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Mineros y madres

Posted on Lunes 27 Abril 2009

En 1952 Asimov sólo publica cuatro relatos. Claro que teniendo en cuenta que ese mismo año aparecen dos novelas (la primera de Lucky Starr y Las corrientes del espacio), por no mencionar que poco a poco va orientando su carrera hacia la divulgación científica, tampoco podemos decir que estuviera ocioso.

El más flojo de esos relatos es “Juventud” donde lo que parecen dos jóvenes campesinos encuentran a unos extraterrestres diminutos y deciden exhibirlos en una feria. Al final, y en contra de lo que llevábamos pensando durante todo el cuento, descubrimos que los dos jóvenes son en realidad alienígenas y que los diminutos extraterrestres son los humanos.

Es lo que, en esos tiempos, se llamaba un cuento de “inversión de ideas” y que consistía básicamente en tomar un lugar común y darle la vuelta, convirtiendo de ese modo lo cotidiano en inesperado.

Asimov juega sus cartas con cierta habilidad: jamás identifica a nadie por el nombre (los dos jóvenes extratrerrestres siempre son llamados por un apodo sin que eso nos parezca raro) y a lo largo de todo el relato éste se mueve por un terreno ambiguo que sólo se decanta hacia un lado concreto en la conclusión.

Lo que no hace totalmente redonda la historia es que los extraterrestres son tan humanos en sus actitudes y comportamientos (es parte, evidentemente, del truco que permite que el lector no descubra demasiado pronto lo que pasa) que cuando descubrimos que no son humanos no termina de resultar creíble.

* * *

“Alternativas” tiene un origen curioso. Asimov viajaba en tren con su mujer cuando ésta le hizo la pregunta tópica e inevitable que tarde o temprano se le acaba haciendo a todo escritor: ¿de dónde sacas tus ideas?

-De cualquier sitio -fue la respuesta-. Podría sacar un cuento de un viaje en tren, como éste.

-Hazlo -le retó su esposa.

El resultado fue “Alternativas”, una historia fantástica con ribetes románticos que es un raro capricho en la narrativa breve asimoviana. Por un lado, como hemos dicho, es un cuento fantástico, no de ciencia ficción. Y, por el otro, gira alrededor de una historia de amor y de cómo ésta podría haberse desarrollado si se hubieran cambiado minúsculos detalles en el pasado de los implicados.

El cuento funciona, y bastante bien. Tiene una cierta atmósfera de comedia romántica de Hollywood que le va como anillo al dedo y juega con habilidad con los distintos “¿y si?” (ése es el título original del relato, de hecho) y las diferencias entre lo que ocurrió de verdad en el pasado de los personajes y lo que van viendo en esos pasados alternativos.

Ya que se trata de una comedia romántica, todo desemboca en un final feliz, y se llega a la conclusión de que, aunque las cosas hubieran sido distintas, los dos protagonistas habrían terminado igualmente enamorados. Quizá un Asimov menos deseoso de complacer a su mujer (está claro que ella es su público en ese momento, que va hilvanando sobre la marcha el cuento para ella y que ella es el espectador al que quiere cautivar) habría concluido el relato de otro modo. Pero la forma a la que se llega al final no resulta forzada, por lo que tampoco molesta en exceso ni parece uno de esos finales felices postizos tan habituales en cierto cine de la época.

* * *

La relación de Asimov con Horace L. Gold fue siempre tormentosa, por decirlo de algún modo. Asimov lo respetaba como editor, pero cada vez le resultaba más difícil tratar con él. En parte por los modales bruscos de Gold (un hombre que tenía serios problemas de comportamiento incluyendo, entre otras manías, una intensa agorafobia y ciertos toques de misantropía) y en buena medida por las continuas revisiones a las que estaba empeñado en someter los cuentos que Asimov le presentaba.

Cuando éste encontraba adecuadas sus sugerencias, no tenía ningún problema en aceptarlas. Pero en otros casos le parecía que Gold cambiaba las cosas simplemente por el afán de cambiarlas, pura y simplemente para demostrar que era el director de la revista y su palabra era la ley.

Asimov le presentó “A lo marciano”, donde se narra la historia de un grupo de colonos marcianos que, ante la amenaza de que la Tierra les corte el suministro de agua, deciden buscarse la vida por su cuenta y traer el líquido de los asteroides. A Gold le gustó el cuento, pero le disgustaba la ausencia de toda presencia femenina en él. Así que no dejó de importunar a Asimov para que éste introdujera una mujer en el relato.

