Solo o en compañia de otros

Uno de los apoyos fundamentales durante los primeros años de Asimov, cuando intenta abrirse camino en el mundo editorial, es el de su amigo Frederick Pohl. Hasta este momento he hablado poco de él y, desde luego, no le he dado a su figura la relevancia que se merece.

Parece buena idea hacerlo ahora, cuando llegamos a 1950. No sólo porque, como veremos más adelante, éste es un año fundamental para Asimov como escritor, sino porque es ahora cuando ven la luz dos cuentos que había escrito unos años antes en colaboración con Pohl.

Así que retrocedamos un poco.

A finales de los años treinta los jóvenes aficionados americanos a la ciencia ficción están empezando a organizarse, dando los primeros pasos en la formación de lo que no tardará en llamarse fandom. Uno de estos grupos se forma en Nueva York y, usando como plataforma las revistas de la época, convoca a una reunión a todos aquellos que estén interesados.

Para cuando Asimov acude a la reunión no sabe que ha habido una escisión en ese primer grupo de aficionados (pocos y mal avenidos, como se ve, en todas partes cuecen habas) y que él no está yendo a la reunión convocada por el grupo original sino por los “disidentes”.

No tarda en enterarse, pero no le importa.

Esa escisión se da el nombre de “Los Futurianos” y aglutina a los que serán algunos de los más importantes escritores de ciencia ficción de los próximos años.

Y, entre ellos, está la pareja (literaria, se entiende) formada por Frederick Pohl y Cyril Kornbluth. Los dos serán responsables de un clásico indiscutible como Mercaderes del espacio, por ejemplo, y tendrán una carrera nada desdeñable por separado. Quizá su característica más definitoria sea una evidente preocupación por la especulación social y, de hecho, Kornbluth es bastante radical en muchos de sus planteamientos. Baste mencionar novelas como El síndico o relatos como “La marcha de los imbéciles” (cuya idea de base ha sido aprovechada no hace mucho por la fallida película Idiocracia). La propia Mercaderes del espacio es, posiblemente, uno de los ataques más feroces a la economía de mercado y el capitalismo sin control que haya hecho la ciencia ficción en toda su historia.

Kornbluth, tal como lo describe Asimov, era un individuo inteligente, incluso brillante, pero de carácter más bien hosco y bastante retraído. No se llevan bien, algo que Asimov siempre lamentará, pero contra lo que no puede hacer nada, en parte a causa del prematuro fallecimiento de Kornbluth pocos años después.

Con la otra mitad del tándem, sin embargo, las cosas son muy distintas. Asimov y Pohl congenian enseguida y seguirán siendo amigos durante toda la vida.

Pohl es un “culo inquieto”, podríamos decir, que no para de intentar nuevas cosas y no pasa mucho tiempo antes de que pruebe distintas iniciativas; como, por ejemplo, convertirse en agente literario de algunos de sus amigos. Asimov, que nunca ha sido partidario de ese tipo de cosas, confía en Pohl, sin embargo, y deja que intente venderle algunos de sus relatos.

Su éxito es, digámoslo así, moderado.

Sin embargo, lo que no consigue hacer como agente terminará haciéndolo como editor. Porque Pohl se convierte en director de Astonishing, una de las revistas de la época, y no tarda en publicarle a Asimov algunos de sus primeros relatos.

Podemos decir que ese apoyo es fundamental en esos primeros momentos, mientras el jovencísimo Asimov intenta desesperadamente abrirse un hueco, con la meta final de aparecer en la Astounding de Campbell. Entre que lo consigue y que no, la publicación de su material en otras partes (entre ellas la Astonishing de Pohl) es un acicate importante para seguir con su empeño.

Y, con el tiempo, llegarán a colaborar juntos literariamente. Se trata de dos cuentos de fantasía, un género que Asimov apenas tocará durante su carrera pero por el que siempre se sintió atraído. Campbell, una vez que su Astounding parece asentada comercialmente y siempre pensando en diversificar el mercado, no tarda en lanzar una revista llamada Unknown, que aspira a ser a la fantasía (una fantasía adulta y con ciertas intenciones de sofisticación) lo que Astounding es a la ciencia ficción.

Por supuesto, Unknown se convierte en otra de las metas de Asimov e intentará a lo largo de los años aparecer en las páginas de la revista. Cuando parece que va a hacerlo, la publicación cierra (se vende menos y es más cara de realizar que su gemela) y el cuento queda varios años por el limbo, vendido pero no publicado. Ya hablaremos de ello más adelante.

Dos de los relatos con los que Asimov intentó entrar en las páginas de Unknown fueron escritos en colaboración con Fredrick Pohl (aunque éste prefirió usar el seudónimo de James McCreigh, no sé muy bien por qué). Durante un tiempo rodaron por aquí y por allá, hasta que, finalmente Pohl consiguió colocar ambos el mismo año.

El primero, “El hombrecillo del metro”, aparece en Fantasy Book, una antología de fantasía, en enero de 1950.

