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El profesor Asimov

Posted on Lunes 23 Febrero 2009

Asimov es plenamente consciente de sus más que escasas dotes como investigador, algo que ya hemos comentado.

Sin embargo, a su llegada a la Universidad de Boston confirma algo que ya sospechaba y es que se le da muy bien impartir clase. Nunca será un científico de primera línea, eso lo tiene claro, pero pocos como él serán capaces de transmitir conocimientos con claridad, precisión y de forma comprensible.

Eso, por desgracia (o quién sabe si por suerte), no le sirve de gran cosa para medrar y tener éxito en la universidad.

Para comprender esto hay que echarle un vistazo a cómo es la universidad americana, cuyo presupuesto depende en buena medida de las subvenciones externas, ya sean las aportadas por el estado, ya sean las que otorga la empresa privada.

El resultado de eso es que la investigación y la publicación de resultados priman sobre todo lo demás. “Publicar o perecer” es, de hecho, un dicho acuñado en ese entorno. Debe haber experimentos en marcha y tiene que haber artículos que, en cierta forma, “vendan” lo rentable de esa línea de investigación a los posibles inversores.

La docencia es, por tanto, la hermana pobre en el ambiente universitario americano (no es el único lugar, pero un análisis de eso ya se escaparía a mis propósitos), creando de ese modo un contransentido que, a largo plazo, hace más daño que otra cosa.

Porque, al fin y al cabo, el propósito principal de la Universidad es, o debería ser, la formación. Cuando ese propósito se pervierte por causas económicas nos encontramos con consecuencias bastante graves. No sólo porque se pierde de vista la verdadera causa de la existencia de la institución sino porque en esa lucha feroz por los fondos se acaba produciendo una investigación de pacotilla que no lleva a ninguna parte y un ansia de publicar (lo que sea, donde sea y de la forma que sea) que vicia el ambiente.

Eso, por no mencionar que propicia y promueve ciertas prácticas que son, como poco, éticamente discutibles. Que un profesor, por el simple hecho de ser el catedrático de una materia, aparezca como el autor principal de un artículo en el que apenas ha intervenido mientras los auténticos autores son, como mucho, mencionados como simples colaboradores debería ser algo punible por ley, en lugar de una práctica común y, lo que es peor, aceptada.

Los problemas que Asimov tiene durante su estancia en Boston son varios. Y su carácter extrovertido, su jocosidad y su modo expansivo de comunicarse le granjean algunas antipatías.

Pero lo que de verdad le crea enemigos es que es un profesor excepcional. Con toda seguridad, el mejor docente que ha tenido la Universidad de Boston en mucho tiempo.

Pero no investiga. Apenas publica. No compite en la carrera feroz por los fondos.

Al principio, no lo necesita. Está, en cierta forma, a salvo, pues su jefe directo lo acoge bajo su ala y lo protege de los vaivenes de la política universitaria. La consecuencia es que Asimov se inhibe de participar en esa política, lo que te traerá problemas cuando su protector se jubile.

Pero, de momento, eso no le quita el sueño.

Ha descubierto que disfruta dando clase. Que le gusta transmitir lo que sabe a otras personas. Y que se le da bien.

Durante su post-doctorado y, antes de entrar en la Universidad de Boston, ha impartido varias clases en la Universidad de Columbia. En la primera de ellas decide, para ganar tiempo, llegar un poco antes y cubrir toda la pizarra con la formulación usada en la materia que va a impartir ese día. Cuando los alumnos llegan al aula y ven toda la pizarra cubierta, empiezan a murmurar y a Asimov no se le escapa lo desalentador de algunos de los comentarios.

-Tranquilos -dice, todo aplomo-. Cuando acabe de hablar todo habrá quedado perfectamente claro.

Espera a que se sienten y comienza su exposición. Y tiene razón; finalizada la clase, si hay algún murmullo entre los alumnos es de aprobación.

¿De dónde saca Asimov esas dotes de comunicación? En parte de su actividad como escritor, sin duda. Pero, ¿cómo sabía, sin haberlo hecho nunca antes, que se le iba a dar bien hablar en público y transmitir de forma oral sus conocimientos?