Lo cual era una estupidez, pensaba el autor. La trama no pedía ningún personaje femenino, no era necesario, no hacía falta. Sin embargo, cede e introduce una mujer: la esposa de uno de los protagonistas, que es el arquetipo (casi la parodia en este caso) de la típica esposa gruñona y metomentodo. Cuando Gold ve el relato corregido no está nada contento, porque no era ése el tipo de personaje femenino que él quería. Pero tiene que aguantarse y aceptar el cuento: al fin y al cabo, el autor ha respetado punto por punto la letra del pacto.

(Digamos, de paso, que la figura de Horace L. Gold fue bastante fructífera en lo literario para Asimov. No sólo escribirá un cuento, “El dedo del mono”, que tiene como punto de partida las discusiones con el director de Galaxy, sino que crea toda una sociedad inspirada en sus tendencias agorafóbicas en Bóvedas de acero, por no mencionar que Gold será el modelo para un personaje secundario de su novela El sol desnudo, como veremos en su momento.)

“A lo marciano” es interesante por otro motivo. La figura del político terraqueo que desencadena la acción, un individuo claramente cerril, fanático y de ademanes populistas, que alimenta con sus acciones la paranoia de la Tierra, está inspirada en un personaje real: el senador McCarthy, líder e impulsor de la caza de brujas anticomunista en los años cincuenta. Asimov sentía un profundo desagrado por McCarthy y en “A lo marciano” intenta dibujar un personaje lo más odioso posible inspirado en el senador. Años después se lamentaría de que nadie parecía haberlo notado.

* * *

“Lo profundo” es una nueva muestra de lo bien que Asimov sabe crear no sólo seres extraterrestres, sino la biología que hay tras ellos y las sociedades que construyen.

El impulso inicial que hay tras este relato es mostrar una sociedad en la que el amor materno-filial es contemplado con horror como una aberración. Pero enseguida el cuento despega de ese impulso y nos embarca en la misión de una civilización agonizante en busca de un nuevo lugar donde vivir.

Como de costumbre, sus extraterrestres son impecables, pues no resultan humanos ni en lo físico ni en lo psicológico y, al mismo tiempo, sus acciones tienen lógica interna, son coherentes y resultan creíbles de acuerdo a lo que el autor nos muestra de ellos.

Tiene, además, la virtud de que en cierto momento se muestra a los humanos desde los ojos de los extraterrestres y la visión resulta totalmente aterradora. Esa capacidad para ver las cosas desde más de un ángulo y presentar ambos con la misma habilidad es, sin duda, una de las principales marcas de fábrica de Asimov como escritor y gracias a ella es capaz de plantear conflictos realmente complejos haciendo que nos resulte sencillo comprenderlos y asimilarlos.

Podríamos decir que en “Lo profundo” se da un nuevo giro de tuerca a una de las características principales de Asimov como narrador. Si en sus obras tiende a no haber ni héroes ni villanos, en este cuento se diría que no hay ni humanos ni extraterrestres, toda vez que es capaz de mostrar ambas culturas desde su propio punto de vista y con sus propias motivaciones. El lector se identifica y empatiza sin problemas tanto con terrestres como con alienígenas y posiblemente lo haga más con estos últimos. Al fin y al cabo, son los verdaderos protagonistas de la historia.

Quizá sea estirar demasiado el argumento, pero no puedo por menos que pensar que en “Lo profundo” está el embrión de algunos aspectos de Los propios dioses. Cierto que la especie extraterrestre nunca es descrita en detalle, pero el entorno en el que viven (en enormes cuevas en el subsuelo de su planeta mientras su sol va lentamente apagándose) y el hecho de que necesiten, en cierto modo, la ayuda involuntaria de la humanidad para salvarse, son dos puntos de contacto con los para-hombres que aparecerán en la que muchos consideran su mejor novela.

