¿La edición definitiva?

Martes 16 Marzo 2010 | 26 lectura(s) | Sin comentar »
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El interés de Luis G. Prado por la obra de Asimov ya quedó patente en su momento cuando, a través de Bibliópolis, reeditó Bóvedas de acero. Fue, tal vez, un experimento, una manera de comprobar si aún había interés por parte de los lectores españoles hacia la obra de ciencia ficción del Buen Doctor.

Y debía haberlo porque, al principio en Bibliópolis y luego con Alamut, ha seguido publicando la obra de ciencia ficción de Asimov. En un formato, además, que la hace muy apetecible para el lector: lo que los americanos llaman omnibus.

Así, en Trilogía del Imperio tenemos las tres primeras novelas asimovianas. En El robot completo se recogen casi todos sus cuentos de robots (recalco el “casi” porque, tras la publicación de ese libro Asimov sí que escribió algún cuento de robots más). Finalmente, en los distintos volúmenes de Relatos completos se van agrupando las antologías que Asimov fue compilando sobre su propia obra.

Es evidente que esta edición de Alamut pretende ser lo más completa y coherente posible, agrupando las distintas obras de un modo que resulte pertinente reunirlas en un solo tomo y ofreciéndoselas al público a un precio nada desdeñable, teniendo en cuenta la cantidad de páginas por volumen de las que hablamos. Las nuevas traducciones y la uniformidad de estilo en el diseño de la publicación hacen que esta edición resulte especialmente interesante.

¿Será la edición “definitiva” en castellano de la ciencia ficción asimoviana? Ojalá. Desgraciadamente es poco probable. No por culpa de Alamut, me apresuro a añadir, sino por la complicado de conseguir los derechos de todo el material. Por ejemplo, sería deseable un volumen que recogiera Bóvedas de acero, El sol desnudo e “Imagen en un espejo”, agrupando así todo el material original protagonizado por Elijah Baley y R. Daneel. Sin embargo, si no me falla la memoria, los derechos de El sol desnudo están ahora mismo en manos de otra editorial. Algo parecido pasa con la trilogía original de la Fundación, en manos de la Factoría de Ideas quien, como no podía ser menos, ha exprimido el producto publicándolo en tres volúmenes; un solo tomo a precio Alamut podría haber recogido esos relatos y, sin duda, habría funcionado estupendamente en el mercado. ¿Podremos verlo? Sospecho que a corto plazo, no.

Sin embargo, Luis G. Prado se ha caracterizado, entre otras cosas, por ser capaz de pensar a largo plazo. Sin desdeñar éxitos de ventas inmediatos (al fin y al cabo, Alamut no es una ONG y pretende resultar rentable) se ha centrado en crear un fondo editorial que, mucho o poco, pueda seguir viendiéndose con el paso de los años.

No me sorprendería que tarde o temprano (será tarde, seguramente, teniendo en cuenta la situación de derechos del asunto) nos encontrásemos con toda la ciencia ficción de Asimov -o, al menos, sus textos más clásicos, todo el material anterior a su vuelta al género en los ochenta- editado en formato omnibus por Alamut.

Entretanto ahí están estos, de momento, cuatro volúmenes, con su clara vocación (yo diría que cumplida) de ser la edición definitiva de la narrativa asimoviana de ciencia ficción.

Una iniciativa interesante, útil y, estoy seguro, comercialmente rentable. Poco más se puede pedir. Bueno, sí, puestos a ser fetichistas, una edición en tapa dura. Aunque, quién sabe, con el tiempo…

© 2010, Rodolfo Martínez

Viaje alucinante

Lunes 23 Noviembre 2009 | 567 lectura(s) | 2 comentarios »
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Viaje alucinante es la única novela  que Asimov publica durante los años sesenta. Y, en cierto modo, no es del todo una novela suya.

Se trata, en realidad, de la novelización de la película del mismo título dirigida por Richard Fleischer y protagonizada por Stephen Boyd, Raquel Welch, Edmund O’Brien y Donald Pleasence. El film parte de un argumento de Otto Klement y Jerome Bixby, adaptado por David Duncan y Harry Kleiner.

Durante los años sesenta, la ciencia ficción cinematográfica se hace, en cierto modo, mayor de edad. Por un lado, deja de ser pasto de la serie B y, por el otro, se va volviendo poco a poco más adulta en sus planteamientos. Podemos situar en 1968 el inicio explícito de esa madurez, con dos películas capitales para el género como son El planeta de los simios de Franklin J. Shaffner y 2001: una odisea del espacio de Stanley Kubrick. Durante lo que queda de la década y más de la mitad de la siguiente, el cine de ciencia ficción va volviéndose progresivamente más complejo y demostrando que es una herramienta útil para tratar ciertos temas y enfrentar determinados tópicos y preocupaciones desde una perspectiva adulta. Con la llegada en 1977 de La guerra de las galaxias de George Lucas, sin embargo, esa evolución quedará truncada y, a partir de ese momento, y salvo contadas excepciones, el cine de ciencia ficción se orientará cada vez más al espectáculo visual y al puro entretenimiento sin mayores complejidades.

Viaje alucinante es, en cierto modo, un precursor de todo eso. Comparte con otras películas de ciencia ficción de los sesenta su voluntad de serie A (actores conocidos y con buen caché, gran inversión en efectos especiales) pero por sus intenciones se parece más a la ciencia ficción que será dominante veinte años más tarde.

Porque, reconozcámoslo, Viaje alucinante es poco más que una historia de aventuras e intriga. Un thriller submarino, en realidad, con la salvedad de que en este caso no estamos recorriendo los mares de la Tierra, sino el sistema circulatorio de un ser humano. El escenario se convierte, de este modo, en protagonista y a lo que asistimos es a poco más que una gira turística en un entorno maravilloso. Los personajes se delinean en dos pinceladas y encajándolos en ciertos papeles arquetípicos, sin mayores pretensiones de complejidad, y la trama se reduce a un esqueleto clásico en la que los golpes de efecto van sucediéndose al ritmo adecuado para mantener al espectador enganchado a la butaca. Lo que importa es el espectáculo, lo puramente visual y todo lo demás está al servicio de esa premisa.

Partiendo de esa base, ¿qué interés puede tener la novelización de esa historia? Narrativamente, como decimos, es poco más que el vehículo para un espectáculo visual. Su traslación a la pura palabra debería resultar, por lógica, poco atrayente.

Sin embargo, no es así.

La novela que Asimov construye a partir del guión cinematográfico que se le proporciona es ágil, dinámica y sumerge al lector en la historia desde la primera página y no lo suelta hasta el final. Es, posiblemente, una de las novelas de Asimov más fáciles de leer, donde el ritmo está más conseguido y la peripecia atrapa al lector con más eficacia. Y, al mismo tiempo, es una novela totalmente asimoviana, en la que el autor no renuncia a ninguna de sus características básicas como escritor de ciencia ficción.

Y eso es porque le ha metido mano a la historia y realizado ciertos cambios sobre el guión que se le ha pasado. El primero y más importante es subsanar varios de los errores que se dan en la película sobre los temas científicos que se tratan en ella. Y, muy especialmente, Asimov insiste en extraer el submarino del cuerpo al final de historia. Frente a unos productores despreocupados que no ven ningún problema en el asunto (al fin y al cabo, el submarino es devorado por un glóbulo blanco), un Asimov cada vez más desesperado les insiste en que eso no importa, en que una vez que los efectos de la miniaturización se pasaran, los átomos del submarino se expanderían y reventarían el cuerpo en el que están.

Para los productores, como decimos, eso es irrelevante. ¿Quién, de entre el público, va a fijarse en ese detalle?, se dicen. Para un Asimov obsesionado con la coherencia y la verosimilitud (no sólo la científica, sino también la narrativa) eso hay que resolverlo de alguna manera.

Y así lo hace en su novelización.

Como hace unas cuantas cosas más.

De algún modo, Asimov se las apaña para llevar el juego a su terreno y construir una novela que no desentona con el resto de su producción: una historia fundamentalmente basada en el intercambio dialéctico, donde la acción se describe a menudo mediante el diálogo, donde no hay villanos (sólo protagonistas y antagonistas, cada uno con sus buenas razones para hacer lo que hace) y donde, y eso es lo más sorprendente de todo, los personajes son perfectamente compatibles con los que han aparecido en sus novelas de la década anterior.

De hecho, es fascinante ver cómo en el paso de guion a novela se transforma al protagonista (el personaje interpretado por William Boyd en la película) de un héroe de acción al más puro estilo Bond -saga cinematográfica que daba sus primeros pasos en aquella época- a un héroe totalmente asimoviano: racional, centrado y seguro de sí mismo. Durante toda la novela, el personaje analiza, deduce y se mantiene frío y al mando y cuando llega el momento de desenmascarar al traidor  lo hace detallando todos y cada uno de los indicios que lo han llevado a esa conclusión, cosa que en el film, seguramente a causa de las imposiciones del ritmo cinematográfico, apenas si se molestan en mencionar. De este modo, lo que era una trama de thriller bastante sencilla se transforma en manos de Asimov en un policiaco bien llevado en el que, además, el villano no es un malvado de opereta, sino un ser humano con unas motivaciones creíbles.

* * *

Alguna vez hemos comentado el modo en que Asimov se enfrenta a sus tareas narrativas. Básicamente, se imagina un problema y una resolución posible. A partir de ahí, la construcción del relato consiste en ir encontrando los distintos pasos por los que, desde el planteamiento del problema, se acaba llegando a la resolución.

Sin embargo, en este caso, y al menos en apariencia, el autor no tenía que hacer nada de todo eso. La historia ya le venía dada y lo único que tenía que hacer era narrarla. Sin embargo, al intentarlo Asimov se ve obligado a cambiar las soluciones propuestas (es incapaz de escribir una historia que no se cree y no se cree la historia que le han pasado) y, por otro lado, se encuentra con que los personajes, tal como están delineados en el guión, no le resultan cómodos de utilizar.

El primer problema lo resuelve como ya hemos dicho.

En cuanto al segundo, le resulta más fácil aún. Al fin y al cabo, en el guión, los personajes no pasan de ser esquemas, arquetipos definidos sin demasiada profundidad. Partiendo de ellos, y sin contradecirlos, es posible crear unos personajes con los que pueda trabajar y que sean más cercano al tipo de caracteres que diseña para sus propias historias.

Una vez resuelto eso, el proceso en sí de escribir la novela es coser y cantar. Desde el momento en que Asimov hace suya la historia y los personajes descubre que le es mucho más fácil escribir Viaje alucinante que cualquier otra de sus novelas. Por qué no: al fin y al cabo, el viaje ya está marcado, la peripecia está trazada de antemano y, una vez que ha sabido acercarla a su terreno y limarla de aquello que le resulta inconveniente, el resto del proceso es absurdamente fácil.

Tanto que Asimov termina la novela mucho antes de que la película esté lista y es publicada antes de que se estrene. Esto tiene como consecuencia que algunos lectores acaban creyendo que el Viaje alucinante de Fleischer es una adaptación (y una mala adaptación, llena de agujeros argumentales y de personajes de escaso interés) de una historia asimoviana, en lugar de ser al revés.

