Toda historia de viajes en el tiempo tiene que enfrentarse, antes o después, con una situación que pueda producir una paradoja temporal. Y, al mismo tiempo, debe tener claro qué concepto del tiempo está manejando.
Podríamos decir que hay tres formas de verlo:
- El tiempo es uno e inalterable. Si alguien va al pasado y hace ciertas cosas es porque ya ha estado allí, y las ha hecho y, por tanto, no podrá alterar el presente.
- El tiempo es fluido: viajar al pasado alterará el presente y el futuro.
- Existen varios tiempos: cada vez que viajes al pasado e introduzcas en él nuevos elementos, eso creará una nueva línea temporal, divergente en ese momento de la conocida. Pero ambos tiempos serán “reales”, cada uno en su propio universo.
Asimov no tarda en decidirse por la segunda opción. Ir al pasado hace que el presente y el futuro cambien y los únicos que están libres del cambio son los Eternos, protegidos por el campo que rodea la Eternidad y que los mantiene, en cierto modo, fuera del universo. Ellos son los únicos que son conscientes de las distintas historias que ha tenido la humanidad, de las diferentes versiones del fluir temporal que ha habido.
Existe una excepción. No se viaja al momento anterior al establecimiento de la Eternidad. Una decisión motivada por la pura lógica. Cualquier viaje a esos tiempos podría causar que la Eternidad no naciera nunca, o que lo hiciera de un modo distinto.
Una vez establecido esto, el juego temporal alrededor del que gira toda la novela es precisamente ése: la posibilidad de que alguien viaje al pasado, en un momento anterior al nacimiento de la Eternidad, e impida el nacimiento de ésta. Unamos a eso que la propia organización tiene su origen en un bucle temporal (es un Eterno quien lleva al pasado el conocimiento de las ecuaciones necesarias para que el viaje en el tiempo sea posible) y que, por tanto, su existencia es tremendamente frágil. Los que están en el secreto deben encontrar al Eterno adecuado, hacerlo viajar al pasado sólo con la información imprescindible y esperar a que éste, varado en el tiempo, ponga por escrito lo que ha pasado para que, en el futuro, los primeros Eternos sepan lo que hay que hacer e inicien la siguiente iteración del bucle.
Ésa es la delicada estructura que Harlan amenaza con destruir a causa de su amor por Noys y de la posibilidad de perderla. Y ése es precisamente el “fin de la Eternidad” al que hace referencia el título de la novela. Un fin que, en la primera versión, Asimov no tuvo el valor o la visión de llevar a sus últimas consecuencias. Sólo aquí, en la novela, es capaz de llevar la historia hacia adelante tal como se merece y darle su conclusión lógica, casi diríamos que inevitable.
Hablábamos antes de paradojas.
La primera tiene que ver con el golpe de efecto de Harlan encontrándose consigo mismo y siendo consciente de ello solo en su segunda «encarnación». La historia es contada dos veces, y en cada ocasión usando el punto de vista —siempre sin abandonar la tercera persona narrativa— del Harlan del momento «actual» de la historia.
La primera vez el personaje oye un ruido y al volverse ve escabullirse un cuerpo. La segunda, Harlan está contemplándose a sí mismo, hace un ruido sin querer y se escabulle antes de que su yo anterior pueda verlo con claridad. La cuasi paradoja está contada con elegancia y sobriedad, y resulta uno de los mejores momentos de la novela y, quizá, lo más cercano al terror puro que Asimov ha sabido escribir.
Cuando Harlan oye un ruido no sabe que lo ha provocado su “yo futuro”. Es la segunda vez, cuando causa ese ruido, cuando comprende lo que ha pasado y el horror de la situación lo llena por completo, en una secuencia magistralmente narrada por Asimov.