BIBLIOGRAFÍA:

  • “Juventud” (Youth). En Space Science Fiction, mayo 1952. Edición española más reciente: A lo marciano (Martínez Roca, 1990).
  • “Alternativas” (What if…?). En Fantastic Story Magazine, verano 1952. Edición española más reciente: Cuentos completos (B, 1992).
  • “A lo marciano” (The Martian Way). En Galaxy Science Fiction, noviembre 1952. Edición española más reciente: Cuentos completos II (B, 1992).
  • “Lo profundo” (The Deep). En Galaxy Science Fiction, diciembre 1952. Edición española más reciente: Cuentos completos II (B, 1992).
© 2009, Rodolfo Martínez



El ranger del espacio

Posted on Lunes 20 Abril 2009

Doubleday se le acerca a Asimov con una propuesta. Una cadena de televisión tiene pensado producir un programa de ciencia ficción para jóvenes y quieren que un autor del género escriba varias novelas que les puedan servir de punto de partida (suponemos que para usar el escenario y los personajes) y, de paso, promocionar la serie.

Asimov acepta. La idea de escribir para jóvenes le gusta y, si el programa televisivo tiene éxito, eso puede ayudar a que las novelas se vendan mejor. Sin embargo Asimov no tiene la menor confianza en los medios de comunicación audiovisuales y es muy posible que la serie de televisión termine siendo una auténtica chapuza, así que toma la decisión de usar un pseudónimo para estas novelas.

La primera, David Starr: ranger del espacio, aparece en 1952 firmada por Paul French. Y a partir de ahí, Asimov irá publicando puntalmente una al año (excepto en 1955), hasta llegar a Lucky Starr y los anillos de Saturno, aparecida en 1958.

De hecho, este libro de Lucky Starr será la última novela de ciencia ficción que escriba Asimov hasta Viaje alucinante en 1966, adaptación de la película del mismo título. Y dado que ésta es una novelazación, podríamos decir que Lucky Starr y los anillos de Saturno es la última novela de ciencia ficción enteramente original de Asimov hasta la aparición en 1972 de Los propios dioses.

Aunque, como hemos dicho, las novelas aparecen originalmente con pseudónimo, con el tiempo serían reeditadas bajo el nombre de Asimov. En realidad, éste no debería ni haberse molestado en usar un pseudónimo ya que la supuesta serie de televisión basada en sus novelas nunca llegó a realizarse. Lo cual, teniéndolo todo en cuenta y considerando cómo era la televisión en los años cincuenta es muy posible que fuera una suerte.

* * *

Las novelas de Lucky Starr son lo que son: aventuras sencillas, sin grandes complicaciones, destinadas fundamentalmente a un público juvenil. La trama es simple, el misterio que hay que resolver a menudo es totalmente obvio y los personajes están más bosquejados que otra cosa. Sin embargo, las novelas tienen un ritmo más que adecuado y la peripecia que narran es lo bastante interesante para que se conviertan en un pasa-páginas entretenido e intrascendente.

Como literatura juvenil (digamos para pre-adolescentes o, como mucho, jóvenes en los primeros años de la adolescencia) son una lectura amena e interesante. No resultan especialmente memorables (lo que sin duda no son es una lectura impactante) pero cumplen su objetivo sin problemas. A lo que habría que añadir el evidente componente didáctico de la serie: cada una de las aventuras se desarrolla en un lugar distinto de nuestro sistema solar y Asimov aprovecha para, sin interrumpir nunca el fluir narrativo con ladrillos de información, ilustrar a sus jóvenes lectores sobre las características y maravillas de cada uno de los planetas.

Por desgracia, parte de esa información ha sido superada por los avances científicos de años posteriores y nuestro mejor conocimiento y comprensión del sistema solar, pero eso no es culpa de Asimov, evidentemente. Y siguen siendo una buena forma para un niño de introducirse, no sólo en la ciencia ficción, sino en la misma ciencia y el conocimiento del universo.

* * *

Curiosamente, el escenario en que se ambientan estas novelas casi podría ser el mismo de los cuentos y posteriores novelas de robots. Están presentes los robots positrónicos y las leyes de la robótica, y se menciona a las colonias espaciales de la Tierra. El único detalle de ambientación que las hace no encajar con ese decorado es la presencia de inteligencias extraterrestres.

En cierto modo, son quizá un producto atípico dentro de la obra asimoviana. Por un lado, hay bastante más acción directa que en las novelas para adultos de Asimov, y la estructura de la mayoría de las historias (sin abandonar nunca, eso sí, el componente de misterio y de intriga) beben más del western que de ningún otro género.