Confusión lógica, por otro lado. Asimov se las apañó con auténtica habilidad para convertir en suya una historia que no lo era y para escribir una novela a su propio estilo y sin traicionar ninguna de sus características como narrador. Las preocupaciones del Asimov que conocemos por sus novelas de los años cincuenta están en Viaje alucinante y, si en algo desentona con el resto de la producción asimoviana, es en el hecho de que hay demasiada acción para lo que Asimov nos tiene acostumbrados. Salvo por ese pequeño detalle, la trama, la estructura, los elementos de novela de misterio y la resolución de la historia son totalmente coherentes con lo que había venido escribiendo hasta ese momento.

* * *

Asimov siempre se vio a sí mismo, y lo era, como un escritor de brújula, antes que de mapa. Como hemos dicho, planteaba un problema, imaginaba una resolución y luego empezaba a buscar el camino que llevaría de ese problema a esa resolución, resolviendo sobre la marcha los distintos problemas que se pudiera encontrar a lo largo del camimo. Creando el paisaje, en cierto modo, a medida que lo recorría.

Según confesión propia, nunca trazaba líneas generales o preparaba una estructura previa. De hecho, la única vez que lo intentó, resultó ser un completo fracaso y acabó tirando todo aquello a la papelera.

Sin embargo, cuando fueron otros los que le prepararon el esquema previo, no hizo un mal trabajo. Viaje alucinante no es, desde luego, la mejor novela de Asimov, pero está lejos de ser una de las peores.  De hecho, como entretenimiento puro, es uno de sus relatos más logrados.

BIBLIOGRAFÍA:

  • Viaje alucinante (Fantastic Voyage). Houghton Mifflin, 1966. Edición española más reciente: Plaza & Janés (2003).
© 2009, Rodolfo Martínez

Bajo mínimos

Lunes 16 Noviembre 2009 | 459 lectura(s) | Sin comentar »
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Están a punto de llegar los años sesenta y, con ellos, se hará evidente el retiro de Asimov del género que le ha dado fama. En 1959 publica cinco cuentos, que se convierten en tan sólo dos al año en 1960, 1961 y 1962. Llega a su nivel más bajo en 1963, durante el que no publica ninguna historia de ciencia ficción.

Parece recuperarse un poco al año siguiente con la publicación de “¡Autor! ¡Autor!”, pero en realidad, se trata de un antiguo cuento que había vendido a finales de los cuarenta y que aparece publicado ahora, más de diez años después.

De un modo u otro, Asimov se las va apañando a lo largo de esa década para publicar, al menos, un relato de ciencia ficción cada año (salvo en 1963, como ya hemos dicho) de forma que su nombre siga presente en el género. Eso, unido a las distintas antologías de su narrativa breve de ciencia ficción que va compilando a lo largo de esos años y de la novelización de la película Viaje alucinante (que aparece en libro en 1966, previa serialización en The Saturday Evening Post) hacen que siga siendo, en parte por pura inercia, una figura importante en el género y un nombre a tener en cuenta en la memoria de los aficionados.

Pero para principios de los años sesenta, Asimov tiene ya claro que la ciencia ficción es apenas una anécdota dentro de su producción literaria. Es la divulgación científica lo que se ha convertido en su actividad fundamental, en un proceso que arranca con el libro de texto que escribió a principios de los cincuenta en colaboración con otros dos profesores de la Universidad de Boston. O quizá podríamos considerar que su primer texto de divulgación fue aquella parodia sobre los artículos científicos que Campbell le publicó bajo el título de “Las propiedades endocrónicas de la tiotimolina resublimada”. Cierto que no se trataba de verdadera divulgación, pero fue la primera vez que Asimov vio que algo que, cuando menos, parecía un artículo sobre ciencia podía interesarle al público.

En cualquier caso, son los libros sobre ciencia los que se convierten en su principal fuente de ingresos (si bien los royalties de sus distintos libros de ciencia ficción -ya sean novelas o recopilaciones de relatos- siguen entrando y siguen siendo una no desdeñable cantidad) y le ocupan la mayor parte de su tiempo como escritor.

Eso será una constante durante el resto de su vida… o casi. Porque cuando lleguen los años ochenta las cosas cambiarán de un modo considerable y Asimov pasará los diez últimos años de su vida volviendo al género que le hizo famoso. Con fortuna desigual, eso es cierto.

* * *

Un poco por pundonor y un poco porque, sin duda, hay ciertos vicios que nunca terminas de abandonar del todo, Asimov sigue escribiendo, de vez en cuando, algún relato de ciencia ficción.

En 1959 publica cinco, como hemos dicho.

Empieza con “Una estatua para papá”, un cuento de carácter humorístico que juega con ciertas consecuencias inesperadas del viaje en el tiempo. No es un mal divertimento y su tono resulta adecuadamente irónico, aunque no es un relato especialmente memorable.

“Aniversario” es una especie de continuación de “Aislados de Vesta”, su primer cuento publicado.  Su interés es casi más histórico que literario: ver cómo Asimov utiliza los mismos personajes y narra una historia de intenciones similares (una especie de puzzle que hay que resolver a base de ingenio) que en su primer relato sirve para comprobar lo mucho que ha aprendido en todo este tiempo, tanto en cuestiones puramente técnicas -su lenguaje es ahora más depurado, lleva de una secuencia a otra de un modo más suave, sin transiciones bruscas- como en definición de personajes, cuyas actitudes son ahora más creíbles, menos acartonadas que en  “Aislados de Vesta”. Aparte de eso, no es una historia que deje mucha huella en la mente del lector, ni para bien ni para mal.

“Cuarta generación” es un relato extraño por varios motivos. No sólo se trata de un cuento de resonancias explícitamente religiosas (algo poco frecuente en la narrativa asimoviana) sino que además es quizá la primera vez donde el autor utiliza sus raíces judías de un modo claro y directo en su narrativa. El resultado es un cuento evocador y en ocasiones desconcertante que, sin embargo, funciona y convence. Demuestra, una vez más, el poco miedo que Asimov tenía a trabajar sin red, a enfrentarse a retos narrativos de los que no tenía muy claro cómo iba a salir y a afrontarlos sin preocuparse de lo que pudiera pasar. Tal vez, y no digo que necesariamente sea así, el hecho de que nunca los viera como retos o como problemas sino, simplemente, como historias que le apetecía contar porque le resultaban interesantes, tiene mucho que ver con se las apañase para salir con bien del atolladero donde se metía.

En “Necrológica”  narra una historia bastante cruel que, una vez más, gira alrededor de las vicisitudes de una familia disfuncional: un marido dominante y ocasionalmente maltratador, condenado a ser un investigador mediocre cuyos éxitos siempre serán pisados por los demás, y una mujer brillante pero débil que se deja dominar una y otra vez. La historia gira alrededor, más o menos, del viaje en el tiempo y tiene un final lleno de un humor bastante negro y muy ácido. Está narrado en primera persona por el personaje femenino (un personaje tremendamente creíble y muy bien construido con dos pincieladas) y todos esos detalels convierten este cuento en una pieza más que sobresaliente de la narrativa asimoviana. La trama funciona sin fisuras (para entonces, el dominio de Asimov de las estructuras narrativas es prácticamente total), está perfectamente trabada y el final, cruel y negro como hemos dicho, está a la altura de lo narrado. Deja un regusto de boca bastante amargo, en realidad.

“Lluvia, lluvia, vete lejos” es, sin embargo, poco más que un juego banal que, por suerte, no es lo suficientemente largo para que nos resulte molesto. A veces Asimov se enfrentaba a ideas con las que no sabía muy bien cómo jugar (más allá de convertirlas en una viñeta breve orientada hacia un chiste final) y éste es un caso muy claro de eso.

* * *

Decíamos antes que en 1960 Asimov sólo había publicado dos cuentos, pero en realidad uno de ellos, “El pacto”, es un round-robbins (fórmula peculiar en la que un autor inicia la historia, varios distintos la van continuando y otro más la remata) escrito en colaboración con Poul Anderson, Robert Sheckley, Murray Leinster, y Robert Bloch. Nunca ha sido incluido en ninguna de las antologías de relatos de Asimov, así que no puedo decir nada sobre él, más allá la evidente curiosidad que pueda tener por comprobar los resultados de tan extraño artefacto.

El otro relato es “Tiotimolina y la era espacial”, una nueva entrega de su serie sobre la sorprendente sustancia que se disuelve justo antes de que se le añada agua, escrita en este caso en forma de un discurso en el duodécimo Simposio Anual de la “Sociedad Cronoquímica Americana”. Menos divertido, tal vez, que anteriores entregas, cumple sin embargo su propósito de parodia del lenguaje oscuro y altisonante de ciertas comunicaciones científicas.

* * *

Los dos cuentos de 1961 son “La máquina que ganó la guerra” y “¿Qué es eso que llaman amor?”.

El primero es un trabajo menor (muy menor, de hecho) que apenas tiene interés.

El segundo, sin embargo (titulado originalmente “Playboy y el dios baboso”) es una delirante parodia de los clichés más desenfrenados del pulp sobre las libidinosas intenciones de los alienígenas de ojos saltones (los famosos BEMs) hacia las hembras humanas.  En un estilo decimonónico, casi victoriano, Asimov escribe una sátira sexual en la que juega una y otra vez con los equívocos y ridiculiza constantemente ciertas conductas humans por el método, simple y efectivo, de mostrárnoslas a través de los ojos de los extraterrestres. Uno de los relatos más divertidos de Asimov, sin la menor duda, lleno de bastante mala baba (perdón por el fácil juego de palabras) pero también, curiosamente, preñado de una cierta nostalgia por una época en la que la ciencia ficción era menos sofisticada y más inocente.

* * *

Ninguno de los relatos que publica en 1962 son demasiado memorables. Ni “Mi hijo, el físico” ni “Luz estelar” resultan gran cosa. El primero es un chiste breve y bastante previsible y el segundo una historia de misterio que se deja leer pero también se olvida casi enseguida. Tienen el pequeño interés de haber aparecido en sendos números de Scientific American, en unas páginas de publicidad financiadas por una empresa de electrónica, pero aparte de eso, no aportan gran cosa.

Y, tras estar un año sin publicar nada de ciencia ficción, en 1964 aparece “¡Autor! ¡Autor!” en una antología dedicada a recopilar lo mejor de Unknown, la revista gemela dedicada a la fantasía de la Astounding de Campbell (que, por cierto, para entonces ha pasado a llamarse Analog). Asimov intentó muchas veces escribir para ella (solo y en colaboración con Frederick Pohl) pero la única vez que estuvo a punto de conseguirlo fue con este cuento.

Decimos “a punto”, aunque el relato fue aceptado y pagado. Sin embargo, antes de que el número de la revista que iba a contenerlo saliera a la venta, ésta fue cancelada por la editorial. Unknown siempre había sido una revista más cara que Astounding y con una tirada sensiblemente menor, hasta el extremo de que, en cierto momento, dejó de compensar económicamente su publicación. Así, justo cuando Asimov estaba a las puertas de conseguir su objetivo, éste desapareció del mercado.

Sería más de diez años más tarde cuando, según sus propias palabras, conseguiría colarse “de refilón” en las páginas de Unknown, a través de la antología que hemos mencionado.