En realidad, nunca se planteó la posibilidad de que sus clases pudieran ser un desastre. Se sentía seguro de lo que sabía y ni se le pasó por la cabeza la posibilidad de que no supiera transmitirlo de un modo claro y preciso.

Inconsciencia, pura y dura. Ni pensó en el asunto.

Lo cual fue lo mejor que podía pasar. Es muy posible que si se hubiera parado a considerar todas las implicaciones de lo que iba a hacer, se hubiese visto asaltado por el pánico y aquello lo habría paralizado.

No fue así, por suerte.

Asimov no tarda en convertirse en un profesor enormemente popular entre los alumnos. No sólo por su claridad expositiva sino también, sin duda, por su carácter llano y campechano, muy alejado del modo altanero y distante que era la norma en aquel ambiente.

No es consciente de que esa popularidad le está creando enemigos. Y tampoco le importa demasiado.

Hay una anécdota que resume perfectamente esa época: dos profesores están paseando por los pasillos de la Facultad. De pronto, se escuchan aplausos lejanos y uno de ellos le pregunta al otro qué es eso.

-Nada. Asimov dando clase -es la respuesta.

* * *

Con un empleo seguro (al menos de momento y en los próximos años) y su vida familiar asentada, Asimov no tarda en retomar la ciencia ficción con el mismo ímpetu de años anteriores.

También hace otra cosa. En colaboración con dos compañeros escribe un libro de texto de bioquímica. La experiencia no termina de gustarle, al menos en lo que se refiere a tener que colaborar con otras personas y, por tanto, tener que consensuar ciertas decisiones. Y el libro es un fracaso comercial.

Sin embargo, descubre que le gusta escribir sobre la ciencia. Que hacer divulgación puede ser una actividad tan gratificante como escribir ficción. Y mucho más sencilla; porque no tiene que elaborar una trama, inventar unos personajes, hacer avanzar una peripecia: lo único que debe hacer es tomar los hechos que están ahí y hacérselos comprensibles a los demás.

Escribir, en un principio, artículos de divulgación y posteriormente libros le sirve para justificar de algún modo la necesidad académica de publicar. Pero también empezará a proporcionarle, a no tardar mucho, unos ingresos nada despreciables.

Ese descubrimiento tendrá unas consecuencias muy importantes para su futuro.

© 2009, Rodolfo Martínez



¿El fin de la Fundación?

Posted on Lunes 16 Febrero 2009

En enero de 1949 aparece “La carrera de la Reina Roja” en Astounding, un cuento que, si los datos no me fallan, es la primera incursión de Asimov en el tema de los viajes en el tiempo.

Cierto que había escrito otras cosas antes al respecto, pero nunca llegaron a publicarse (como “Tirabuzón cósmico”, el primer cuento que intentó venderle a Cambpell) y acabaron perdiéndose. En “La carrera de la Reina Roja” Asimov juega a plantear una paradoja temporal (alguien envía textos de física moderna a la Grecia clásica, esperando alterar la historia) y a resolverla a continuación.

Es una historia sólida, con una idea brillante (ese “correr para seguir en el mismo sitio” que hay implícito en  el título y que es una evidente referencia a los personajes de Lewis Carroll) y muy bien resuelta. No estamos ante tours de force como “Todos vosotros, zombis” o “Por sus propios medios” de Robert A. Heinlein (seguramente dos de los mejores relatos jamás escritos sobre viajes en el tiempo), pero no es un mal cuento para nada y demuestra, además, lo mucho que Asimov ha mejorado con los años.

Está narrado en primera persona, algo bastante infrecuente a lo largo de su carrera, y en un tono un tanto irónico, cercano en ocasiones al narrador característico de la novela negra americana, que le va muy bien a la historia. No es un hito (como pudo haberlo sido “Anochecer” en su momento) pero sí que es una buena muestra de la solidez que está alcanzando como narrador.