Vistas hoy, estas novelas tienen más de curiosidad que de otra cosa. No están entre lo mejor de Asimov, pero tampoco son de lo peor que ha escrito. Tienen ciertas características que las hacen interesantes de por sí y, pese a que su parte científica no ha envejecido demasiado bien, siguen funcionando en cierta medida como “viaje turístico” por el sistema solar.

Lo que aportan al corpus asimoviano es más bien poco, ya que no destacan en casi ningún aspecto, ni por su calidad ni por su falta de ella. Pero sin duda en su momento fueron un ejercicio interesante para el autor y lo ayudaron a ir puliendo sus dotes narrativas como novelista.

BIBLIOGRAFÍA:

  • David Starr: ranger del espacio (David Starr: Space Ranger). Doubleday, 1952. Edición española más reciente: B, 1992.
  • Lucky Starr y los piratas de los asteroides (Lucky Starr and the Pirates from the Asteroids). Doubleday, 1953. Edición española más reciente: B, 1992.
  • Lucky Starr y los océanos de Venus (Lucky Starr and the Oceans of Venus). Doubleday, 1954. Edición española más reciente: B, 1992.
  • Lucky Starr y el gran sol de Mercurio (Lucky Starr and the Big Sun of Mercury). Doubleday, 1956. Edición española más reciente: B, 1992.
  • Lucky Starr y las lunas de Júpiter (Lucky Starr and the Moons of Jupiter). Doubleday, 1957. Edición española más reciente: B, 1992.
  • Lucky Starr y los anillos de Saturno (Lucky Starr and the Rings of Saturn). Doubleday, 1958. Edición española más reciente: B, 1992.
© 2009, Rodolfo Martínez



Hacia la independencia económica

Posted on Domingo 12 Abril 2009

En 1952 Asimov empieza a comprender que ganarse la vida dedicándose en exclusiva a la literatura es algo más que una posibilidad. Sus ingresos escribiendo ciencia ficción ya alcanzan (si no rebasan) su exiguo sueldo como profesor de bioquímica en la Universidad de Boston, y además ha empezado a diversificar sus actividades literarias.

Poco a poco va dándose cuenta de que escribir artículos de divulgación puede ser un trabajo tan gratificante como dedicarse a la ficción y, de hecho, a medida que pase el tiempo descubrirá que lo primero le resulta más fácil y agradable que lo segundo.

Tras escribir un libro de texto de bioquímica con otros dos compañeros de la Universidad (que no le deja muy contento y además es un fracaso de ventas) Asimov siente la necesidad de seguir haciendo algo en esa línea. Pero no tanto textos científicos destinados a un público con formación científica, sino artículos divulgativos para el público en general.

Aprovechando que Astounding de vez en cuando publica algún material de ese estilo, empieza a escribir algunos y a publicarlos. Algo después, Anthony Boucher, director de The Magazine of Fantasy & Science Fiction, le pide una columna fija de ciencia para su revista y Asimov inicia ya de forma decidida una actividad que ya no abandonará jamás y que, con el tiempo, se irá convirtiendo en su principal fuente de ingresos.

A medida que transcurren los años va pasando de los pequeños artículos de divulgación a los libros de ensayo y no tarda en convertirse en la figura dominante en el campo de la divulgación científica gracias en buena medida a su forma directa de explicar las cosas y a su estilo llano y campechano, que convierte siempre en comprensibles las más abstrusas materias científicas. No hay que menospreciar tampoco lo prolífico de su producción, pues Asimov no tarda en convertirse en una auténtica máquina de escribir, como si pasara las veinticuatro horas del día pegado al teclado sin hacer otra cosa.

Y algo de eso hay, ciertamente.

De momento, dedicarse a la literatura científica tiene una consecuencia negativa en su entorno académico: cada vez descuida más las tareas de laboratorio (aunque nunca las clases, que para él son un placer) y de hecho es llamado al orden en más de una ocasión. Su respuesta, una de esas veces, es sintomática:

-Soy un buen escritor científico. Pretendo convertirme en el mejor escritor científico del mundo y, como tal, mi reputación sin duda beneficia a la Universidad de Boston. Como investigador soy mediocre. Y lo último que necesita esta universidad es otro investigador mediocre más.