“¡Autor! ¡Autor!” es, por tanto, un cuento primerizo, en cierto modo. Escrito a mediados de los años cuarenta, no desentona sin embargo con lo que Asimov ha estado publicando en los últimos tiempos. De contenido ciertamente humorístico (como casi toda su fantasía, como si no pudiera tomarse del todo en serio el género) y un tono que recuerda por momentos las comedias de enredo de los años cuarenta, narra la historia de un autor de novelas policiacas perseguido por el personaje que le ha dado fama: un detective implacable de gustos refinados y maneras seductoras que está a punto de convertir la vida de su creador en un infierno. El cuento fluye con soltura y con gracia (merced, de nuevo, al tono empleado, una primera persona de vocabulario un tanto anticuado que remite, una vez más, a P. G. Wodehouse) y su conclusión resulta perfectamente coherente con la trama que se ido hilvanando. De haber sido publicado en su momento, sin duda habría sido el primer cuento de Asimov donde éste habría tenido un éxito pleno en sus intentos humorísticos. Su primer relato netamente wodehouseiano, por así decir.

Aparecido a mediados de los sesenta es, simplemente, un relato más.

* * *

La cosecha de 1965 se compone de tres cuentos.

El primero, “El hombre que creó el siglo XXI” no sólo es perfectamente olvidable (un ensayo prospectivo, no demasiado interesante, disfrazado de relato) sino que el propio Asimov nunca lo consideró merecedor de ser incluido en ninguna de sus antologías.

“Padre fundador” maneja una idea de fondo muy similar, curiosamente, a “Adán sin Eva”, de Alfred Bester. Por desgracia, el relato de Bester tiene una carga emocional y una sabiduría narrativa muy superiores al cuento de Asimov. Bien llevado y bien resuelto éste no pasa, sin embargo, de ser una historia más entre tantas que se publicaron en su época.

En cambio, “Los ojos hacen algo más que ver” resulta mucho más satisfactorio. Un relato breve en la que una humanidad altamente evolucionada (se han convertido en seres de pura energía) añora sin embargo su antigua carne y todo lo que ésta les hacía sentir. Una historia de amor, en cierto modo, de pérdida y añoranza de las emociones perdidas, con momentos realmente intensos y un final bastante desgarrador.  Aunque es un cuento que suele pasar bastante desapercibido en la narrativa asimoviana, tengo que confesar que ha estado siempre entre mis favoritos.

Podríamos preguntarnos por qué y tal vez las respuestas nos llevarían a un lugar que tiene que ver más conmigo mismo que con las bondades del cuento. Pese a eso (y no voy a entrar en detalle en ello, al fin y al cabo, estos comentarios tratan sobre Asimov, no sobre mí), no puedo evitar seguir encontrándolo uno de sus mejores cuentos, en los que la potencia de las ideas y las imágenes está perfectamente equilibrada con la carga emocional de lo que se nos narra.

BIBLIOGRAFÍA:

  • “Una estatua para papá” (A Statue for Father). En Satellite Science Fiction, febrero de 1959. Edición española más reciente: Cuentos Completos II (B, 1992).
  • “Aniversario” (Anniversary). En Amazing Science Fiction, marzo de 1959. Edición española más reciente: Cuentos Completos II (B, 1992).
  • “Cuarta generación” (Unto the Forth Generation). En The Magazine of Fantasy & Science Fiction, abril 1959. Edición española más reciente: Cuentos Completos (B, 1992).
  • “Necrológica” (Obituary). En The Magazine of Fantasy & Science Fiction, agoto 1959. Edición española más reciente: Cuentos Completos II (B, 1992).
  • “Lluvia, lluvia, vete lejos” (Rain, Rain, Go Away). En Fantastic Universe, setiembre 1959. Edición españóla más reciente: Cuentos Completos II (B, 1992).
  • “El pacto” (The Covenant). En Fantastic Story Magazine, julio 1960. No sido recogido en ninguna antología.
  • “Tiotimolina y la era espacial” (Tiotimiline and Space Age). En Analog Science Fact & Fiction, octubre 1960. Edición española más reciente: Crónicas (Plaza & Janés, 1992).
  • “¿Qué es eso que llaman amor?” (What is this Thing Called Love?). En Amazing Stories, marzo 1961. Edición española más reciente: Cuentos Completos (B, 1992).
  • “La máquina que ganó la guerra” (The Machine that Won the War). En The Magazine of Fantasy & Science Fiction, octubre 1961. Edición española más reciente: Cuentos Completos (B, 1992).
  • “Mi hijo, el físico” (My son, the Pthysicist). En Scientific American, feberero 1962. Edición española más reciente: Cuentos Completos (B, 1992).
  • “Lus estelar”  (Star Ligth). En Scientific American, octubre 1962. Edición española más reciente: Cuentos Completos II (B, 1992).
  • “¡Autor! ¡Autor!” (Author! Author!). En The Unknow Five, 1964. Edición española más reciente: Crónicas (Plaza & Janés, 1992).
  • “Los ojos hacen algo más que ver” (Eyes Do More Than See). En The Magazine of Fantasy & Science Fiction, abril 1965. Edición española más reciente: Cuentos Completos (B, 1992).
  • “El hombre que creó el siglo XXI” (The Man Who Made the 21st Century). En Boy’s Life, setiembre 1965. No ha sido incluido en ninguna colección.
  • “Padre fundador” (Founding Father). En Galaxy Science Fiction, octubre 1965. Edición española más reciente: Cuentos Completos II (B, 1992).
© 2009, Rodolfo Martínez

Poco a poco

Lunes 2 Noviembre 2009 | 474 lectura(s) | Sin comentar »
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La desaparición de Asimov de las revistas de ciencia ficción será, sin embargo, paulatina, y nunca total. Como hombre prolífico que es, tiene el suficiente material acumulado para que durante un tiempo los aficionados no noten que se ha retirado parcialmente del género. Ya no publica novelas, es cierto, pero en los siguientes años sus relatos continúan apareciendo en las revistas.

Irán disminuyendo, pero casi hasta el final de la década de los cincuenta no se notará de un modo explícito esa tendencia.

En 1958, de hecho, se las apaña para publicar (junto a, una vez más, algún material intrascendente) algunos de os mejores cuentos.

* * *

“Mi nombre se escribe con ‘S’” es una especie de comedia bufa en torno al empecinamiento de un hombre sobre la correcta grafía de su apellido, en la que se juega con la idea de que, a menudo, basta un acontecimiento nimio, trivial, para desencadenar grandes cambios sociales. El cuento está llevado con soltura y sobre él flota un aire de divertimento sin pretensiones que lo hacen enormemente disfrutable, aunque al acabarlo nos quedemos con la sensación de que no se nos ha contado nada del otro mundo.

“Lenny”, por el contrario, es un relato totalmente prescindible. Aunque la idea de partida no es mala (mostrar el modo en que Susan Calvin vuelca sus necesidades afectivas en los robots), la historia se nos hace predecible desde el principio y acaba resultando demasiado obvia enseguida.

Una de cal y otra de arena, podríamos decir. Porque al mes siguiente de  “Lenny”, publica “La sensación de poder”, uno de los relatos más estremecedores que ha escrito Asimov. Su apariencia es, quizá, la de un juego intrascendente. Da la sensación de que el autor se ha limitado a tomar ciertos lugares comunes, darles la vuelta y luego llevar eso a sus consecuencias finales con cierto ingenio, pero en realidad las implicaciones morales -y casi podríamos decir que metafísicas- que hay tras ese cuento, son de gran calado y, lo que es más importante, en ningún caso se nos muestran explícitamente o se nos lanzan a la cara. El cuento está tan bien llevado que no parece tener nada detrás, y sólo al terminarlo comprendemos y empezamos a ser conscientes de toda la carga ideológica que tiene.

Lástima que no sepa hacer lo mismo en “Asnos estúpidos”, un cuento con moraleja cuya mayor virtud es su brevedad y en la que al autor lanza a la cara del público sus advertencias sobre el peligro atómico sin ninguna sutileza.

“Todos los problemas del mundo” es un cuento que gira alrededor de Multivac, el superordenador que, con los años, irá apareciendo en unos cuantos de sus relatos cortos. En cierto modo, es una historia policiaca, con Multivac anticipando que se va a producir un crimen contra ella y los humanos tratando de detener al futuro autor antes incluso de que éste mismo sea consciente de que va a cometer crimen alguno. El giro final del relato, en el que de pronto el gran ordenador se humaniza y muestra su cansancio es quizá demasiado obvio, pero el lugar moral al que apunta (una humanidad que se ha descargado de responsabilidad a sí misma y ha puesto todos sus problemas y decisiones en manos de una inteligencia superior que ellos mismos han creado) da que pensar y dice mucho de nosotros como especie. Y no necesariamente bueno.

“Compre Júpiter” parece ser un simple chiste, una anécdota breve dirigida a la imagen final que, se supone, debe arrancarnos al menos una sonrisa. También es un análisis -superficial pero atinado- del mundo publicitario y de ciertos comportamientos humanos bastante característicos. Lo curioso es que en este relato, sin duda sin darse cuenta, Asimov sigué los clichés de Campbell que en su momento tanto le molestaban y que fueron los responsables de que dejara de incluir extraterrestres en sus historias. La humanidad que aparece en “Compre Júpiter” acaba demostrando su superioridad frente a otras especies gracias a su astucia y su rapacidad comercial. Estoy seguro de que Asimov ni pensó que estaba siguiendo los patrones que le gustaban a su antiguo editor: sin duda se limitó a dejarse llevar por la lógica del relato sin más. Pero el resultado es, sin duda, curioso.

En “El bujo al día” intenta crear una comedia al estilo de Gilbet & Sullivan. El cuento, deliberadamente escrito en un tono arcaíco, casi victoriano, funciona bien como parodia a pesar de lo previsible del chiste final, gracias sobre todo al modo hiperbólico, lleno de perífrasis “de decencia” podríamos decir, en el que se narra.

Y el año no podría terminar mejor.

Con “El niño feo” el propio Asimov reconoce que, en cierto modo, estaba escribiendo por encima de sus posibilidades, creando una pieza narrativa con un alcance emocional que nunca volvería a lograr.

La peripecia del relato es sencilla: unos investigadores han conseguido traer del pasado a un niño neandertal y contratan una niñera para cuidarlo mientras permanezca en el presente. El cuento se limita a narrar la relación entre la niñera y el niño, y lo hace siempre en un tono distante, sin emoción, sin implicarse en lo que está ocurriendo. Eso es, sin duda, su gran acierto narrativo y lo que consigue que, cuando la historia alcanza la conclusión y llega el momento del sacrificio, el lector esté inequivocamente emocionado y, en ese momento, sienta una identificación casi total con la actitud de la niñera.

Las herramientas narrativas que Asimov ha usado para ello son de lo más simples: presenta siempre la acción desde los ojos de la niñera, si bien lo narra en tercera persona, y va pasando lentamente del desagrado inicial de la mujer, su decisión de ser profesional ante todo al modo en que, día a día, le va cogiendo cariño al niño a su cuidado. Asistimos al nacimiento de lo que sólo puede ser descrito como amor materno casi a la vez que se forma en el interior de la niñera y hacemos todo eso sin que la historia caiga ni un solo instante en lo sensiblero o lo facilón.

Es precisamente ese tono distante, sin implicaciones emocionales, y su contraste con la historia enormemente emotiva que nos está contando lo que hace que el cuento funcione. Asimov se revela aquí como un narrador consumado, dosificando a la perfección los acontecimientos, la trama y la estructura y midiéndolo todo de un modo casi extremo. Es casi como si, a regañadientes, nos permitiera la identificación emocional con lo que sienten los personajes, como si nos estuviera sujetando en todo momento y no nos permitiera acercarnos demasiado.