En mayo podemos encontrar en la misma revista “Madre Tierra”, una novela corta en la que lo más interesante (más allá de la anécdota narrada) es el escenario que plantea: una Tierra atrasada tecnológicamente, superpoblada y en clara desventaja económica y tecnológica con lo que fueron un día sus antiguas colonias. Es la primera vez (más allá de pinceladas aisladas) que Asimov se lanza de lleno a la especulación social, al desarrollo y análisis de distintas sociedades humanas. Aunque en el espacio de esta narración tiene tiempo para poco más que presentarnos la situación, la idea no caerá en saco roto. Y, de hecho, retomará esa ambientación posteriormente en su novela Bóvedas de acero.

Y finalmente, entre noviembre y diciembre, publica “…Y ahora no lo ves”, que será durante mucho tiempo la última historia de la Fundación. Para Asimov es, sin duda, el final del ciclo de relatos y manifiesta varias veces a lo largo de los años que no tiene la menor intención de volver sobre ese escenario. Se resistirá durante algo más de treinta años a regresar a la Fundación y, cuando lo haga, será con consecuencias bastante curiosas. Pero de eso ya hablaremos en su momento.

Entretanto, ¿qué nos ofrece este último relato?

Por un lado, y siento decirlo, uno de los personajes más odiosos de Asimov, esa Arkady Darell, que es el pivote alrededor del que gira la historia y que es digna de figurar con total merecimiento como miembro destacado de toda esa caterva de niños repelentes e insufribles que pueblan de vez en cuando cierto cine de aventuras.

Por suerte, la historia se salva por otros motivos. De un modo parecido a como lo hiciera en “El Mulo”, la peripecia de Arkady huyendo de la supuesta y temible Segunda Fundación es en realidad una cortina de humo destinada a que no nos demos cuenta de todo lo que está pasando entre bastidores. Y lo que está pasando es un juego de espejos, engaños y recontraengaños que figura entre los mejores momentos de Asimov como autor de narrativa de misterio.

A partir del capítulo titulado “Yo sé…”, donde cada personaje intenta dar su solución al misterio (situación que continúa en “La solución satisfactoria” y culmina con “La solución verdadera”), la historia no concede descanso al lector. Si ya comentamos que “Ahora lo ves…” tenía su aquel de matriushka literaria, aquí Asimov lleva esa tendencia a límites insospechados.

Cada solución propuesta al misterio que vertebra el relato (“¿Dónde está la Segunda Fundación y quiénes la componen?”) es totalmente coherente con los datos que tiene el lector y la habilidad de Asimov está en el modo en que va subiendo la temperatura emocional mientras dosifica y plantea esas soluciones, logrando que cada una nos parezca un poco más “correcta” y auténtica que la anterior y, de paso, metiéndonos en una especie de carrusel en el que casi esperamos impacientes la siguiente explicación, la próxima vuelta. Cuando se llega a la penúltima resolución del misterio, el lector casi la toma como buena inmediatamente, pues sin duda es la que mejor explica todo lo que ha pasado…

Hasta que llegamos al último capítulo (“La solución verdadera”, como dijimos) donde se nos da un último giro de tuerca y la verdad queda al fin revelada (y explicada a la perfección) con un par de palabras finales.

Asimov parece aquí un prestidigitador, ocultando el misterio justo delante de nuestras narices, desvelándolo sucesivamente (convenciéndonos por el camino de que es esa solución la auténtica… hasta que leemos la siguiente) y el descorriendo el velo final y mostrándonos la verdad en el último momento. Al terminar, uno casi siente la tentación de aplaudir o de gritar “¡Bravo!” y, desde luego, para entonces, el lector se ha rendido a los trucos del mago.

Trucos que, sin embargo, no implican trampa alguna. Asimov no se saca de la manga nada que no hubiera estado ahí previamente. El lector mismo puede dar con la verdadera solución del misterio si es lo bastante listo, porque el autor ha jugado todo el rato según las normas, y si la mayoría no lo hace es sólo por la maestría con la que consigue centrar nuestra atención en otro lado durante todo el proceso.