Pero quizá el momento más conseguido sea el modo en el que un viajero en el tiempo varado en el pasado consigue hacer llegar su mensaje a la Eternidad: un simple anuncio en el periódico sobre valores en bolsa cuyo fondo es una explosión atómica. Eso, en un momento en que la primera bomba nuclear aún no había sido concebida es un elemento suficiente para llamar la atención a los Eternos y, al mismo tiempo, es un detalle tan nimio que sus contemporáneos no lo encontrarán fuera de lugar.
Ese momento que es, en realidad, el punto de partida de toda la historia en la mente de Asimov (ya lo hemos comentado más arriba) está engarzado con suma habilidad en medio de un largo clímax narrativo que no tardará en desembocar en la verdadera conclusión de la novela.
Harlan, al enviar al Eterno al pasado para que “cree” la Eternidad, lo ha mandado deliberadamente a un tiempo equivocado, confiando de ese modo en deshacer el bucle y destruir la organización para la que trabaja. Sin embargo, los cambios no son inmediatos; no mientras existan posibilidades, mientras haya más de una línea de acción. Es posible ir al momento al que el Eterno ha sido enviado y llevarlo al tiempo correcto, con lo que el bucle, con una pequeña alteración, seguiría intacto.
La discusión de esas posibilidades y el modo de encontrar al viajero perdido en el tiempo es, como hemos dicho, el punto más alto de la novela, donde las capacidades de Asimov para la especulación hábil en torno de una idea brillante y su uso de los diálogos como herramienta, no sólo de confrontación, sino también de narración y a veces de caracterización de personajes alcanza uno de sus mejores momentos.
Quizá los juegos con el tiempo que aparecen en El fin de la Eternidad no parezcan especialmente brillantes ni novedosos (o al menos no lo bastante “efectistas”), sobre todo si los comparamos con algunos de los relatos más famosos sobre el tema (si bien hay una trampa implícita en hacer una comparación así, como comentaré más adelante). Bien concebidos y narrados e insertados adecuadamente en la historia, estamos, sin embargo, muy lejos de tours de force como los de los relatos de Heinlein «Por sus propios medios» y el archiconocido «Todos vosotros Zombis». Pero todos los elementos del viaje en el tiempo que uno ve en la novela, cada paradoja y cuasi paradoja, cada encuentro con encarnaciones anteriores de uno mismo, cada bucle temporal, está perfectamente engarzado en la trama y al servicio de la misma, sin permitirse digresiones inútiles ni fuegos de artificio que aparten la atención del lector de la historia principal.
Añadamos que no es lo mismo escribir un relato sobre viajes en el tiempo que escribir una novela tratando el mismo tema. En el primer caso podemos hacer que toda la historia se justifique y exista única y exclusivamente por y para el giro final. Intentar hacer eso en el segundo caso sería un suicidio literario. Cuento y novela son géneros tan distintos (por mas que siga habiendo lectores —y autores— convencidos todavía de que la única diferencia es la longitud en páginas que ocupan) que lo que en un terreno funciona difícilmente lo hará en otro.
El punto de partida que Asimov usó para su novela (el anuncio imposible del que antes hablábamos) podría haber servido para justificar un relato corto, pero sería casi imposible escribir una novela con él como única premisa. Así, tratando de justificar cómo y de qué manera un anuncio así podría haber sido publicado, Asimov construye toda una organización dedicada a velar por el correcto funcionamiento del fluir temporal, la diseña de forma metódica y lleva ese diseño hasta sus últimas consecuencias. De este modo, lo que en origen no era más que una idea sugerente sobre una posible paradoja temporal termina convirtiéndose en una de las mayores sistematizaciones del viaje en el tiempo que ha conocido la ciencia ficción.
BIBLIOGRAFÍA:
- “El fin de la Eternidad” (The End of Eternity). En The Alternate Asimovs, Doubleday, 1986. Edición española más reciente: Cuentos paralelos (Martínez Roca, 1987).
- El fin de la Eternidad (The end of Eternity). Doubleday, 1955. Edición española más reciente: La Factoría de ideas, 2007.