Eso hace que lo deseemos aún más. Así, cuando la niñera realiza el sacrificio final, su acto definitivo de amor y entrega como madre, nos hemos convertido en una olla a presión a la que no se le ha permitido soltar vapor. Cuando el relato termina, nos descubrimos exaustos y emocionados y durante un buen rato nos sentimos incapaces de seguir leyendo más. Tenemos que parar y asimilar lo que estamos sintiendo.

Asimov afirma que él mismo lloró cuando terminó de escribir el relato. Sin embargo, su gran acierto fue precisamente no emocionarse como narrador en ningún momento, consiguendo de ese modo transmitir la empatía hacia la situación y los personajes de un modo sobrio pero tremendamente eficaz.

Es una lástima que el autor no supiera aprovechar esa misma lección varios años más tarde, cuando se sienta a escribir “El hombre del bicentenario” y lo que consigue es una pieza sensiblera y un tanto ñoña. Dice mucho del modo en que escribía Asimov: un modo totalmente instintivo en el que no había tiempo para la reflexión, ni para volver hacia atrás y tratar de ver los mecanismos narrativos que le habían funcionado en el pasado. De haber sabido analizar su propia obra, sin duda “El hombre del bicentenario” habría sido una historia muy distinta.

Pero, al fin y al cabo, lo que importa en la carrera de un escritor son sus éxitos, más que sus fracasos. Y con “El niño feo” consigue uno de ellos y no precisamente menor. No deja de ser curioso que brillase con tanta fuerza justo en el momento en que estaba abandonando el género en el que había empezado.

BIBLIOGRAFÍA:

  • “Mi nombre se escribe con ‘S’” (Spell my name with an ‘S’). En Star Science Fiction, enero 1958. Edición española más reciente: Cuentos Completos (B, 1992)
  • “Lenny” (Lenny). En Infinity Science Fiction, enero 1958. Edición española más reciente: El robot completo (Alamut, 2008).
  • “La sensación de poder”. (The feeling of power). En If: Worlds of Science Fiction, febrero 1958. Edición española más reciente: Cuentos Completos (B, 1992).
  • “Asnos estúpidos” (Silly Asses). En Future Science Fiction, febrero 1958. Edición española más reciente: Compre Júpiter (Plaza & Janés, 2000).
  • “Todos los problemas del mundo” (All the troubles in the world). En Super-Science Fiction, abril 1958. Edición española más reciente: Cuentos Completos (B, 1992)
  • “Compre Júpiter” (Buy Jupiter). En Venture Science Fiction, mayo 1958. Edición española más reciente: Compre Júpiter (Plaza & Janés, 2000).
  • “El brujo al día” (The up-to-date sorcerer). En The Magazine of Fantasy and Science Fiction, julio 1958. Edición española más reciente: Cuentos Completos (B, 1992).
  • “El niño feo” (The ugly little boy). En Galaxy Science Fiction, setiembre 1958. Edición española más reciente: Cuentos Completos (B, 1992).
© 2009, Rodolfo Martínez

Carrera interrumpida

Lunes 26 Octubre 2009 | 549 lectura(s) | 4 comentarios »
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Asimov estaba trabajando en una nueva novela de ciencia ficción. Una historia donde, una vez más, Elijah Baley y R. Daneel Olivaw unían sus esfuerzos para desentrañar un misterio. Es probable que el punto de partida no fuera muy distinto a lo que luego sería Los robots del amanecer: un asesinato en Aurora, el principal de los cincuenta mundos que un día fueron colonias terrestres.

En cualquier caso, esa novela nunca llega a término. Con poco más de un par de capítulos escritos, Asimov la abandona. ¿Por qué? ¿Tan mala estaba resultando?

No, en realidad no tiene nada que ver con eso. O, al menos, es lo que Asimov siempre ha afirmado.

Según su propia versión, lo que ocurrió fue que a finales de 1957 los rusos pusieron en órbita el Sputnik y se pusieron por delante de los americanos en la carrera espacial. Y eso lo cambió todo.

De un modo u otro, había hecho de la ciencia su vida y su principal foco de interés. A partir de ese momento será, también, su principal fuente de ingresos.

¿Iban a ganar los rusos la carrera espacial?, se preguntaba Asimov. ¿Por qué? ¿Tal vez porque el pueblo americano, seguramente el mayor potencial humano en la historia de la humanidad, se despreocupaba por la ciencia, no le interesaba, no la comprendía y, en el fondo, pensaba que no le afectaba? Sin un apoyo popular fuerte, el programa espacial americano estaba destinado a fracasar. Y, para que existiera ese apoyo popular, el pueblo debía comprender la ciencia, la importancia de la ciencia y tenía que sentirse interesado por ella.

Así que Asimov se embarca en una cruzada personal, decidido a convertirse en el mejor escritor científico del mundo y a educar al pueblo norteamericano. A poner, a su modo, su granito de arena en apoyo del programa espacial americano.

* * *

Ésa es la versión oficial del asunto. La versión que el propio Asimov contó hace ya bastante tiempo y que nunca cambió.

Cabe preguntarse, sin embargo, si es totalmente correcta.

No dudamos del mazazo que tuvo que representar ver a los rusos tomar la delantera. Afectó a toda la sociedad norteamericana en mayor o menor medida y volcó el interés del público hacia algo que hasta entonces apenas le había interesado.

Un interes que, por cierto,  se desvanecerá poco más de diez años más tarde cuando los americanos lleguen los primeros a la Luna. Han ganado la carrera. A partir de ese momento, los astronautas dejan de ser esforzados héroes del mundo libre para pasar a convertirse en aburridos técnicos que realizan un trabajo rutinario. Sólo cuando el Apolo XIII sufre un accidente y está a punto de suceder un desastre, el público recupera el interés por el programa espacial. Un interés, todo hay que decirlo, que en ese momento es puro morbo.

Pero el romanticismo, la emoción, la aventura se pierden en cuanto Armstrong pone los pies en la superficie lunar.

Decíamos que el lanzamiento del Sputnik cambió la sensibilidad de la sociedad americana. Y sin duda Asimov no fue una excepción. Pero me resulta difícil creer que ése fuera el único motivo por el que decide abandonar una más que asentada carrera literaria en favor de la divulgación científica.

No podemos saber qué pasó realmente. Pero se pueden ver algunos indicios.

El primero es que en los últimos años Asimov ha descubierto que escribir sobre la ciencia le gusta, le proporciona un enorme placer y se resulta mucho más fácil que escribir ciencia ficción.

El segundo es que sus ingresos en el campo de la divulgación empiezan a ser interesantes y quién sabe si no tardarán en superar a lo que obtiene escribiendo novelas y cuentos. La ficción empieza a no serle rentable: la relación tiempo empleado/resultados obtenidos es grande, demasiado, sobre todo comparada con los artículos científicos que casi parecerían escribirse solos.

Añadamos que la ciencia ficción está cambiando. Poco a poco, pero ya empieza a ser perceptible, están empezando a aparecer nuevos escritores cuyas preocupaciones ya no son las mismas que las de aquellos que iniciaron su carrera en las revistas pulp. La new wave está a la vuelta de la esquina. La ciencia ficción está creciendo, diversificándose, volviéndose más competitiva y las exigencias de calidad son cada vez mayores. Unas exigencias que Asimov, tal vez, teme que sea incapaz de cumplir, con su estilo sencillo, directo y carente de presensiones “literarias”.

Y si lo redondeamos con la situación familiar de Asimov obtenemos un panorama bastante completo. La familia va creciendo, y cada vez es más cara de mantener. De momento no hay preocupaciones, pero quién sabe si en el futuro…

Sospecho que es una confluencia de todos esos factores (más el hecho indudable del mazazo que supone el lanzamiento del Sputnik) lo que lo llevan a tomar la decisión de dejar de forma activa la ciencia ficción.

No por completo, sin embargo. De haber sido estrictamente lógico, racional, práctico, sin duda se habría encogido de hombros, habría abandonado el nicho literario en el que dio sus primeros pasos y habría seguido su camino sin volver a pensar en ello. Pero, por suerte o por desgracia (por suerte algunas veces, por desgracia, muchas otras) los humanos no somos seres totalmente lógicos y prácticos.

Aunque ha decidido dejar de escribirla, no quiere dejar la ciencia ficción. Quiere, de algún modo, seguir presente en el género. En parte porque es su casa, el lugar donde de verdad se siente cómodo y donde ha hecho buena parte de sus mejores amigos. Y en buena medida, sin duda, por pura vanidad.

Así que su figura, su nombre, seguirá presente en las revistas y las convenciones del género. Primero a través de los artículos científicos que publica en The Magazine of Fantasy and Science Fiction. Luego, a través de ocasionales relatos de ciencia ficción, que aún escribe de vez en cuando, o introducciones  y prólogos a alguna antología de relatos de otros autores. Y, por supuesto, actuando como maestro de ceremonias y participando activamente en convenciones y congresos, cuando puede permitirse acudir a ellos.

De un modo u otro, aunque la ciencia ficción no tarda en convertirse en una parte mínima, casi irrelevante de su producción literaria, su identificación con el género se mantiene. Sus libros se siguen vendiendo y reeditando y su nombre nunca está del todo ausente del mundo de la CF americana.

Él mismo, cuando alguien le pregunta a qué se dedica, de qué escribe, responde siempre lo mismo: “A una gran variedad de temas, desde Shakespeare a la bioquímica. Pero, sobre todo, soy conocido como escritor de ciencia ficción”.

Y es que en su fuero interno, aunque escribir otras cosas le resultase más sencillo, menos trabajoso y más gratificante económicamente, siempre se ve como un autor de CF. Y, una y otra vez, las circunstancias lo hacen volver al género, aunque sea de forma ocasional.

Acabará regresando de un modo definitivo a principios de los años ochenta. Pero de eso ya hablaremos más adelante.

© 2009, Rodolfo Martínez

Diversificando

Lunes 19 Octubre 2009 | 504 lectura(s) | 1 comentario »
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Para cuando llega 1957, Asimov ya no es “sólo” un autor de ciencia ficción. Ha publicado varios libros de ciencia, reparte sus artículos divulgativos por diversas publicaciones y está preparando su primera novela policiaca, que saldrá al año siguiente bajo el título de Los mercaderes de la muerte, aunque acabará siendo reeditada años más tarde bajo el título que había pensado originalmente su autor: Soplo mortal.

La novela es un relativo fracaso. Acostumbrado a que su ciencia ficción se venda bien (tanto las novelas como las recopilaciones de relatos)  Los mercaderes de la muerte tiene unas ventas bastante discretas y unas críticas no demasiado entusiastas. De hecho, en una convención de literatura de misterio, Asimov se presentará como el “autor de la peor novela de misterio jamás publicada”. Una exageración, sin duda. La novela, si bien pasa en un principio bastante desapercibida acabará siendo reeditada con el tiempo, como hemos dicho, y entonces tendrá una carrera comercial bastante decente. No es, desde luego, la mejor novela policiaca del mundo, pero dista mucho de ser la peor. Y tiene además el interés añadido de ser, tal vez, la más autobiográfica de todas sus novelas.