Los que acusan a Asimov de ser un escritor ramplón, de recursos escasos y carente de sutileza deberían repasar el final de este relato para darse cuenta de algo tan obvio como el hecho de que un mal escritor sería incapaz de hacer todos esos pases de manos delante de nuestros ojos del modo en que lo hace.

Es cierto que los recursos narrativos de Asimov son limitados; sin duda su versatilidad como escritor es escasa y no cabe duda de que las técnicas literarias que usa son pocas y casi siempre las mismas. Pero no es menos cierto que esas técnicas, cuando quiere, sabe usarlas de un modo magistral.

BIBLIOGRAFÍA:

  • “La carrrera de la Reina roja” (The Red Queen’s Race). En Astounding Science-Fiction, enero 1949. Edición española más reciente: Cuentos competos II (Ediciones B, 1993).
  • “Madre Tierra” (Mother Earth). En Astounding Science-Fiction, mayo 1949. Edición española más reciente: La Edad de Oro III (Plaza & Janés, 1988).
  • “…Y ahora no lo ves” (…And Now You Don’t). En Astounding Science-Fiction, noviembre y diciembre 1949. Edición española más reciente (como “La búsqueda de la Fundación): Segunda Fundación (La Factoría de Ideas, 2008).
© 2009, Rodolfo Martínez



El doctor Asimov

Posted on Lunes 9 Febrero 2009

Por fin, la carrera académica de Asimov llega a su culminación… al menos como estudiante. Porque se pasará los siguientes años como profesor asociado de bioquímica en la Facultad de Medicina de la Universidad de Boston.

Su carrera ha sido, a partir de la adolescencia, una continua cuesta abajo, como él mismo reconoce. De niño prodigio en la escuela a estudiante brillante en el instituto para terminar como un universitario del montón y, finalmente, un investigador mediocre. A medida que pasa el tiempo ha ido descubriendo que su capacidad para las tareas de laboratorio es poco menos que nula y que los aspectos administrativos y burocráticos de la actividad científica lo aburren soberanamente.

No tardará en hacer un descubrimiento bastante trascendental para su futuro; y es el hecho de que está dotado para la docencia de un modo envidiable, hasta el extremo de que será capaz de hacer comprensibles a sus futuros alumnos las materias más abstrusas. Esto lo llevará a convertirse en el profesor más popular de Boston entre el alumnado (y también a granjearse los odios de algunos colegas), por no mencionar que, con el tiempo, será el arranque de una interesante y lucrativa carrera como conferenciante.

Pero todo eso es el futuro.

De momento Asimov está dando los últimos toques a su tesis doctoral y preparándose para enfrentarse al tribunal que tendrá que confirmarlo como doctor.

O no.

Entretanto, publica “Y ahora lo ves…” en el número de enero de Astounding.

Es un nuevo relato de la Fundación y, para entonces, Asimov reconoce que ya está un poco cansado de la serie. Al contrario que con los cuentos de robots, que le permiten mayor libertad, a medida que las historias de la Fundación van avanzando, el sendero narrativo por el que puede transitar se vuelve más estrecho. Cada historia debe ser coherente con las anteriores y además debe poner en antecedentes de la situación pasada a los nuevos lectores que se incorporen a la serie sobre la marcha. Cada decisión que toma en un relato afecta a los siguientes, dejándole con menos sitio por donde maniobrar.

Así que ha decidido darle carpetazo al asunto. Éste será el último relato de la Fundación y como tal se lo presenta a Campbell. Sin embargo, la visión del editor de Astounding es muy distinta y termina convenciéndolo para que no cierre aún la historia y deje abierta la posibilidad de nuevos relatos.

Así que Asimov cambia el final de “Y ahora lo ves…” (en el que había escrito originalmente se revelaba, entre otras cosas, el paradero de la esquiva Segunda Fundación) permitiendo de ese modo que la serie pueda continuar en el futuro.