Se trata, en realidad, de un relato de Pohl, que Asimov revisó a petición de su amigo. El resultado de esta colaboración entre ambos no es malo del todo: una historia de fantasía con ciertos toques humorísticos en general bien llevada y que no decepciona. No es ni de lo mejor de Pohl ni de lo mejor de Asimov, pero no es un mal relato.

El otro cuento, “Ritos legales”, aparece en las páginas de Weird Tales (la revista emblemática de fantasía y terror, donde H. P. Lovecraft y Robert E. Howard publicarían buena parte de su obra, entre otros autores) y es la única vez que Asimov se cuela en esa publicación. No es extraño, teniendo en cuenta la especialización de la revista y el hecho de que el propio Asimov nunca se sintió muy interesado por ella.

Las historia de la concepción de “Ritos legales” es un poco más compleja que la de “El hombrecillo del metro”. Pohl tenía bien definida la idea de partida y buena parte del desarrollo de la historia, pero no tenía muy claro cómo enfocarla, así que se la pasó a Asimov a ver si él podía hacer algo con ella. Y lo hizo, escribiendo el relato rápidamente. Luego, se lo entregó a su amigo, a ver si éste podía colocarlo en algún sitio, y se olvidó del tema casi hasta que lo vio publicado.

En ese período, Pohl volvió sobre el cuento y cambió bastante, de modo que, por lo que el propio Asimov recuerda, toda la parte inicial está escrita por Pohl, mientras que la secuencia central del juicio es casi enteramente suya. No tiene muy claro quién escribió el final, pero es probable que fuera un poco de cada uno.

Es un relato muy superior a “El hombrecillo del metro”, con momentos claramente delirantes y escenas verdaderamente divertidas. De hecho, la secuencia del juicio, de la que Asimov se declara responsable, es de lo mejor que ha hecho hasta el momento en el terreno humorístico. El tratamiento que hace la historia del tema de los fantasmas y los lugares encantados tiene su aquel de novedoso, sobre todo para la época, y como relato humorístico funciona sin problemas en toda su extensión.

Una pequeña joya en la narrativa breve de ambos autores y, curiosamente, uno de los cuentos que más desapercibidos han pasado en sus respectivas carreras. De hecho, ninguno de los dos lo considera entre sus favoritos, lo que supongo que habrá influido para que no haya sido destacado más a menudo.

Es curioso, por otro lado, que las pocas veces que Asimov se acerca a la fantasía pura lo haga casi siempre desde una óptima humorística, como si no se pudiera tomar el género en serio en cierta manera. Sus aportaciones al fantástico son, como decimos, escasas, y a menudo con un tono claramente paródico, ya sea en estos dos relatos escritos a medias con Pohl, ya sea en otra historias que escribirá más adelante (como la serie de Azazel, sin ir más lejos).

Durante toda su vida, Asimov se vio a sí mismo (y, de hecho, siempre se comportó como tal) como un racionalista para el que lo sobrenatural no tiene cabida en el mundo (suya es la frase de “cuando se ha eliminado lo imposible, si lo que queda es sobrenatural, es que alguien miente”), así que no es descabellado suponer que ahí está la raíz de su enfoque de lo fantástico. Incapaz de tomárselo en serio (aunque al mismo tiempo, atraído por él, ¿por qué si no iba a tratar de probar suerte con el género?) sólo puede acercarse a él desde una óptima humorística.

* * *

El resto del año 1950 no es malo y, de hecho, Asimov parece haber recuperado buena parte de su carácter prolífico. Publica cuatro cuentos más, si bien hay que confesar que sólo uno de ellos es memorable.

“El conflicto evitable” es, en cierta medida, una continuación de “Prueba circunstancial”; aquí vemos a Stephen Byerley (el supuesto robot camuflado de humano) convertido en coordinador mundial del planeta Tierra y acudiendo a Susan Calvin para que investigue lo que parece ser un mal funcionamiento de los superordenadores que gestionan los recursos del globo. Es una historia floja, en la que apenas pasa nada y que se sostiene en una idea que no resulta ni especialmente atractiva ni muy memorable. No es un mal relato, porque para entonces Asimov tiene oficio suficiente para mantener el interés en casi cualquier cosa que escriba, pero no está a la altura de otros cuentos de robots anteriores y ni siquiera Susan Calvin consigue brillar demasiado en él.

Quizá lo más interesante de “El conflicto evitable” es que en él vemos asomar el embrión de lo que, andando el tiempo, se convertiría en la Ley Cero de la robótica. Pues las máquinas todopoderosas que gestionan el planeta tienen en cuenta, no el bien del ser humano individual, sino de la Humanidad como conjunto, una idea sobre la que Asimov volvería años más tarde, cuando empiece a trabajar en la unificación de la serie de los robots con el ciclo de la Fundación.