Tanto el ambiente universitario que refleja como la situación académica del protagonista, sus problemas familiares y su escasa capacidad como investigador de laboratorio están tomados de la propia vida de Asimov. El misterio puede ser, quizá, un tanto trivial, pero la trama está bien llevada y la historia funciona, por un lado por la disección -en ocasiones despiadada- que realiza del microcosmos académico y, por el otro, por la interacción entre los personajes.

Precisamente uno de esos personajes es un policia cachazudo de apariencia poco despierta y que no para de hacer preguntas que no parecen tener sentido ni venir a cuento. Años más tarde Asimov reclamaría, medio en serio medio en broma, haber inventido al personaje de Colombo en su novela.

* * *

Como decimos, su producción ha aumentado y se ha diversificado. Y en los años anteriores ha publicado un par de recopilaciones de relatos: A lo marciano y Con la Tierra nos basta, así que empieza a ver con claridad que los relatos cortos tienen una vida comercial más allá de su primera publicación en revista. Ya lo había visto con Yo, robot y la trilogía de las Fundaciones, pero dado que con esos libros no verá jamás un centado -al menos mientras siga editándolos Greenberg- es con estas dos antologías con las que empieza a comprobar realmente que hay un mercado para las recopilaciones de relatos.

Y, sorprendentemente, para la poesía. En este tiempo Asimov ha publicado un par de poemas paródicos -con la métrica y la estructura tomadas de temas de sus admirados Gilbert & Sullivan- y ha conseguido publicarlos en alguna revista de ciencia ficción. Desde luego, Asimov no se toma en serio como poeta, ni pretende pasar por tal, pero se divierte con esas pequeñas parodias y, encima, le reportan un pequeño beneficio económico.

Sus problemas en la Universidad continúan, y lo harán hasta que termine dejándola. Para entonces apenas nececita el sueldo académico. Sus ingresos como escritor empiezan a ser más que suficientes para mantenerlo a él y a su familia y vivir razonablemente bien sólo de ellos. Psicológicamente, sin embargo, necesita la tranquilidad y la estabilidad que le da tener un trabajo fijo, así que seguirá un tiempo en ambos mundo por más que en su fuero interno sepa desde hace tiempo que, tarde o temprano, se convertirá en un escritor profesional a tiempo completo.

* * *

En lo que se refiere a la ciencia ficción, empieza el año publicando “Polvo mortal” en Venture Science Fiction. Es, de nuevo un relato en el que combina sus dos géneros predilectos, pues se trata de una historia policiaca en un escenario futurista. Como casi todas los relatos de ese cariz, hay un hecho científico concreto imbricado en el crimen y su resolución y, al igual que en todos ellos, Asimov siempre es honrado con el lector y no le miente, permitiendo, si éste es lo bastante sagaz, que desentrañe el misterio por sí mismo.

Con “Rompehuelgas” juega con los prejuicios sociales, al presentar un mundo que desprecia y margina a la familia de la que depende y sin la cual el planeta literalmente no sobreviviría. El análisis que hace Asimov del modo en que las sociedades se enquistan y ciertas actitudes acaban arraigando en nosotros hasta convertir lo socialmente adquirido en casi natural es brillante. En cierto modo, ése mismo tema lo exploraría años más tarde en el relado “Buen gusto”, pero en “Rompehuelgas” se muestra mucho más eficaz a la hora de llegar al fondo de las cosas y presentarnos lo relativo de muchas situaciones que aceptamos como objetivas e inamovibles.

“Unámonos” es una historia de robots. Un relato-rompecabezas de interés moderado y, por suerte, longitud también moderada.

A Asimov le piden que escriba un relato breve titulado “En blanco”. A otros dos escritores se les pide lo mismo. La idea es publicar los tres relatos a la vez para que el público vea de qué modo tan distinto trabajan tres escritores a partir de un arranque común. La premisa no es mala y tiene cierto gancho comercial. El resultado deja bastante que desear, al menos el del relato de Asimov, dramáticamente titulado “¡En blanco!” y que es el único que he podido leer. Una historia de viajes en el tiempo y paradojas temporales bastante rutinaria y previsible.

Aunque la idea que hay tras “¿Le importa a una abeja?” es poderosa y llena de resonancias, Asimov no es capaz de sacarle todo su potencial, por lo que el relato acaba quedándose a mitad de camino. Pese a ello, tiene algunos momentos memorables y de algún modo se las acaba apañando para que la idea nos impacte y no nos olvidemos por completo de ella.

Nada puedo decir de “El corazón de una mujer”. Asimov nunca permitió que se incorporara a una colección de relatos.

En “Profesión”, vuelve a demostrarnos su talento para la especulación social, para la intriga policiaca y para darle la vuelta a las ideas más comunes. La sociedad que presenta en este largo pero fascinante relato es lo bastante plausible para sentirla muy cercana nosotros mismos. La élite intelectual que hay bajo ella, por otro lado, resulta escalofriantemente lógica e inevitable a poco que se piense en ella.  El autor, con gran habilidad, hace pasearse a su personaje de un lado a otro durante toda la historia escamoteando frente a sus ojos, y los nuestros, lo que pasa realmente y mostrándonoslo sólo al final. Un relato brilante, sin duda de lo mejor de Asimov.

“Nicho Legal” es un cuento-chiste con juego de palabras final que quizá en el original sea desternillante -aunque sospecho que no-, pero que traducido acaba volviéndose simplemente incomprensible.

“A las ideas les cuesta morir” es un cuento que el propio Asimov despreciaba, en cierta medida, por haber sido sobrepasado por los acontecimientos. En efecto, apenas unos años después de haber sido publicado, las primeras circunvalaciones lunares y el posterior alunizaje transformarían en obsoleto ese cuento. Sin embargo, y pese a eso, sigue funcionando todavía narrativamente: tal vez por el enorme grado de paranoia implicado en su argumento y que resulta sorprendente en un cuento asimoviano. Hay momentos donde nos parece estar leyendo un relato de Philip K. Dick. Y no de los malos, precisamente.

¿Una historia de James Bond? Bueno, sí, eso es en cierta medida “Estoy en Puertomarte sin Hilda”. Un relato de misterio con alguna que otra alusión sexual (totalmente inocentes para nosotros, algo atrevidas para la época y sumamente osadas para su autor… cosas que pasan) y, en general, un aire irónico y desenfadado que convierten todo el cuento en una comedia de intriga bien llevada con un desenlace, no por esperable, menos adecuado.

En “Los buitres amables” Asimov vuelve a conseguir uno de sus grandes relatos. Al principio, parecería, estamos ante uno de esos cuentos tan típicos de los años cincuenta dedicado a advertirnos del peligro nuclear y la terrible inconsciencia del género humano, que acabará llevándonos al desastre. Pero el cuento no tarda en despegar por otros derroteros y se transforma en un análisis moral totalmente despiadado que, por cierto, sigue teniendo una vigencia total y absoluta hoy en día. Quién sabe si más que en el momento en que fue escrito.

“Esclavo en galeras” es otro relato de robots. Al contrario que “Unámonos”, éste sí que es un buen cuento, uno en el que, por un lado, se analiza magistralmente la psicología de los robots y, por el otro, muestra a la perfección la reticencia al cambio del psicología humana. Tiene un componente policiaco moderadamente intrigante, pero en realidad más que saber qué ha pasado y quién lo ha hecho (algo que vemos venir enseguida) lo que nos acaba interesando es por qué. Y el porqué dice mucho de nosotros como especie. Y no muy bueno.

“Insértese la varilla A en el agujero B” es de nuevo un chiste breve. A mí me parece que tiene cierta gracia, pero es también totalmente prescindible.

* * *

No parece que 1957 sea un mal año. Si miramos el total de lo que Asimov ha publicado, no está nada mal: trece relatos, un poema, una antología de cuentos, dos libros de ciencia y dos novelas. Parecería que está en buena forma literaria (su calidad, pese a evidentes altibajos fruto de su carácter prolífico y en ocasiones frenético, no es precisamente mala) y que la ciencia ficción es su principal actividad literaria.

Eso, sin embargo, está a punto de cambiar. El cuatro de octubre de ese año, los rusos ponen en órbita el Sputnik. Y eso, que cambiará en buena medida el mundo en los próximos años, cambia también el rumbo de la vida de Asimov. Ese hecho lo hace tomar una decisión que lo va marcar durante mucho tiempo y que, puestos a especular, podría ser el punto de inflexión perfecto para una ucronía sobre la historia de la ciencia ficción.

Tardará un par de años en notarse, pues tiene tanto material acumulado que aún pasará un tiempo antes de que los lectores se den cuenta de que casi ya no escribe ciencia ficción. Pero el hecho es ese. A partir de 1958 la ciencia ficción pasa a convertirse en una actividad marginal dentro la las labores literarias de Asimov. No la abandona por completo -en buena medida porque no puede-, pero ya no será su principal interés como escritor.

Y no volverá a serlo hasta casi veinticinco años más tarde.

BIBLIOGRAFÍA:

  • “Polvo mortal” (The Dust of Death). En Venture Science Fiction, enero de 1957. Edición española más reciente:  Estoy en Puertomarte sin Hilda (Plaza & Janés, 1998).
  • “Rompehuelgas” (Strikebreaker). En The Original Science Fiction Stories, enero de 1957. Edición española más reciente: Cuentos Completos (B, 1992).
  • “Unámonos” (Let’s Get Together). En Infinity Science Fiction, febrero de 1957. Edición española más reciente:  El robot completo (Alamut, 2008).
  • “¡En blanco!” (Blank!). En Infinity Science Fiction, junio de 1957. Edición española más reciente:  Compre Júpiter (Plaza & Janés, 2000).
  • “¿Le importa a una abeja?”. (Does a Bee Care?). En If: Worlds of Science Fiction, junio de 1957. Edición española más reciente:  Sueños de robot (DeBolsillo, 2004).
  • “El corazón de una mujer” (A woman’s Heart). En Satellite Science Fiction, junio de 1957. Inédito en castellano. Es otro cuento que Asimov siempre se negó a reimprimir.
  • “Profesión”. (Profession). En Astounding Science Fiction, julio de 1957. Edición española más reciente: Cuentos Completos (B, 1992).
  • “Un nicho en el tiempo” (A Loint of Paw). En The Magazine of Fantasy and Science Fiction, agosto de 1957. Edición española más reciente: Cuentos completos II (B, 1993).
  • “A las ideas les cuesta morir” (Ideas Die Hard). En Galaxy Science Fiction, octubre de 1957. Edición española más reciente:  Los vientos del cambio (Martínez Roca, 1984).
  • “Estoy en Puertomarte sin Hilda” (I’m in Marspot without Hilda). En Venture Science Fiction, noviembre de 1957. Edición española más reciente Cuentos Completos (B, 1992).
  • “Los buitres bondadosos” (The Gentle Vultures). En Super-Science Fiction, diciembre de 1957. Edición española más reciente: Cuentos Completos (B, 1992).
  • “Esclavo en galeras” (Galley Slave). En Galaxy Science Fiction, diciembre de 1957. Edición española más reciente:  El robot completo (Alamut, 2008).
  • “Inserte la varilla A en el agujero B”. (Insert Knob A in the Hole B”. En The Magazine of Fantasy and Science Fiction, diciembre de 1957. Edición española más reciente:  Cuentos Completos (B, 1992).
© 2009, Rodolfo Martínez

El sol desnudo

Lunes 5 Octubre 2009 | 489 lectura(s) | Sin comentar »
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Si en Bóvedas de acero, Asimov nos mostraba una sociedad agorafóbica, hacinada, enclaustrada en el útero en el que se habían convertido las megalópolis terrestres, cuando escribe El sol desnudo, su continuación, se va al extremo opuesto.