“Ahora lo ves…” vuelve a ser un relato de misterio, de intriga. Dos personajes, a las órdenes del Mulo, se lanzan a descubrir el paradero de la misteriosa Segunda Fundación mientras el propio Mulo (y alguien más) los observa de cerca. Estamos ante un cuento en el que apenas hay peripecia y ésta es poco más que una excusa para la confrontación dialéctica entre los distintos personajes. De hecho, es un cuento que funciona fundamentalmente gracias a éstos, al modo en que se enfrentan y a la forma en que sus diferencias van asomando, definiéndolos a ellos mismos y a su oponente. Y es través de esa confrontación como se van desvelando las distintas capas del misterio y, justo cuando creemos que el último velo se ha alzado, encontramos uno más que parece el definitivo (como si estuviéramos ante una especie de matriushka narrativa) pero tampoco lo es.

De hecho, el giro de tuerca final queda pospuesto hasta el siguiente cuento, merced a la petición de Campbell de que no finalice la serie, con lo que el lector termina de leer este relato con una sensación de perplejidad y no tarda en invadirle la impaciencia por saber cómo terminará la cosa.

Tendría que esperar casi dos años para descubrirlo.

* * *

A medida que se acerca el final de su tesis doctoral, Asimov está cada vez más harto del lenguaje alambicado, obtuso y deliberadamente oscuro que las normas universitarias le imponen en su redacción.

Para liberar tensión escribe una breve parodia titulada “Las propiedades endocrónicas de la tiotimolina resublimada”, que no tarda en enviar a Campbell.

Se trata de un supuesto artículo de investigación en el que se describe el comportamiento de una sustancia llamada tiotimolina cuya característica fundamental es que reacciona un segundo antes de que la acción sobre ella se produzca: se disuelve en agua un segundo antes de que se le eche el líquido, por ejemplo.

Con esa premisa tan descabellada, Asimov escribe una parodia magnífica, brillante en su elaboración y de lo mejor que llegará a hacer en el terreno del humor, con lo que vuelve a demostrar, de nuevo, lo dotado que está para esa ironía fina y distante, casi de imperceptible alzamiento de cejas, en la que era un consumado maestro su adorado P. G. Woodhouse.

Pese a su aparente intrascendencia, es una parodia sangrante y cruel en muchos aspectos (y enormemente atinada, por otro lado), y con ella suelta toda la presión que llevaba acumulada por su tesis doctoral y pone en solfa la pretenciosidad de muchos de esos trabajos que en realidad describen investigaciones triviales, camufladas bajo un lenguaje pretenciosamente técnico y rodeadas de gráficos a mansalva que, en el fondo, poco aportan a lo que se dice.

De hecho, Asimov llegó a crear varios gráficos, esquemas y cuadros estadísticos que debían acompañar al relato.

Y lo hicieron. Aunque no como él esperaba.

Lo último que quería era que alguien del tribunal leyera su cuento y se lo tomase a mal. Su doctorado estaba en juego, no lo olvidemos. Así que le dijo a Campbell que publicase su relato con seudónimo.

El editor de Astounding, sin embargo, no lo hizo así y el relato apareció en el número de marzo, antes de que Asimov se hubiera enfrentado a la prueba final para su doctorado y firmado con su verdadero nombre. Para colmo de males, el pseudo-artículo empezó a circular por la comunidad científica de la época y se convirtió en un pequeño clásico, podríamos decir. No es sorprendente, ya que muchos científicos eran aficionados a la ciencia ficción y la publicación del cuento de Asimov no les pasó desapercibida.

Hecho un flan, acudió al examen y fue respondiendo, mejor o peor, a las preguntas que los distintos miembros del tribunal le hacían. Cuando pareció que todo había terminado, tras una pausa, llegó de pronto una nueva pregunta:

—¿Qué nos puede decir de las propiedades endocrónicas del compuesto llamado tiotimolina?

Tras un momento de tensión, Asimov respiró aliviado (en realidad soltó una carcajada de pura histeria, según él mismo confiesa). Supuso, acertadamente, que no se dedicarían a gastarle bromas con aquello si fueran a suspenderle. Poco después y tras un “enhorabuena, doctor Asimov”, sus sospechas se vieron confirmadas.