* * *

“Sala de billar darwiniana” y “El día de los cazadores” padecen el mismo mal: son cuentos “de tesis”, y la tesis y la carga moral que pretenden transmitir terminan imponiéndose a los aspectos narrativos, en lugar de estar a su servicio, con lo cual el resultado es poco convincente y demasiado evidente.

Como anécdota señalar que “El día de los cazadores” es un remake un poco más sofisticado de “Caza mayor”, uno de los cuentos primerizos que Asimov nunca consiguió colocar en ningún sitio.

Es interesante compararlos, básicamente porque se ve con claridad la evolución y el enorme desarrollo que Asimov ha sufrido en unos pocos años. Pese a ser un relato fallido, “El día de los cazadores” sabe usar los recursos narrativos mucho mejor que “Caza mayor” y resulta bastante más satisfactorio que éste.

“Manchas verdes” es, de todos cuentos que publica ese año, el único que encuentro a la altura del Asimov de esa época. Es uno de esos escasos relatos donde hace aparecer una forma de vida extraterrestre y de nuevo nos hace lamentar que éstas cada vez fueran menos frecuentes en su obra: la conciencia planetaria que aparece en el cuento (una especie de primera versión de la Gaia de Los límites de la Fundación, aunque aquí vista como una amenaza) y la pequeña parte de ella que se infiltra en la nave donde se desarrolla la mayor parte de la acción, no tienen nada que envidiar a los mejores alienígenas de la época. Como siempre que se enfrenta a una especie extraterrestre, Asimov se toma la molestia (algo que debería ser obvio, pero que es menos frecuente de lo que se parece) de diseñarla de un modo coherente, de hacerla parecer lo bastante no-humana y, al mismo tiempo, de asignarle unos motivos lógicos y con sentido.

Ya sólo por eso el relato merece la pena. De hecho, lo mejor de “Manchas verdes” son, sin la menor duda, las secuencias que nos muestran al extraterrestre desde su propio punto de vista y nos hacen comprender lo que hace y por qué sin que, al mismo tiempo, perdamos de vista que no es una criatura humana y sus motivaciones, por tanto, no lo son. Algo nada fácil, por cierto.

Es de destacar que dos de estos cuentos aparecen en Galaxy, revista que por entonces dirigía Frederick Pohl quien, como había hecho unos años atrás, seguía empeñado en publicar cuentos de su amigo. Asimov siempre le agradeció a Pohl su apoyo, aunque no podía por menos de lamentarse de la manía que tenía de cambiarle el título a todos los relatos que publicaba. Así, “Manchas verdes” apareció como “Misionero bastardo” y unos años antes “Robbie” había sido publicado como “Extraño compañero de juegos”, por citar sólo dos ejemplos.

Pero, como decíamos al principio del capítulo, 1950 es un año importante para Asimov, y no por la cantidad o calidad de los relatos que publica, sino porque es entonces cuando da el salto para el que llevaba un tiempo preparándose.

Por una parte, una pequeña editorial llega a un acuerdo con él para recopilar sus cuentos de robots en un solo volumen que se llamará Yo, robot.

Y por la otra, publica por fin su primera novela: Un guijarro en el cielo.

BIBLIOGRAFÍA:

  • “El hombrecillo del metro” (Little Man ont the Subway). En Fantasy Book 6, enero 1950. Edición española más reciente: La Edad de Oro III (Plaza & Janés, 1988).
  • “El conflicto evitable” (The Evitable Conflict). En Astounding Science-Fiction, junio 1950. Edición española más reciente: El robot completo (Alamut, 2008).
  • “Ritos legales” (Legal Rites). En Weird Tales, setiembre 1950. Edición española más reciente: La Edad de Oro III (Plaza & Janés, 1988).
  • “Sala de billar darwiniana” (Darwinian Poolroom). En Galaxy Science Fiction, octubre 1950. Edición española más reciente: Compre Júpiter (Plaza & Janés, 2000).
  • “El día de los cazadores” (Day of the Hunters). En Future Combined with Science Fiction Stories, noviembre 1950. Edición española más reciente: Cuentos Completos II (Ediciones B, 1993).
  • “Manchas verdes” (Green Patches). En Galaxy Science Fiction, noviembre 1950. Edición española más reciente: Cuentos Completos I (Ediciones B, 1992).
  • Yo, robot (I, Robot), Gnome Press, 1950. Edición española más reciente: Yo, Robot (EDHASA, 2007).
  • Un guijarro en el cielo (Pebble in the Sky), Doubleday, 1950. Edición española más reciente: Trilogía del Imperio (Bibliópolis, 2007).
© 2009, Rodolfo Martínez
Category(s): 15. Solo o en compañía de otros, IV. Del cuento a la novela, La ciencia ficción de Asimov

One Response to Solo o en compañia de otros

    Jesús Duce says:

    Pohl, otro extraordinario escritor de ciencia ficción.
    Atractivos esos años de contacto y colaboración entre ambos autores.
    “Manchas verdes” me parece un relato magnífico.

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