del niño neandertal o se embarca en narrar una intriga política contra la empresa que lo ha traído al presente) que, en realidad, aportan poco a lo narrado y vuelven el ritmo de las novelas un tanto moroso.
El resultado es agridulce. Supongo que para un lector que no conozca los relatos originales, no le parecerán malas novelas. Cuando la inevitable comparación surge, uno no puede por menos que echar en falta la concisión asimoviana y pensar que, con la ampliación a novela de las historias, se ha perdido algo por el camino.
Entretanto, eso le deja a Asimov las manos libres para centrarse en lo que, aunque aún no lo sabe, será su última novela de ciencia ficción. Aunque no será exactamente una novela. Pero de eso hablaremos en el próximo capítulo.