Es posible que la idea de Asimov pasara por ir visitando cada una de las antiguas colonias terrestres (o, cuando menos, las más importantes) e ir trazando una disección de ellas, usando a Elijah Baley y R. Daneel Olivaw como foco alrededor del que amarrar su historia. Y es que la herramienta que ha elegido para darle forma literaria a ese análisis social no puede ser más acertada: la novela policiaca.

Es curioso porque Asimov siempre será más partidario del policiaco clásico (lo que se suele llamar novela-problema, y cuyos principales cultivadores son ingleses) que de la vertiente más americana del género, la novela negra. Para Asimov todo es un rompecabezas, un problema lógico que hay que resolver, y sus detectives (humano y robot) lo hacen siguiendo las pistas, deduciendo a partir de los indicios y construyendo en su mente una estructura lógica que resuelva el caso. En ese aspecto, el policiaco asimoviano no puede ser más clásico.

Sin embargo, no deja de haber puntos de contacto con la novela negra americana. Y es precisamente en toda la carga que ésta conlleva de análisis y crítica de la sociedad en la que vive. La novela negra es un espejo deformante (por todo lo que tiene de exageración, de incisión en los puntos más negros y oscuros, de concentración de los acontecimientos en un grupo reducido de personajes durante un periodo de tiempo comprimido) del mundo en el que vive. Y, en cierto modo el policiaco de ciencia ficción asimoviano hace otro tanto. Al tomar ciertas tendencias humanas, llevarlas a sus últimas consecuencias e introducir en ese panorama un crimen y un investigador (ajeno y no ajeno al mismo tiempo a lo que investiga, distante y cercano a la vez a los acontecimientos) Asimov está haciendo, seguramente sin pretenderlo, novela negra.

Como decimos, su estructura debe más a Agatha Christie que a Raymond Chandler y, en ese aspecto, El sol desnudo es un policiaco clásico ejemplar. Las pistas se le van dando al lector y el investigador intenta reconstruir lo que ha ocurrido a partir de ellas. Como ya hiciera en Bóvedas de acero, Baley lanza una y otra vez hipótesis al aire y, cada vez que la realidad las echa abajo, las reconstruye y las transforma, en busca de una que, por fin, explique todos los hechos. Todos esos indicios están a la vista, el lector puede verlos igual que los ve el detective y, si es lo bastante listo, puede dar con la solución antes de que éste lo haga. En ese aspecto, una vez más, Asimov es ejemplar en su honradez: las cosas encajan como deben, la solución al enigma es coherente con éste y en ningún momento hay trampas ni conejos sacados de la chistera a última hora. Cuando Baley resuelve el crimen, somos conscientes de que está desentrañando la verdad y que ésta estaba ahí ante nuestros ojos casi desde la primera página.

* * *

La sociedad que describe en la novela, por otro lado, lleva al extremo una tendencia al aislamiento de los demás que, en la época en la que Asimov escribió El sol desnudo, apenas estaba en embrión, pero que hoy en día es claramente perceptible en algunas de las sociedades humanas más avanzadas tecnológicamente. Casos como el de Japón, con esos adolescentes que jamás salen de casa y viven sus vidas “virtualmente” sin contacto físico alguno con la realidad, pueden venir a la mente de todos.

Solaria, el planeta donde se desarrolla la acción, es un mundo poblado por poco más de veinte mil humanos que tienen a su servicio varios millones de robots. Un lugar donde cada hombre vive aislado, la interacción social es mínima y las comunicaciones nunca son cara a cara. Una sociedad de misántropos, en cierto modo.

En ese ambiente, las relaciones sexuales son algo desagradablemente necesario y profesiones como la de médico, geneticista o pedagogo son vistas como un castigo. El contacto físico es, por definición, desagrable. Y, lógicamente, cuando una persona descubre que la intimidad le produce placer, que el tacto de otros humanos es placentero, se la ve como una degenerada. Es una sociedad totalmente disfuncional, que desde la infancia intenta arrancar de los seres humanos sus tendencias naturales y, no contenta con reprimirlas, aspira que algún día desaparezcan.

Un experimento social, en cierto modo.

Que ha alcanzado distintos grados de desarrollo. Hay personas que pueden tolerar la presencia de otros seres humanos, en tanto no se acerquen demasiado. Para otras, en cambio, la sola idea de que alguien esté en la misma habitación, respirando el mismo aire, es insoportable. De hecho, Asimov describe magistralmente una entrevista entre Baley y el único psicólogo que tiene el planeta y donde éste pasa, de una forzada aceptación de la presencia de otro humano, a la huida y el aislamiento completos en poco más de unos minutos.

Esa escena está, curiosamente, inspirada en la realidad. El personaje que Asimov describe en ese momento está basado en Horace L. Gold, del que ya hemos hablado, y la propia anécdota que cuenta es muy similar a una anécdota real con el editor de Galaxy quien, a mitad de una conversación con Asimov, se disculpó, fue a la habitación de al lado y desde allí, incapaz de compartir el espacio con otra persona, llamó a Asimov por teléfono y siguió la conversación como si nada hubiera pasado.

En ese ambiente la presencia de alguien como Gladia Delmarre (una persona con impulsos “normales” desde nuestro punto de vista) se convierte en una aberración. Baley no tarda en darse cuenta de que Gladia no tiene los impulsos solarianos característicos y que, de hecho, se siente atraída por él. Y lo que sería normal en la Tierra se convierte en un comportamiento vicioso y degenerado en la fría sociedad solariana.

La disección de los distintos personajes que vamos viendo a lo largo de la novela acaba dibujando una sociedad profundamente enferma que, en cierto modo, está tan encerrada en su útero como lo está la terrestre de Bóvedas de acero. Las dos son sociedades extremas y, en cierto modo, a través de métodos opuestos han llegado al mismo lugar.

* * *

La novela comparte, lógicamente, varias características con Bóvedas de acero. La relación entre Baley y su colaborador robótico, R. Daneel, está donde la dejamos allí y se va perfilando un poco más. Los distintos personajes que van a apareciendo en la trama, por otro lado, tienen su aquel de arquetipos psicológicos, pero el autor los dota de los suficientes tics personales para que parezcan reales.

Aunque sin duda, los personajes dominantes de la novela son Baley y Daneel (en una contravención a una de las normas no escritas de la novela policiaca americana, donde el detective es el conductor de la trama pero no debería ser el protagonista) y, en menor medida, Gladia. Los tres componen una especie de curioso triángulo sentimental que Asimov, varios años más tarde, explorará con más detalle en Los robots del amanecer.

El sol desnudo es una novela perfectamente estructurada e impecablemente medida. Tiene en su contra el utilizar personajes y parte del escenario de otra, lo que hace que, a menudo, no se la vea como la estupenda novela que es. Bóvedas de acero y El fin de la Eternidad tienen la ventaja de presentar escenarios, personajes y situaciones nuevas, pero El sol desnudo no desmerece de ellas para nada.

Y, de hecho, al igual que Un guijarro en el cielo, Polvo de estrellas y Las corrientes del espacio componen una trilogía temática (analizando tres situaciones de opresión de una sociedad por otra) con Bóvedas de acero, El fin de la Eternidad y El sol desnudo hace lo mismo, en esta ocasión diseccionando tres sociedades disfuncionales que llevan a sus últimos extremos ciertas tendencias humanas.

Asimov alcanza aquí, sin duda, su gran momento como narrador. Su ciencia ficción ha ido evolucionando poco a poco, desde los clichés pulp, hasta convertirse en una herramienta eficaz de análisis, reflexión y especulación. Al mismo tiempo que su forma de narrar se va depurando y volviéndose más eficaz, también lo hace el modo en que enfrenta las ideas, los conflictos y su resolución.

Es tentador especular sobre qué habría pasado si Asimov no hubiera abandonado ese camino, si hubiera continuado escribiendo ciencia ficción como actividad principal. A menudo me pregunto cómo habrían sido las novelas que Asimov no llegó a escribir en los años sesenta y hasta qué punto habría podido seguir la estela de la new wave que apareció en esa época.

Por suerte o por desgracia, las cosas fueron por otros derroteros. El periodo que va de 1954 a 1957 es, seguramente, la cumbre en la carrera de Asimov como autor de ciencia ficción. Alcanza su madurez como narrador y nos ofrece sus mejores obras. A partir de ese momento, su producción de género va reduciéndose y, de hecho, no vuelve a escribir una novela de ciencia ficción enteramente propia hasta principios de los setenta.

Pasarán más de veinte años hasta que vuelva en serio y de modo principal a la novela. Y cuando lo haga, el tiempo se habrá cobrado sus facturas. Algo se ha perdido entre el Asimov de los cincuenta y el de los ochenta (aunque algo ha ganado también, como veremos) y ya no se recuperará jamás.

BIBLIOGRAFÍA:

  • El sol desnudo (The naked sun). Doubleday, 1957. Edición española más reciente: Debolsillo, 2005.
© 2009, Rodolfo Martínez

Asimov como narrador. Una reflexión personal

Miércoles 30 Septiembre 2009 | 399 lectura(s) | Sin comentar »
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Hace algún tiempo, y hablando con una persona que no es especialmente aficionada a la ciencia ficción, me preguntó qué estaba leyendo por esas fechas. Le respondí que bastantes textos biográficos sobre Asimov, muchos de ellos escritos por él mismo.

-¿Y es interesante? -me preguntó.

-Bueno -fue, más o menos, mi respuesta-. No es que el tipo tuviera una vida apasionante: de la escuela pasó al instituto, de allí a la Universidad, se casó, se doctoró, dio clases, dejó la Universidad, vivió de lo que escribía, se divorció, volvió a casarse, siguió escribiendo, se murió… Pero, de algún modo, te cuenta una vida de apariencia bastante normal de un modo que te la hace interesante.

Ahí lo dejamos. Y no volví a pensar en ello hasta pasados unos días.

“De algún modo”, alguien toma una biografía que, vista desde fuera, puede parecer aburrida (puede ser entretenida de vivir, seguro, pero difícilmente de contemplar como espectador), escribe varios centenares de páginas narrándola y hace que al lector le guste, le interese, lo atrape y quiera seguir leyendo sin parar, que aquello no se acabe y siga y siga.

“De algún modo”, repito.

A eso se llama ser un buen narrador. Incluso diría que se le puede llamar, con toda justicia, ser un narrador de primera.

A partir de ese momento, cada vez que alguien me pregunta por las capacidades literarias de Asimov, recuerdo sus textos biográficos. Y la respuesta es inmediata: “¿Buen escritor? No sé. Pero era un narrador cojonudo. No importaba lo que contase, lograba hacerlo interesante”.

© 2009, Rodolfo Martínez

De lo intrascendente a lo brillante

Lunes 28 Septiembre 2009 | 421 lectura(s) | Sin comentar »
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En los quince relatos que Asimov publica en 1956 hay de todo. Su carácter prolífico lo lleva escribir a destajo y la consecuencia obvia es que no siempre todo lo que sale de su máquina de escribir es bueno y, en muchos casos, se conforma con cuentos “correctos” que no pasan de ser ideas moderadamente interesantes ejecutadas con cierta pericia (con profesionalidad, podríamos decir) pero no resultan especialmente memorables.