Aquello no le granjeó precisamente las simpatías de algunos de sus colegas. De momento estaba a salvo, porque tanto su jefe directo como el decano sentían simpatía por él y lo apoyaban. Pero eso cambiaría y acabaría desembocando en la ruptura definitiva de Asimov con la Universidad de Boston.

Que no fue tan definitiva, en realidad.

Llega un momento (el decano se ha jubilado y su sucesor no ve con tan buenos ojos a Asimov) en que ya no se trata de una llamada al orden. Por su reiterado abandono de sus funciones como investigador, la universidad amenaza con dejarlo sin sueldo. Despedirlo, en suma.

Para entonces el aspecto económico le importa bien poco y si Asimov no responde a esa amenaza con un “pueden meterse el sueldo por donde les quepa” es por pura educación. Pero lo de despedirlo es otra cosa.

Unos años atrás ha ascendido al rango de “profesor asociado” y no piensa renunciar a él. Se lo ha ganado y se lo merece. Así que les dice a sus superiores que de acuerdo, que no cobrará ni dará más clases, pero su título de Profesor Asociado de Bioquímica de la Universidad de Boston es suyo y no pueden quitárselo. Ellos dícen que sí y él insiste que no, lo que los lleva a un litigio que durará algunos años y que Asimov terminará ganando.

Se va de la universidad, pero conserva su título.

En cierto modo, era lo mejor que podía haberle pasado. Aunque para esa época su sueldo como profesor es una gota en el océano de sus ingresos, es algo fijo y seguro que le da estabilidad psicológica. Al fin y al cabo, piensa, cada libro es como empezar de nuevo. Nadie le asegura que su popularidad se vaya a mantener siempre: a un éxito puede seguirle un fracaso y a éste, otro. Así que, aunque ya no necesita su sueldo como profesor, sigue aferrándose a él por la tranquilidad que le proporciona.

Cuando la universidad, literalmente, le da la patada, le está haciendo un favor. A partir de ese momento se dedica por entero a la literatura, lo que implica más tiempo para escribir y, por tanto, más libros en el mercado. Y más dinero.

Hay una anécdota de esos últimos años en la Universidad de Boston, cuando Asimov lucha por conservar su título de profesor asociado, que no puedo por menos de reseñar. Un colega le manifiesta que admira su integridad y su independencia y el modo en que está dispuesto a luchar hasta el final.

Asimov se encoge de hombros y dice:

-No tiene ningún mérito. Puedo resumirte en dos palabras la clave para la independencia académica.

-¿Cuáles?

-Ingresos externos.

© 2009, Rodolfo Martínez



Polvo de estrellas

Posted on Lunes 6 Abril 2009

Cuando se sienta a escribir lo que será su segunda novela, Asimov comete uno de los errores más habituales en los novelistas primerizos: tratar de impresionar.

Al contrario que Un guijarro en el cielo (donde Walter Bradbury contrata el libro tras haber leído la novela corta original) ahora Doubleday sólo le paga una opción sobre la novela y no firmará el contrato definitivo hasta no haber leído, por lo menos, varios capítulos de lo que el autor lleva escrito. Una práctica, por otro lado, que no es infrecuente en el mundo editorial.

Cuando escribió Un guijarro en el cielo, Asimov no sentía presión alguna. Tenía el relato original y el compromiso de publicación por parte de Doubleday y se limitó a corregir algunos defectos menores en la forma de escribir la historia y a alargarla hasta la longitud de una novela.

Pero ahora ya era un novelista publicado, y eso significaba que su segundo trabajo debía estar por lo menos a la altura del primero y, si eso era posible, superarlo.

La consecuencia es que Asimov empieza a escribir lo que acabaría siendo Polvo de estrellas en un estilo artificioso, intencionadamente “literario” (en el peor sentido posible de la palabra) y con un claro deseo de impresionar y demostrar lo bien que podía hacerlo.

El resultado es bastante desastroso, como cabe suponer. Tras leer los primeros capítulos, Bradbury le pregunta a Asimov:

-¿Sabes cómo escribiría Hemingway: “El sol salió a la mañana siguiente”?

Asimov dice “no” y se prepara para una larga charla sobre metáforas, adjetivación y un lenguaje rico, culto y elaborado. La respuesta de Bradbury, sin embargo es:

-Pues diría: “El sol salió a la mañana siguiente”.