Nunca llegó a saber si la publicación del cuento con su propio nombre se debió a un despiste por parte de Campbell o se trató de algo deliberado, aunque sospechaba lo segundo. Campbell pudo haber juzgado que “Las propiedades endocrónicas de la tiotimolina resublimada” iba a predisponer al tribunal a favor de Asimov en lugar de en su contra. Una apuesta arriesgada, pero parece ser que dio resultado o, cuando menos, no fue un obstáculo para que Asimov obtuviera su doctorado.

Doctorado que quizá celebró con el número de junio de Astounding, en el que apareció un nuevo relato suyo.

Si fue así, lo cierto es que tampoco tenía gran cosa que celebrar. “Sin conexión”, que es como se llamaba el cuento, no es precisamente gran cosa. Una historia sobre el peligro nuclear, demasiado cargada de moralina y a la que ni siquiera consigue volver interesante la sociedad post-humana que aparece en ella. Básicamente, el cuento narra el descubrimiento por parte de un grupo de osos inteligentes de la existencia de unos antiguos monos inteligentes que se acabaron destruyendo a sí mismos. Su escaso interés está, quizá, en que la historia anticipa en cierto modo algunos de los giros argumentales de El planeta de los simos (la película de Franklin J. Shafner, no la novela de Pierre Boule), pero tampoco sabe explotar adecuadamenta la vuelta de tuerca que propone.

Poco más hay que decir de esta historia, más allá de que Asimov no tardaría en descubrir que los propósitos moralizantes son algo que nunca hay que lanzarle a la cara al lector y, en todo caso, deben ir imbricados en el propio relato sin que sean necesariamente obvios.

Con un doctorado bajo el brazo y la posibilidad de un trabajo en el horizonte, el futuro de Asimov parecía bastante claro y orientado hacia lo académico, seguramente hasta su jubilación.

Como antes, seguía pensando que la literatura, como mucho, sería un interesante sobresueldo y poco más.

BIBLIOGRAFÍA:

  • “Ahora lo ves…” (Now You See…). En Astounding Science-Fiction, enero 1948. Edición española más reciente (como “El Mulo inicia la búsqueda”): Segunda Fundación (La Factoría de Ideas, 2008).
  • “Las propiedades endocrónicas de la tiotimolina resublimada” (The Endochronic Properties of Resublimated Tiotimoline). En Astounding Science-Fiction, marzo 1948. Edición española más reciente: La Edad de Oro III (Plaza & Janés, 1988).
  • “Sin conexión” (No Connection). En Astounding Science-Fiction, junio 1948. Edición española más reciente: Crónicas (Plaza & Janés, 1992).
© 2009, Rodolfo Martínez



Otro paréntesis

Posted on Lunes 2 Febrero 2009

1946 y 1947 son de nuevo dos años “malos”, al menos en cuanto a cantidad. Asimov sólo publicará dos relatos en ese periodo, y los dos son historias de robots.

Es evidente que el año anterior ha tenido otras cosas en las que ocuparse. Ha estado en el ejército, lo ha dejado y ha vuelto a la Universidad para intentar doctorarse. En ese tiempo, lógicamente, apenas encuentra un hueco para escribir algo y estos dos cuentos son la cosecha de ese periodo.

Poco a poco irá recuperando el ritmo, pero hasta 1950 no vuelve ser el autor prolífico de años anteriores y, de hecho, nunca volverá a vivir momentos como aquellos en los que casi publicaba un cuento al mes… al menos de ciencia ficción.

“Prueba circunstancial” es el publicado en 1946. Un relato de robots, como hemos dicho.

Powell y Donovan parecen haber desaparecido del mapa y está claro que es Susan Calvin la protagonista de la serie. ¿Y a qué se enfrenta ahora? A un político, honrado y escrupuloso, al que su rival acusa de ser un robot.