Y, como hemos dicho, algunos de sus cuentos son intrascendentes, irrelevantes y, en algunos casos, incomprensibles por el público no anglosajón. Algo que se aplica a la perfección a “El mensaje”, publicado en febrero en F&SF y que no es más que un chiste fácil que gira alrededor de una frase hecha que, una vez traducida, pierda por completo toda la gracia. Y sospecho que, en el original, tampoco tiene demasiada.

En “Fuego infernal” volvemos a encontrarnos con un cuento totalmente prescindible. Básicamente una viñeta breve -ésa es su mayor virtud- destinada a advertirnos del peligro atómico.  Poco más se puede decir de este cuento, lleno de moralina y metáforas demasiado evidentes.

“Espacio vital” es, de nuevo, un chiste. Aunque al contrario que “El mensaje”, es un chiste que funciona. Asimov juega aquí con los universos alternativos y, de paso, caricaturiza ciertas obsesiones del americano medio. El cuento, sin ser una maravilla, funciona, convence y no está exento de interés en cuanto a sus especulaciones.

“¿Qué hay en un nombre?” no es en realidad un cuento de ciencia ficción, aunque se le suela incluir entre ellos. Es un relato policiaco ambientado en el departamento de química de una universidad y la resolución del misterio implica un hecho científico. Lo cierto es que no es de los mejores cuentos policiacos de Asimov: todo acaba resultando demasiado traído por los pelos.

Al igual que había hecho en los cuentos protagonizados por Wendell Urth, en “La noche moribunda” Asimov vuelve a mezclar policiaco y ciencia ficción y, al contrario que en el cuento anterior, aquí sí que consigue buenos resultados. La solución del misterio se basa en la peculiaridad de uno de los planetas del sistema solar y éste está bien planteado y resuelto. La pecualiaridad mencionada se revelaría como falsa algunos años más tarde, pero de acuerdo a la ciencia de la época el relato sigue siendo válido. Y narrativamente funciona.

“Algún día” es, más o menos, un cuento de robots. También es sensiblero y demasiado evidente.

En cuanto a “Primera ley”, es un regreso a Powell y Donovan, los dos testadores de robots de los primeros cuentos de Asimov sobre el tema. Sin embargo, no hay demasiados motivos para el entusiasmo: de nuevo estamos ante un chiste fácil contado con cierta gracia. Eso, y el hecho de que el cuento es muy breve, lo hacen soportable.

No contento con eso, en “El lugar acuático” volvemos a los chistes, los equívocos y los juegos de palabras. Pese a todo, y al contrario que los anteriores, cuando llegamos al retruécano final sentimos que, pese a todo, ha merecido la pena dedicar unos minutos a leer el chiste, tal vez por el retrato, breve y superficial, pero efectivo que nos traza aquí de un policía palurdo de pueblo.

“Todos exploradores” es un relato que utiliza una idea realmente potente y con la que autor sabe jugar de un modo adecuado, dosificando la información de tal forma que, cuando el lector comprende lo que pasa (casi a la vez que los personajes) le golpea con bastante fuerza. El problema es que aquí nos encontramos con un par de personajes bastante planos que no son capaces de conducir de forma adecuada la historia. Un cuento irregular, aunque escrito con oficio.

Con “Treta tridimenional”, Asimov se embarca en la clásica historia de pactos con el diablo. La originalidad del asunto está en que el personaje, para librarse del pacto diabólico, utiliza una treta basada en la ciencia, y no en la magia. Es agradable de leer, pero no especialmente memorable.

* * *

Hasta ahora no parece estar siendo un gran año. Y, desde luego, si Asimov sólo hubiera publicado esos relatos en 1956 podríamos haberlo considerado uno de sus años más flojos.

Eso es porque he hecho trampa y he dejado los mejores cuentos asimovianos de 1956 (entre los que están algunos de sus mejores cuentos de todos los tiempos) para el final.

En abril  publica “El pasado muerto”, sin duda uno de sus mejores relatos. Por un lado, está la sociedad que plantea en el cuento (a menudo, como bien dice mi buen amigo José Manuel Uría, son las sociedades que describe los verdaderos personajes asimovianos) y por el otro la trama que imbrica en esa sociedad. Ambas se complementan a la perfección y llevan la historia hacia una conclusión escalofriante pero totalmente lógica.

En “El pasado muerto” vivimos en una sociedad donde la investigación científica está tan fuertemente compartimentada que interesarse por una disciplina científica que no sea la propia se ve como una excentricidad peligrosa muy cercana a la herejía. Que un físico sienta interés por la historia, o viceversa, no es aceptable y podría traerle consecuencias muy graves para su carrera. Al mismo tiempo, el lenguaje de los científicos se ha vuelto tan alambicado, oscuro y farragoso, que éstos son incapaces de poner por escrito sus investigaciones de un modo comprensible. La sociedad se ha visto obligada a crear una figura incómoda: el periodista científico, con suficientes conocimientos de ciencia para entender lo que hacen los científicos y con la habilidad necesaria para hacer comprensible al público lo que los científicos están haciendo. Las minutas de esos individuos son considerables y en lo económico son personas prósperas. Sin embargo su prestigio social es escaso y ningún verdadero científico reconocería en público tener un pariente que se dedique a eso.

No hace falta ser un lince para darse cuenta de que Asimov está hablando de sí mismo, de su labor como divulgador científico y del modo en que los científicos “de verdad”, encerrados en una torre de marfil académica, miran por encima del hombro a los divulgadores.  El propio Carl Sagan, algunos años más tarde, se vio enfrentado al desprecio de sus colegas cuando decició “perder el tiempo” en hacer comprensible al gran público los descubrimientos de la ciencia sobre el cosmos; no comprendían que divulgar la ciencia era, socialmente, tan importante como la propia ciencia en sí, que una sociedad bien informada -de un modo claro, preciso y sin paternalismos- sería menos maleable por la superstición y los prejuicios… a menudo en contra precisamente de la ciencia. Situación paradójica: toda nuestra vida está presidida (desde que abrimos los ojos por la mañana hasta que los cerramos por la noche) por los efectos prácticos de la ciencia; y sin embargo,  desconfiamos de ella, la sentimos peligrosa y oscura cuando no, directamente, la vemos como poco importante para nuestro vivir diario.

La trama que se inserta en esa peculiar sociedad desmiente una vez más la leyenda sobre que Asimov es incapaz de construir personajes complejos y creíbles. Tanto el historiador obsesionado con Cartago como el joven físico que lo ayuda a saltar las barreras del gobierno  como el tío de éste (inspirado sin duda en el propio Asimov) son personajes perfectamente diseñados, totalmente humanos y completamente verosímiles. “El pasado muerto” es uno de los mejores relatos de Asimov fundamentalmente por la parte humana imbricada en él, que es lo que lo hace avanzar, lo que lo vuelve interesante y lo que consigue la conclusión (realmente estremecedora) nos golpee con la fuerza con la que lo hace.

Una conclusión, por cierto, bastante curiosa, porque nada contracorriente. Acabado el relato lo que descubrimos es que los esforzados héroes individualistas que han decidido enfrentarse a los tejemanejes del gobierno han destruido, a su pesar, el mundo tal como lo conocen, abocándolo a un caos que era, precisamente, lo que el estado, supuestamente malévolo, cerril y corto de miras, trataba de evitar. Asimov nos lleva durante todo un relato por un cierto sendero ideológico y moral para, al final, dinamitar por completo sus premisas y darle la vuelta completa a la situación.

* * *

“Paté de Foie Gras” es, tal vez, el cuento más delirante y divertivo que Asimov ha escrito jamás. Y, encima, la idea de ciencia ficción que lo mantiene (una explicación científica y racional del mito de la gallina de los huevos de oro -una oca, en realidad, en la tradición anglosajona-) es brillante y está excelentemente tratada. Es, quizá, el cuento de Asimov donde la influencia de P. G. Woodhouse se ve con más claridad.

Narrado en primera persona en un juego que tiene mucho de metaliterario (el lector comprenderá por qué, cuando llegue al final), lleno de ironía y de ganas de jugar con los clichés de la ciencia ficción y darles la vuelta una y otra vez, no diré que “Paté de Foie Gras” es el mejor cuento de Asimov, pero podría estar perfectamente entre los diez mejores. Es un cuento que ha sido subestimado una y otra vez, sospecho que a causa de su tono humorístico (el humor es, siempre, “literatura de segunda” en el ánimo de ciertos críticos) pero eso no debería impedirnos ver lo potente de la idea que Asimov maneja y lo bien que la resuelve, tanto conceptual como narrativamente.

* * *

“La última pregunta” es, según confesión propia, el cuento favorito del propio Asimov. Su mejor cuento, en su personal ranking. No estoy del todo de acuerdo, pero sin duda sí que ocupa una posición muy alta entre la producción breve asimoviana.

Es un relato cosmológico que gira una y otra vez alrededor de la posibilidad de invertir la tendencia a la entropía del universo y, por tanto, evitar la muerte de éste. La escala a la que está narrada va siendo cada vez mayor, hasta llegar a un final que abarca todo el cosmos y que, no podía ser menos, acaba teniendo reminiscencias bíblicas. Leyendo cuentos como “La última pregunta” es fácil comprender por qué, para muchos, los años cincuenta del siglo XX son el mejor momento especulativo para la ciencia ficción americana: el atrevimiento con que maneja ciertas ideas, la carga especulativa, incluso ideológica, que tiene el género en ese momento, la confluencia entre una buena narrativa y un fondo de implicaciones apabullantes… es una cima que la ciencia ficción no ha vuelto a alcanzar.

Y que temo, por desgracia, que no vuelva a hacerlo. Uno de los motivos por los que la ciencia ficción alcanza una auténtica edad de oro en los años cincuenta (sí, sé que la Edad de Oro “oficial” son los cuarenta, pero a mí esa década siempre me pareció simplemente el prólogo imprescindible para la explosión de la siguiente) es la dominación total del cuento corto. Porque es ahí, en el relato, donde el género encuentra su acomodo natural, donde puede desarrollar por completo su potencial especulativo y, sobre todo, concentrar su fuerza y su garra sin que éstas se diluyan como acabará pasando a medida que la novela vaya convirtiéndose en dominante.

* * *

He dejado para el final un cuento de Asimov por el que siento un aprecio especial.

“El chistoso” parece, a primera vista, otra pieza intrascendente en la que, además, el autor aprovecha para soltar unos cuantos de sus chistes favoritos. Sin embargo, tras esa apariencia hay, de nuevo, una idea llena de fuerza a la que no llegamos con claridad hasta el final del relato. Una vez formulada y una vez aceptas las consecuencas de lo que ha pasado, la sensación de incertibumbre con la que terminamos la lectura es casi insoportable. Así, lo que parecía un relato puramente humorístico termina convirtiéndose en una historia de horror metafísico con implicaciones realmente profundas.

* * *

1956 es, quizá, el año más irregular de Asimov. Como hemos visto, buena parte de lo que publica ese año va de lo intrascendente a lo prescindible, pasando por lo aceptable.

Pero junto a todo eso, están estos cuatro relatos. Cada uno muy distinto, tanto en intenciones como en implicaciones… incluso en estilo y en la forma en que están narrados. Pero cuatro relatos que se encuentran, no sólo entre lo mejor de la producción asimoviana, sino de lo mejor que da el género en esa época.