La pulla no cae en saco roto. Asimov enseguida comprende lo que su editor quiere decir y vuelve sobre el manuscrito, que ahora reescribe en su estilo habitual: sencillo, sin florituras y directo. A partir de ese momento, Asimov siempre tendrá claro (en el fondo lo sabía, pues era lo que inconscientemente había ido haciendo relato tras relato) que la sencillez es la mejor opción, a menos que la complejidad esté justificada por motivos estrictamente narrativos. Que, en suma, siempre es preferible decir “jarrón verde” en lugar de “búcaro glauco”. El lenguaje, en las manos del escritor (así lo ve Asimov), no debe ser otra cosa que una herramienta al servicio de lo que se cuenta, nunca un fin en sí mismo: las palabras elegidas para narrar la historia deben estar destinadas a hacerla más comprensible y asimilable por el lector (tanto intelectual como emocionalmente) y nunca deben convertirse en los protagonistas de lo que se escribe. Son, como ya he dicho, herramientas.

Años después Asimov escribiría un artículo, “El vidrio de ventana y el vitral de iglesia”, donde reflexionaría sobre esos temas y expondría sus ideas al respecto. Con el tiempo, no solo reeditaría ese artículo uno de sus libros de ensayo,  sino que acabaría convirtiéndose en uno de los capítulos de su autobiografía póstuma, I, Asimov (publicada en nuestro país, por cierto, con el originalísimo título de Memorias).

Entretanto, Horace L. Gold había decidido publicar Polvo de estrellas en su revista Galaxy, serializada en tres números. Y le sugirió (más bien le ordenó, teniendo en cuenta el modo de ser de Gold) que incluyera en la novela una subtrama que tuviera como elemento detonante la Declaración de Independencia de Estados Unidos. A Asimov la idea no le gustaba nada, básicamente porque pensaba que no aportaba nada a la historia y le parecía ridículo que, en una novela ambientada en un remoto futuro en un escenario espacial, alguien recordase un antiguo documento terrestre. Sin embargo, Asimov quería el dinero que podía reportarle la serialización de la novela (previa a su publicación en libro) en la revista de Gold, así que acabó accediendo.

Se tomó la molestia de introducir la subtrama de modo que, llegado el momento de la edición definitiva de Polvo de estrellas, esas secuencias pudieran eliminarse sin afectar al resto de la novela, y así se lo dijo a Bradbury. Para su sorpresa, a éste no le pareció mal el asunto y decidió que no había problema en mantener esa subtrama. Así, cuando aparece el libro en Doubleday, las referencias a la Declaración de Independencia están en la novela.

Eso (unido al hecho de verse obligado a reescribir los primeros capítulos) hizo que Asimov siempre sintiera más bien poco aprecio por ella. De sus primeras novelas, es sin duda la que menos la gusta y de la que menos habla, ya sea en sus autobiografías o en los comentarios con los que salpica, aquí y allá, sus recopilaciones de cuentos.

* * *

Pero, ¿es Polvo de estrellas tan mala?

En realidad, no.

No es una novela mucho mejor que Un guijarro en el cielo, aunque sí un poco. No tiene los problemas de ritmo de ésta y, por otro lado, su estructura (montada claramente como un relato de misterio) hace que resulte una lectura bastante más amena y, en general, más satisfactoria.

No es un enorme salto adelante en la carrera de Asimov como novelista, pero sí que se le nota como un autor más seguro de sí mismo y de sus posibilidades que, poco a poco, va afinando y mejorando lo que hace.

Lo que, de hecho, es una característica común en toda su obra: jamás avanza a saltos. No pasa de repente de ser un autor medio interesante a una de las primeras figuras del género en su época. Sino que poco a poco, relato a relato, va mejorando y convirtiéndose en un nombre a tener en cuenta. De hecho, su evolución es tan paulatina que seguramente ni él ni los lectores la perciben. Su progresión es constante y apenas perceptible, pero está ahí.

Con sus novelas pasa otro tanto. Un guijarro en el cielo no es una obra redonda, ni tampoco Polvo de estrellas. Pero cada una es un poco mejor que la otra, al igual que Las corrientes del espacio será algo mejor que Polvo de estrellas.

Así, cuando llega su momento de madurez y escribe sus dos mejores novelas de esa época, uno ni se da cuenta: de obras irregulares aunque interesantes ha pasado en unos pocos años a novelas sólidas, bien planteadas y desarrolladas,  con un ritmo impecable, una dosificación de los acontecimiento prácticamente perfecta y una estructura armada a la perfección.