El cuento profundiza aún más en la personalidad de Susan Calvin quien, paso a paso, va convirtiéndose uno de los mejores personajes de Asimov. Cuando queda claro que el político en cuestión es un ser humano (ha sido capaz de golpear a otro hombre, cosa que un robot no podría hacer nunca a causa de la Primera Ley) ella es la única que ve la trampa y el modo en un robot podría haber trucado todo el asunto.

Pero no le importa. No sólo eso, en el fondo lo prefiere. Los robots, dice, son fiables: diseñados para servir al hombre, para no hacerle daño jamás, para cumplir sus órdenes (pero nunca a costa de hacer daño a otros seres humanos) son en realidad todo lo que un ser humano decente debería ser. Y el ser humano más decente del planeta es, concluye Calvin, un robot.

Es la primera vez (tras su arranque de fría y fiera venganza por la humillación sufrida en “¡Embustero!”) en que vemos a Susan Calvin mostrar una respuesta emocional de algún tipo. Con Stephen Byerley, el político que podría ser un robot, es cálida, es amable y está dispuesta a apoyarlo hasta el final. Y es así porque está convencida de que sus rivales tienen razón y es un robot.

Estamos ante un relato que plantea varios dilemas morales, unas cuantas preguntas espinosas. También aparenta resolverlas, si damos por bueno el razonamiento de Susan Calvin. Sin embargo, ¿lo es? ¿Es preferible ser tutelados por un benévolo robot que no tiene otra prioridad que nuestro bienestar o somos lo bastante adultos para cuidar de nosotros mismos? Incluso, aunque no lo seamos, ¿no tenemos acaso derecho a ser los artífices de nuestro propio destino, aunque eso nos conduzca al desastre?

La respuesta a esas preguntas tendrá ocupado a Asimov durante buena parte de su carrera como escritor de ciencia ficción. De hecho, en este relato en el que un posible robot acabará llegando a coordinador mundial (Presidente Planetario, como si dijéramos) está el embrión de ese futuro R. Daneel Olivaw que dirigirá en la sombra el destino de la humanidad durante más de veinte mil años.

Claro que aún falta mucho tiempo para que Asimov decida unir sus dos series de ciencia ficción más populares en una sola y haga que el vínculo entre ambas sea R. Daneel. De hecho, aún faltan unos años para que R. Daneel sea creado como contrapunto de Elijah Baley.

“Pequeño robot perdido”, el cuento que Asimov publica en 1947, es de nuevo protagonizado por Susan Calvin. Y en él vamos viendo nuevos aspectos de la doctora, esta vez más directamente relacionados con su profesión de robopsicóloga.

De hecho, Calvin comprende el proceso mental de los robots como nadie y, durante todo el cuento, es capaz de manipularlos de un modo maestro.

El relato, por otro lado, es una historia de misterio (como lo va siendo poco a poco mucho de lo que Asimov escribe, ya sea o no ciencia ficción) y, durante todo su desarrollo, la tensión dramática se mantiene de un modo envidiable. A medida que el cerco al robot extraviado se va estrechando y los intentos de éste por no ser localizado se van volviendo más y más desesperados, el ritmo de la historia se va acercando cada vez más al de un thriller y, cuando llega la conclusión y salta la trampa, casi respiramos aliviados. Como en los mejores momentos de Hitchcok, Asimov ha sabido construir una relato de intriga y suspense trepidante y ha ido subiendo en él la intensidad dramática sin perder en ningún momento ni el pulso ni el ritmo de la historia ni, mucho menos, el desenlace hacia el que tiene que precipitarse.

Creo que se puede decir sin temor a equivocarse que “Pequeño robot perdido” es el mejor de los cuentos de robots que Asimov escribe en los años cuarenta.

También es, por cierto, el último que publica en esa década.

BIBLIOGRAFÍA:

  • “Prueba circunstancial” (Evidence). En Astounding Science-Fiction, setiembre 1946. Edición española más reciente: El robot completo (Alamut, 2008).
  • “Pequeño robot perdido” (Little Lost Robot). En Astounding Science-Fiction, marzo 1947. Edición española más reciente: El robot completo (Alamut, 2008).
© 2009, Rodolfo Martínez



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