BIBLIOGRAFÍA:

  • “El mensaje”. (The Message). En The Magazine of Fantasy & Science Fiction, febrero 1956. Edición española más reciente: Cuentos Completos (B, 1992).
  • “El pasado muerto” (The Dead Past). En Astounding Science Fiction, abril 1956. Edición española más reciente: Cuentos Completos (B, 1992).
  • “Fuego del infierno” (Hell-Fire). En Fantastic Universe, mayo 1956. Edición española más reciente: Cuentos Completos (B, 1992).
  • “Espacio vital” (Living Spaces). En The Original Science Fiction Stories, mayo 1956. Edición española más reciente: Cuentos Completos (B, 1992).
  • “¿Qué hay en un nombre?” (What’s in a name?). En Saint Detective Stories, junio 1956. Edición española más reciente:  Estoy en Puertomarte sin Hilda (Alianza, 1972).
  • “La noche moribunda” (The Dying Night). En The Magazine of Fantasy & Science Fiction, julio 1956. Edición española más reciente: Cuentos Completos (B, 1992).
  • “Algún día”. (Someday). En Infinity Science Fiction, agosto 1956. Edición española más reciente: El robot completo (Alamut, 2008).
  • “Paté de Foie Gras” (Pate de Foie Gras). En Astounding Science Fiction, setiembre 1956. Edición española más reciente:  Cuentos Completos II (B, 1992).
  • “Primera Ley”. (First Law). En Fantastic Universe, octubre 1956. Edición española más reciente: El robot completo (Alamut, 2008).
  • “El lugar acuático” (Watery Place). En Satellite Science Fiction, octubre 1956. Edición española más reciente:  Cuentos Completos (B, 1992).
  • “Todos exploradores” (Each an Explorer). En Future Science Fiction ,1956. Edición española más reciente: Cuentos Completos II (B, 1992).
  • “La última pregunta” (The Last Question). En Science Fiction Quarterly, noviembre 1956. Edición española más reciente: Cuentos Completos (B, 1992).
  • “Treta tridimensional” (Gimmicks Three). En The Magazine of Fantasy & Science Fiction, noviembre 1956. Edición española más reciente: Cuentos Completos (B, 1992).
  • “El chistoso”. (Jokester). En Infinity Science Fiction, diciembre 1956. Edición española más reciente: Cuentos Completos (B, 1992).
© 2009, Rodolfo Martínez

El fin de la Eternidad (y 4): Control contra independencia

Lunes 21 Septiembre 2009 | 455 lectura(s) | Sin comentar »
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La Eternidad, como hemos dicho, es el Hermano Mayor del ser humano. Si en la novela corta original su papel parecía tener cierta justificación, aquí nos es presentada paulatinamente como un Ente claramente malévolo que ha ahogado los anhelos humanos de expansión y posiblemente sea la causa última de su extinción como especie: fría, aséptica, obsesionada por el control y optando siempre por el término medio (es decir, la mediocridad) poco se parece a la otra gran organización que vela por el transcurrir adecuado del tiempo en la literatura clásica de CF, la Patrulla del Tiempo de Poul Anderson.

En realidad, a medida que vamos conociendo a un personaje tras otro, vemos que todos ellos adolecen de alguna tara emocional, hasta que llegamos a la conclusión de que el destino último de la Humanidad está en manos de desequilibrados emocionales obsesionados por impedir cualquier comportamiento humano extremo para, al menos eso creen, asegurar a los hombres una existencia lo más plácida y segura posible.

Además, la Eternidad está lastrada por el rencor hacia sí misma, un rencor que se manifiesta en la forma en que todos tratan a los Ejecutores (los responsables de hacer el cambio físico que altere el fluir temporal): haciéndoles el vacío y apartando la vista como si no existieran cuando se cruzan con ellos. Es como si la Eternidad estuviera cerrando los ojos a las consecuencias de sus propios actos y descargando su sentimientos de culpabilidad en la parte más visible de su organización: alguien puede solicitar un cambio de realidad, alguien puede calcularlo y alguien puede dar la orden de que se lleve a cabo, pero todos podrán decirse a sí mismos que fue el Ejecutor, y no ellos, el responsable físico del cambio.

El propio protagonista, Adrew Harlan, manifiesta un comportamiento claramente aberrante en presencia de las mujeres, como ya hemos dicho. Es incapaz de comportarse con ellas con naturalidad, e incluso llega a experimentar por ellas un rechazo que no es otra cosa que deseo sublimado.

Pero no es el único: Lavan Twisell, el gran programador, es un individuo hosco, abrupto y frío del que se dice que ha sustituido su corazón por una calculadora, y que en el momento cumbre de su vida ha cauterizado sus propias emociones para no verse obligado a romper unas reglas cada vez más castrantes.

En realidad, todos y cada uno de los miembros de la Eternidad que nos son presentados en la novela están marcados de forma indeleble con alguna tara emocional. No hay un solo ser sano en la organización, todos ellos son eunucos emocionales incapaces de aceptar su condición como tales y que han sublimado todos y cada unos de sus instintos y afectos insatisfechos en su ansia, no tanto de poder, como de control.

En cierto modo, El fin de la Eternidad podría resumirse como la historia de un hombre incompleto que recupera las partes de sí mismo que había perdido. Ese Andrew Harlan, el Ejecutor perfecto, la imagen misma de la eficiencia total e implacable y que, poco a poco, va desmoronando el castillo de naipes tras el que se oculta para descubrirse a sí mismo. Una vez que lo hace, una vez que se encuentra como ser humano completo y que es capaz de aceptarse en ese estado, solo puede quedar una conclusión: la Eternidad debe ser destruida.

El fin de la Eternidad tiene mucho de alegato contra el control, de apuesta por la libertad humana. En cierto modo puede ser considerada como una metáfora de la desconfianza del ciudadano hacia su gobierno y del rechazo hacia los secretos y el paternalismo. Es posible que todo esto no fuera deliberado: al diseñar la Eternidad debió resultarle lógico el que sus miembros fueran criaturas emocionalmente castradas, desarraigadas de su entorno en el inicio de la adolescencia, justo cuando uno más necesita reafirmarse. Y por otra parte sin duda tuvo que parecerle inevitable que una organización así terminara convirtiéndose en un ente totalitario obsesionado por el control. Como individualista acérrimo que era la conclusión del relato solo podía ser una: la Eternidad debía ser destruida.

Con esto no estoy diciendo que la lectura anti totalitaria y pro individualista que estoy proponiendo de la novela surja por cuestiones meramente argumentales, sino que tales cuestiones nacen, en primer lugar de las premisas elegidas, pero en segundo, y sobre todo, de la personalidad del autor. Otros escritores nos habrían presentado una Eternidad distinta o, incluso, mostrándonos la misma, habrían sido partidarios de ella.

Asimov, humanista en lo ideológico, ateo en lo religioso y racionalista convencido, no puede aceptar el paternalismo social. La Humanidad, nos está diciendo, no necesita guías, no precisa de benevolentes Hermanos Mayores (ya sea un Dios, un gobierno, un líder) que velen por ella como si fuera un niño. Lo que necesita el hombre es crecer de una vez, asumir sus responsabilidades como invididuo y como especie y seguir caminando hacia adelante sin muletas. Quizá, nos dice Noys en la novela (personaje que, en cierto modo, se acaba convirtiendo en la voz del autor), durante ese proceso acabe destruyéndose a sí mismo. Pero, ¿acaso no es preferible eso a ser un niño toda la vida y dejar que otros decidan por ti tu destino?

Si me perdonáis la digresión, no deja de ser curioso que el mismo hombre que escribió algo así, hiciera todo lo contrario años más tarde.

Cuando Asimov decide unir su serie de los Robots y de las Fundaciones en una única saga y llevarla a una conclusión argumental se encuentra con que el único modo de hacerlo es convertir a R. Daneel en una versión actualizada de la Eternidad, en un Hermano Mayor de la Humanidad que la guiará durante más de veinte mil años y la cuidará y protegerá como si fuera un niño incapaz de valerse por sí mismo. De hecho, la herramienta que Daneel termina diseñando para que la humanidad pueda seguir adelante cuando él falte no es otra cosa que una mente-colmena en la que la individualidad mental se sacrifica por el bien común en la supramente que los engloba a todos.

A Asimov tuvo que resultarle duro dar ese paso, y él mismo reconoce en sus memorias que la idea le resultaba poco atractiva, pero que se vio obligado a usarla porque no encontraba otra salida argumental a su escenario. En cierto modo, Golan Trevize, el protagonista de Los límites de la Fundación y Fundación y Tierra no deja de ser un trasunto del propio Asimov: contempla la imagen de la mente planetaria de Gaia con repugnancia, pero termina optando por ella porque las otras salidas que ve le parecen peores aún.

Es un caso curioso donde las necesidades de la trama se imponen a las preferencias personales del autor, y habla mucho en favor de la honradez y coherencia personales de Asimov, capaz de muchas cosas, pero nunca de engañarse a sí mismo o a su público. La única manera coherente que encontraba de salvar la situación narrativa en la que él mismo se había metido fue la creación de Gaia, y como racionalista convencido que era sabía que la realidad estaba por encima de sus deseos: así que, mal que le pesara, se rindió a las necesidades de la narración.

Pero no todo estaba perdido. En una extraña e irónica pirueta, Gregory Benford, Greg Bear y, especialmente, David Brin volvieron a poner la pelota en el campo de la independencia de criterio humana en su Segunda Trilogía de la Fundación. En estas tres novelas (¿o habría que decir dos?, dado que la de Benford, además de ocasionalmente soporifera, resulta del todo prescindible y aporta más problemas que soluciones a la serie) Daneel nos es revelado hasta cierto punto como un dios con los pies de barro, y el proyecto Gaia es contemplado como un elemento más de la humanidad, que aportará complejidad al conjunto, pero no será capaz de absorber y anular toda la riqueza y disparidad de los humanos.

Así, en cierto modo, Benford, Bear y Brin nos reconcilian con Asimov y devuelven su narrativa a sus raíces ideológicas originales, ese individualismo, ese antitribalismo sano y maduro que caracterizaron al mejor Asimov y que el propio autor parecía haber perdido a su pesar.

Pero, en cualquier caso, cuando escribió El fin de la Eternidad aún faltaban muchos años para que las ofertas editoriales (y su propia obsesión por asegurar la seguridad económica de sus hijos) lo tentaran lo suficiente para volver a la ciencia ficción e intentar atar todos los cabos sueltos que había dejado en sus dos series más famosas convirtiéndolas en una sola. Por aquel entonces Asimov era un escritor que estaba alcanzando la madurez como tal, un autor que había ido evolucionando lentamente desde unos principios poco prometedores hasta convertirse en un excelente narrador. Es, precisamente, con esta novela donde todo eclosiona y una historia sólida, bien tramada y mejor estructurada se aúna con el afloramiento de una serie de inquietudes ideológicas para construir la que, a más de cincuenta años vista, es su obra de ciencia ficción más redonda.

BIBLIOGRAFÍA:

  • “El fin de la Eternidad” (The End of Eternity). En The Alternate Asimovs, Doubleday, 1986. Edición española más reciente: Cuentos paralelos (Martínez Roca, 1987).
  • El fin de la Eternidad (The end of Eternity). Doubleday, 1955. Edición española más reciente: La Factoría de ideas, 2007.
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