* * *

Al igual que Un guijarro en el cielo, Polvo de estrellas describe una situación de tiranía y los intentos de los oprimidos por librarse del opresor. Y al igual que ella, tiene como escenario de fondo un amplio fresco galáctico con una civilización humana vital y expansiva que ha colonizado (o está en ello) cuantas estrellas alcanzan la vista.

Pero mientras que Un guijarro en el cielo circunscribía toda su acción a un único planeta, aquí vamos saltando de uno a otro en una huida un tanto desbaratada que acaba, en realidad, dejando a los personajes en el mismo lugar del que han partido. Asimov usa el movimiento físico de sus personajes para hacer que la propia historia se mueva, un recurso muy habitual (sobre todo en autores primerizos) que, bien llevado, es una forma sencilla y eficaz de hacer avanzar la historia. En este caso no está mal llevado: nos da tiempo para ir tomando contacto con los distintos personajes y el modo en que se relacionan, nos permite ir conociendo cada vez mejor el escenario en el que se ambienta la acción y nos hace comprender poco a poco lo que está pasando y hacia dónde puede desembocar todo.

Un recurso fácil, tal vez, pero efectivo.

Lo más interesante de la novela, sin embargo, y lo que la hace ser algo más que un una simple aventurita espacial,  es la situación política de opresión que describe; rasgo que vuelve a compartir, de nuevo, con Un guijarro en el cielo (y que compartirá también con Las corrientes del espacio).

A primera vista, sin embargo, parece que ahora estamos ante una situación sin ambigüedades morales: los tiranos opresores son, en efecto, tiranos y sin duda oprimen; y los esforzados luchadores por la libertad están imbuidos de los más altos ideales.

Pero, a medida que se va desarrollando la historia, vemos que no todo es tan simple y, de hecho, a lo largo de la novela nuestras simpatías empiezan a ir hacia un personaje un tanto atípico. Hablo de Simok Aratap, que podría haberse convertido con facilidad en un malo de opereta, pero que nos es presentado como un individuo sensato, inteligente y con sentido del humor (características de las que está mucho mejor dotado que el protagonista) que, simplemente, está buscando lo mejor para su patria. Y, aunque no vacilará en destruir a quien se interponga en su camino, llegado el caso preferirá buscar una solución de compromiso que no suponga un derramamiento inútil de sangre. Seguro que no lo hace por un compromiso ético, sino por puro pragmatismo, pero incluso en eso se nos revela mucho más creíble (y nos resulta más fácil empatizar con él) que Biron Farril, el “heroico” personaje central de la novela.

Que en realidad, tiene poco de heroico: a lo largo de toda la historia Farrill es un personaje que se deja llevar una y otra vez por los acontecimientos y que, en ocasiones, recuerda a esos personajes de Hitchock envueltos en tramas que no comprenden y en las que han caído sin saber cómo ni por qué. Así, Farril sería una suerte de versión galáctica del Cary Grant de Con la muerte en los talones (aunque carece, por desgracia, del encanto y la ironía del Roger Thornhill que Grant interpreta en la película de Hitchcock).

Y, por último, Asimov hace algo muy similar a lo que había hecho unos años atrás en “El Mulo”: presentarnos a un personaje que, en apariencia, no despierta más que lástima y que es una suerte de ruina humana para, en el último momento, dar un giro a toda la situación y mostrarnos que es la inteligencia rectora que está detrás de todo y el verdadero responsable de cuanto ha ocurrido.

Polvo de estrellas es una novela modesta, sin duda, tanto en sus intenciones como en sus resultados. Pero la trama de misterio está bien vertebrada, los personajes (especialmente los secundarios y, sobre todo, el villano) se nos hacen enseguida interesantes y la resolución del misterio está a la altura de las expectativas creadas.

En resumen, no deslumbra pero no defrauda. Y, sin duda, Asimov se muestra como un narrador bastante más seguro y más hábil que en su anterior novela.

Un paso más hacia sus obras de madurez, por tanto.

BIBLIOGRAFÍA:

  • Polvo de estrellas (The Stars, Like Dust). Doubleday, 1951. Edición española más reciente: Trilogía del Imperio (Bibliópolis, 2007).
© 2009, Rodolfo Martínez



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